XIV. Lira.
El resto del domingo pasó en un borrón confuso de lágrimas y vergüenza, como si alguien hubiera pasado una goma por encima de las horas.
No supe en qué momento giré la última esquina ni cómo terminé frente a la puerta de mi apartamento cuando ya empezaba a anochecer.
Recordaba las luces de los semáforos cambiando sin que yo reaccionara, el murmullo lejano de la gente, algún coche frenando demasiado cerca…
pero todo parecía ocurrirle a otra persona.
Yo solo caminaba y lloraba. Las lágrimas brotaban de mis ojos sin pausa, sin dignidad, sin poder contenerme.
Cuando por fin cerré la puerta tras de mí, me dejé caer en el suelo con la espalda apoyada contra la pared. Una buena metáfora de cómo me sentía… por los suelos.
Ni siquiera encendí la luz. La oscuridad me parecía más honesta que cualquier otra cosa.
El tiempo se estiró… o tal vez se encogió… El reloj en la pared de la cocina-salón frente a mí parecía avanzar a trompicones a través de mis ojos empañados y mi corazón destrozado.
¿Mi corazón?
Contuve la respiración al comprenderlo.
¿En qué momento me había enamorado de él?
¡No podía ser más patética! Habían bastado unos besos y unas cuantas caricias para enamorarme…
«¡Estoy harto de niñas estúpidas!».
Escuché sus palabras de nuevo en mi mente. ¡No se podía ser más ingenua ni más estúpida!
Me merecía lo que me había pasado… Él tenía razón, no era más que una niña enamoradiza sin idea de la vida.
A las nueve en punto llamaron a la puerta, eran mis caseros; tres golpes suaves seguidos de dos más firmes. Su rutina de siempre, pero con una tensión que se colaba entre cada golpe.
–¿Estás ahí? –la voz de Masha estaba llena de ansiedad.
Me arrastré hasta la puerta, apoyé la frente contra la madera y respondí con la voz rota:
–Sí… Yo… tengo gripe y no me encuentro muy bien…
No era convincente, ni siquiera para mí. Además, aquellos muros eran finos y mis sollozos no tenían nada de discretos. Había dejado de intentar contenerlos hacía tiempo.
–¿Cómo estás? –preguntó Iván. Por supuesto él también estaba allí–. Acabamos de llegar… Te hemos estado buscando...
–Siento no haberme despedido…
Las lágrimas seguían cayendo, constantes, calientes, interminables. Sentía la cara hinchada… la garganta en carne viva. Algo dentro de mí se había roto y ahora todo estaba saliendo sin control.
–Querida… déjanos ayudarte –insistió él, más bajo, más cercano–. Todo ha sido culpa nuestra, no deberíamos haber insistido en que nos acompañaras. Yo… nosotros no nos enteramos de lo que había ocurrido hasta que ya te habías ido. ¡Te habríamos traído de vuelta!
Cerré los ojos con fuerza. Por supuesto, lo sabían. ¿Cómo no iban a saberlo?
Se habría corrido la voz en la reunión. No me costaba imaginar como se habrían burlado de la idiota que se había hecho ilusiones con Aleksander.
Las burlas habían sido una constante en mi vida, pero aquello era diferente porque él me importaba.
Yo había permitido que me importase.
Él me había dado unos besos… me había regalado unas caricias… y yo, a cambio, le había entregado mi corazón.
–Por favor… –logré decir al fin cuando escuché las llaves del otro lado. Mis caseros habían conservado un juego. La posibilidad de que entrasen para ser testigos de mi humillación final, casi me puso frenética–. Por favor, necesito estar sola.
Escuché cómo dudaban al otro lado. Solo fue un suspiro… un leve roce, como si alguien apoyara la mano en la puerta.
–Está bien, querida… –la voz de Masha solo era un murmullo, pero uno que me proporcionó un alivio inesperado. Uno que aumentó cuando escuché los pasos alejándose despacio, sin convicción.
Me quedé allí un rato más, abrazándome las rodillas, balanceándome ligeramente hacia adelante y hacia atrás, como si eso pudiera calmar algo. Pero no lo hacía.
Yo era una llorona. Siempre lo había sido.
