XIX. Aleksander.
Boris no me había dejado solo. Me esperaba entre las sombras cuando salí del edificio de Iván como un vendaval.
Me costaba respirar…
Me costaba pensar…
Me costaba contenerme…
Cada paso era una lucha brutal por no dejar salir a mi lobo, por no transformarme allí mismo y arrasar el Nocturna hasta sus cimientos.
Mi lobo rugía dentro de mí.
Mi sangre hervía.
Y mi cabeza… ¡Mi cabeza estaba a punto de estallar!
Todos mis reparos, todas las excusas que me había inventado para rechazarla, se habían desmoronado frente a una verdad imposible de ignorar.
No podía soportar que otro la tuviera… ¡porque era mía!
Su dulzura era mía para devorar.
Sus ojos eran míos para mostrarle todo lo que le quería hacer.
Su boca era mía para besar, saquear, morder o follar.
Su piel era mía para lamer, acariciar y marcar.
Sus tetas y el resto de sus curvas eran mías para reclamar.
Su coño y su culo eran míos para lamer y follar.
¡Ella era mía, cojones!
Todo en ella me pertenecía de una forma primitiva, visceral, inevitable.
Y la necesitaba…
¡La necesitaba como respirar!
Recordé todo lo que me había dicho Boris en mi despacho antes de informarme sobre la librería cerrada…
y al fin fui consciente del significado completo de sus palabras.
Ella era mi compañera… la única para mí no solo porque mi cuerpo, mi corazón, mis entrañas…
y mi lobo exigiesen tenerla, sino porque yo no podía seguir viviendo sin ella.
No era solo deseo. No era solo instinto. Era algo más profundo, más oscuro… más definitivo.
Sin ella, yo no era nada.
Lira no había llegado a mi vida por casualidad. Había nacido para contenerme, para equilibrarme y convertirme en el Alfa que estaba destinado a ser. Solo ella podía domar al monstruo…
Y sin ella… estaba perdido.
Completamente desbocado.
Iván tenía razón.
La Diosa no se había equivocado cuando me había enviado a Lira.
Y yo había sido un maldito idiota.
Toda mi vida había creído que una loba pendenciera era la indicada para mí… y, en realidad, necesitaba a mi lado a alguien que me ayudara a calmarme… a pararme y pensar.
Una risa amarga amenazó con escaparse de mi garganta, pero murió antes de nacer. La desesperación era demasiado fuerte.
Algo debió ver Boris en mí, porque apareció a mi lado en un instante.
–Mi compañera… –mi voz salió rota, irreconocible. Era la primera vez que pronunciaba la palabra en voz alta… y en vez de alegría… me sentía destrozado–. Mi pequeña y dulce compañera está en el Nocturna.
No tuve que decir nada más.
Nos movimos al mismo tiempo hacia nuestras motos.
No habíamos cruzado ni un par de calles cuando dos docenas de hermanos se unieron a nosotros.
No pregunté, sabía que Boris los había llamado. Los compañeros eran sagrados y cuando uno de nosotros encontraba a su pareja predestinada, toda la manada se ponía tras él para ayudarlo.
Lástima que yo me hubiera comportado como un cretino, porque entonces nada de eso habría sido necesario.
El recuerdo de lo que había hecho llenó mi cerebro, pero lo aparté. No era momento de lamentaciones
«Cázala, reclámala y márcala». Al menos, había recuperado a mi lobo… Y sabíamos lo que teníamos que hacer.
No tardamos en alcanzar el Nocturna. Sus luces brillaban como una trampa en mitad de la noche.
Era uno de los clubes más conocidos de la ciudad. Para los humanos, era el lugar de moda, uno donde podían hacer realidad todas sus fantasías…
Lo que no sabían era que el Nocturna era el nido del Rey de los vampiros; nuestros enemigos naturales.
Unos enemigos que estaban haciendo desaparecer a nuestros hermanos.
Unos enemigos que utilizaban el club para acceder a mujeres imprudentes que acudían al Club buscando diversión… y se encontraban con vampiros que tomaban su sangre… o algo peor.
Había escuchado los rumores, como las embaucaban para tener sexo con ellas y aprovechaban ese momento para alimentarse. Como nosotros, intentaban pasar inadvertidos y rara vez mataban para alimentarse… Pero había accidentes.
La idea me revolvió las entrañas mientras la bilis me subía por la garganta.
Y ella estaba allí dentro.
Mi compañera estaba allí por mi culpa.
Porque yo había sido un estúpido y la había apartado de mi lado.
El pánico me golpeó con una fuerza que nunca antes había sentido.
No sentía ira ni furia, solo miedo…
«Necesitamos ponerla a salvo… ¡Ya!». Mi lobo se sentía como yo.
En vez de tenerla en mi cama, la había empujado a aquel antro.
Por primera vez en mi vida, estaba aterrorizado.
Cuando aparcamos, no esperé a nadie. Caminé directo hacia la entrada, cada paso cargado de una amenaza que no intentaba ocultar.
Los porteros, en cuanto me vieron, me reconocieron y se irguieron al instante, tensos, alertas. Sus manos se movieron discretamente hacia los pinganillos mientras avisaban dentro.
Sabían quién era.
Sabían lo que significaba mi presencia.
Aquel era un territorio prohibido para nosotros… Un pacto silencioso que yo acababa de romper con mi sola presencia.
Los humanos de la fila también lo percibieron. Tal vez no entendían qué ocurría, pero sus instintos sí.
Uno tras otro comenzaron a apartarse con rapidez, abriendo un camino despejado hasta la puerta, como animales detectando a un depredador antes incluso de verlo atacar.
Ni siquiera les dediqué una mirada. En otras circunstancias habría disfrutado de su reacción, quizás hasta habría sonreído ante el miedo silencioso que provocaba mi presencia.
Pero estaba demasiado preocupado por mi compañera.
Toda mi atención estaba clavada en los dos matones que aguardaban junto a la entrada.
Eran vampiros… inmóviles, preparados, pero nerviosos. Porque ellos sabían quién era yo… Su reacción cautelosa me arrancó una chispa de satisfacción en medio del caos.
Tenían miedo… Hacían bien.
En cuanto me planté frente a ellos, se tensaron aún más.
–Alfa, no puedes entrar.
Sus voces eran firmes, pero su pulso no.
Di un paso más.
–¿Quién me lo va a impedir?
Un par de matones más aparecieron a su lado.
–Nosotros.
Una sonrisa lenta, peligrosa, se dibujó en mis labios.
–Podéis intentarlo.