VIII. Lira.
El desconocido estaba allí… mirándome fijamente con una intensidad difícil de encajar con una cena tranquila. Su cazadora de cuero, sus vaqueros raídos y sus botas le proporcionaban un aura de peligro difícil de ignorar. Daba la impresión de estar dudando entre arrancarme las entrañas o devorarme.
¿Era muy diferente una cosa de la otra?
Como cada noche, mis caseros habían insistido en que cenara con ellos y, como cada noche, yo había accedido.
Sentada a la mesa del comedor, disfrutando de la conversación y el consomé, poco imaginaba yo que el timbre del portal y la voz en la puerta podían ser de…
–Esta es Lira –dijo Masha con esa calidez suya que me recordaba tanto a mi abuela.
No llegué a registrar sus palabras con claridad.
Mi cerebro se quedó frito… Sufrí un apagón.
Cabello negro, ojos ámbar y la tinta que asomaba bajo su ropa… Su presencia llenaba el comedor…
¿Por qué tenía la repentina impresión de que el espacio había encogido?
–Lira, querida… Este es Aleksander, un buen amigo de la familia. –Masha se giró en mi dirección antes de devolver su atención hacia el recién llegado–. ¿Te ha contado Iván que tenemos una inquilina?
Mi cuerpo reaccionó de inmediato. Repentinamente me sentía sofocada… y un extraño zumbido se activaba entre mis muslos.
¡Era un auténtico pecado con piernas!
Incluso su nombre sonaba… pecaminoso…
«Respira… Respira… Recuerda respirar». Me comencé a repetir mientras comprobaba mi coleta.
–Buenas noches.
Su voz fue peor.
Mucho peor.
Alcé la vista y, por un segundo, me pareció que concentraba la atención sobre mí de una forma… demasiado precisa. Como si no solo me mirara.
Como si me registrara.
Apenas fui consciente de cómo los ancianos le invitaban a cenar y Masha colocaba platos y cubiertos para él… justo frente a mí. Cuando se quitó la cazadora y la colocó en el respaldo de la silla a su espalda a punto estuve de comenzar a hiperventilar.
Sus brazos… su pecho ancho y musculoso…
Me pasé la servilleta por la boca… iba a ponerme a babear.
Me había sentido atraída por varios chicos antes… pero nunca por un hombre. La diferencia, ahora lo comprendía, era brutal.
Tenía que llamar a Atenea y hablar durante seis horas seguidas sobre sus labios, su cabello, esos ojos… y su cuerpo pecaminoso.
Al fin y al cabo, la noche anterior solo había estado hablando cinco horas sobre el desconocido que había evitado que destruyera parte de la señalización vertical de la vía pública… otra vez.
¡Los records estaban para ser batidos!
Pero lo primero era… huir… escapar de aquella cercanía que me abrasaba.
Noté como el sudor recorría mi frente bajo su escrutinio y me levanté de golpe.
–Yo… quizás debería… –¿De qué iba a hablar con él? Nunca había hablado demasiado con los chicos… y aquel no era un chico. Estaba completamente fuera de mi elemento.
–¿Irte? –preguntó Masha con suavidad, sin perder la sonrisa.
–No es necesario –añadió Iván, demasiado rápido mientras miraba al recién llegado con una sonrisa en los labios y expresión conspirativa–. Aleksander es de confianza.
Hubo una pausa en la que ambos ancianos se miraron… una conversación silenciosa que no logré descifrar. Estaba demasiado perdida como para prestarles atención… demasiado ida tratando de mantener la compostura y mis ojos lejos de… él.
–¿Verdad? –remató, mirando al recién llegado de reojo.
–Eso dicen –respondió, tomando asiento frente a mí.
Eso fue algo inesperado… algo que provocó… que el vórtice de torpeza se desatara a mi alrededor.
Intenté sentarme de nuevo sin hacer ruido, pero fallé. La cuchara tintineó contra el plato manchando el hermoso mantel. Mis ojos estuvieron a punto de salírseme de las órbitas.
–Lo siento…
–No tiene importancia, querida… –me aseguró Masha con tono ligero–. Aleksander, estábamos hablando de la librería que Lira ha abierto en el bajo. ¿La has visto? ¡Es una librería especializada en fantasía!
El pecado con piernas no dijo nada, ni siquiera pestañeó… mantenía toda su atención aún sobre mí.
¡Estuve a punto de comenzar a gritar!
¿No sabía que era de mala educación mirar a alguien con tanta atención?
Y hacerlo con esos ojos…
En esa cara…
Con esos labios…
En ese cuerpo…
…
Mi cerebro necesitó llenar el silencio o corría el riesgo de sucumbir a mi torpeza habitual.
–Es… pequeña –murmuré mientras buscaba un coraje del que carecía–, pero… acogedora.
–Y muy bien situada –añadió Iván–. Esta calle es muy transitada.
–¿Te gusta el trato con los… clientes? –preguntó Masha, como quien no quiere la cosa.
–Sí, claro.
