Solo intentaba que no te partieses la crisma (Los Alfas no se enamoran 1) XXIV. Lira.
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XXIV. Lira.

La mañana transcurrió… extraña.

Después de tres días con la librería cerrada, esperaba un goteo tímido de clientes, miradas curiosas, quizás algún comentario incómodo…

Pero no. Para mi sorpresa, la puerta no dejó de abrirse con gente entrando, saliendo, preguntando, comprando. Incluso se presentaron unos técnicos municipales a hacer una revisión rutinaria.

Era como si el mundo hubiera decidido, de pronto, seguir adelante… conmigo o sin mí. Y, en cierto modo, eso me salvó.

Me refugié en el trabajo como si fuera un escondite.

Pedidos atrasados.

Envíos de la web acumulados.

Encargos olvidados en un rincón.

Cajas, facturas, etiquetas.

Todo lo que me permitiera no pensar.

Todo lo que me permitiera no sentir.

Ignoré las miradas. Las pausas demasiado largas de algunos clientes al fijarse en mi cara. Las preguntas que no llegaban a formularse.

Mi ojo morado hablaba por sí solo y mi expresión… probablemente también.

Sonreía cuando hacía falta. Respondía lo justo y de forma automática. Pero siempre había un momento… un pequeño instante de calma entre cliente y cliente…

Y entonces… todo volvía; el recuerdo, sus palabras, el golpe… y la humillación.

Sentía cómo los ojos se me llenaban de lágrimas sin previo aviso, cómo el pecho se me encogía como si algo tirara de él desde dentro… y tenía que respirar hondo, parpadear rápido...

Y seguir como si nada.

Por fortuna… no estaba completamente sola.

Atenea aparecía en mi móvil cada pocos minutos con mensajes, memes absurdos, audios llenos de sarcasmo y amenazas poco sutiles hacia el orco.

–Si lo vuelvo a ver… ¡Lo desenchufo de la vida!

No sabía si reír o preocuparme… quizás ambas cosas, pero funcionaba. Me mantenía… a flote.

Más o menos.

A mediodía, cuando el flujo de clientes empezó a disminuir, pensé que por fin tendría un respiro, pero me equivoqué.

Un mensajero apareció en la puerta con una sonrisa despreocupada, una caja de pizza en las manos… Y una tarrina enorme de helado.

Cerré los ojos un segundo.

Por supuesto, había sido Atenea.

Firmé sin decir nada, dejé la caja sobre el mostrador… y en cuanto el mensajero se fue…

Me rompí. Las lágrimas empezaron a caer sin control, silenciosas al principio, luego cada vez más intensas, más profundas, más difíciles de detener.

Afortunadamente, en ese momento no había nadie, porque si no me habría derrumbado por completo.

O eso había creído hasta que una voz me sacó de mi momento de desolación

–Una chica tan guapa no tiene derecho a estar triste.

La voz me atravesó y levanté la cabeza de golpe.

De pie en la entrada, estaba Brian, con un ramo de flores en una mano y una mirada de ánimo en sus ojos.

Esta vez no llevaba traje, solo una camiseta negra con unos vaqueros que habrían hecho babear a cualquier mujer heterosexual…

que no tuviera el corazón destrozado como yo.

Aún estaba más bueno de lo que recordaba.

Parpadeé varias veces, intentando recomponerme.

–¿Guapa? –Señalé el moratón en mi rostro y mi casto vestido–. Pensarás que soy una idiota.

Él negó despacio, acercándose un par de pasos.

–Jamás lo haría… – Su mirada se detuvo apenas un segundo en mi ojo…–. Y ese moratón… solo hace que aún parezcas más hermosa.

Levantó una ceja antes de guiñarme un ojo con una naturalidad que, por alguna razón, me descolocó más que cualquier comentario.

No respondí enseguida.

Había algo en su forma de actuar… demasiado normal… demasiado fácil.

No sabía qué decirle ni cómo reaccionar. Solo supe que su repentina aparición había llenado mi pecho de una repentina calidez.

Me sequé las lágrimas tratando de no parecer tan patética.

¿Qué estaba haciendo allí para empezar?

–Yo… lo del club… –Bajé la mirada, incómoda.

Había hablado con Atenea y había descubierto para mi absoluto horror que los idiomas, los números impares y las iglesias no formaban parte de la oferta del Nocturna. Nunca me había imaginado lo que realmente significaban… ciertas palabras.

¿Cómo iba a saber que el francés o el sesenta y nueve podían tener connotaciones sexuales?

¡Y menos aún las cruces!

