XXVIII. Lira.
–Hola, hermosa… ¿Cómo estás?
Brian había llegado a media tarde, justo en la peor hora posible; la librería estaba llena hasta los topes.
Entre clientes que entraban y salían, el tintineo constante de la campanilla de la puerta y una cola que parecía no avanzar nunca, apenas había tenido tiempo para dedicarle algo más que una sonrisa apresurada.
–No te preocupes por mí, estaré por aquí echando un vistazo… y cuando tengas un rato podemos hablar…
Y así lo hizo… o eso parecía. Porque entre un par de compras, una reserva, tres recomendaciones improvisadas y un cliente indeciso que no sabía si quería fantasía épica o «algo más ligerito pero profundo».
¡A veces las peticiones de los clientes me dejaban perpleja!
En fin… entre una cosa y otra, el tiempo se me había escurrido entre los dedos.
La cola no dejaba de crecer.
Los libros se acumulaban sobre el mostrador.
El lector de tarjetas no dejaba de pitar.
Las preguntas no cesaban.
Y, en medio de mi aceleramiento, no tuve tiempo de nada… Ni siquiera para averiguar el origen de lo que habría jurado era el ruido de unas motos.
¿O se habría tratado de otra cosa?
Apenas lo registré en mi memoria.
Cuando por fin logré robar unos segundos para tomarme un respiro y escudriñar a mi alrededor… Brian había desaparecido… como si nunca hubiera estado allí y, en su lugar, alguien más ocupaba ahora el espacio frente al mostrador.
Tomás me estaba mirando. El bombero me había prometido que se pasaría otro día a comprobar cómo iban las cosas… y lo había cumplido.
Sin pensarlo, salí de detrás del mostrador y me acerqué a él con una mezcla de alivio y curiosidad… solo para encontrarme con algo que no esperaba en absoluto.
–En realidad… no he venido a revisar la instalación…
Parpadeé sorprendida mientras veía como se removía inquieto. ¿Qué hacía allí… con su uniforme de bombero?
–¿Entonces?
Tomás respiró hondo, como si aquello le costara más de lo que parecía.
–Hemos tenido una salida a unas calles de aquí y… no podía esperar.
–¿Ocurre algo? –Repasé mentalmente mis últimos movimientos.
A lo mejor había causado algún tipo de catástrofe sin querer…
algo que mi habitual torpeza hubiese provocado.
Un interruptor accionado inopinadamente, un tropiezo que movía una tubería de sitio…
No podía evitar verme a mí misma como una especie de arma mortal.
–Yo… –Tragó saliva ruidosamente–. Me gustas mucho, no he podido dejar de pensar en ti y me preguntaba si… ¿Vendrías a cenar esta noche conmigo?
El mundo pareció detenerse durante un segundo.
No sabía qué responderle, ni siquiera era capaz de sostenerle la mirada. Parecía tan… ilusionado.
Miré hacia la puerta entreabierta…
Pocos días antes estaba loca por el orco. Incluso me había enamorado de él para mi absoluto bochorno y ahora…
Ahora no sabía ni lo que sentía…
Ni por qué.
Ni por quién.
La insistencia de Aleksander para que lo perdonase no era que ayudase precisamente. El motero no dejaba de rondarme pidiéndome disculpas y haciéndome regalos que no estaba dispuesta a aceptar. Estaba harta de él. Me había echado de su lado, me había insultado… Ya no había sitio para él en mi vida.
Desvié la mirada ignorando el tumulto en el exterior. Había una pelea, no hacía falta que me acercase a la puerta para saberlo.
Primero el incendio, ahora una reyerta… aquel era un barrio tranquilo, pero últimamente había cambiado.
Como yo misma.
Ignoré el impulso de asomarme.
Porque, por una vez, no quería reaccionar… quería elegir.
Siempre había sido prudente, correcta, previsible… quizás demasiado.
Pero últimamente todo estaba cambiando. Dentro y fuera de mí y tal vez no era algo malo.
Tal vez ya era hora de hacerlo.
Incluso Atenea me lo había dicho; que me soltara, que dejara de pensarlo todo tanto.
Volví a mirar a Tomás.
Él estaba esperando mi respuesta, tenso, casi conteniendo la respiración.
Y, por primera vez en mucho tiempo, decidí no pensar… simplemente elegí.
–Sí, saldré contigo.
Y en ese instante, el ruido de la calle, las dudas, el pasado reciente… todo quedó atrás.
Al menos, durante un instante.