XII. Lira.
El trayecto en coche ya había sido extraño, silencioso de una forma incómoda, como si Masha e Iván supieran algo que yo ignoraba. Pero nada me preparó para lo que me encontré al cruzar lo que pensé que era la entrada a un simple garaje… a un local de moteros.
¿Dónde estaba?
Miré a mi alrededor, nunca había visto un patio de ese tamaño, el corazón de toda una manzana de edificios, abierto, vivo… y completamente lleno de gente.
Era cierto que había motos por todas partes, alineadas y brillando bajo la luz del sol, pero no era solo eso. No era el típico lugar ruidoso y agresivo que me habría imaginado si hubiera sabido a dónde iba.
Miré alrededor; el jardín se extendía hasta donde alcanzaba la vista. En él, árboles, columpios, mesas… Me quedé quieta unos segundos, abrumada.
No solo era eso. Había niños corriendo entre las motos, riendo a carcajadas, persiguiéndose sin miedo…
Parejas sentadas en sillas plegables compartiendo comida, inclinándose la una hacia la otra con esa cercanía tranquila de quienes se conocen de verdad…
Mujeres organizando mesas improvisadas, riendo, llamando a los pequeños, pasando platos de mano en mano.
Hombres atendiendo a sus familias, cuidando, riendo y hablando.
Era un ambiente… familiar.
Extrañamente familiar.
Una comunidad cerrada donde todos se conocían, donde todos encajaban.
Todos menos yo.
–¿Qué pinto aquí…? –murmuré para mí misma.
Ni vestía de forma adecuada. Era la única chica que llevaba puesta un vestido, el cuero dominaba todos los atuendos.
Ni bebía lo mismo. Me había conformado con agua mientras el resto de los adultos iban por su segunda cerveza.
Ni sabía muy bien de qué hablar. No creía que una larga disertación sobre los pros y contras de la fantasía épica frente a la paranormal fuera bien recibida.
Los Badea, Iván y Masha, ya estaban saludando a unos y a otros. No me costó adivinar que todos allí los conocían. Formaban parte de aquello, fuera lo que fuera. Los llamaban por su nombre, les preguntaban por su vida…
A mí… no.
Me sentí completamente fuera de lugar, como si estuviera invadiendo algo que no me pertenecía.
Hasta que lo vi… a Aleksander.
Estaba allí mismo, en medio de todo. Alto, sólido, rodeado de gente… pero a la vez completamente aparte. Era como si los demás giraran a su alrededor sin llegar a tocarlo del todo.
Nuestros ojos se cruzaron apenas un segundo.
Por mi cabeza pasaron todo tipo de expectativas… que se acercara… que hablara conmigo… que me hiciera sentir menos sola, menos desplazada. Pero no hizo nada de eso; apartó la mirada.
Como si no me hubiera visto.
Como si no quisiera verme.
Como si todas las cenas que habíamos compartido… las intensas miradas que me había dedicado… las caricias y los besos no hubieran significado nada.
El gesto me dolió. Hasta entonces solo había estado descolocada… sin saber muy bien qué hacer o a dónde ir… pero aquello.
–Tranquilízate… No empieces a imaginar cosas… –susurré para mí, mientras me llevaba la mano a la coleta–. Piensa en Arwen … piensa en las princesas de orejas puntiagudas.
La noche anterior, había esperado con ansia que al final de la cena me acompañara hasta la puerta de mi buhardilla; pero, por primera vez, no lo había hecho… Se había limitado a pasar de largo sin ni siquiera una palabra… Y ahora esto.
–¿Por qué me han traído aquí? –le pregunté a Masha cuando pasó a mi lado.
El domingo, con la librería cerrada, había decidido descansar…
dedicarme a intentar darle algún sentido a lo que me ocurría con Aleksander…
a lo que sentía por él, pero la repentina aparición de mis vecinos me lo había impedido.
Habían insistido en que les acompañase a no sabía muy bien qué evento.
Incapaz de negarme, me había puesto mi mejor vestido otoñal y me había dejado arrastrar hasta su coche sin saber con seguridad en qué me estaba metiendo.
Debería haberlo hecho.
Debería haber averiguado por qué querían que les acompañara.
–Queríamos que conocieras a Boris, el mejor amigo de Aleksander… –lo señaló entre la multitud–. Y al resto de los chicos…
–¿Chicos?
–Que supieras dónde vive Aleksander… y sus hermanos.
Miré alrededor otra vez.
–Son… moteros.
–Sí… algo así –respondió ella con una media sonrisa que no aclaraba nada.
Y entonces me dejaron sola… literalmente.
Se perdieron entre la gente, absorbidos por abrazos, saludos y conversaciones. Yo me quedé atrás, como una pieza que no encajaba en el puzle.
Intenté moverme, fingir normalidad, pero cada paso me hacía más consciente de lo evidente; no pertenecía a ese lugar ni a ese mundo.
Deambulé sin rumbo por el patio hasta que, casi sin darme cuenta, crucé la puerta de lo que parecía un bar… y el mundo cambió.