Atenea me había amenazado, con un nivel de detalle que habría preferido no conocer, con convertir en una de las misiones de su vida completar mi educación… sexual. Estaba aterrorizada ante lo que eso podía significar.

–No tienes nada que explicarme… –Aunque estaba demasiado avergonzada como para mirarlo, supe que se había acercado aún más a mí hasta alcanzarme.

–Sí, tengo que hacerlo. –Tragué saliva–. No sabía ni siquiera de lo que me estabas hablando… Lo que yo estaba proponiendo.

¡Ya lo había dicho!

Lentamente, levanté la cabeza y busqué sus ojos.

Esperaba que su rostro estuviera lleno de incomodidad… o quizás decepción. Pero, para mi absoluta sorpresa, sonrió… Y no con una sonrisa forzada, sino llena de genuina alegría.

No se detuvo ahí. Tomó mi mano con cuidado, como si temiera que pudiera romperme… Fue un gesto tan dulce que, pese a la frialdad de su tacto, me reconfortó.

–Lo sé.

Fruncí el ceño.

–¿Lo sabes?

–Sí, hermosa, lo comprendí en cuanto te fuiste… Debí haber leído las señales, pero estaba demasiado eufórico para hacerlo. Solo podía pensar en que una chica guapísima parecía estar interesada en mí…

¿Guapísima? ¿Realmente pensaba eso?

–¿Y aun así estás aquí?

Su pulgar rozó ligeramente el dorso de la mano antes de soltarme.

–Precisamente por eso estoy aquí.

No supe qué decir. Había demasiadas cosas en esa frase… demasiadas preguntas.

–Pero…

–¿Podemos ser amigos? –me interrumpió con suavidad–. De momento.

«De momento».

Las palabras se deslizaron por mi espalda como un escalofrío.

No era una propuesta inocente… no del todo y los dos lo sabíamos.

Aun así…

–Eso me gustaría…

Después de Aleksander, de mi primer amor, de cada ilusión rota, de sus besos y sus caricias teñidos de mentira… De sus palabras cuyo recuerdo aún se clavaban en mis entrañas como latigazos…

Necesitaba algo normal.

Algo que no doliera.

Algo que no tuviera que ver con miradas que humillaban, ni con frases que mordían, ni con lágrimas que hacían sangrar mi corazón.

Brian era guapo, alto y encantador…

Era atento, amable y considerado…

Y estaba allí, mirándome como si fuera una cosa preciosa, con una sonrisa en la cara y expresión esperanzada.

Sequé mis últimas lágrimas.

Resistir y seguir… adelante… con Brian a mi lado no parecía tan malo.

En realidad… No necesitaba más.

Así que tomé las flores que me había traído dedicándole una mirada de agradecimiento mientras señalaba la comida que Atenea me había enviado.

–Un mensajero me acaba de traer esto y, sinceramente, es demasiado para mí. –No iba a perder el tiempo regodeándome en el pasado, así que tomé aire y me lancé–. ¿Quieres almorzar conmigo?

Observé su reacción. Ese instante mínimo en el que arrugó la nariz antes de recomponerse; casi imperceptible, pero que estaba ahí.

¿No le gustaba la pizza?

¿O era otra cosa?

–¡Me encantaría! Pero tengo que irme. Me he escapado un momento del trabajo y no me puedo entretener –respondió al final–. ¿Qué te parece si quedamos a cenar otro día?

Asentí, intentando que no se notara mi decepción.

–Ha sido… muy amable por tu parte venir. ¡Y las flores me han encantado! Gracias…

–No se las merecen, te lo aseguro.

Me preparé para despedirme de él; pero, cuando comenzaba a irse, se giró un instante en mi dirección.

–Antes de irme, necesito que me prometas una cosa. –Me dedicó una mirada llena de calidez.

Lo miré sin saber qué esperar.

–¿Cuál?

Su rostro se suavizó aún más antes de guiñarme un ojo de forma conspirativa.

–Nada de lágrimas… ¿Me lo prometes?

Sus palabras me sorprendieron e, inesperadamente, su petición, de alguna forma, me reconfortó.

–Lo intentaré.

En su rostro apareció una enorme sonrisa. Como si mis palabras hubieran sido todo lo que estaba esperando.

–Con eso me conformo…

Mientras buscaba en el almacén algún jarrón para colocar las flores, noté algo inesperado…

Mi corazón todavía estaba dolorido…

Pero… me sentía mucho más ligera.

Y, por primera vez en casi cuatro días… logré sonreír de verdad.

Aunque fuera apenas un instante.