De pequeña había llorado como si fuera mi idioma nativo; horas enteras, días casi completos, con pausas mínimas para comer o dormir… y a veces ni eso.
Luego aprendí a contenerme, a funcionar, a parecer normal. Pero aquella noche… aquella noche había regresado a mi infancia de modo inevitable.
A las diez, el móvil vibró en el suelo a mi lado.
¿Cuándo se había caído?
¿Acaso importaba?
Vi la pantalla iluminada en la oscuridad; era Atenea.
¿Quién si no?
Estaba intentando iniciar una vídeo llamada.
Antes de salir aquella mañana, la había llamado para contárselo. Los domingos solían ser nuestros y los planes de mis caseros me habían pillado por sorpresa.
Se había mostrado más que emocionada por mí y solo me había pedido… me había exigido que la llamara en cuanto regresara.
Lo dejé sonar hasta que se apagó.
¿Qué iba a contarle?
¿Qué podía explicarle?
Los sollozos arreciaron mientras el móvil volvía a vibrar.
Atenea había vuelto a intentarlo.
Y otra vez.
Y otra.
Entre las diez y las once, el teléfono no dejó de sonar. Cada cinco minutos Atenea, con esa tenacidad que la definía, repitió la llamada. Cada vibración me atravesaba el cuerpo, pero no tenía fuerzas para responder. No quería que me viera así. No quería ni existir.
Pero, a las once y cinco, algo dentro de mí cedió y contesté. No quería que siguiera perdiendo el tiempo con alguien que estaba roto.
No me molesté en encender la luz. Era mejor. La cámara captó solo sombras, mi cara húmeda y deformada por el llanto.
Abrí la boca, pero no tenía palabras. Solo una consiguió salir, rota, casi irreconocible:
–Aleksander…
No hizo falta más. Atenea no preguntó. No interrogó. Solo asintió despacio desde el otro lado de la pantalla, con esa mirada suya que parecía entender más de lo que uno decía.
–Voy para allá –dijo.
Colgué sin despedirme.
Media hora después, llamaron a la puerta. Esta vez no eran golpes cautelosos, sino un ritmo decidido, vivo. ¿Cómo había entrado en el portal?
Como si algo pudiera detenerla cuando tomaba una decisión.
–¡Acabo de llegar! –su voz atravesó la madera–. ¡Abre!
No respondí.
–¡Ese orco [8] ! No sé qué ha pasado –continuó, elevando el tono–, pero tienes que saber que no estás sola, que te quiero… y que te he traído cuatro tarrinas de helado… ¡Vainilla y chocolate… y nada de pistacho!
¿Nada de pistacho? Era su favorito; pero estaba allí por mí, no por ella.
–Y además… debes ser consciente de que tus caseros están demasiado preocupados como para que no me dejes pasar.
–Escuché como agitaba unas llaves en frente de mi puerta.
No necesité más explicaciones, ellos eran los que le habían abierto…
y, por supuesto, le habían proporcionado las llaves de la buhardilla.
–Déjame ser tu Chewbacca [9] –su voz se suavizó–, no siempre tengo las palabras perfectas, pero no voy a soltarte. Voy a estar a tu lado pase lo que pase.
Algo en mí se aflojó. Tal vez fue la referencia absurda al mejor amigo de Han Solo [10] .
O la preocupación que percibí en su voz…
O el dolor que retorcía mis entrañas…
O la seguridad de que emplearía las llaves con las que me amenazaba…
Me levanté tambaleándome y abrí la puerta.
Atenea entró sin hacer preguntas, cargada con su ordenador, una maleta y una bolsa que dejó directamente sobre la mesa después de encender las luces. Luego se giró hacia mí, me miró un segundo… y me abrazó.
No fue un abrazo delicado. Fue firme, anclado; me estaba sujetando para que no me deshiciera del todo.
Y entonces lloré más.
El helado no hizo que dejara de llorar. Si acaso, evitó que me deshidratara.
Nada lo hizo.
Pero entre cucharada y cucharada… y pausas para respirar, sus comentarios absurdos y su presencia constante… al menos dejé de sentir que me ahogaba sola.
Y, de alguna manera, eso ya era algo.
Sobreviviría, Atenea se encargaría de ello.