Solo intentaba que no te partieses la crisma (Los Alfas no se enamoran 1) XXVII. Aleksander.
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XXVII. Aleksander.

–¿Algún nuevo escondite de los italianos que visitar?

Boris negó con la cabeza.

–En las últimas semanas has destruido cada uno de ellos. Ahora mismo no sé muy bien dónde se han refugiado. De hecho, ni siquiera tengo claro cuántos quedan con vida.

–¡Búscalos! Hasta que no acabemos con Mangielo… no acabaremos con ellos. –Me crispé… Solo con decir su nombre ya lo hacía–. ¿Y se sabe algo de los desaparecidos?

–No hay novedades, ni rastro de nuestros hermanos. –La voz de Boris estaba llena de preocupación–. Es como si se los hubiesen tragado la tierra.

–Los vampiros no son los responsables, aunque me cueste admitirlo… el Rey parecía sincero.

Esa era la única certeza a la que podía aferrarme. Todo lo demás era un caos absoluto, una maraña de hechos inconexos que no encajaban por más que lo intentara. El informe diario de mi Beta no dejaba lugar al optimismo.

–Hemos recibido un nuevo correo de Noval Tactical . Insisten en programar una reunión.

Había contratado un nuevo bufete de abogados y cambiado mi número personal, pero no se habían dado por vencidos. Ahora nos bombardeaban con correos electrónicos.

–¡Otra vez! ¿Por qué no se dan por vencidos?

–No parece que vaya a ocurrir…

–Como sigan dándome por el culo voy a tener que hacerles una visita. ¡Mándalos al spam !

Boris se revolvió en su sitio y supe que había tocado un punto sensible.

Nuestros ordenadores habían enloquecido. Lo que había empezado como un simple virus… O.R.C.O., así lo habían bautizado… había evolucionado hasta convertirse en algo mucho peor.

–¿Cómo vais con el virus?

–Un auténtico desastre –respondió Boris, frotándose el puente de la nariz con cansancio–. El ataque ha provocado fallos en parte de la red de vigilancia del aeropuerto y ha corrompido varios servidores. Hemos perdido registros, configuraciones… incluso parte de la base de datos.

Negó despacio con la cabeza antes de continuar.

–Por suerte, las copias de seguridad se hacen cada semana, así que podremos recuperar buena parte del sistema. Pero todo lo registrado desde la última copia… se ha perdido. Y habrá que restaurarlo a mano.

El silencio que siguió fue pesado, casi insoportable.

–¿Cómo ha podido hacer algo así?

Boris tardó unos segundos en responder, algo extraño en alguien que casi siempre parecía tener una explicación para todo.

–Porque técnicamente no es un virus convencional –dijo al fin–. Es un software diseñado específicamente para atacar nuestra infraestructura. No intenta propagarse como un malware normal; va directo a nuestros servidores, evita los protocolos de seguridad y modifica archivos sin activar las alarmas.

Se pasó una mano por el rostro, visiblemente agotado.

–Todavía no entiendo del todo cómo lo ha conseguido.

El código está demasiado trabajado… como si quien lo hubiera creado conociera nuestra red desde dentro.

Ha afectado a la empresa y a parte del sistema de vigilancia conectado al aeropuerto, corrompiendo datos y bloqueando accesos.

Por suerte, la Guarida está aislada en otra red y no han conseguido entrar ahí.

Su expresión se endureció.

–Pero eso no significa que estemos a salvo. Solo arreglar este desastre nos va a llevar semanas.

Sabía que Boris era meticuloso hasta el extremo, casi obsesivo.

Y aunque nunca presumía de ello, era excepcional en su trabajo.

Varias empresas tecnológicas habían intentado ficharlo, ofreciéndole cantidades obscenas de dinero…

ofertas que él había rechazado sin siquiera planteárselo. Su lealtad estaba con la manada.

Si él no tenía una solución inmediata, el problema era mayor de lo que me imaginaba, pero quien estuviera detrás iba a pagar por ello.

–¿Sabes quién es el responsable? –Mi voz sonó más fría de lo que pretendía–. Búscalo y tráemelo. Yo mismo le arrancaré la piel a tiras.

Al menos así mi lobo tendría algo en lo que entretenerse, porque últimamente estaba más que nervioso. No tener a nuestra compañera cerca pesaba cada día que pasaba más.

«La queremos de vuelta… en nuestra cama». Refunfuñó en mi interior.

Vi cómo mi segundo se tensaba de inmediato. Cualquiera diría que acababa de tocar un cable pelado. Literalmente se le erizó el vello de los brazos antes de mirarme con cautela.

