Solo intentaba que no te partieses la crisma (Los Alfas no se enamoran 1) XXI. Aleksander.
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XXI. Aleksander.

Me quedé inmóvil, con el chupasangres a mi lado y rodeado por los matones del club.

La furia que había sentido cuando lo había visto con mi compañera, había desaparecido.

Lo ignoré, no intenté descargar mi ira sobre él o buscar venganza.

En realidad, carecía de importancia. La única criatura que realmente me preocupaba acababa de salir a toda prisa.

Y allí estaba yo, clavado en el sitio, tras escuchar las palabras de mi compañera… de la pequeña Lira… cargadas de dolor y de rabia.

Detrás habían quedado Boris y mis hermanos, conteniendo a los porteros que habían intentado impedirme el paso.

Ya nada importaba, porque la había herido.

Otra vez.

Le había dejado un ojo morado y, por si fuera poco, la había vuelto a destrozar.

Cuando la había visto allí, de rodillas frente a aquel vampiro…

Cuando había contemplado todas sus curvas en exposición a través de ese vestido que dejaba poco a la imaginación…

Cuando me había perdido en su larga melena de color caramelo… liberada por primera vez de su habitual coleta…

Cuando había comprendido que se había arreglado y vestido para otro que no era yo…

Los celos me habían asfixiado y le había dicho cosas… Me había comportado de una forma… absolutamente imperdonable…

Otra vez.

¿Qué podía decirle?

«¿Quizás pedirle disculpas, idiota?». Mi lobo tenía razón. Aunque un Alfa nunca pedía disculpas… quizás tenía que habérmelo replanteado antes de irrumpir como un salvaje en el club.

Sabía que le había hecho daño, que cuando la había apartado de mi lado se había marchado dolida… pero lo que había visto en sus ojos iba mucho más allá de un simple enfado o disgusto.

Había esperado que le molestase… pero sus ojos me habían contado otra historia.

«Cerró la librería durante tres días… ¿de verdad aún dudas de cuánto le afectó lo que hiciste?».

Mi lobo lo tenía claro. Lástima que yo no me hubiera dado cuenta antes.

¿Cómo no me lo había imaginado?

Iván ya me lo había insinuado; sería una humana, sí, pero sentía el vínculo. Quizás no con la misma intensidad, pero lo sentía… y yo la había rechazado.

Si había sentido siquiera la mitad de dolor del que yo sentía en ese instante… tras rechazarme e irse de mi lado… entonces yo era, sin duda, el mayor cabrón egoísta del universo.

«Me humillaste en tu casa… y ahora has venido a aquí a hacerlo otra vez. Ya lo he entendido, de verdad. Soy solo una niña que no te interesa. ¿Sabes qué? Puedo aceptarlo. Pero necesito que desaparezcas de mi vida… ¡De una vez!».

Sus palabras se repetían en mi cabeza mientras los matones me levantaban en volandas y me arrastraban por el club hacia el sótano.

No opuse resistencia.

Cuando Iván me había explicado dónde estaba… había perdido la cabeza.

Cuando había irrumpido en la sala privada y la había visto de rodillas ante la polla de un vampiro, perdí la cordura.

Cuando la había herido… cuando había visto como la cruz golpeaba su mejilla… había sentido su dolor como propio…

Y cuando había escuchado sus palabras llenas de reproche y había visto sus lágrimas…

Quería hacerme daño a mí mismo… quería arrancarme la piel, golpearme hasta perder el conocimiento…

Pero lo peor no era eso…

En todo ese tiempo, no había comprendido lo más importante.

¿Qué derecho tenía yo a reclamarle nada?

No tuve tiempo de fustigarme más…

Cuando crucé el umbral de la habitación del sótano, todos mis músculos se tensaron al instante. No fue una reacción consciente; fue instinto, reconocimiento, peligro…

El Rey de los vampiros estaba allí.

Mi mayor enemigo me estaba esperando.

