Solo intentaba que no te partieses la crisma (Los Alfas no se enamoran 1) XXIX. Aleksander.
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XXIX. Aleksander.

–Alfa, no puedes seguir así.

La voz de Boris llegó amortiguada, abriéndose paso entre el zumbido persistente que aún me retumbaba en los oídos.

Estaba a mi lado, firme, vigilante. Me había traído de vuelta a la Guarida casi a rastras, después de que dejara claro al chupasangres de la forma más directa posible que mi compañera estaba completamente fuera de su alcance.

–¡Me tenía harto!

Y no me había limitado a decirlo. Se lo había demostrado.

En cuanto me había visto llegar, el muy cretino había salido de la librería para enfrentarme. Su imagen en las cámaras había incendiado mi sangre y me había dirigido hacia la librería dominado por la rabia.

Una cosa le tenía que reconocer, tenía cojones.

Tras arrastrarlo al callejón, lejos de miradas ajenas, donde la oscuridad nos cubría como un manto cómplice, habíamos dejado salir todo sin palabras, sin control, sin nada que nos contuviera.

Con mi lobo tomando el control; se habían sucedido golpes, colmillos, sangre…

La pura violencia había llenado el aire…

otra vez. Pero en esta ocasión sin fuego…

sin explosiones; solo carne contra carne.

Yo había terminado con un brazo roto, que latía con cada mínimo movimiento, y una herida profunda en el costado, recuerdo afilado de los colmillos de aquel imbécil. Pero él…

Esbocé una sonrisa amarga mientras mi Beta seguía observándome en silencio.

Lo que quedaba de él lo habíamos dejado frente a la puerta del Nocturna, como un mensaje… como una advertencia.

No era tan ingenuo como para pensar que no sobreviviría.

Lo haría. Esa clase de alimañas siempre lo hacía.

Pero si estaba sintiendo aunque fuera la mitad del dolor que recorría mi cuerpo…

habría merecido la pena. Los licántropos nos curábamos extraordinariamente rápido, pero sentíamos el dolor igualmente.

Algo a lo que últimamente me tenía que enfrentar a todas horas.

Me dejé caer en el sillón, el cuero crujió bajo mi peso, mientras fijaba la vista en la pantalla frente a mí para devolverme su imagen.

La de mi compañera… ajena a todo.

Solo con verla, mi cuerpo logró relajarse, iniciando la curación que necesitaba. En unos minutos mi naturaleza haría el resto y mis heridas serían solo un recuerdo. Pero lo primero que necesitaba era tranquilizarme y eso solo lo podía hacer Lira… solo podía hacerlo la mujer que amaba.

«La necesitamos… La necesitamos ya». No podía estar más de acuerdo con mi lobo y, por enésima vez, maldije el momento en el que había creído que podía vivir sin ella. Ahora lo único a lo que me podía aferrar era al dolor por la pérdida de algo que, en realidad, nunca había tenido.

Ese dolor no desaparecería como el de mi brazo, ese me acompañaría hasta que no reparara lo que mi estupidez había roto.

Había cerrado la librería acompañada por su amiga… que, como siempre, había aparecido a última hora.

Me había aprendido sus rutinas. Aquel día todavía no me había intentado acercar a ella. Ya no sabía cómo hacerlo, qué excusa utilizar… Odiaba admitirlo, pero no sabía qué más hacer.

La seguí con la mirada mientras entraba en su buhardilla.

Y entonces…

Ocurrió algo inesperado… algo que no encajaba con lo que hacía cada día.

Fruncí el ceño y habría jurado que Boris, frente a mí, se tensaba en respuesta.

No estaba dejando las cosas para subir al piso de Iván y su esposa y cenar con ellos. Se movía de un lado a otro con una energía distinta, decidida.

La sospecha se instaló en mi pecho… ¿Y si…? Tuve una corazonada y ladré las órdenes.

–Dos hermanos... De inmediato, al Nocturna.

Boris pareció dudar.

–Alfa… ¿No crees que…?

Lo corté sin mirarlo.

–¿Quién es el Alfa de la manada?

Un segundo de silencio.

–Tú, por supuesto…

–Entonces obedéceme.

No hizo falta más. Sacó el teléfono y empezó a teclear órdenes con rapidez.

Me mantuve concentrado en la pantalla.

La observé salir del baño. Se había duchado y el cabello aún húmedo le caía sobre los hombros.

Sabía que no estaba bien lo que estaba haciendo por muchos motivos distintos… pero ella era mía lo supiera o no… Solo tenía que convencerla…

Cuando dejó caer la bata… debería haber apartado la vista; pero, como el cabrón que era, no lo hice.

