Solo intentaba que no te partieses la crisma (Los Alfas no se enamoran 1) XX. Lira.
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XX. Lira.

Tras subir por unas escaleras y recorrer un largo pasillo lleno de puertas cerradas, Brian abrió una de ellas y entramos en una sala a oscuras.

Hasta ahí, todo normal.

Suponía.

Tampoco es que hubiera visitado muchas iglesias.

Ni iglesias situadas encima de clubes.

Ni clubes en general.

¡Como fuera!

La penumbra nos rodeaba y solo después de unos instantes, mis ojos se adaptaron a la oscuridad y pude ver dónde estaba.

Solo unas velas iluminaban un extraño objeto que ocupaba todo el centro de la habitación…

Hasta ahí, todo seguía siendo normal.

Quería creer.

El objeto era una cruz.

Bien, todo en orden.

¿Cómo no va a tener una iglesia una cruz?

Lo que me empezó a mosquear fue…

1. La cruz estaba torcida. Parecía más una equis que otra cosa. ¿No tenían presupuesto para arreglarla? ¿Sería una especie de reliquia de valor incalculable que no se atrevían a restaurar? ¿La Torre de Pisa de las cruces?

2. Brian comenzó a comportarse de forma rara, como si tuviera mucho calor… Era eso o el traje le apretaba. Pero mientras se quitaba la chaqueta y remangaba la camisa comenzó a insistir en que yo hiciera lo mismo.

–Nena, ponte cómoda. ¿No te sobra la ropa?

Pero a mí no me sobraba nada… más bien me faltaba mientras los escalofríos recorrían mi cuerpo y en mi cabeza aparecía la imagen de otro… arremangándose ante mí.

«¡No vayas por ahí!».

3. Brian tomó un mando y una extraña música sensual comenzó a sonar…

Una de esas músicas que había escuchado en las escasas ocasiones en las que Atenea se había empeñado en enseñarme alguna escena especialmente subida de tono de las películas porno que, a veces, por pura curiosidad intelectual había visto.

«Una chica debe estar preparada para cualquier eventualidad… en el trabajo, en su hogar… o en su cama. ¡Sobre todo en la cama!».

Sus palabras resonaron en mi cabeza.

Cuando Atenea se ponía pesada con eso; con su necesidad de educarme en esos aspectos de la vida… solía cerrar los ojos e ignorarla. Pero reconocía la música… aunque me faltaban los gemidos.

4. Y la pista definitiva que me hizo comprender que no había leído bien la situación, fue cuando se echó la mano a la bragueta… y para mi absoluta estupefacción, tras bajarse la cremallera, se sacó… una enorme cosa de entre las piernas y comenzó a acariciarla arriba y abajo.

Me quedé sin habla.

Jamás había visto una polla en persona.

Y mucho menos en movimiento.

No es que esperara una presentación formal… un…

«Mi polla, Lira… Lira, te presento a mi polla…».

Pero una chica necesita de… cierta preparación antes de encontrarse cara a cara con una anaconda…

¿Verdad?

¿Vídeos de National Geographic quizás?

No sé si fue la sorpresa… mi vórtice de energía torpe personal… o que los dioses no se habían reído de mí lo suficiente, pero ese fue el momento en el que se desencadenó la tragedia.

¿Cómo había creído que me había librado de mi caos habitual?

De forma inesperada, pero absolutamente previsible tratándose de mí… tropecé con algún obstáculo imaginario, perdí la verticalidad y me caí al suelo… de rodillas frente a su enorme… cosa.

¿Por qué el universo conspiraba de esa manera contra mí?

–Así, cariño… Así, de rodillas. –La reacción de Brian fue automática. Sus pupilas se dilataron y los movimientos de su mano acariciando su… anaconda se aceleraron mientras la acercaba a mi cara…

Y entonces… y solo entonces lo comprendí…

¿Quería que se la… chupase?

Tenía que haber prestado más atención a los vídeos de Atenea… porque no estaba preparada… para aquella eventualidad.

Más de una vez mi amiga me había hablado de sus experiencias en ese departamento… de pollas en la boca. Siempre me las había descrito como algo sexi y divertido, pero a mí aquello no me estaba haciendo ninguna gracia… y no sabía qué podía tener de sexi.

