XIII. Aleksander.
En cuanto se fue a toda prisa, me separé de ellas… No quería nada con aquellas mujeres, con ninguna mujer. Su contacto quemaba, la cabeza me daba vueltas, una extraña opresión me impedía respirar.
Apenas mantenía a raya a mi lobo en mi interior. Ya no me decía nada, solo gruñía y me enseñaba los dientes… y yo solo intentaba dominarlo. Temía que en cualquier momento se desatase y la emprendiese a dentelladas conmigo mismo.
Tambaleándome, regresé a mi despacho.
Había hecho lo que debía.
Lo sabía.
Ella era mi compañera, pero era una humana; apenas una niña que estaba comenzando a vivir, que no sabía nada de mi mundo… que no estaba preparada para aceptar lo que significaba estar conmigo.
Su vestido amarillo, su forma de mirar o moverse entre mis hermanos eran una prueba evidente de que ella no pertenecía a allí. No me pertenecía.
Iván me había avisado de que la iban a acompañar, una forma de acercarla a mi mundo y, cuando la había visto deambulando por la Guarida, lo había comprendido. Había vagado desorientada entre mis hermanos, tratando de pasar inadvertida, como si una humana en mi mundo pudiera hacerlo.
«Está aquí, ha venido a nosotros… Ella es nuestra». Mi lobo, mientras, se había mostrado feliz.
Al menos media docena de ellos me habían preguntado por la tímida humana que había traído Iván. Me había negado a dar explicaciones, yo era el Alfa, no tenía por qué... pero sabía que todos estaban intrigados.
Durante todo el tiempo, había vigilado sus movimientos con sigilo, evitando que fuera consciente de ello y cuando la había visto entrar en el bar, había comprendido que era el momento definitivo.
Al verla allí junto a alguno de mis hermanos y a los coños del club… las escasas dudas que aún podía tener se habían disipado.
Uno de mis hermanos se le había acercado reclamando su derecho sobre los coños del club… creyendo que era uno de ellos y todos mis instintos se habían activado.
Era demasiado dulce… demasiado tierna…
No había pensado, solo actuado… y mi cuerpo y mi lobo habían tomado el control.
Lo había espantado de su lado y después… después la había besado.
Había sucumbido a mi necesidad de una última probada antes de alejarla y, por un instante, había dudado, pero al escuchar sus gemidos había despertado del momentáneo encantamiento.
Al separarme y ver sus ojitos enamorados me había reafirmado en mi decisión.
«No es justo para ella».
Las palabras de Iván habían quemado en mi mente. No había sitio para alguien así en mi mundo…
–No quiero niñas en mi cama. –Esa era la única verdad… una que provocó que mi lobo se retorciera–. Solo mujeres que sepan complacerme… que me las pueda follar en cualquier sitio y por cualquier agujero… y tú… tú no eres eso.
–Pero… me besaste…
–Porque dabas pena con tus miraditas y tus ojitos ilusionados… ¡Estoy harto de niñas estúpidas!
Y en ese mismo instante, había sabido que la había espantado. Nada más eficaz que un buen insulto para alejar a alguien.
Siempre me evitaría.
Mi lobo quería arrancarme la cabeza, pero a mí me daba igual.
Fin.
Ella lloraría un poco, pero al día siguiente volvería a su librería, a sus libros de fantasía y a su torpeza. Seguiría adelante, exactamente igual que yo.
«No puedes hacerle esto… No puedes alejarla… Insultarla de esa manera… ¡No!». Mi lobo podía decir lo que quisiera, pero ya estaba hecho.
El mundo seguía…
Aunque sentado en mi despacho, con mi lobo lloriqueando lastimosamente en mi interior… no estaba seguro de cómo llegaría a la siguiente mañana.
Tampoco es que los demás ayudasen.
–¿Era necesario?
Boris fue el primero que me hizo la pregunta.
–¿A qué te refieres? –Mi Beta me había seguido.
–El espectáculo, los insultos, las burlas… –Por supuesto él lo había visto todo, lo había escuchado todo.
–Si la viste, conoces la respuesta.
–Has ido allí noche tras noche durante dos semanas y ahora…
–Ahora he hecho lo que debía haber hecho hace mucho tiempo –sentencié.
–No te comprendo… Ella es una buena chica…
Ignoré sus palabras, porque era cierto… era una buena chica.
–¿Era necesario?
Iván me interceptó cuando, al final de la tarde, volví al bar y comencé a beber cerveza tras cerveza.
–¿Ya te has enterado?
–Toda la manada lo comenta… Todos se preguntan por qué has hecho eso, por qué te has comportado así con alguien como ella.
–Entonces lo he hecho bien. –Sabía que no había pasado inadvertida y si ya sabían que la había espantado, no volverían a preguntar por ella, que era exactamente lo que quería.
