XXII. Lira.
No supe muy bien cómo abandoné el club.
En mi mente se mezclaron las luces, los rostros, los empujones… y junto a todo eso… la presencia constante a mi lado de Atenea.
Atenea tirando de mí sin mirar atrás, abriéndose paso entre la gente como si todo aquello no fuera con ella, como si el caos que habíamos dejado dentro no existiera.
Mientras yo… apenas podía seguirle el ritmo.
Me dolía el ojo.
Me dolía la mejilla.
Me dolía el cuerpo.
Me dolía el alma.
Me dolía el corazón.
¡Me dolía todo!
Cada paso era un recordatorio de lo que acababa de pasar…
¿De dónde había salido Aleksander?
Me imaginaba que era un habitual del Nocturna.
¿Con qué derecho me había atacado?
Me habría visto atravesando la planta baja en dirección a las escaleras… y mi presencia le habría resultado insultante.
¿Quién demonios era él para decidir dónde podía estar o lo que podía hacer?
La rabia se mezclaba con la humillación, con esa sensación insoportable de haber sido reducida a nada delante de todo el mundo… otra vez.
¿Era uno de esos tipos que se creen dueños de la ciudad?
¿Debía desaparecer del mundo solo porque a él le molestaba mi presencia?
¿Iba a tener que soportar aquello cada vez que nos cruzáramos?
Mientras las lágrimas recorrían mis mejillas, yo solo podía pensar en lo que acababa de ocurrir…
¿Cuánto más tenía que aguantar?
No tuve tiempo para encontrar una respuesta.
Cuando salimos a la calle, el aire frío me golpeó la cara… y entonces lo vi.
El caos no se había quedado dentro. Un grupo de matones se estaba peleando con al menos una docena de hombres más. Unos eran los porteros… la seguridad del club y los otros eran moteros.
No me costó reconocerlos, porque eran demasiado parecidos al orco.
Mi estómago se encogió.
Había algo en ellos… en su forma de moverse, en su violencia contenida, en esa manera de ocupar el espacio como si todo les perteneciera.
Y entonces reconocí a uno de ellos. Mis caseros lo habían señalado durante el pícnic. No recordaba muy bien su nombre, pero su rostro no se me había olvidado.
Me fijé en él porque, en cuanto nos vio, se quedó completamente inmóvil… como si se hubiera olvidado de la pelea en la que, hasta hacía unos instantes, había participado.
No miraba a la pelea.
No me miraba a mí, al menos solo lo hizo durante un instante, antes de desplazar su atención hacia mi amiga.
Miraba a Atenea.
Y en su mirada había algo… algo que me heló la sangre; reconocimiento y algo cercano a la reverencia.
De dos zancadas, se interpuso en nuestro camino.
–¿Qué te pasa? ¿Tengo monos en la cara? –soltó mi amiga irritada, como si su atención le resultara insultante.
Yo tragué saliva.
–Atenea… es amigo de Aleksander… –murmuré, intentando que reaccionara.
Ella ladeó ligeramente la cabeza.
–¿Otro orco?
Al escucharla, su rostro se contrajo sorprendido mientras sus ojos se entrecerraban… justo antes de que una sonrisa apareciese en su rostro.
No era una sonrisa amable; era lenta, calculada, peligrosa… una sonrisa lobuna.
El motero dio un paso al frente ignorando la mirada desafiante de mi amiga.
–Eres tú… ¿verdad?
Atenea no parpadeó.
–No sé de qué estás hablando.
Pero él no se detuvo.
–Palas… Atenea… –su voz bajó, casi con respeto–. Tú eres la jáquer… Tú diseñaste el O.R.C.O.
El mundo se detuvo… mientras sentía como el suelo desaparecía bajo mis pies.
¿Diseñó…?
Mi cabeza intentó encajar las piezas a toda velocidad.
«Cerrado por defunción, disculpen las molestias».
¿Defunción?
«Está muerto… Ese está muerto, déjalo en mis manos… ¿Sabías que el orco es el CEO de una empresa de importación y exportación?».
¿Qué había hecho mi mejor amiga jáquer?
Mi respiración se volvió irregular.
No…
No podía ser…
Pero la forma en la que él la miraba…
La forma en la que ella no lo negaba del todo…
Por fortuna, apareció otro matón para lanzarse contra el motero y el momento se rompió.
Atenea no dudó.
Me agarró de la muñeca y echamos a correr dejando al motero y sus acusaciones atrás.
El resto de la noche se convirtió en una mezcla borrosa de lágrimas, helados y silencios incómodos.
Yo lloraba.
Ella no… Ella miraba el móvil una y otra vez.
Sus dedos se movían rápidos, precisos.
Sus labios murmuraban cosas que apenas alcanzaba a oír.
–Ese cabrón…
–No debería haber hecho eso…
–Va a arrepentirse…
Cada frase era más fría que la anterior.
Y cada vez que levantaba la vista… había algo en sus ojos que no había visto antes.
No me atreví a preguntar… porque, en el fondo, ya conocía la respuesta…
Y sabía que lo había hecho por mí.
Me había visto tan destrozada, tan perdida… que había intentado vengarme. ¡No podía volver a permitirlo!
No podía dejar que los demás peleasen mis guerras.
Así que, cuando la luz de la mañana se asomó en las ventanas de mi buhardilla, supe lo que tenía que hacer.
Debía seguir adelante.
No me podía seguir escondiendo tras las lágrimas, los helados, una visita al Nocturna o mi mejor amiga.
Tenía que regresar a mi vida.