Solo intentaba que no te partieses la crisma (Los Alfas no se enamoran 1) XVI. Lira.
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XVI. Lira.

Tras tres días llorando…

Tras tres días en los que mi vida se había quedado en pausa, como una canción rayada…

Decidí que ya estaba bien.

¡Ya había llorado lo suficiente!

Era hora de pasar página… porque eso era lo que hacía cuando todo se derrumbaba a mi alrededor; seguir adelante y resistir.

Eso era lo que había hecho cuando mi madre me había abandonado.

Resistir y apretar los dientes era lo único que me había mantenido a flote mientras mis compañeros en la escuela se burlaban de la niña huérfana que vivía con sus abuelos.

Secar mis lágrimas antes de seguir adelante había sido a lo que me había aferrado cuando mis abuelos habían muerto.

Y ahora… era lo que iba a hacer. Tal vez estaba dramatizando; después de todo, solo era un hombre que me había rechazado.

Pero había una realidad difícil de ignorar.

Había sido el primero del que me había enamorado y eso lo cambiaba todo.

Sentía un dolor agudo y persistente que, con el paso de los días, no se había aligerado; simplemente había aceptado que tendría que vivir con él.

Su rechazo me había desestabilizado por completo.

Y lo peor de todo era que sospechaba que una parte de mi corazón jamás se recuperaría.

Pero había llegado el momento de seguir adelante.

Mi vida no se había acabado. No había sido devorada por un orco emocional con complejo de príncipe azul… ¡No!

Solo había sido ingenua, pero eso se superaba.

Mi corazón estaría tocado y el dolor seguiría siendo una presencia tangible en mis entrañas, pero seguía siendo mi propia y única dueña.

Y, francamente, empezaba a estar harta de mí misma.

Así que hice lo que cualquier mujer sensata haría en mi situación; evalué mis opciones.

Hacer un conjuro que transformase al orco en un sapo viscoso con problemas de autoestima.

O ponerme en marcha sin mirar atrás.

Como lo de los conjuros, de momento, no era una ciencia exacta y, además, tenía habilidades mágicas cuestionables… decidí que quería guerra.

Me sequé las lágrimas, me duché, me perfumé, me puse ropa limpia e hice la pregunta que esperaba me proporcionase el consuelo que necesitaba. No tenía más tiempo para el orco.

–¿Vendrías conmigo de fiesta? –pregunté, asomándome a la cocina-salón.

Atenea, que prácticamente se había instalado en mi casa, levantó la vista del portátil con una mezcla de curiosidad y aprobación inmediata.

Después de haber recogido mis pedazos y haberme obligado a entrar en la cama, se había encargado de todo.

No sé qué tipo de excusa había utilizado en su trabajo, pero no se había separado de mi lado ni un solo instante.

Ella era la que había pedido a mis caseros que colocaran el cartel en la librería de «Cerrado por defunción, disculpen las molestias».

–¿Defunción?

–Está muerto… Ese está muerto, déjalo en mis manos… –Había señalado al ordenador mientras una sonrisa aterradora aparecía en su rostro–. ¿Sabías que el orco es el CEO de una empresa de importación y exportación?

–Creía que era un motero… –La miré desconcertada; aunque, en realidad, ¿qué sabía de él?–. No tenía ni idea.

–Pues yo sí… y mi software todavía lo sabe mejor…

–Atenea…

–Palas… Atenea… –La sola mención de su nombre de guerra ya me daba alguna pista de lo que estaba haciendo. La diosa de la justicia estaba de vuelta. Si sus sistemas informáticos tenían alguna brecha, estaban muertos…

Tenía razón, se avecinaba una defunción.

Ella era la que se había preocupado de que comiese… y de que dispusiese de un suministro continuo de pañuelos de papel.

–No hay nada vergonzoso en llorar. Las lágrimas son la prueba empírica de que vivimos, de que nos arriesgamos, de que nuestro corazón sigue latiendo… Desahógate para sanar, pero después de las lágrimas llega la risa… y quien ríe el último ríe mejor.