Me quedé sin habla… y congelada en el sitio. Por fortuna, un estruendo vino en mi ayuda.

O eso pensaba…

¡No podía haber estado más equivocada!

Había un tumulto en el pasillo en forma de gritos y golpes. Y, antes de que pudiera explicarle a mi acompañante que no estaba de rodillas por decisión propia y que, desde luego, no acercase esa cosa a mí…

La puerta se abrió y ocurrió lo impensable.

Aleksander estaba allí. El orco acababa de entrar en la sala con un aspecto tan comestible como siempre y, tras observar la escena que tenía ante él durante una fracción de segundo, se transformó en una bola de furia y destrucción… o al menos eso era lo que decían sus ojos y su mandíbula apretada.

Lo que ocurrió a continuación fue una sucesión de acontecimientos incomprensibles.

El hombre que me había rechazado, avergonzado y despreciado, se lanzó sobre Brian entre improperios.

–¡Aléjate de ella!

Al hacerlo, se transformó en un molinillo impetuoso de brazos y piernas que… golpeó la extraña cruz a su paso.

Con tan mala suerte que… logró desestabilizarla.

Con tan mala suerte que… cayó.

Con tan mala suerte que… por supuesto… impactó sobre mí.

Lanzándome al suelo con un terrible dolor en la mejilla y la furia hirviendo.

De repente, todo a mi alrededor se detuvo.

–Lira… –El cabrón arrogante estaba junto a mí mirándome con preocupación.

–Cariño… –El dueño de la polla también parecía preocupado.

–Lira, ¿estás bien? –Pero los ignoré a todos porque Atenea ya estaba a mi lado. Me imaginé que el tumulto la había conducido hasta allí.

Otra vez la humillación y la vergüenza me asaltaron.

¿Se podía estar en una situación más ridícula?

Difícilmente.

Mientras los demás parecían congelados en el tiempo y en el espacio. Seguramente debatiéndose sobre si seguir peleándose o socorrerme… Mi amiga me ayudó a levantarme mientras notaba como mi ojo se hinchaba. No necesité mirarme para saber que se me estaba amoratando.

–¿Qué haces medio desnuda a solas con este idiota? ¿Cómo se te ocurre venir aquí? –Pero por supuesto el orco tenía algo que decir, algo humillante… para variar–. ¿Eres estúpida? ¿Ibas a chupársela a este chupasangres?

¿De qué estaba hablando?

Me perdí con tanto verbo chupar.

Solo supe que el orco me estaba voceando tanto y tan fuerte que incluso Brian lo estaba mirando con ojos desorbitados.

Pero no estábamos solos. A Aleksander le gustaba humillarme ante la mayor cantidad de público posible. Tras ellos, al menos una docena de personas estaban asistiendo al espectáculo sin pestañear.

Traté de contener las lágrimas, mientras Atenea se giraba lista para defenderme, pero esta vez yo fui más rápida.

–¿No te bastó con lo que me hiciste el domingo que has tenido que venir hasta aquí para rematarlo?

Mi pregunta lo dejó desconcertado.

–¿De qué estás hablando? –Su voz seguía haciéndome cosas… pero ahora era distinto. Solo me provocaba ganas de abofetearlo.

De verdad.

Lo juro.

¿Me estaría creciendo la nariz?

–Me humillaste en tu casa… y ahora has venido aquí a hacerlo otra vez.

–¿Por qué mi cuerpo tenía que seguir sintiéndose atraído por él?

¿Por qué no lo rechazaba? Me concentré en la rabia que sentía–.

Ya lo he entendido, de verdad. Soy solo una niña que no te interesa.

¿Sabes qué? Puedo aceptarlo. Pero necesito que desaparezcas de mi vida… ¡De una vez!

Las lágrimas que había logrado contener durante unas horas, terminaron por desbordarse y nublaron mi vista. Pero Atenea estaba allí, mi ancla. Sentí su brazo rodear mis hombros y me dejé guiar mientras salíamos a toda prisa.

Al menos me quedaba el consuelo de haberlo dejado sin palabras.

Como si eso me sirviera de algo.