Con el corazón martilleando en mi pecho y la culpa sangrando en mis entrañas, centré toda mi atención en la figura que tenía ante mí. Tenía que salir vivo de allí. Tenía que hacerlo para recuperar a mi compañera.

Era mi única opción para arreglar el desastre que yo solo había provocado con mi estupidez.

Dédrick no llevaba corona ni empuñaba la espada que, según las leyendas, lo distinguía como monarca.

No la necesitaba. Había algo en su sola presencia que imponía más que cualquier símbolo; la forma en que estaba sentado, vestido con un impecable traje y erguido tras un amplio escritorio de madera oscura; la quietud antinatural de su cuerpo; la intensidad de sus ojos verdes, fríos y penetrantes, que parecían desmenuzar todo lo que tocaban.

Su cabello rubio caía con descuido calculado sobre la frente, dándole un aire casi humano… si no fuera por la sensación opresiva que llenaba la estancia.

El despacho era amplio, elegante, casi demasiado perfecto. Estanterías repletas de libros antiguos cubrían las paredes, mezclándose con pantallas modernas que parpadeaban en silencio. Una alfombra gruesa amortiguaba cada paso y el aire olía a cuero, a polvo viejo… y a sangre contenida.

No estaba solo.

A ambos lados de la habitación, varios vampiros permanecían inmóviles, escoltándolo. No hacían falta armas visibles; ellos eran las armas. Sus miradas, clavadas en mí, eran suficientes para dejar claro que no saldría de allí si su Rey no lo permitía.

Y aun así… nada de eso me importaba tanto como el peso que llevaba dentro.

La culpa.

El recuerdo de Lira.

El dolor que le había causado.

–¿A qué has venido aquí? –preguntó Dédrick, su voz baja, controlada… peligrosa–. ¿Por qué has osado pisar mi club?

Tragué saliva. Me obligué a mantenerme en pie, aunque por dentro me estuviera derrumbando por la culpa.

–Mi compañera… –la palabra me raspó la garganta–. Mi compañera estaba aquí con uno de tus vampiros. Vine a rescatarla.

Sus cejas se alzaron levemente al escucharme.

–¿Rescatarla? ¿Tu compañera?

Había desconcierto en su mirada, sí… pero también algo más; duda, interés…

Sin decir nada más, giró una de las pantallas hacia mí.

Y entonces lo vi; la grabación.

Lira entrando en la sala, mirando a su alrededor con esos ojos llenos de curiosidad… de inocencia; dudando, avanzando, tropezando…

Y cayendo de rodillas frente al vampiro.

Así era Lira… siempre torpe.

Siempre ella.

Siempre mía.

Si su torpeza me había molestado alguna vez, lo había olvidado, porque ella era así… y no la quería de otra manera.

¿La quería?

¿Tenía que preguntármelo?

«¿Acaso lo dudas? ¡Claro que la amas!» Las palabras de mi lobo nunca habían sido más ciertas.

Sentí como un inesperado escalofrío recorría todo mi cuerpo. ¡Por supuesto que la amaba!

Mierda… ¿Qué iba a hacer si no me perdonaba?

Sentí cómo algo dentro de mí se rompía.

–Grabamos todo lo que ocurre en las salas privadas por motivos de seguridad –me explicó Dédrick con calma–. Dime…

Sus ojos verdes se clavaron en los míos, atravesándome.

–¿Sabe ella que es tu compañera?

El mundo pareció quedarse en silencio mientras nos mirábamos.

Y el miedo dejó de importarme por completo, porque no tenía respuesta para su pregunta.

No una que pudiera pronunciar.

No después de lo que le había hecho.

La imagen de su rostro, de su mejilla golpeada, de sus lágrimas… volvió a aplastarme el pecho.

La había rechazado.

La había humillado.

La había roto.

Y aun así… tenía la desfachatez de llamarla «mi compañera».

Bajé la mirada, incapaz de sostener la suya.

Porque la verdad era simple, brutal...

No sabía si Lira seguía siéndolo…

Y, después de todo, quizás ya no tenía ningún derecho a que lo fuera.