Solo intentaba que no te partieses la crisma (Los Alfas no se enamoran 1) XV. Aleksander.
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XV. Aleksander.

–¿Nadie sabe nada?

Más que furioso, volqué la mesa de un manotazo. La madera chocó contra el suelo con un estruendo seco; papeles y objetos salieron despedidos.

El golpe no fue suficiente.

Nada lo era.

Radomir y Mihail retrocedieron de inmediato, tensos, alerta... como si esperaran que atacara. Eran Alfas como yo, la mesa no les alcanzó.

Los licántropos éramos fuertes y rápidos, pero los Alfas lo éramos más. Eso fue lo que les salvó.

–¿Qué mosca te ha picado? –la voz de Mihail, casi siempre contenida, resonó con una firmeza poco habitual mientras yo luchaba por no perderme del todo.

–Aleksander, siempre has sido un cabrón descontrolado, pero esto es demasiado –añadió Radomir, con el ceño fruncido.

Tenían razón, por supuesto que la tenían. Eran mis invitados, mis iguales; no podía comportarme así con ellos… ni con nadie… pero no había podido evitarlo.

Me llevé las manos a la cabeza apretando con fuerza, intentando contener lo que hervía dentro de mí, pero no podía.

La ira no era un arrebato pasajero; era un incendio. Uno profundo, devastador, alimentado por culpa, miedo y una frustración que me desgarraba por dentro.

¿Por qué había reaccionado así?

La pregunta era inútil. Sabía exactamente por qué había perdido el control… y eso solo lo empeoraba.

Mi lobo tampoco ayudaba. Normalmente era una presencia constante, un murmullo insistente, pero ahora… ahora era otra cosa. Estaba agazapado en lo más profundo de mi pecho, tenso como la cuerda de una guitarra a punto de romperse.

No rugía.

No hablaba.

¡Ardía!

Su furia era densa, pesada, sofocante. Golpeaba desde dentro, arañando mis costillas, exigiendo salir, exigiendo sangre, respuestas, castigo. Era una rabia primitiva, salvaje… y estaba destinada solo a mí.

Durante toda mi vida, había sido mi compañero, quizás demasiado quisquilloso, pero mi compañero al fin y al cabo. Pero ahora… ahora se había transformado en mi enemigo.

–Tenéis razón… –murmuré al fin, obligándome a soltar el aire. No me disculpé. Era un Alfa, los Alfas no lo hacíamos. Me limité a intentar explicarme, a buscar una excusa para justificar lo injustificable–. Es solo que… no me puedo creer que haya vuelto a pasar.

–Los encontraremos y resolveremos esto… pero no puedes perder la cabeza –advirtió Radomir con gravedad.

Asentí, aunque no estaba seguro de poder cumplirlo.

Había creído que, con la llegada del nuevo día, todo cambiaría. Que el peso en el pecho se aligeraría, que el desastre del día anterior se volvería más manejable.

¡Qué iluso!

No podía dejar de verlo. Cada vez que parpadeaba, ahí estaba; su mirada, el dolor en sus ojos, la traición… Pero también algo más, la vergüenza; la que yo le había provocado.

Lo que le había hecho a mi compañera.

Lo que le había hecho a Lira.

Su nombre sonaba agrio en mi mente.

¿Qué derecho tenía siquiera a pronunciarlo?

La había humillado, insultado y echado de mi lado… de la peor manera posible.

El recuerdo me atravesó como una cuchilla y mi lobo reaccionó al instante. Se agitó con violencia, golpeando contra mí, escupiendo una furia que ya no distinguía entre enemigo y culpable.

El día ya no había comenzado bien, a primera hora había recibido la llamada del director de Noval Tactical Labs , la corporación que insistía en asociarse con nosotros. Robert Lor, su director general, me llamó de forma inesperada. El muy imbécil no entendía que su llamada no era bienvenida.

–Nuestra colaboración les sería muy beneficiosa… los pondría en el mapa… Piénselo. Solo necesitamos reunirnos y charlar sobre las diferentes opciones.

El tono del humano provocó que me hirviese la sangre; condescendiente… engreído.

Como si nos estuviera haciendo un favor.

Como si lo necesitásemos.

Nosotros movíamos armas. Eran ellos quienes nos necesitaban, no al revés.

Por un instante, la imagen fue demasiado clara; su olor, su pulso bajo la piel… lo fácil que sería cazarlo… callarlo. Enseñarle lo que significaba provocar a alguien como yo.

–¿Para qué cojones queremos estar en el mapa?

Colgué sin despedirme. La violencia en el gesto fue suficiente respuesta.