–¿Todo tipo de clientes? –Repentinamente tenían muchas preguntas que hacer…
–Bueno… sí…
–¿Incluso los… gruñones? –insistió Masha.
Parpadeé. ¿A qué venía aquel interrogatorio? Pero agradecí a cualquier dios que me pudiera escuchar su repentina curiosidad, porque así podía intentar ignorar… sus ojos… Por desgracia, eso no evitaba mi creciente acaloramiento.
–¿Gruñones?
–Gente que puede parecer un poco arisca… –aclaró Iván, encogiéndose de hombros–. Ya sabes.
–Ah… sí. Supongo.
–Porque a ti te gustan todo tipo de criaturas… las secciones de tu librería…
–¿No incluyen licántropos…? –terminó Masha.
Ahí tuve que levantar la vista hacia el hombre que no apartaba su atención de mí, porque habría jurado que había soltado un gruñido.
Me aclaré la voz mientras desviaba rápidamente la mirada… Me lo debía haber imaginado.
–Sí, todo tipo de criaturas…
El silencio se volvió a instalar en la mesa… y esta vez estuve segura de que algo estaba ocurriendo entre los ancianos… Las miradas que se dirigieron estaban cargadas de intención. ¿A ellos también les estaba poniendo nervioso el recién llegado?
–¿Eres de rutinas? –preguntó Masha de nuevo–. ¿O te adaptas bien a… cambios inesperados?
–Depende del cambio.
–¿Y de la compañía? –Fue el turno de Iván.
–También.
–Interesante –murmuró Masha.
Yo no veía qué tenía de interesante… ¡En absoluto!
–¿Tienes preferencias? –continuó Iván, sirviéndose agua. A esas alturas ya me había olvidado de la comida–. Quiero decir… en general.
–¿Preferencias?
–Sí, de carácter, de… presencia…
–Ah… –Gran respuesta, pero cómo iba a decirles que desde hacía unas veinticuatro horas mis preferencias se centraban en un hombre grande, intenso, de cabello negro y ojos de color ámbar aficionado a los tatuajes–. Supongo que… alguien tranquilo. O… no sé… seguro de sí mismo.
Noté algo en el ambiente. Una tensión leve, como si una cuerda se tensara un poco más. Una tensión que emanaba del hombre sentado frente a mí y que yo me empeñaba en ignorar.
–¿Seguro de sí mismo…? –Quiso aclarar Masha.
–No dominante –me apresuré a decir–. O sea… sí, pero… no… quiero decir…
Genial, perfecto, clarísimo… Había estado a punto de admitir que la posibilidad de que aquel hombre me dominase…
repentinamente me parecía atractiva. Porque eso sí que lo sabía sin ninguna duda; no sabría apenas nada de él, pero estaba segura de que era un hombre que sabía lo que quería y cómo conseguirlo.
…
¿En serio?
Me abofeteé mentalmente.
¿De dónde había salido esa idea? Estaba comenzando a obsesionarme con él.
¿Comenzando? Conocía la respuesta, pero preferí no pensar en ella.
Lo único que sabía con total seguridad era que si Atenea se enteraba de mi repentino interés en que aquel hombretón se encargase de esa manera de mí…
¡Me perseguiría a gorrazos!
–Que sepa lo que quiere –intervino Iván con tono neutro–. Eso es razonable.
–Exacto –asentí, agradecida.
–¿Y que lo… reclame? –añadió Masha, con aparente inocencia mientras pasaba a mi lado en dirección a la cocina.
Se me atragantó el aire.
–¿Reclamar? –Ahora estaba perdida… y a juzgar por el nuevo gruñido frente a mí, no era la única.
–En sentido figurado –dijo Iván, como si nada–. Supongo.
–Supongo –repitió Masha ya de vuelta.
Miré mi plato… ¿Cuándo habían aparecido el pollo y las patatas? Mi cerebro unió los puntos. Los movimientos de Masha lo explicaban.
Al menos no era comida… peligrosa.
¡Grave error!
Todo era peligroso.
–¿Gatos o perros? –preguntó Iván de repente.
–Dragones –respondí sin pensar.
–¿Dragones? –La voz de Aleksander retumbó en la habitación pillándome por sorpresa. No hablaba mucho, pero cuando lo hacía su voz era imposible de ignorar.
¿Por qué su pregunta sonaba como un insulto? Tuve que mirarlo.
–Por Dragones y Mazmorras –murmuré antes de que el tenedor se me escapara de la mano deslizándose fuera de la mesa… hasta caer al suelo.
–Tiene sentido –añadió Iván mientras Masha me ofrecía un tenedor limpio.
No lo tenía… en absoluto, pero así era yo.
–¿Y si no hubiera dragones? –preguntó Masha.
–Entonces… nada.
–¿Nada? –Iván alzó una ceja.
–Nada que… se le parezca –añadí, bajando la voz.
El silencio nos volvió a rodear… pero esta vez era distinto, más denso…
Levanté la vista sin querer.
Aleksander me seguía mirando… directamente… sin disimulo, ignorando por completo la comida que tenía delante.
