X. Lira.
–¿Y por qué no?
–Porque es demasiado perfecto, demasiado atractivo… y yo…
–¿Y tú?
–Y yo solo soy yo.
–¿ Solo tú ? ¿Maravillosa? ¿Divertida? ¿Guapa?
La miré. Atenea no era precisamente objetiva. No se daba cuenta de cómo era yo en realidad.
A diferencia de ella, cuyos ojos a todas luces necesitaban una visita al oculista, disponía de espejos que me proporcionaban toda la información que necesitaba sobre mi evidente falta de atractivo.
Cuando estudiaba mi reflejo, sentía como si el tiempo se hubiera detenido para mí, como si mi cuerpo se hubiera negado a seguir creciendo.
Era demasiado baja, apenas superaba el metro y medio.
Mi pecho apenas destacaba, mis tetas no eran mucho más grandes que el tamaño de una manzana y mi trasero… bueno, quizás era lo único que sobresalía un poco, aunque ni siquiera estaba segura; hacía años que evitaba mirarlo con atención. Mi devoción por el helado no salía gratis.
Ni siquiera tenía algo distintivo; ni unos ojos especiales ni un cabello llamativo. Eran marrones, sin más; como todo en mí. Un rostro corriente en un cuerpo pequeño, sin las curvas que parecían importar.
Entre eso y mis aficiones… jamás había interactuado con chicos…
Como mucho había compartido un «hola» y «adiós» o, en la universidad, el inevitable «¿me dejas los apuntes?».
¿Qué sabía yo de hombres?
–Atenea, no eres imparcial…
–¡Claro que lo soy! Lo que pasa es que tengo ojos en la cara y te veo… Yo te veo… ¡No como tú!
–Entonces, ¿por qué crees que nunca he tenido novio?
–No puedes esperar que nadie se interese en ti… si tú no te quieres a ti misma. Debes confiar más en ti y en que cualquier hombre sería más que afortunado de que le echases una segunda mirada.
Sabía perfectamente a qué se refería, tenía que ser un poco como ella. Una mujer que jamás tenía miedo. Una que tenía la habilidad de captar la atención de cualquier chico con una facilidad casi insultante.
Su problema no era gustar, sino quedarse. Sus ligues se enganchaban… mientras ella solo quería desaparecer cuanto antes.
Y yo… yo me quedaba al margen, sin saber cómo actuar.
–Ese hombre…
–Aleksander… ¿por qué no dices su nombre?
¿Cómo explicarle que con solo pronunciarlo mi sangre comenzaba a arder?
Sobre todo después de lo que había ocurrido la noche anterior… Después de que él me hubiera tocado… ahí…
Siempre me perseguía cuando, al final de la cena, regresaba a mi buhardilla.
Y, para mi absoluto bochorno, siempre tenía que evitar que resbalara, cayera o rodara incrustándome contra uno de los múltiples obstáculos arquitectónicos que me rodeaban.
Para ser completamente sincera, solo yo podía llamarlos obstáculos, el común de los mortales los llamaría pared, escalones, puertas o ventanas…
Pero la noche anterior, por milagro o excepción que confirmaba la regla, logré llegar hasta mi puerta con una entereza encomiable.
Una que despertó en él una mirada lobuna… una que me dejó sin aliento cuando, sin decir ni media palabra, atacó mis labios.
Porque eso fue lo que hizo.
Su lengua saqueó mi boca con una intensidad tan inesperada como adictiva.
Él había sido mi primer beso y… con el paso de los días estos se habían ido profundizando, pero nada me había preparado para aquel alarde de pasión… y dominio.
–Necesito sentirte…
Su declaración me había desconcertado.
–¿A qué te refieres?
Durante un instante me había dirigido una mirada intrigada, antes de volver a dirigir toda su atención a mis labios…
–Probarte… quiero probarte…
Eso sí que había roto por completo mis esquemas. Habíamos cenado mucho y bien, los Badea eran unos anfitriones excelentes… ¿Quizás le apetecería helado?
–Si quieres, tengo una tarrina de helado… –Su mirada desconcertada me hizo sospechar que quizás él era un poco escogido para los sabores–. Helado de vainilla y chocolate.
Durante un momento podría haber jurado que el estupor cruzaba su rostro… pero solo un breve momento…
–Lira…
Apenas registré mi nombre en su boca… pero sí el repentino movimiento de su mano… deslizándose bajo mi vestido lentamente desde la rodilla… por el interior de mis muslos… hasta mi ropa interior…
Se me olvidaron los helados…
Inmediatamente junté las rodillas. No quería que él supiese… lo que me hacía.
¿Por qué no me había puesto medias si ya comenzaba a enfriar en las noches otoñales?
Porque era idiota…
–Separa los muslos. Esta vez solo déjame tocarte… Déjame hacerte sentir bien…
Y yo lo había obedecido… porque a esa voz era muy difícil no obedecerla.
Lo que había ocurrido después…
–¿Estás mojada… por mí? –Sus ojos inquisitivos me habían taladrado y yo no había podido negar lo evidente.
–Sí… –¿De quién era esa voz llena de necesidad?
La forma en la que había deslizado sus dedos por encima de mis bragas… acariciando, tentando… había provocado que el zumbido que notaba siempre en ese punto entre mis piernas cuando él estaba cerca… se multiplicase… Hasta que un placer inesperado se abatió sobre mí como un tornado.
Perdí la fuerza en mis piernas, perdí la orientación…
Me perdí por completo.
