Solo intentaba que no te partieses la crisma (Los Alfas no se enamoran 1) XXIII. Aleksander.
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XXIII. Aleksander.

Regresé a la Guarida después de que los otros dos Alfas de la ciudad apareciesen en la puerta del Nocturna amenazando con entrar por la fuerza a rescatarme si era necesario.

Boris se encargó de avisarlos. Por suerte mi Beta reaccionó rápido y su presencia fue determinante para que Dédrick me dejase ir sin más.

Había encontrado a mi compañera y eso era algo sagrado para cualquier licántropo…

El Nocturna sería territorio prohibido para nosotros, pero era una situación justificada.

Cuando se trataba de nuestras parejas predestinadas, siempre lo era…

Que la Diosa nos concediese algo tan precioso era una bendición inesperada que atesorábamos toda la vida.

¡Lástima que yo hubiese sido tan idiota como para ignorarlo!

Quería arrancarle la cabeza al vampiro que se le había acercado, que había escuchado su risa y había respirado su mismo aire; pero, sobre todo, quería arrancarme la piel a tiras a mí mismo por haberme puesto en la situación en la que estaba.

El recuerdo del rostro de Lira, de su ojo amoratado, de sus lágrimas… Me quemaba por dentro.

Quería desmembrar, torturar y hacer desaparecer al vampiro con el que la había sorprendido en aquella estúpida sala.

Pero no era eso lo que más me consumía.

Lo que de verdad me estaba destrozando era la certeza de que el culpable de todo lo que había ocurrido era yo.

Yo había hecho daño a la mujer que amaba. Al fin reconocía la realidad.

Yo la había echado de mi lado.

Yo había provocado ese desastre.

Yo había permitido que todo llegara hasta ese punto.

«Ya era hora de que admitieras el desastre que tú solito has provocado». Al menos mi lobo estaba de vuelta… aunque solo fuera para abroncarme.

–¿Por eso estabas tan nervioso?

La voz de Radomir me sacó de mis pensamientos.

–¿Ya sabías quién era ella?

Mihail no apartaba los ojos de mí. Ninguno de los dos lo hacía.

–Sí.

El silencio que siguió fue peor que cualquier reproche.

–Y no hiciste nada… –murmuró Mihail, más para sí mismo que para mí.

Los rostros de ambos Alfas estaban llenos de desconcierto. No podían comprender por qué no la había reclamado en cuánto había descubierto que era mi compañera… Por qué no había hecho nada hasta que había descubierto que había acudido al Nocturna.

Si ellos supieran la verdad. Si ellos descubrieran lo que sí había hecho, la forma en la que la había alejado de mí…

«¡Te patearían el culo!».

Ignoré a mi lobo.

Y, por fortuna, no me dijeron nada más.

No hacía falta.

Sabía lo que pensaban.

Su silencio era más estruendoso que cualquier reproche que me hubieran podido hacer.

Al menos el Rey de los vampiros nos aclaró algo cuando nos despidió en la puerta del club.

–Sé que han desaparecido algunos de vuestros hermanos.

Mis ojos se clavaron en los suyos.

–¿Cómo lo sabes?

Una sonrisa calculada apareció en el rostro de Dédrick.

–Mi misión es saber cosas –. Hizo una pausa, la suficiente para asegurarse de que todos estábamos escuchando. –Y por eso quiero aclararos algo… nosotros no hemos sido.

Mis puños se cerraron.

–¿Y por qué deberíamos creerte?

Su mirada no vaciló.

–Porque estoy demasiado ocupado atendiendo a mi Reina y a nuestro hijo como para perder el tiempo con vosotros.

Acusé el golpe que, en realidad, no iba dirigido para mí… pero que recibí como propio.

«A estas alturas… nuestra compañera podría estar embarazada». Mi lobo gruñó en lo más profundo de mi pecho.

Apreté los dientes. Mi lobo tenía razón… pero no podía seguir por ese camino.

No podía pensar en eso cuando ni siquiera podía llamarla mía.

–¡No desaparecieron solos! Alguien es el responsable –insistió Radomir.

El vampiro asintió lentamente.

–Sí y podéis creerme si os digo que no sé quién es, pero en cuanto lo descubra… seréis los primeros a los que avisaré.

Eso, viniendo de él, era casi más inquietante que cualquier otra respuesta. Su seguridad resultaba… perturbadora.

–Pero lo que sí sé es esto… –añadió–. He escuchado los rumores… Alguien ha ofrecido grandes cantidades de dinero por capturar a alguno de vuestros hermanos con vida.