El contraste fue brutal.
Si fuera, en el patio, todo tenía un aire familiar… dentro era otra cosa completamente distinta.
La música era más alta.
Las luces, más bajas.
Las miradas… más directas.
Había mujeres medio desnudas apoyadas en la barra, en las mesas, en las paredes… Pero no era solo eso… era la actitud. La forma de mirar, de moverse, de esperar.
No eran como las mujeres del patio.
No estaban disfrutando.
Estaban… disponibles.
Negué con la cabeza, incómoda conmigo misma por siquiera pensarlo.
¿Quién era yo para juzgar? Cada uno vivía como quería, yo mejor que nadie sabía lo que suponía que los demás me juzgasen.
–Señoritas… –empecé, sin saber muy bien qué decir–. Lo siento, creo que me he perdido…
Intenté volver a la puerta… regresar al patio donde todo era más previsible, menos mundano. No pude hacerlo.
–No tan deprisa, gatita… –una voz masculina me cortó el paso.
Un hombre apareció frente a mí, bloqueándome la salida. Su aspecto era parecido al de Aleksander; chupa de cuero, vaqueros desgastados, tinta en la piel… Se parecía mucho, pero no era él… No provocaba cosas a mi cuerpo… más allá de temor.
–¿Eres la nueva?
No me gustó la forma en la que me hizo la pregunta, ni la forma en la que me miró recorriendo mi cuerpo con la vista como si fuera un pedazo de carne a su disposición.
–Yo… no…
Aquello no me gustaba. Supe que debía salir corriendo a toda velocidad, porque el desconocido no parecía dispuesto a dejarme ir… y yo no quería averiguar que significaba ser la nueva.
–¡Apártate!
La voz de Aleksander atravesó el aire como un golpe seco… y yo solté el aire que no sabía que estaba conteniendo.
Todo se detuvo un instante y el hombre se hizo a un lado sin protestar.
Abochornada no sabía muy bien por qué, intenté aprovechar el momento para salir, pero no llegué a dar ni dos pasos. Aleksander me lo impidió.
–¿A qué has venido aquí? –su tono era bajo, tenso.
–Iván y Masha me invitaron… –intenté explicarme. Su rostro me decía lo que no hacían sus palabras; estaba enfadado, furioso… conmigo–. No sabía que… Lo siento si…
No pude terminar.
Me besó… de golpe, sin aviso, sin suavidad.
El mundo desapareció durante un instante. Todo el ruido, todas las miradas… todo dejó de importar. Solo existía él… y la forma en que mi cuerpo reaccionaba.
Me aferré a su cuerpo sin pensar, como si fuera lo único sólido en medio de todo aquello…
No me importó dónde estaba, ni quién nos rodeaba… Solo él importaba… y muy pronto mis gemidos llenaron el aire…
Pero igual de rápido… se apartó.
Y el vacío que dejó fue casi peor.
–Ya tienes lo que querías. Lárgate.
Parpadeé, desorientada.
–¿Cómo…?
–Eres una niña.
Las palabras me golpearon… No era solo su rostro, la mirada fría y displicente; era su tono duro… que no daba lugar a respuesta.
–Yo…
–No quiero niñas en mi cama –continuó, sin mirarme realmente–. Solo mujeres que sepan complacerme… que me las pueda follar en cualquier sitio y por cualquier agujero… y tú… Tú no eres eso.
Sentí cómo algo dentro de mí se rompía de forma irreparable.
–Pero… me besaste…
–Porque me dabas pena –dijo, encogiéndose de hombros mientras su tono se llenaba de burla– con tus miraditas y tus ojitos ilusionados… ¡Estoy harto de niñas estúpidas!
–Aleksander solo estaba evitando que a la niña buena le pasase algo con los mayores –añadió alguien a su espalda, provocando algunas risas.
Y entonces él simplemente… se fue.
Como si yo no importara.
Como si lo que habíamos compartido no hubiese significado nada.
Lo vi rodear la cintura de dos mujeres, reír, integrarse en ese mundo con una facilidad que a mí me destrozó.
Y fue entonces cuando lo entendí.
No encajaba allí, pero tampoco encajaba en el patio.
¡No encajaba en su vida!
¿Cómo había estado tan ciega?
Humillada, mientras las risas se reproducían en mi cabeza amplificadas por el dolor y la vergüenza… salí corriendo.
Atravesé el patio sin ver a nadie, sin escuchar nada.
Crucé el portón, las calles… seguí avanzando sin rumbo, con el pecho ardiendo.
Hasta que resbalé.
Y caí.
El golpe contra el suelo fue seco, pero no me dolió tanto como el dolor abrasador que sentía en mis entrañas.
Me quedé allí, en el suelo, sola.
¡Al menos no lo hice delante de él… delante de todos!
¡Como si eso me proporcionase algún consuelo!
Y entonces… y solo entonces empecé a llorar.
Porque esa era yo, la niña tonta que tropezaba una y otra vez…
Y ya estaba harta de tener que levantarme.