Y ella era la que ahora me miraba con una sonrisa en la cara y la satisfacción brillando en sus ojos. Sabía que lo peor había pasado, que estaba de vuelta y estaba completamente segura de que me apoyaría en cualquiera cosa que decidiera hacer. Incluso en irme de fiesta.

–Por supuesto. Cualquier plan que implique olvidar a ese idiota me parece terapéutico. ¿A dónde vamos?

Inspiré hondo… Sabía lo que quería y, por primera vez, no me iba a dar miedo decirlo en voz alta.

–Quiero volver loco a un hombre… Quiero sentirme poderosa… Quiero…

–¡Follar! –sentenció ella sin levantar una ceja.

Se me escapó una carcajada. No era precisamente alegre, pero era un progreso.

–Sí… básicamente eso.

–Maravilloso. –Cerró la tapa del portátil de un golpe seco–. ¡Ya era hora de que te decidieras a darle gusto a tu coño!

–¡Atenea! –Me llevé la mano a la boca mientras sentía como mis mejillas enrojecían. Adoraba a mi amiga, pero a veces era demasiado directa.

–¿Acaso miento? –Me dedicó una mirada llena de intención–. Tienes que saber que lo que no se usa se atrofia y… no queremos que pase eso. ¿Verdad?

–Pero…

–Pero no puedo estar más de acuerdo. Pongámonos en marcha. Es un plan sencillo con un objetivo claro. ¡Me encanta!

No nos costó ponernos de acuerdo. Nos veríamos delante del club más loco de la ciudad, el Nocturna, donde esperaba encontrar… polvos mágicos.

¿Polvos mágicos?

¡Pues sí!

Con veintidós años estaba harta de esperar al príncipe azul, el caballero de la brillante armadura o un héroe que se presentase a mi puerta con un ramo de flores y una sonrisa en la cara susurrando palabras de amor.

Había decidido que iba a dejar de esperar… había llegado la hora de encontrar. Iba a ser como Atenea, una chica sofisticada que si quería algo iba directamente a por ello.

Mientras Atenea desaparecía en dirección a su apartamento para cambiarse, yo me lancé a mi armario buscando en su interior mi redención.

Y, en cierto modo, era lo que estaba haciendo.

Rebusqué entre mi ropa demasiado conservadora hasta encontrarlo… hasta encontrar ese vestido. El vestido que había comprado hacía meses en un arrebato absolutamente justificado tras ver una captura de pantalla que Atenea me había enseñado.

–Esto grita decisiones cuestionables –había dicho ella.

–Más bien renacer como diva peligrosa –había respondido yo antes de que ambas estallásemos en carcajadas.

El vestido era claramente un homenaje nada sutil a la princesa Leia [11] de Star Wars en su versión más icónica… el de la esclava cuya ropa dejaba poco a la imaginación.

En su parte de arriba se ajustaba al cuerpo, con un escote marcado pero sofisticado, sostenido por delicados tirantes dorados que dejaban los hombros al descubierto.

¡Incluso lograba mantener la ilusión de que mi pecho inexistente era algo digno de admirar!

Por detrás, en cambio, apenas había tela.

Delicadeza por delante, peligro por detrás.

La parte inferior era más… civilizada. Una falda larga, fluida, con una única abertura lateral que sugería más de lo que enseñaba. Al caminar, dejaba ver la pierna lo justo para provocar… pero no para escandalizar a una abuela con marcapasos.

Nunca me había atrevido a ponérmelo fuera de las cuatro paredes de mi casa. Era demasiado revelador, demasiado directo… Pero había llegado el momento de aventurarme fuera de mi zona de confort, así que… a pesar de que con él puesto no me sentía del todo cómoda, decidí arriesgar.

