Solo intentaba que no te partieses la crisma (Los Alfas no se enamoran 1) XVII. Aleksander.
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XVII. Aleksander.

El segundo día fue un auténtico infierno. No podía quedarme quieto, no podía dejar de pensar en ella, no podía…

No podía dejar de golpear, romper huesos, buscar venganza contra un enemigo que, en el fondo, era yo mismo y mis decisiones.

Los italianos recibieron la peor parte, pero estaba empezando a valorar la posibilidad de hacer una visita a los vampiros si mis hermanos no aparecían pronto.

Por el momento no teníamos pruebas concluyentes que los relacionaran con las desapariciones y las palabras de Mihail me habían hecho dudar, pero yo estaba demasiado ansioso…

demasiado alterado… demasiado desesperado por aferrarme a cualquier cosa que pudiera tranquilizarme.

Y, conforme pasaban las horas, la idea de romper el frágil equilibrio que manteníamos con los vampiros empezaba a resultar peligrosamente tentadora.

Arrastrar a todo mi linaje a una guerra contra ellos ya no me parecía un acto suicida, sino una vía de escape para la desesperación que crecía dentro de mí.

Era egoísta, impropio de un Alfa. Lo sabía perfectamente… y aun así, había llegado a ese estado.

¡Ni siquiera mi lobo colaboraba!

¿Cómo iba a hacerlo si me había convertido en su enemigo?

Cuando, la mañana del tercer día, en medio de una visita al aeropuerto, una limusina se detuvo frente a mí, estuve a punto de transformarme y arrancarle el cuello al insensato que se había atrevido a presentarse en mi territorio sin una invitación.

–Soy Robert Lor –Se ajustó las gafas mientras me observaba con detenimiento–. Quería conocerle en persona…

No lo dejé acabar. Con su traje caro, su media docena de guardaespaldas demasiado seguros de sí mismos y su mirada de superioridad me dijo todo lo que necesitaba saber. No me gustaba… al igual que yo no le gustaba a él. ¿Por qué insistía?

El muy idiota no había captado la indirecta cuando había colgado su llamada.

Tenía que reconocérselo, no se daba por vencido con facilidad.

Su empresa debía estar desesperada por aliarse con nosotros, pero eso me importaba una mierda.

Si quería que moviésemos sus armas conocía nuestras tarifas.

No necesitábamos reuniones ni chorradas.

¿Qué más tenía que hacer para que lo comprendiese… enseñarle mi lobo?

–Y yo quiero que se largue ahora mismo.

Boris junto a una docena de mis hermanos los rodearon.

–Pero…

–Este es nuestro territorio, nuestras normas… Lárguese ahora… que puede.

Me miró un instante, antes de comenzar a negar con la cabeza.

–De acuerdo… Espero que la próxima vez que nos veamos, no se arrepienta de su decisión.

–Por su propio bien, espero que no nos volvamos a ver.

Cuando llegó la noche estaba al borde del colapso.

Los nervios me desgarraban por dentro y apenas podía contener la rabia y la desesperación que llevaba días acumulando.

Después de perder el control y gritarle a media manada, terminé hundido en el sillón de mi despacho exhausto, con la sensación de que todo a mi alrededor empezaba a derrumbarse.

Fue entonces cuando Boris, mi Beta, entró y me miró de una manera que a cualquier otro habría aterrado. Estaba furioso… y lo estaba conmigo.

–Siempre has sido un cabrón aterrador, pero estos días te has convertido en alguien absolutamente insoportable… –Se plantó delante de mí con los brazos en jarras–. Necesito a mi Alfa de vuelta. Ya tengo suficientes problemas con el sistema informático como para encima lidiar contigo.

–¿Sistema informático?

–Ha fallado un par de veces después de que un virus intentara colarse en nuestros negocios legales… y no legales…

–¿Un virus?

–Sí… y nunca había oído hablar de él antes. ¿Te suena O.R.C.O.? Incluso el nombre del jáquer es una incógnita; se hace llamar Palas. ¿Qué nombre es ese?

–¿Cómo? –No entendía del todo lo que decía, pero sabía que no era nada bueno.

Estaba agotado… al límite…

–¡No importa! No finjas que entiendes algo de lo que te digo. Lo único que tienes que saber es que, hasta ahora, quienquiera que se esconda bajo ese seudónimo no ha accedido a nada crítico.

–¿Y…?

–No necesito tus opiniones. Lo único que necesito es que te tranquilices… –Me señaló con el dedo–. Así que… ¡Lárgate!

¿Lo había escuchado bien? La ira corrió por mis venas.

–¿Quién eres tú para decirme lo que debo hacer?

Me levanté y rodeé la mesa, ignorando la marca en el suelo donde la había volcado hacía unos días. ¿Cómo se atrevía a hablarme así?

–Soy tu Beta. Y como tal, soy el único que puede decírtelo. –Se mantuvo firme–. El único que puede hablar por toda la manada. Están hartos… Estamos hartos de tu comportamiento descontrolado.

