Solo intentaba que no te partieses la crisma (Los Alfas no se enamoran 1) XXVI. Lira.
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XXVI. Lira.

–A ver si lo he entendido… ¿De no estar interesada en nadie has pasado a conocer a dos tíos que te ponen?

La pregunta de Atenea me pilló por sorpresa.

No era exactamente eso. La atracción que había sentido por el orco era algo completamente diferente.

A su lado mi cerebro se olvidaba de funcionar.

Todavía después de todo lo que había pasado, de cómo me había insultado, de la forma en la que me había tratado…

seguía sintiendo algo por él. No sabía si era necesidad, atracción o simplemente estupidez, pero solo tenía que cerrar los ojos e imaginar su rostro…

y todo mi cuerpo se acaloraba mientras ese lugar entre mis piernas empezaba a hormiguear.

¡No se podía ser más patética!

Sin embargo lo que Brian y Tomás despertaban en mí… era muy diferente.

Eran guapos, amables… incluso atractivos… Me podía imaginar jugando con ellos a algo más que al parchís.

¡Eran demasiado comestibles!

Y esperaba que eso fuera suficiente para que mi cuerpo se olvidara del orco.

El día había sido raro.

Primero había aparecido Brian. Sus palabras, su forma de mirarme, sus flores… habían mejorado mi día.

Después algo había pasado en la calle. Había escuchado una especie de golpes, seguramente de algún tipo de accidente de coche, pero no había podido asomarme a investigar.

Había estado demasiado ocupada intentando terminarme la comida que me había enviado Atenea mientras atendía a media docena de clientes que habían aparecido repentinamente.

Más tarde llegaron los bomberos y, para mi absoluta sorpresa, su aparición no tenía nada que ver conmigo.

No era habitual que mi torpeza alcanzara niveles tan alarmantes como para requerir la intervención de los bomberos; pero, si era sincera, tampoco podía negar que ya hubiera sucedido al menos en un par de ocasiones.

Por fortuna, esta vez era algo completamente ajeno a mí. Había explotado parte de la instalación de gas del edificio de al lado y habían acudido de inmediato.

Con ellos había aparecido alguien.

Su nombre era Tomás. Era uno de los bomberos… y había sido extraordinariamente amable conmigo.

Había revisado la instalación de gas que abastecía la calefacción de la librería, de mi buhardilla y también del piso de mis caseros.

Había hablado conmigo, me había tranquilizado y me había sonreído… mucho.

–¿Estoy a salvo?

–Por supuesto. –Sonrisa… Sus ojos negros no podían ser más expresivos–. Nunca permitiría que una chica tan guapa se hiciera daño.

¿Guapa?

Parecía que los chicos de la ciudad se habían puesto de acuerdo para llamarme aquel día así. Estaba tentada a creerlos… si no dispusiera de un espejo en mi casa… y un moratón en mi rostro.

Tomé aire. Estaba coqueteando… y hasta alguien tan inexperta como yo podía notarlo. Pero la visita de Brian me había dado valor, así que decidí entrar en el juego.

–Llegas tarde –señalé lo evidente–. ¿No estás viendo mi moratón?

–Claro que lo veo. –Otra sonrisa… se abrió paso en su cara, mientras agitaba su cabello oscuro como si estuviera protagonizando un anuncio de champú–. Veo a una chica encantadora que me ha alegrado el día.

Y ahí me había quedado sin habla, sobre todo cuando me dejó su tarjeta con su número personal, me dedicó otra sonrisa y se fue tras prometerme que se pasaría otro día a comprobar cómo iban las cosas.

–No sé… no entiendo por qué de repente he conocido a dos chicos que me podrían interesar.

–¿Quizás porque te has abierto a conocer a tíos?

–No sabría qué decirte…

–No tienes que pensarlo todo tanto. Lo importante…

–Dejó olvidado el portátil y vino a ayudarme con los últimos libros que me quedaban por colocar antes de cerrar e irme a casa–.

Lo importante es que olvides al orco y sigas adelante…

porque te puedo asegurar que se va a arrepentir de lo que te hizo.

–¿Tú crees?

–El sistema informático de la empresa de esos moteros ya lo hace.

–¡Atenea! –La miré preocupada.

–Palas… Atenea –me corrigió–, soy una diosa… y no admito que maltraten a mi mejor amiga.

Mis sospechas eran ciertas. La conversación que había presenciado a la salida del Nocturna me había dado pistas sobre lo que estaba ocurriendo y no me había equivocado.

–Pero el amigo de… –me costaba decir su nombre–. El amigo de Aleksander… él descubrió que eras tú… ¿No tendrás problemas?

–¡Bobadas! Ayer intentó sabotear mi firewall y acceder a mi portátil… pero a estas horas ya sabe que conmigo no se puede jugar… y menos aún con mis amigas.

Incapaz de contenerme, la abracé.

–Gracias… pero no quiero que te metas en problemas por mi culpa.