Me solté el pelo, dejándolo caer en ondas naturales y me maquillé con intención; ojos oscuros, intensos, labios definidos. Nada de soy dulce y vulnerable . Esto era más bien podría arruinarte la vida y aun así darías las gracias .

Cuando me miré al espejo, no vi a una niña… sino a una diosa pidiendo guerra.

Era perfecto.

En el portal, me encontré con Masha e Iván. No se molestaron en disimular. Me estaban esperando. Debían haber estado espiando mis movimientos.

–¿Cómo estás, querida? –preguntó Masha, escaneándome de arriba abajo.

–Mejor –respondí con una sonrisa que intentaba ser convincente–. Siento haberles preocupado.

Era la pura verdad. Ellos no eran responsables de lo que había ocurrido, por mucho que sus rostros estuvieran llenos de culpabilidad.

–Cerraste la librería tres días –añadió Iván, cruzándose de brazos–. Pensamos que habías… bueno… empeorado.

Tomé aire e intenté dedicarles una sonrisa tranquilizadora.

–No se preocupen, eso ya pasó.

–No te debimos llevar… No debimos exponerte a… –Iván trató de buscar unas palabras que no encontraba.

–Ya se lo he dicho, no fue culpa suya… y, además, yo… prefiero no volver a hablar de ello. –Era la única verdad. De hecho, prefería actuar como si nunca hubiera ocurrido.

Los ancianos se miraron… antes de asentir en silencio.

–¿A dónde vas? –Masha pareció fijarse por primera vez en cómo iba vestida.

Me había puesto un chal por encima para protegerme del frío de la noche, pero me libraría de él en cuanto entrase en el club. Sus ojos no me engañaron, mi atuendo la había sorprendido.

–He quedado con mi amiga… con Atenea… Vamos a salir de fiesta.

–¿De fiesta? –El rostro de Iván se llenó de curiosidad.

–Vamos a ir al club Nocturna a… –No consideré oportuno explicar mis intenciones por completo. No quería escandalizarlos–. Vamos a bailar.

–¿El club Nocturna? –Se miraron de nuevo. Por sus expresiones, habían oído hablar de él… y no les gustaba… nada. Tampoco era extraño. Era el local de moda en la ciudad y su reputación… era cuestionable.

Sus siguientes palabras confirmaron mis sospechas.

–Hay mucha gente… peculiar en ese club –murmuró ella.

–¿Peculiar? –¿Por qué tenía la repentina impresión de que había algo que no me estaban contando?

Iván negó lentamente.

–Ese sitio tiene… mala fama –insistió Masha.

–Todos los sitios interesantes tienen mala fama.

–No, este tiene mala fama de verdad –añadió Iván, bajando la voz.

Masha me agarró del brazo con suavidad.

–Escúchame. Hay otros clubes mejores… más… seguros.

–¿Seguros?

Iván suspiró.

–El dueño de ese lugar no es… alguien con quien quieras cruzarte.

–Perfecto. –Sonreí–. Justo lo que necesito. Un hombre peligroso al que ignorar.

Masha abrió la boca, dudó… y la cerró antes de volver a mirar a Iván. Estaban más que preocupados, pero sabían que no iba a cambiar de opinión.

–Solo… ten cuidado –dijo Iván al final.

–Siempre lo tengo.

Mentira descarada.

–Es que… no sé si es un lugar… apropiado para ti.

No les gustaba que fuera… Repentinamente lo comprendí. Me había pasado tres días encerrada en casa lamiéndome las heridas y lo primero que hacía era salir de fiesta a un club famoso por sus excesos.

Donde otros habrían visto entrometimiento, yo solo veía afecto.

Mis abuelos se habrían mostrado igual de preocupados. Les sonreí mientras los tomaba de las manos tratando de tranquilizarlos. Siempre habían sido amables conmigo, era lo menos que podía hacer.

–No sé si lo es… pero necesito averiguarlo.

Y con esas palabras me fui a toda prisa.