–¿Comportamiento descontrolado? –Traté de contenerme a duras penas. ¿A qué venía eso?–. Sabes cómo soy… Sabéis cómo soy… Nunca pido permiso, solo actúo.

–Sí… pero en las últimas semanas, parecías más tranquilo… más contenido. Pensabas antes de actuar y todos estábamos contentos. Pero desde el otro día en el pícnic… el viejo Alfa está de vuelta cien veces peor y… ¡Ya no podemos más!

Las implicaciones de lo que estaba diciendo me pillaron por sorpresa… Boris no había mencionado a la mujer cuyo recuerdo me atormentaba… pero la manada se había dado cuenta de que estaba relacionada con mi mal humor.

No solo era eso… ¿Ella de alguna forma… me había tranquilizado mientras la había tenido cerca?

Enmudecí.

–Vete… y no vuelvas hasta que te hayas calmado.

Aquello se me había escapado de las manos.

Sabía que era un cabrón arrogante e impulsivo, pero siempre había creído que eso era lo que se esperaba de mí…

De lo que no había sido consciente era de que mientras había visitado a Iván… Durante las semanas que había cenado con mi viejo amigo, su esposa y una hermosa mujer que no me podía quitar de la cabeza… me había comportado de otra forma.

La manada lo había notado. Mi Beta lo había notado. Todos se habían dado cuenta menos yo. De lo único que era muy consciente era de que desde el domingo, mi vida se había convertido en un desastre. Un caos sofocante de desesperación, rabia y destrucción del que ya no sabía cómo salir.

–¿Y a dónde se supone que voy a ir? –Me pasé las manos por el pelo mientras me apoyaba contra la mesa.

Boris entrecerró los ojos antes de responder. Lo que fuera que me iba a decir… sabía que no me iba a gustar.

–Sabes que tengo acceso a las cámaras de la ciudad… –Pareció dudar y escruté sus ojos.

–¿A dónde quieres llegar?

–He estado pendiente de cierta librería… por si retomabas tu interés.

Mi lobo aulló al comprender de lo que estaba hablando. Me lancé sobre él… y lo estampé contra la pared mientras lo inmovilizaba.

–¿Qué sabes? –No me lo habría mencionado si no supiese algo… algo que yo debía saber… Tenía que averiguarlo.

Tenía que…

–La librería lleva cerrada tres días… Quizás quieras averiguar por qué.

Sentí sus palabras como un puñetazo en mi estómago.

–¿Cerrada?

Salí a toda prisa.

¿Le habría pasado algo?

Se había ido disgustada de la Guarida… pero… ¿cerrar la librería? Era su mundo…

Tenía que haber ocurrido algo.

¿Estaría enferma? ¿Habría sufrido un accidente?

¡Era la criatura más torpe del universo! Y yo no había estado a su lado vigilando para asegurarme de que no se partiese la crisma.

¡Por supuesto que le había ocurrido algo!

Algo que tenía que averiguar ya.

Corrí hacia la moto y crucé la ciudad sin mirar atrás. Cuando llegué ante su edificio, me bajé a toda velocidad y, tras picar al timbre, subí los escalones de dos en dos. No tenía tiempo ni paciencia para esperar al ascensor.

Iván estaba en la puerta, bloqueándome el paso.

Intenté ver más allá de él, buscarla… pero su aroma no estaba.

–¿Qué quieres?

–Ella… ¿Está bien?

–¿Ahora te preocupa?

–Me he enterado… Sé que la librería ha estado cerrada y me preguntaba…

–Iván… –la voz de Masha, a su espalda, lo interrumpió. Él estaba furioso, pero ella sonaba preocupada–. Deberías decírselo.

–¿Para qué? –Giró un instante la cabeza hacia su espalda antes de dirigir toda su atención de nuevo hacia mí–. A él no le importa.

–¿De qué estáis hablando? ¿Le ha pasado algo? ¿Le ha pasado algo a Lira? –Solo pronunciar su nombre provocó que todo mi cuerpo temblase de anhelo.

Se volvieron a mirar un instante. Finalmente, Masha dio un paso al frente.

–Se ha ido a un club con su amiga… y por cómo iba vestida… no creo que vuelva sola.

–¿Cómo?

–¡Idiota! –Iván nunca me había hablado así–. Está en el Nocturna… ¡En el Nocturna! Y, sinceramente, espero que al menos veinte hombres o vampiros la traten como se merece.

Cerré los ojos.

El Nocturna era el club que poseía el Rey de los vampiros, un punto de reunión donde sus congéneres encontraban la sangre y el sexo que necesitaban.

Imágenes de Lira en brazos de un vampiro… o un hombre…

Besándola, tocándola…

¡Follándola!

No podía soportarlo.

Mi lobo rugió exigiendo salir a la superficie.

Y lo supe… Lo supe de una manera absoluta e inevitable.

Me había estado engañando.

Ella era mía.

Solo mía.

Salí disparado…

No iba a permitirlo.