–No te entiendo. Lo que hiciste fue completamente innecesario.
–Eso es lo que tú crees…
–Si no la querías, lo único que tenías que hacer era no volver a verla…
–Soy el Alfa, no tengo por qué darte explicaciones.
–Sí, lo eres… pero también eres un mentiroso. ¿Crees que me engañas? Podías haberte alejado de ella, tú eras el que aparecía en nuestras cenas noche tras noche…
–No tengo por qué aguantar tu mierda. –Me revolví nervioso.
–¿Pero ella sí? La has humillado e insultado para asegurarte de que ella te evitara. ¡Eres un cobarde! Le has hecho daño a propósito y eso es imperdonable.
Ignoré el portazo a mi espalda y las miradas acusadoras que me rodeaban. Iván tenía razón, por supuesto que la tenía. Carecía de la fuerza de voluntad necesaria para alejarme de ella. Lo había comprobado durante las últimas dos semanas, así que había preferido insultarla para que lo hiciera ella.
La había acusado de ser una niña… cuando yo me había comportando como un cachorro.
Pedí otra cerveza… pero eso no cambió nada.
–¿Era necesario?
Judith, el coño más antiguo del club, se acercó a mí contoneando las caderas.
–¿También tú? –Me giré hacia ella al escuchar la pregunta.
Me la había follado al menos una docena de veces. Sabía cómo hacer que un macho se lo pasase bien, pero jamás habíamos hablado de algo más que no fuera dónde quería que la follase o si me iba a dar una mamada.
–Me gusta mi vida y lo que hago, pero…
–¿A dónde quieres llegar?
–No todas las mujeres son como yo. Cada una sigue su camino… y yo respeto eso.
–No tengo tiempo para mierdas de mujeres… –le espeté.
Pidió una cerveza y se la llevó a los labios mientras me observaba con atención.
–Estoy harta de que los demás me juzguen o me desprecien y esa chica… esa mujer por mucho que tú te hayas empeñado en insultarla, entró aquí y nos llamó señoritas. Era una buena persona a la que humillaste sin más… Nunca me imaginé que tú fueras de esos.
–¿Y qué? Si no te gusta, sabes dónde está la puerta… Me importa muy poco lo que pienses.
Entrecerró los ojos mientras negaba en silencio…
–A ti no te importa, pero a nosotras sí. –Señaló al resto de coños en el bar–. Ella se merecía al menos el mismo respeto que nosotras. ¿No crees?
Medio borracho, al anochecer, abandoné el bar.
La fiesta de cada noche había comenzado, pero solo pensar en tocar los cuerpos desnudos de las mujeres que pululaban me provocaron ganas de vomitar.
Me dirigí hacia el patio; la fogata ya ardía con fuerza y las parejas se acomodaban alrededor de las llamas.
No necesité escudriñar alrededor para saber lo que sucedía; siluetas entrelazadas, suspiros ahogados y gemidos que se mezclaban con el crepitar del fuego.
Las parejas predestinadas disfrutaban de la calma de una noche sin amenazas.
En la manada celebrábamos de esa manera, sin vergüenza ni secretos, las parejas compartían sus momentos de sexo frente a todos.
Era parte de nuestra naturaleza… un vínculo que nos mantenía unidos tanto en los momentos felices como en los más difíciles.
Negué con la cabeza.
No tenía derecho a estar allí.
No tenía pareja.
Había alejado a la única criatura con la que podía haberlo compartido.
Y eso me produjo una vacío inesperado… uno que el alcohol no había logrado llenar.
Me dirigí hacia mi moto como cada noche y me alejé de la Guarida. Arranqué el motor y guié hacia la carretera.
El alcohol había anestesiado mi mente, poco más podía hacer a nuestro cuerpo de licántropo; pero, al menos, había silenciado al lobo aullando en mi interior.
Medio inconsciente de lo que estaba haciendo, no tardé en alcanzar la librería… Por supuesto mi cuerpo me había guiado hasta aquel lugar… tal y como siempre hacía. Pero esta vez era diferente… esta vez… no había allí nada para mí.
Detuve el motor y me quedé en silencio mientras, a mi espalda, era muy consciente de que Boris hacía lo mismo.
Escruté la oscuridad y vi la luz en su ventana. Traté de ignorarla, pero no pude.
Intenté imaginármela…
Estaría disgustada, pero era una humana.
Sus vidas eran demasiado cortas como para que aquello hubiera significado demasiado.
Al día siguiente se levantaría y seguiría con su vida.
Con la primera luz del amanecer, a regañadientes, arranqué la moto y me fui.
Y supe que a mi lobo y a mí nos costaría un poco más olvidarla.