Solo intentaba que no te partieses la crisma (Los Alfas no se enamoran 1) XI. Aleksander.
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XI. Aleksander.

Otro día más.

Otra noche más.

Y otra vez frente al edificio.

Pero esta vez, Iván estaba allí, esperándome en la puerta. No apoyado con desgana ni distraído; estaba recto, serio… decidido.

Supe al instante de qué quería hablar.

Y también supe que no quería tener esa conversación.

–¿Cuándo la vas a reclamar?

–No sé de qué me hablas.

Me sostuvo la mirada, incrédulo.

–¿De verdad vas a negarlo?

Desvié la mirada. No porque no tuviera razón… sino porque no quería decirlo en voz alta. Iván dio un paso más hacia mí, bajando la voz.

–Mi abuelo me contaba una historia cuando era niño… –empezó–. La de tu padre. Decía que enloqueció en el mismo instante en que conoció a tu madre. Su lobo la reconoció al instante… y no volvió a separarse de ella nunca más.

Hizo una pausa.

–Y tú… –Sus palabras estaban llenas de reproche.

–¡No es mi compañera! –lo corté con más brusquedad de la que pretendía.

Iván ni se inmutó.

–Eres muchas cosas… pero nunca habías sido un mentiroso.

Sus palabras me atravesaron, porque tenía razón.

Claro que la tenía.

No era capaz de reconocer en voz alta lo que todo mi cuerpo gritaba… pero tampoco de alejarme de ella para siempre. Y ese punto intermedio me estaba corroyendo por dentro de una forma que no quería admitir.

–Es humana… –murmuré al fin. Todo lo que había descubierto me hacía cuestionarme lo que sentía.

Lo último había sido su edad; ¡tenía solo veintidós años!

Boris, sin habérselo pedido, me había dejado un informe completo encima de la mesa de mi despacho esa misma mañana–.

Es justo lo contrario de lo que esperaba.

Es la criatura más torpe que he conocido en mi vida.

¡Siempre lleva vestidos! Y además… no para de hablar de cosas rarísimas… ¡Está loca y es demasiado joven!

Iván resopló, negando con la cabeza.

–Le apasionan los libros de fantasía, tanto que ha puesto en marcha una librería especializada en el tema. –Alzó una ceja–. ¿De verdad no ves que eso juega a tu favor?

No respondí, porque sí lo veía. Lo veía demasiado bien.

–Es dulce –continuó él–. Es buena. Es… increíblemente transparente contigo.

Apreté la mandíbula.

–Ese es precisamente el problema.

En dos semanas lo había descubierto prácticamente todo de ella.

¡Era ingenua! ¡Era débil!

¡Era virgen!

¿Cómo iba a aceptar mi forma de… follar o de vivir?

En el fondo lo había sospechado, pero lo que había confesado la noche anterior… Su desconcierto cuando le había dicho lo que le quería hacer, la forma en la que se había deshecho entre mis brazos con solo tocarla por encima de su ropa interior…

Sus labios entreabiertos, el olor de su excitación… había puesto a prueba mi capacidad de contención hasta que había comprendido que ella estaba intacta… y mi convicción de que no podía ser mía se había vuelto aún más sólida…

Pero había regresado de nuevo…

«Es tuya».

Había regresado porque mi lobo no paraba de repetirlo incansablemente.

Iván frunció el ceño, sin entender, pero yo sí lo entendía… demasiado bien.

–No lo comprendes –dije en voz baja–. Yo la rompería.

Iván se quedó en silencio.

–La arrastraría a un mundo que no es el suyo. A cosas que ni siquiera imagina… –continué–. No está preparada.

–¿Desde cuándo eso te ha detenido? –replicó él.

–Desde que importa –respondí sin pensar, porque ella me importaba… demasiado.

El silencio que siguió fue distinto, más pesado, más real.

Iván me observó con una mezcla de paciencia y cansancio.

–Siempre creí que la Diosa no se equivocaba –dijo finalmente–. Que cuando os enviaba a vuestra compañera, lo hacía porque era la ideal para vosotros.

–Sí… –admití, pasando una mano por mi nuca–. Eso es en lo que confiamos.

–Entonces deja de actuar como si esto fuera un capricho tuyo.

Sus palabras fueron más duras esta vez, más directas.

–Ella lo siente –añadió–. Puede que no entienda qué es, pero lo siente. Y mientras tú te quedas aquí, dudando… la estás dejando en medio, sin respuestas, sin saber a qué atenerse.

Apreté los puños.

–No es justo para ella –remató.

Eso fue lo que más dolió, porque sabía que era verdad.

–No puedes seguir así –insistió–. Ni acercándote ni alejándote del todo. Eso la va a destrozar mucho más que cualquier mundo oscuro al que creas que la vas a arrastrar.

Tragué saliva.

–No sé qué hacer.

Por primera vez, fui completamente sincero.

Iván suavizó un poco el gesto al escuchar la sinceridad en mis palabras.

–Empieza por algo sencillo –propuso–. Enséñale quién eres. No todo… pero sí lo suficiente. Dale la oportunidad de decidir si quiere formar parte de eso.

Lo miré, dudando.

–¿Y si no encaja?

Iván esbozó una media sonrisa.

–Entonces al menos habrás sido honesto con ella… y contigo.

Suspiré.

–¿Tú crees que…?

–Lo creo –me interrumpió–. Más de lo que tú crees en ti mismo ahora mismo.

Se dio la vuelta hacia la entrada, empujando la puerta.

–Vamos –añadió con tono más ligero–. Subamos a cenar. Las chicas nos están esperando.

Me quedé un segundo más en la acera con una sola idea repitiéndose en mi cabeza una y otra vez.

«No es justo para ella».

Tenía que tomar una decisión.