Noté como mi corazón se descontrolaba bajo mi pecho y el deseo comenzaba a devorar mis entrañas.

Apreté la mandíbula mientras tenía que reacomodar mis pantalones. El instinto, bruto, primario, se agitó en mi interior. La necesidad de alcanzarla… de hundir mi polla en su cuerpo se volvió casi incontrolable.

¡Era tan hermosa!

La criatura más deliciosa que había visto en mi vida.

«Es nuestra… solo nuestra… y ahora, por tu culpa, nos odia».

Cerré los ojos un instante, porque mi lobo tenía razón. Esa era la verdad; la había perdido.

La idea de que regresara al club…

De que otro la mirara.

De que otro se atreviera a acercarse a ella…

De que la tocara o…

Un gruñido bajo escapó de mi garganta, pero entonces…

Se puso un vestido azul sencillo, holgado, nada provocativo, pero que a mí me puso aún más duro si eso era posible. Toda mi vida había sido de minifaldas y escotes pronunciados y ahora una chica con un casto vestido hacía que estuviera a punto de reventar la cremallera de mis pantalones.

Seguí sus movimientos con atención, queriendo beberla… absorber todos los pequeños detalles.

Se miró al espejo… y sonrió. No era la sonrisa que conocía. Era más… ligera… más incierta.

Entonces me di cuenta de algo. No había mirado el móvil ni una sola vez… y Atenea no había vuelto a aparecer… No se iría al club sin su amiga… ¿verdad?

La comprensión tensó algo en mi interior de golpe.

–¿A dónde vas…?

Por supuesto, no obtuve respuesta.

Un instante después había salido de la buhardilla para desaparecer en las calles.

Lo que vino después fue pura locura.

No podía esperar.

No podía pensar.

¿Por qué no había apostado a alguno de mis hermanos delante de su edificio?

¿Por qué no me había acercado a su casa en cuanto se había hecho evidente que iba a salir?

¿Por qué…?

Las preguntas ya no tenían sentido.

Me gustaba pensar que estaba preparado para cualquier eventualidad. ¡La anticipación lo era todo! Pero esta vez había fallado.

Salí de mi despacho a la carrera.

Ni siquiera fui capaz de subirme a la moto. Estaba demasiado alterado y no me fiaba ni de mí mismo. Mis manos temblaban demasiado… o quizás era algo más profundo. Así que tomé uno de los furgones que utilizábamos durante nuestros trabajos.

Boris, a mi lado, no se separó de mí ni un instante. Y esta vez no tuve ninguna duda sobre sus motivaciones; no lo hacía por lealtad, que lo era, sino por pura preocupación. Estaba seguro de que nunca me había visto tan alterado… porque yo nunca me había sentido más fuera de control.

Mientras Boris intentaba localizarla a través de las cámaras de la ciudad, recorrimos bares, restaurantes, calles secundarias… cualquier lugar donde pudiera estar… Pero no sirvió de nada.

Ni rastro.

Hasta que, agotado y al borde de perder el control, tomé una decisión. La esperaría donde siempre regresaba.

Donde estaba a mi alcance.

Donde había sido mía.

Me oculté en las sombras del rellano frente a la puerta de su buhardilla. Después de la última vez que Iván se había negado a abrirme el portal, me había hecho con una llave y ya no tenía que recurrir a mi viejo amigo para acceder al edificio.

Permanecí justo ahí.

Cerca del mismo lugar donde la había besado por primera vez… donde la había tocado hasta correrse.

¡Qué lejos parecía ahora todo!

El recuerdo me atravesó como un cuchillo.

Eso era lo que me merecía, comprendí… sufrir.

A media noche ocurrió el milagro. Las voces en el portal anunciaron el mayor de mis temores. No regresaba sola. En cuanto apareció en el rellano lo comprobé.

Iba de la mano de un humano. No tardé en reconocerlo. Lo había descubierto mientras revisaba las grabaciones de la librería. Era el bombero que había estado en su librería el día que había hecho saltar literalmente por los aires el callejón.

¿Qué estaba haciendo allí?

No tuve tiempo para responder a esa pregunta, lo que estaba viendo apagó mi cerebro reemplazándolo por pura ira.

Cuando él se inclinó hacia ella…

Cuando alzó la mano para tomar su rostro…

Cuando sus intenciones se hicieron evidentes.

Algo dentro de mí se rompió.

Los celos se convirtieron en un incendio que arrasó con hasta el último vestigio de cordura que me quedaba.

«¡NO!».

Enloquecí. Mi lobo y yo lo hicimos.