Solo intentaba que no te partieses la crisma (Los Alfas no se enamoran 1) XXX. Lira.
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XXX. Lira.

Salir con Tomás fue todo lo que podía desear; sencillo, tranquilo… casi demasiado fácil. No hubo silencios incómodos ni esfuerzos por impresionar. Todo encajaba… y, sin embargo, algo no lo hacía.

No me llevó a ningún restaurante elegante, lo cual, agradecí.

Tampoco intentó deslumbrarme con reservas imposibles ni copas en locales exclusivos.

Ya había tenido suficiente de ese mundo en el Nocturna, con sus luces artificiales, su ruido constante y sus salas privadas…

presididas por cruces con tendencia a perder la verticalidad.

En lugar de eso, hicimos algo tan simple que rozaba lo perfecto; compramos comida para llevar en un pequeño local sin pretensiones y caminamos hasta uno de los parques más grandes de la ciudad donde extendió una manta y nos sentamos tranquilamente.

Allí, sobre el césped del parque y mientras la ciudad se apagaba poco a poco a nuestro alrededor, improvisamos una cena bajo un cielo despejado, sembrado de estrellas y acompañado apenas por la luz tibia de las farolas.

No hicimos nada especial… lo que lo convirtió en algo muy especial; hablamos, reímos… y compartimos pequeñas verdades disfrazadas de anécdotas y grandes confesiones que surgían casi sin darnos cuenta.

Él quería saberlo todo de mí. Contra lo que hubiera creído dada mi escasa experiencia interactuando con otros chicos, sus preguntas no me hicieron sentir incómoda, sino que me parecieron fruto de una curiosidad sincera, casi luminosa.

Y yo… yo también pregunté.

Quizás no con la misma ilusión, pero sí con la necesidad de confirmar algo que ya sospechaba… que él era todo lo que había esperado.

–Soy el mayor de tres hermanos –me dijo, con una sonrisa tranquila que parecía no romperse nunca.

Sonreía mucho. De eso ya me había dado cuenta cuando lo había conocido, pero allí, bajo la luz de las estrellas, su sonrisa perpetua se transformó en algo más íntimo… más cercano. Podía acostumbrarme a esa sonrisa… hasta convertirla en imprescindible para mí.

–Siempre quise ser bombero… Me gusta ayudar a los demás.

Y a mí me estaba ayudando más de lo que se podía imaginar… Me ayudaba a sanar.

–Ya sé que acabamos de conocernos, pero estoy seguro de que eres la mujer para mí –me aseguró sin atisbo de duda. Algo refrescante después de Aleksander y su «ahora quiero que te largues», «ahora no puedo vivir sin ti»–. Solo necesito que tú también te convenzas.

Su determinación era contagiosa… una que podía hacerme dudar.

En una sola cita, reuní todas las piezas; su historia, sus valores, sus sueños… Incluso mencionó, casi con orgullo, que El señor de los anillos era su libro favorito aunque Star Wars lo obsesionaba, sellando definitivamente su imagen de hombre ideal.

Y, sin embargo…

A pesar de todo.

De su rostro perfecto, difícil de olvidar.

De su cuerpo esculpido.

De las miradas cargadas de envidia y admiración que le dedicaban las mujeres que nos cruzábamos e, incluso, más de un hombre. No me extrañaba… ¡Era impresionante!

De sus gestos atentos, de su risa fácil, de lo cómodo que resultaba estar a su lado.

No era el orco.

No era Aleksander.

Y por alguna razón absurda, casi vergonzosa, eso lo descartaba a pesar de que su cuerpo era una obra de arte y su rostro era de los que no se olvidan.

Quizás había algo roto en mí.

O algo que buscaba el filo antes que la calma, la herida antes que la cura.

¡Quizás simplemente me gustaba sufrir!

Así que, cuando llegamos a la puerta de mi buhardilla…

Aún con los recuerdos demasiado recientes de lo que había ocurrido allí mismo, con aquel motero que me había hecho sentir pequeña, expuesta, confundida… que me había humillado y despreciado…

Aún con una mezcla de rabia y deseo mal resuelto latiéndome en el pecho…

Cuando vi como Tomás se acercaba despacio…

Sus manos tomaban mi rostro con una delicadeza que casi dolía…

Sin prisa.

Sin duda.

Y justo cuando sus labios estaban a punto de rozar los míos.

–No… No puedo…

Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.

Su rostro se llenó de desconcierto…

Su expresión cambió al instante.

La seguridad se quebró, sustituida por una confusión limpia, honesta… la clase de confusión que no sabe defenderse.

Justo antes de que la confusión me arrastrase a mí como un tornado.