XXV. Aleksander.
Cuando vi al chupasangres por las cámaras, mi lobo y yo lo vimos todo rojo.
Sabía que muchos de ellos podían moverse durante el día, algo que tenía que ver con la sangre del primer vampiro, su antepasado común.
Los vampiros se organizaban en hordas y, si su líder descendía directamente de aquel al que llamaban el Primero, podía caminar bajo la luz del sol.
Eran pocos los que poseían ese don, pero solían compartir su sangre con los miembros de su horda, una forma de garantizar su lealtad.
¿Quién no querría poder moverse con libertad a cualquier hora del día o la noche?
Tomé aire… ese debía ser el caso del capullo que estaba en mi pantalla junto a mi compañera.
¿Cómo se atrevía a acercarse a mi mujer?
Me había pasado toda la mañana observándola, debatiéndome entre ir a verla o no, demasiado preocupado por volver a meter la pata… desesperado por consolarla sobre todo cuando comenzó a llorar sin control. Pero en cuanto lo vi aparecer con las flores y la sonrisa puesta… algo en mí explotó.
Tomé la moto y salí a toda velocidad.
La había tocado, otra vez.
Y esta vez sabía quién era… sabía que ella era mi compañera…
¡Lo sabía!
Cuando llegué a la librería, estaba saliendo con una sonrisa mucho más amplia que la que tenía al entrar.
No me preocupé de donde dejaba la moto.
No reparé en si había peatones o alguien me podía ver.
Hice lo que todo mi ser me exigía; lo que mi lobo gritaba en mi interior.
«¡¡¡ACABA CON ÉL!!!».
Sin dudar… me lancé a su cuello.
Necesitaba destrozarlo… o me iba a volver loco.
–¡Aléjate de ella! ¡Es mía!
–¿Tuya? ¡Ya he visto como la cuidas!
Intenté alcanzarlo, pero él era puro humo y velocidad. Esquivó mi embestida con una gracia antinatural, haciéndome chocar contra la fachada de la librería. Por fortuna, esquivé el cristal del escaparate.
El impacto no me detuvo. Solo provocó que mi lobo, a pesar de que cualquiera podía vernos, tomase el control. Mis garras, que ya habían aparecido, buscaron su garganta, pero no logré alcanzarlo.
Él se burló, retrocediendo hacia el callejón lateral donde se apilaban contenedores de reciclaje y cajas de cartón.
–Perro rabioso… –siseó, lanzándose contra mí con una fuerza que me mandó directo contra una tubería de gas expuesta en la pared exterior del edificio.
El metal crujió. El olor penetrante del gas inundó mis fosas nasales, mezclándose con el aroma de la sangre y la adrenalina.
No me importó. Lo embestí de nuevo, esta vez logrando hundir mis colmillos en su hombro.
En el forcejeo, empujamos un contenedor metálico que, al raspar contra el pavimento, soltó una lluvia de chispas.
Estaba tan furioso.
Estábamos tan furiosos.
Que solo el apocalipsis nos podía detener.
Justo lo que ocurrió a continuación.
El mundo cambió de color en un instante.
Aquel día todo iba de colores, el verde del vestido que se había puesto mi compañera, el negro de su moratón, el rojo de mi furia al ver al chupasangres a su lado… y ahora… el naranja que nos rodeó amenazando con devorarnos.
El gas acumulado se encendió con un rugido ensordecedor. La onda expansiva nos lanzó en direcciones opuestas; yo aterricé sobre el capó de un coche aparcado, mientras que él atravesó una puerta de madera podrida.
En cuestión de segundos, todo a nuestro alrededor comenzó a arder. El humo negro empezó a asfixiar la calle y las alarmas de incendio del edificio de al lado se activaron, creando un coro estridente que nubló mis sentidos lupinos.
A lo lejos, el aullido de las sirenas cortó el aire. No era el sonido de la policía; era el tono grave y rítmico de los camiones de bomberos.
–¡Fuego! ¡Llamen a emergencias! –gritaban los peatones en la calle principal.
Me puse en pie, herido y aturdido. A través de la cortina de llamas, vi al vampiro recomponerse; su ropa estaba quemada y sus ojos inyectados en odio, pero sabía que la pelea se había terminado… por ese día.
Los humanos estaban cerca.
Dos enormes camiones rojos doblaron la esquina, desplegando sus mangueras antes siquiera de detenerse por completo.
Los bomberos saltaron al asfalto, gritando órdenes para evacuar la zona mientras establecían un perímetro.
El chorro de agua a presión no tardó en golpear la estructura, creando nubes de vapor denso que nos sirvieron de cobertura.
El vampiro me dedicó una última mirada de desprecio antes de desaparecer entre las sombras del humo. Yo retrocedí hacia la oscuridad del callejón opuesto, justo cuando un bombero con el rostro cubierto por la máscara de oxígeno pasaba junto a mi moto abandonada.
Mi lobo aullaba de frustración por la presa perdida, pero el resplandor de las luces de emergencia me recordó que, por hoy, el secreto de nuestra naturaleza pesaba más que mi sed de sangre.
Boris me hizo señas… debíamos irnos. Como siempre estaba allí y como siempre estaba cuidando mis espaldas.
Entre el humo divisé a mi compañera mirándolo todo con ojos asustados desde la puerta de la librería, mientras un bombero se aseguraba de que estuviera bien.
Ese debía haber sido yo… pero no tenía ese derecho.
Lo había perdido.
Y estaba desesperado por recuperarlo.