–Mejor lo hago yo… –respondió despacio–. No creo que lo que planeas sea… una buena idea.

Fruncí el ceño. ¿Qué me estaba perdiendo?

Pero no insistí… Porque ese era otro problema; me había quedado sin buenas ideas.

Lira no quería hablar conmigo y no era por falta de intentos ni por poner en marcha… todas las ideas que se me ocurrieron para que me perdonase.

Me había presentado en casa de Iván a la hora de la cena. Lo había hecho ya media docena de veces y en ninguna de las ocasiones tuve éxito. La última, Iván se negó a abrirme la puerta del portal.

Había montado guardia frente a su portal durante horas como un idiota, esperando a que saliese para acompañarla los pocos metros que la separaban de la librería.

–¿Estás bien?

Apenas lograba arrancarle algunas palabras y cuando lo hacía…

–Hasta que te vi, sí. –Era para dejarme clara su incomodidad con mi presencia.

Había pasado mañanas y tardes enteras en su librería, hojeando libros que no me interesaban lo más mínimo, solo para poder estar cerca de ella.

–Si no compras, te vas.

Así que había comprado… de todo. Incluso libros donde se mencionaban cosas que no sabía pronunciar.

¿Qué era y para qué servía un Angreal [13] , un R’hllor [14] o un Silmaril [15] ?

Le había llevado flores...

Si el chupasangres lo había hecho y le habían gustado… por qué yo no iba a hacerlo.

Las mías acabaron en la basura.

–No me gustan.

–Sé que lo hacen. –Estuve tentado a explicarle cómo lo sabía, pero me imaginé que no valoraría muy positivamente el hecho de que hubiera instalado cámaras para espiar todos sus movimientos.

–A las niñas no nos gustan… preferimos las piruletas.

Cuando volví del kiosco más cercano con las manos llenas de piruletas, convencido de que aquello debía tener alguna clase de sentido, bastó una sola de sus miradas para comprender que me había equivocado. Fue como si una corriente de aire helado me atravesara el cuerpo.

–¿En serio?

No necesitó decir nada más. Aquellas dos palabras me sacudieron con una violencia que ningún enemigo había conseguido jamás.

Lo siguiente que se me ocurrió fue llevarle bombones. Aquí he de confesar que tuve que pedir ayuda. Los coños de la manada, encabezados por Judith, no dudaron en prestarme todo su apoyo en cuanto les conté mi problema.

–No hay nada que el chocolate no pueda resolver… –Me habían asegurado después de sostener una larga deliberación que había comenzado con miradas acusadoras. Al parecer mi comportamiento con Lira no solo había molestado a Judith.

Por desgracia, mis esfuerzos no fueron recibidos como yo había esperado.

–Le tengo alergia al chocolate.

–¡Mentirosa! –Las cámaras en su buhardilla me habían mostrado su devoción por el helado de vainilla y… chocolate.

–¿Ha llegado ya el momento de los insultos… otra vez? –¿Y qué podía decir contra eso? Solo podía largarme con el rabo entre las piernas.

Nada funcionaba.

Nada.

De vuelta a la Guarida me sentía… impotente y desesperado.

Tanto que, en un momento particularmente bajo, incluso había empezado a leer los libros que había comprado. Al principio sin ganas, pasando páginas al azar… pero poco a poco, sin darme cuenta, buscando algo en ellos. Algo que me hiciera sentir… un poco más cerca de mi compañera.

Era algo ridículo, lo sabía… pero que con el paso de los días se había vuelto imprescindible.

«Eso de mi tesoro [16] se parece mucho a nuestra compañera». Cuando hasta mi lobo se aficionó a su lectura, comprendí que aquello no tenía vuelta atrás.

Seguí con la mirada a mi Beta mientras se levantaba y se iba de mi despacho tras el informe diario. De forma inesperada, Boris se detuvo frente a la pila de libros que se acumulaba junto a la puerta. Había tantos que amenazaban con derrumbarse en cualquier momento.

Se agachó, tomó uno y luego otro antes de examinarlos con curiosidad.

–¿Puedo? –Se giró ligeramente hacia mí para enseñármelos.

Observé los títulos. Eran los primeros volúmenes de Harry Potter. Podía pasar sin ellos… durante unos días.

–Por supuesto…

Apenas le presté atención cuando se marchó con un par de ellos bajo el brazo… porque algo más había captado mi atención.

Algo que podía ver a través de la aplicación desde la que espiaba a mi compañera.

Algo que hizo que la tensión regresara de golpe a mi cuerpo.

Algo que despertó mi ira.

El vampiro acababa de entrar de nuevo en la librería.

Esta vez… no iba a escapar.