XVIII. Lira.
Atenea me estaba esperando delante del club y cuando la vi, se me desencajó la mandíbula. Llevaba un vestido negro, corto y ajustado, que parecía diseñado para remarcar cada una de sus curvas y alargar aún más sus piernas interminables.
A su lado, me sentí pequeña… casi invisible, pero muy pronto me di cuenta de que ella no lo permitiría.
–Amiga mía… estás de muerte –me dijo mientras me recorría con la mirada.
–¿Tú crees? –La miré insegura.
–¿No has visto como te comen con los ojos? –Enlazó su brazo con el mío mientras señalaba a su espalda. Cuando miré en la dirección que me indicaba, enrojecí. Un grupo de hombres no me quitaban los ojos de encima…
–Yo…
–Nada de excusas. ¡Deshazte de ese chal! –La obedecí sin dudar, pero cuando iba a apoyarlo en mi brazo, ella me lo arrebató de las manos para lanzarlo a la papelera más cercana–. Levanta la cabeza, luce esas tetas y menea el culo… ¡Deja de pensarlo todo tanto!
–¡Atenea!
Me pegó un cachete en el culo y sentí como mis mejillas ardían.
–Hemos venido aquí con una única misión… un objetivo.
–Un objetivo... –repetí desorientada.
–No volveremos a casa hasta que una polla vengadora te ayude a deshacerte de todo lo malo.
Al escucharla, estuvo a punto de darme un síncope…
pero no se detuvo… no antes de recurrir a una de nuestras frases favoritas de Lo que el viento se llevó [12] .
Una película que no sería de fantasía, pero que nos encantaba a ambas y cuya célebre frase utilizábamos siempre que la situación lo requería.
–¡A dios pongo por testigo que tu coño nunca más volverá a pasar hambre!
Ahogué una carcajada mientras rezaba para que nadie más la hubiese escuchado. Atenea era así… y yo me sentía profundamente agradecida de que fuera mi amiga. No estaba segura de si hablaba en serio o si simplemente le gustaba dramatizar, pero había algo reconfortante en su forma de hablar.
Por primera vez desde el domingo… sonreí de verdad.
Tras hacer cola, entramos con desparpajo… con una seguridad a la que yo era ajena. Los porteros nos echaron un breve vistazo; Atenea respondió agitando las pestañas, yo la imité y, un instante después, estábamos dentro.
Lo que nos encontramos nos dejó sin palabras.
Luces bajas, música vibrando en el pecho, mujeres bailando en plataformas elevadas, hombres impecablemente vestidos… todo tenía un aire peligroso, elegante, casi irreal.
Ninguno de aquellos hombres era él… pero me negué a dedicarle ni un pensamiento más.
Nos sentamos frente a una mesa baja y, casi al instante, un camarero apareció con un par de bebidas…
–No hemos pedido nada –dije confundida.
–Los caballeros en la barra les han invitado –respondió con una sonrisa ensayada.
Atenea me lanzó una mirada de «empieza el juego» y, efectivamente, eso fue lo que ocurrió.
Brian no tardó en acercarse. Era alto, de pelo castaño claro, ojos azules y una sonrisa llena de promesas dentro de un traje que le quedaba como un guante.
Tenía un aire sofisticado que le distinguía de cualquier hombre que hubiera conocido antes.
Mientras se sentaba a mi lado como si ya nos conociéramos lo estudié con atención intentando averiguar qué le podía decir.
Nunca había interactuado demasiado con ningún chico…
pero el hecho de que no llevara nada de cuero me dio esperanzas.
Era la primera vez que iba a un club o me vestía para matar. ¿Qué podía decirle? Me pasé la mano por el pelo, buscando una coleta que, esta vez, me había dejado en casa. Repentinamente tuve una inspiración… Ese aire distinguido…
¿Sería extranjero?
–¿Francés?
Mi pregunta provocó que sus pupilas se dilataran y su sonrisa se transformara… en algo más.
–Me encantan las chicas directas…
–¿Cómo?
–Me muero por que me hagas un francés…
No tenía acento… Entonces… ¿qué quería decir con esa frase?
Busqué ayuda en Atenea, pero ya estaba enfrascada en una animada conversación con el acompañante de Brian.
Nunca se me había dado bien el francés. En el instituto había sufrido con las tildes, los apóstrofes y las conjugaciones…
así que confiaba en que no me preguntase por mis habilidades.
Solo tenía que mantener viva la conversación, no debía ser tan difícil…
por muy interesado que estuviera en los idiomas.
Así que recurrí a los clásicos…. Agité las pestañas y repetí las últimas palabra que había dicho en forma de pregunta.
–¿Hacer un francés?
Al escuchar mis palabras, una sonrisa ladina se dibujó en su rostro, justo antes de que acortara la distancia que nos separaba. Su aroma me golpeó. Olía a peligro y sexo.
–Por supuesto, estoy a tu entera disposición… Pero tienes que saber una cosa… –Nuestras rodillas se rozaron mientras se inclinaba hacia mí hasta que sus labios rozaron mi oído. Le gustarían los idiomas, pero yo también le gustaba–. No soy egoísta… podemos hacer un sesenta y nueve.
¿Idiomas? ¿Matemáticas?
Eso tampoco era mi fuerte… Improvisé.
–Me gustan los números impares… –respondí, intentando seguirle el juego sin entender del todo las reglas.
Fue su turno de pestañear antes de soltar una sonora carcajada.
–Eres increíble… Directa y graciosa… ¿Cómo es que nunca antes te había visto por aquí?
–Porque esta es mi primera vez en el club –confesé.
Mi respuesta pareció intrigarle, porque se inclinó aún más hacia mí hasta enjaularme entre sus brazos contra el respaldo del sofá. Sí, no cabía ninguna duda de que le gustaba.
Después de sufrir el rechazo del orco, su interés me proporcionó una inesperada satisfacción.
–¿Y a qué has venido al Nocturna?
Para eso sí tenía una respuesta… Una que su evidente interés me proporcionó el valor para pronunciar.
–He venido a probarlo todo.
Mi respuesta dio en el clavo… porque su voz se transformó en un ronroneo.
–Me han dicho que en la planta de arriba hay una cruz de San Andrés…
Jamás me habría imaginado que había una iglesia encima del club. Le seguí la corriente.
¿No se trataba de eso?
–Me gustaría verla… –susurré utilizando mi voz más seductora.
La reacción fue inmediata. Brian se levantó de un salto, como si acabara de recibir la mejor noticia de la noche.
–Sabía que dirías eso.
Me ofreció la mano y, antes de que pudiera replanteármelo, ya me estaba guiando entre la gente en dirección hacia las escaleras. Al alejarme, me di cuenta de que Atenea se había levantado y estaba bailando con el otro hombre.
Así que lo seguí, aun dándole vueltas a lo que acababa de ocurrir.
Era muy guapo… encantador incluso… Su gusto por los idiomas estaba bien y en cuanto a las matemáticas… tenía que haber de todo en esta vida… Lo que me preocupaba era su interés por la religión.
¡No era el momento más apropiado para un arrebato místico!
¿Y si era de una secta o algo así?