No sabiendo muy bien qué hacer con las manos… ni con nada en general… decidí declararle la guerra al pollo, con tan mala suerte, que el cuchillo se me escapó y acabó incrustado en la mesa.
Ahí se rió… juro que lo hizo.
–¿La mesa te ha hecho algo?
Otra vez esa voz. ¿Se estaba burlando de mí?
¿En serio que lo estaba haciendo cuando él era el culpable de lo que me estaba ocurriendo?
¡Estaba furiosa!
Y acalorada…
Y harta…
Toda chica tenía un límite y yo lo había alcanzado.
–Yo… creo que… debería irme. –Me levanté después de liberar el cuchillo.
–¿Seguro? –Masha me miró desconcertada.
–Es temprano –Iván intentó detenerme.
–¿El postre? –añadió ella.
–¿Quizás café? –remató él.
–Son ustedes muy amables, de verdad, pero es tarde y mañana me espera mucho trabajo en la librería. –Miré de reojo a Aleksander para comprobar que no perdía detalle–. Encantada de conocerte… Buenas noches.
Ignoré a todos. Estaba siendo una maleducada, pero no podía permanecer allí ni un instante más. Si no lo hacía me arriesgaba a lanzarle el cuchillo a Aleksander… o lanzarme a su regazo… no sabía muy bien qué era lo más probable.
Y no estaba para lanzamientos porque con mi torpeza habitual eso iba a acabar mal.
Me disculparía con los ancianos al día siguiente, pero ahora solo quería huir.
Tras despedirme en un tiempo récord, crucé la puerta del piso como si estuviera compitiendo en algún tipo de deporte olímpico y corrí por las escaleras en dirección a mi buhardilla.
Cuando, al fin alcancé la puerta, me detuve intentando recuperar la respiración y las llaves de mi bolso.
Por desgracia todo mi cuerpo temblaba… incluidas mis manos y… las llaves se escurrieron entre mis dedos. Ese fue el momento en el que los astros se alinearon e inexplicablemente tropecé con ellas…
Para arrastrarme en su caída…
¡Los dioses se estaban burlando de mí!
Mientras el suelo se acercaba a cámara lenta hacia mi cabeza… algo apareció en mi línea de visión…
Algo grande, sólido… y cálido.
Y noté sus manos sobre mí…
Comprendí que no había huido lo suficientemente rápido ni lo suficientemente lejos.
–Esto de evitar que te partas la crisma es un trabajo a tiempo completo. –Su voz provocó que todo mi cuerpo hormiguease desde la nariz hasta los dedos de los pies mientras un zumbido entre mis piernas me atravesaba como un terremoto–. Al menos… esta vez no has perdido una oreja.
Giré la cabeza… y estuve perdida. Mis mejillas se incendiaron, el aire se me atascó en los pulmones… y todo a mi alrededor desapareció.
Su cercanía había vuelto a freír mi cerebro. Así que intenté encontrar una frase sexi a la par que cortante para responderle…
No debía ser tan difícil. La gente lo hacía constantemente.
¿Verdad?
–El invierno se acerca –solté… y nada más hacerlo quise desaparecer.
«¿En serio, Lira? ¿Utilizas una cita de Juego de Tronos para hablar del tiempo?».
¿Se podía ser más patética?
–¿Perdón? –¿Sus pupilas se habían dilatado? ¿Me estaba olfateando?
Una desconocida humedad se instaló entre mis piernas.
¿Se me habría caído el vaso de agua sobre el vestido al salir huyendo?
No era el momento de comprobarlo; pero, tratándose de mí, era lo más probable.
–Quiero decir… –gesticulé moviendo las manos hacia ninguna parte mientras me sostenía entre sus brazos… Era tan… comestible–. El tiempo… está… cambiando. Ya sabes. Las estaciones… cada vez son más… impredecibles.
Me detuve.
¿Por qué seguía hablando… y del tiempo?
No por primera vez en mi vida deseé que un portal interdimensional se abriera ante mí y me engullera hacia alguna dimensión alternativa.
–Conviene… estar preparado –añadí, en un último intento desesperado por recuperar mi dignidad.
¿Por qué no decía nada?
¿Por qué se limitaba a observarme?
¿No sabía que las interacciones sociales implicaban que las conversaciones fueran un toma y daca?
Por fortuna… debió recordar sus buenos modales de repente.
–Lo tendré en cuenta –respondió él apretando los labios de una forma muy sospechosa.
En cuanto pude, me escapé de entre sus brazos como pude, abrí la puerta de mi buhardilla con la escasa dignidad que me quedaba y la cerré con rapidez.
Y mientras apoyaba la frente contra la madera y me abanicaba con la mano… habría jurado que escuchaba las risas del otro lado…
Corrí hacia la cocina… Necesitaba helado y una vídeo llamada con mi mejor amiga.
Pero eso no era lo peor…
Lo más humillante era que el motivo de la humedad entre mis piernas no era mi torpeza habitual, sino el bastardo que se había quedado en mi puerta riéndose de mí.