Y aun así… sabía que no sería el final. Quien había conseguido mi número personal no lo había hecho para rendirse a la primera negativa.

Tendría que hablar con el bufete de la manada. Eran los únicos que podían habérselo proporcionado y estaban muy equivocados si creían que su transgresión iba a pasar inadvertida. Rescindiríamos su contrato y contrataríamos a otro. ¡Qué se habían creído!

Más tarde habíamos recibido un chivatazo… La enésima ubicación del cabrón del Don de los italianos. No había dudado, acompañado de una docena de mis hermanos habíamos acudido hasta un destartalado hotel a las afueras donde nos habían recibido los disparos.

–Hijos de puta…

Las balas no nos causaban daños permanentes… pero eran… molestas.

Cuando al fin los habíamos reducido, habíamos descubierto que todo había sido una trampa. La rata ya no estaba allí.

–¿Dónde está? ¿Dónde está Mangielo?

Solo habíamos dejado con vida a uno de los italianos. Necesitábamos al desgraciado para obtener respuestas.

Era duro, ignoró los puñetazos, los cortes e incluso la pérdida de uñas y dedos…

–Son más de las doce… –Sus ojos buscaron el reloj colgado en la pared de la improvisada sala de interrogatorios. El que fuera un hotel abandonado había tenido sus ventajas; ningún oído curioso podía escuchar.

Las primeras palabras que pronunció me dejaron desconcertado.

–¿Qué jodida importancia tiene eso?

Escuché como el móvil de Boris sonaba a mi espalda…

–Porque ahora puedo decírtelo… Está robándote, hijo de puta.

–Alfa…

Me giré para ver como Boris asentía en silencio… Por supuesto, todo había sido una trampa. No me molesté en transformarme, le disparé en la cabeza y salí furioso.

¿Cómo había sido tan idiota?

Por fortuna, el robo no había tenido éxito y habíamos recuperado el cargamento, pero había aumentado mi ira hasta convertirse en insoportable.

Después había llegado la noticia de una nueva desaparición y esto había traído a los otros dos Alfas hasta la Guarida. Mi reacción solo había sido la consecuencia inevitable de mi mal humor, de mi desesperación… de mi culpa.

Le sostuve la mirada a los Alfas frente a mí, obligándome a recuperar el control, aunque fuera a golpes.

–Tenemos que serenarnos y buscar más –anuncié.

Todos asentimos en silencio mientras se disponían a irse. No tenía sentido alargar una reunión que no nos había conducido a nada.

–Temo que ya estén muertos… –Radomir pronunció en voz alta lo que todos pensábamos.

–Vivos o muertos, debemos encontrarlos… –insistí–. Solo así descubriremos quién ha sido… qué horda de vampiros ha osado llevárselos.

Cuando lo descubriéramos, nada iba a salvarlos y me importaba muy poco que eso llamara la atención de los humanos.

Existía una bruja en el norte que vigilaba que nuestra existencia pasase inadvertida. Los humanos no debían saber que éramos reales si queríamos vivir en paz, pero eso no me detendría.

Me daba igual cuán poderosa fuera…

Me importaba una mierda si me maldecía o si me convertía en una rata… más que nada porque desde la tarde anterior ya me sentía como tal

¡Vengaría a mis hermanos!

–He estado pensando sobre ello. No creo que hayan sido los vampiros –murmuró Mihail mientras se levantaba para irse. Como siempre usó pocas palabras, las justas.

–¿Quién si no?

–Si fueran ellos, habrían alardeado… –Tenía razón. Los vampiros eran viejos enemigos, unos con los que teníamos demasiadas cuentas pendientes. Por supuesto que sabríamos que habían sido ellos. ¡Lo habrían anunciado a los cuatro vientos!

No respondí. Me limité a asentir mientras se iban, dejándome solo con el eco de la conversación… y con mis propios demonios.

El silencio del despacho cayó como una losa.

Todo iba mal.

Todo me molestaba.

No encontraba paz en nada.

Me dejé caer contra la mesa volcada, respirando hondo, intentando sofocar el incendio interior.

Fue inútil.

A tientas… metí la mano en el bolsillo de mis vaqueros hasta encontrarla; una pequeña oreja puntiaguda.

El mudo recuerdo de mi compañera, de su presencia cálida, de cómo la había apartado de mi lado…

La había conservado en contra de toda mi resolución. No había sido capaz de renunciar también a ella.

¡Qué patético!

La devolví a mi bolsillo mientras cerraba los puños con fuerza.

Y la eché de menos.