¿Qué había sido eso?
Cuando volví en mí, estaba entre sus brazos y él acunaba mi rostro…
–Estás preciosa cuando te corres… –Su voz estaba llena de… ¿reverencia?
¿Correrme? Sí, de eso había escuchado hablar… a Atenea.
¿Era eso la sensación que acababa de llevarme por delante?
Ahora comprendía el brillo en los ojos de mi amiga cuando hablaba de… correrse.
–Es la primera vez… –Quise decírselo, necesitaba hacerlo.
Su rostro se ensombreció.
–¿Tus novios eran tan torpes?
¿Por qué pensaría que alguna vez había tenido novio?
–No, es que nunca los he tenido.
Y entonces hizo algo muy extraño; se quedó congelado… antes de negar con la cabeza, despedirse de mí y salir corriendo.
Supe en ese momento que no debía habérselo confesado… pero también que no podía haber dejado de hacerlo.
Necesitaba que él supiera lo especial que era para mí y no me arrepentiría de ello.
–Ese hombre está fuera de mi liga. –Solo recordar la extraña conversación que habíamos sostenido antes… de que me tocara, era suficiente prueba de ello. Nunca había flirteado con chicos… y él era un hombre. ¡Y vaya hombre!–. Y en el caso de que, por algún milagro, estuviera interesado en mí…
Me detuve frente a una de las estanterías.
Solo pensar en él hacía que algo en mi interior se agitara, una mezcla de nervios y vértigo que me recorría desde la cabeza hasta la punta de los dedos de los pies.
Atenea se había presentado allí a primera hora de la tarde.
Siempre que podía, se acercaba cuando salía del trabajo y aquella vez había llegado con una misión; infundirme confianza.
Inspiré hondo, intentando calmarme.
–Que lo está… ¿Por qué lleva si no dos semanas cenando cada noche con tus caseros… y contigo?
–Porque son buenos amigos.
–¡No digas tonterías!
–La tontería es pensar que alguien así se fijaría en mí. La tontería es ilusionarse. La tontería es…
Apoyé el peso de mi cuerpo en la estantería sin pensar… y entonces lo sentí.
Un crujido seco… el aviso que me lanzaba el universo sobre que la catástrofe estaba a punto de abatirse sobre mí…
Seguido del leve desplazamiento de la madera… cediendo bajo mi peso.
Y finalmente, mientras el mundo se ralentizaba a mi alrededor… Los libros empezaron a inclinarse, uno tras otro, como si alguien hubiera empujado la primera ficha de un dominó. La estructura entera cedió apenas unos centímetros, pero fue suficiente para que el pánico me atravesara el pecho.
–¡Mierda!
Me aparté de golpe con el corazón desbocado, mientras veía cómo la estantería amenazaba con venirse abajo y arrastrar las demás en cadena.
Por fortuna, Atenea reaccionó antes de que yo pudiera hacer nada. Haber crecido a mi lado había desarrollado en ella una habilidad especial para evitar catástrofes. Se lanzó hacia adelante y la sostuvo con ambas manos, clavando los pies en el suelo para frenar el movimiento.
Los libros temblaron… dudaron… y finalmente se quedaron en su sitio.
El peligro pasó mientras nadie más parecía darse cuenta. Los clientes seguían recorriendo los pasillos como si nada, ajenos al desastre que había estado a punto de ocurrir.
Un día más en mi vida… Mi torpeza tomando el control… pero, por fortuna, Atenea había evitado la catástrofe.
–Por poco… –susurré a su lado.
–¡No cambies de tema! –Atenea estaba tan acostumbrada que no me permitió refugiarme en mi alivio y siguió bombardeándome. La comprendía. Estar a mi lado la había insensibilizado ante catástrofes inminentes.
Tomé aire tratando de aclarar mis ideas.
El negocio iba bien.
Mis caseros eran encantadores.
Todo en mi vida, por una vez, parecía estable.
Y precisamente por eso…
–No puede ser… –murmuré, todavía con el pulso acelerado–. No puede ser que alguien así se interese en mí…
–¡Excusas!
–Si no sé nada de él. Apenas hablamos… ¡Ni siquiera sé cuál es su libro favorito! Solo… me mira… y luego me acompaña hasta la puerta de mi buhardilla.
–Y te besa… –añadió Atenea, alzando una ceja.
–Sí… me besa…
Aparté la mirada. Definitivamente era una mala amiga; no le había contado que había pasado algo más que eso; pero, por supuesto, ella lo sospechaba… a juzgar por la sonrisa socarrona que me dedicó al notar mi evidente incomodidad.
–¡Escúchame! –insistió ella, soltando por fin la estantería con cuidado–. Lo que no puede ser es que te niegues la posibilidad de tener algo con ese hombre. Ni que fueras Aragorn [6] dudando eternamente de si merece a Arwen [7] . A veces hay que dejar de pensar tanto y simplemente dejarse llevar.
La miré en silencio.
La mención del héroe de El Señor de los Anillos y su enamorada de orejas picudas me dejó desconcertada.
¿Y si tenía razón?
Horas después, cuando llegó la cena y él apareció… cuando levantó la vista y la clavó en mí con esa intensidad que me desarmaba…
Por primera vez, pensé que quizás, solo quizás, Atenea no estaba equivocada.
Siempre me había sentido más hobbit que otra cosa.
Pero en algún rincón de mi pecho… vivía una princesa de orejas puntiagudas.