–¿Problemas? Los problemas los tienen ellos, te lo puedo asegurar –intentó tranquilizarme, pero había algo que no me estaba contando. Algo que había estado demasiado absorta para ver hasta ese momento. Estaba preocupada.

Por desgracia no tuve tiempo para preguntar. Se separó de mí con rapidez y tras recoger su portátil, se fue.

–Ahora tengo que marcharme… Ya sabes… una jáquer nunca descansa.

Regresé a mi buhardilla agotada, pero Masha me estaba esperando en el portal.

–¿Cenarás con nosotros?

Me habían visitado aquella mañana en la librería para recordarme que me esperaban a la hora de la cena.

Se habían quedado sorprendidos al ver el moratón, pero había preferido no dar explicaciones.

¿Qué iba a contarles? Había intentado darles largas y escabullirme de la cita, pero estaba claro que no pensaban aceptar un no por respuesta.

–Por favor… Nos haría tan felices que nos acompañaras…

No podía negarme… aunque sabía que no era una buena idea.

Por desgracia, no me equivoqué… Cuando acabábamos de sentarnos a la mesa, unos golpes en la puerta me bastaron para saber que él estaba allí.

¿Qué más quería de mí?

–Necesito verla… –Su voz a través del pasillo provocó que se me desbocase el corazón–. Tengo que hablar con ella.

Miré a Masha y ella supo que solo tenía una opción.

No quería volver a enfrentarme a él.

No quería volver a escucharle.

No quería…

Silenciosamente me levanté y caminé hacia la salida. Mi casero lo retenía en la puerta.

–Iván, no hace falta. Es vuestro amigo… y yo solo la inquilina.

–Pero…

–Hasta mañana. Gracias por todo.

Sin detenerme, crucé la puerta y me encontré con él. Cuando lo vi, cerré los ojos un instante y me hice una promesa silenciosa; iba a ignorarlo y concentrarme en lo importante… llegar a casa… sin caerme.

–Por favor, Lira…

Lo esquivé y me dirigí hacia las escaleras con él pisándome los talones y sus palabras flotando a mi alrededor.

–¿Estás bien? ¿Te duele el ojo? ¿Y la mejilla?

Primer escalón… ningún tropiezo.

¡Hurra!

–Siento lo que ocurrió, siento haberte hecho daño, siento haberte dicho esas cosas.

Media docena de escalones más y mi verticalidad no se había visto comprometida.

Tomé aire tratando de comprender qué me estaba ocurriendo. Esa no era yo. ¿Quién había tomado el control de mi cuerpo?

–Te necesito a mi lado.

Descansillo… Contuve la respiración mientras me preparaba para resbalar o rodar…

Pero… contra todo pronóstico, superé con éxito los escasos metros…

¡Prueba superada!

–He sido un idiota.

Pequeño esprint en los últimos escalones… y aun así… ningún percance.

¡Había superado mi propio récord!

–Créeme si te digo que me arrepiento profundamente de lo que hice.

Pero, por supuesto, mi buena suerte no podía durar.

El vórtice de mi habitual torpeza se abatió sobre mí con una intensidad inusitada… justo cuando menos lo esperaba.

¿Por qué no lo iba a hacer?

Cuando intenté abrir la puerta, se me cayeron las llaves y, en un alarde de una habilidad de la que carecía, intenté atraparlas al vuelo… solo para darles un manotazo y lanzarlas rodando por el pasillo como si tuvieran vida propia.

¿Me detuve ahí? Por supuesto que no.

Al intentar alcanzarlas, tropecé contra un obstáculo inexistente… salvo para mis pies…

Y él tuvo que sujetarme.

¡Mierda! Justo lo que estaba intentando evitar.

Su tacto quemaba, su cercanía me ponía nerviosa; su olor, su calor… eran demasiado para mí.

Me separé de él de un salto.

Sus ojos se llenaron de dolor al ver mi reacción y, silenciosamente, se agachó para recoger mis llaves antes de entregármelas.

–Por favor, escúchame.

Abrí la puerta sin responderle.

¿Para qué iba a hacerlo?

¿A qué venía su expresión arrepentida?

¿Por qué su tono de voz estaba lleno de ansiedad?

Su tiempo había pasado. Ignoraba los motivos que le habían llevado a seguirme como un animalito abandonado murmurando disculpas, pero desconfiaba de él. Desconfiaba de cualquier cosa que me pudiera decir, porque me había hecho demasiado daño y no estaba dispuesta a caer otra vez en sus redes.

–Solo quiero hablar contigo.

Mi cuerpo todavía no lo sabría, pero yo ya había tomado una decisión. No quería escucharle, no quería verlo, no quería nada con él…

–¡Pero yo no!

En cuanto entré corrí hacia la cama y, sin desvestirme, me refugié bajo las sábanas.

Repentinamente todo regresó a mi mente… hasta alcanzar a mi corazón todavía maltrecho.

E… incapaz de contenerme… comencé a llorar…

Otra vez.

¿Por qué tenía que ser tan llorona?