–Eso significa…

–Que alguien los ha secuestrado. Es lo único que puedo deciros.

Y, para mi absoluta sorpresa, lo creí.

Cuando regresé a mi despacho en la Guarida, ya era de madrugada.

Boris no tardó en aparecer para sentarse a mi lado antes de decirme lo que yo ya sabía.

–Eres imbécil.

Mi Beta debía haber sospechado lo que Lira era para mí y por eso se había mantenido atento a lo que ocurría en la librería… pero ahora ya no albergaba ninguna duda. Sabía que ella era mi compañera.

–Lo soy… –¿Para qué negarlo? No había defensa posible.

–Yo estaba allí, en el bar cuando la echaste de tu lado… ¿Recuerdas?

–Por supuesto que lo recuerdo… –Lo que había hecho me perseguiría toda la vida–. Pero la necesito.

Boris escudriñó mi rostro durante un largo instante…

A pesar de que era mi Beta y me debía obediencia, tuve la impresión de que sopesaba si debía seguir reprendiéndome o si mi expresión derrotada resultaba ya lo bastante patética como para despertar su compasión.

A juzgar por la pregunta que formuló a continuación, debía de llevar la desesperación escrita en el rostro.

–¿Y qué vas a hacer?

«Ir a por ella, marcarla, follarla hasta perder el sentido y traerla de vuelta».

Por desgracia, no podía hacer lo que me exigía mi lobo… y no sabía si algún día eso cambiaría. Tenía que moverme con cautela si quería tener alguna oportunidad.

–Cámaras dentro de su buhardilla y su librería… No sé si hoy va a volver a abrirla, pero quiero asegurarme de saber qué hace en cada momento. –Suspiré antes de añadir algo más–. Iván no debe enterarse…

–¿Iván?

–No lo comprendería.

De hecho no creía que me comprendiese jamás. Estaba furioso conmigo, aunque yo lo estaba más.

–Dalo por hecho.

Inmediatamente se puso de pie y desapareció.

Pasé el resto de la mañana sentado, inmóvil, con mi lobo revolviéndose en mi interior y su imagen repitiéndose una y otra vez en mi cabeza…

Su rostro sorprendido cuando había evitado que se partiese la crisma la noche que la había descubierto saliendo de su librería. ¡Lo que daría ahora mismo por tener el privilegio de cuidar de ella! Su torpeza era un regalo, ¿cómo no me había dado cuenta antes?

La imagen de la primera vez que la había visto sentada en el comedor de Iván y Masha. Su vestido rosa… que tras descubrirla en el Nocturna, sabía qué curvas escondía. Sus vestidos cubrían su cuerpo de una forma deliciosa… ¿Por qué me había molestado su forma de vestir?

Su coleta tirante… Habría dado cualquier cosa por ser yo quien soltase ese cabello de color caramelo. ¿Cómo se sentiría entre mis dedos?

Y por encima de esa imagen… superpuesta con ella, el dolor que había visto en su rostro la última vez que nos habíamos visto.

Su ojo morado… que quería curar.

Sus lágrimas… esas que repentinamente deseaba lamer, aunque me aseguraría de que nunca más volviera a derramarlas, salvo que fueran lágrimas de pura felicidad.

Su voz rota… que quería escuchar llena de necesidad… por mí.

Cada recuerdo era un golpe.

Cada segundo… un castigo.

Por fortuna, a media mañana, Boris ya tenía cámaras en la librería.

–A lo largo del día las instalaré en su buhardilla –me explicó mientras descargaba la aplicación–. De momento me he limitado a enviar a su librería a un par de mis muchachos. Por suerte, hoy estaba abierta. Se han hecho pasar por técnicos del ayuntamiento. Ella… no sospecha nada.

Me incliné hacia delante desesperado por verla… por alcanzarla de alguna manera.

La pantalla cobró vida en mi móvil y ahí estaba.

Moviéndose entre estanterías con un hermoso vestido verde como si el mundo no se hubiera derrumbado la noche anterior.

Por desgracia, también me di cuenta de algo. No era la misma.

Su rostro estaba más pálido.

El moratón se había oscurecido, extendiéndose como una mancha imposible de ignorar.

Y sus ojos… sus ojos no mentían. Había algo roto en ellos. Algo que yo había roto.

Seguía siendo la mujer más hermosa… pero la había herido… y no sabía cómo lo iba a arreglar.