Solo intentaba que no te partieses la crisma (Los Alfas no se enamoran 1) VII. Aleksander.
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VII. Aleksander.

Observé la escena ante mí.

La mujer estaba a cuatro patas encima de la mesa del bar mientras mis hermanos se turnaban para follarla por todos los agujeros.

No entendía muy bien por qué las humanas se sentían atraídas por nuestras fiestas.

Sabían por qué estaban allí; para abrirse de piernas y nada más y, sin embargo, nunca teníamos problemas para encontrar voluntarias.

Suponía que había un tipo de mujer que se sentía atraída por nuestra apariencia de duros moteros.

Una que buscaba emociones fuertes… que no dudábamos en proporcionar.

Pero me gustaría saber cómo reaccionarían si descubrieran lo que escondía nuestra apariencia.

Los gritos y silbidos llenaban el bar mientras la cerveza corría y el resto de las chicas deambulaban medio desnudas complaciendo a los que no se habían apuntado a la apuesta.

La nueva había aparecido a primera hora de la tarde afirmando que quería diversión. No había sido tímida, había afirmado que era capaz de tomar a todo aquel que quisiera probarla y todos nos habíamos apresurado a comprobarlo.

¿Todos?

Eso no era completamente cierto.

Yo no me estaba divirtiendo.

Ni por un instante me había apetecido follar al nuevo coño de la manada.

Tras regresar a la Guarida la noche anterior, había permanecido prácticamente en vela y, las escasas horas que había logrado dormir, mis sueños habían estado llenos de ella… La desconocida que había conmocionado mi mundo.

Arrastré la mano hasta el bolsillo de mi pantalón, donde guardaba, como si de un tesoro se tratara, una oreja puntiaguda de plástico.

«Ve a por ella. Ve a por ella… ¡Ya!».

Mi lobo estaba furioso, porque no lo obedecía. Me había pasado el día ignorándolo.

Yo estaba furioso porque ella era una humana.

Y mi polla estaba furiosa porque yo ignoraba todo lo que el resto de mi cuerpo y mis entrañas gritaban.

–¿Una mamada?

Esa era la simple pregunta que me había hecho comprender que estaba muy jodido.

No recordaba con precisión si quien se había arrodillado ante mí era la pelirroja de tetas respingonas o la rubia teñida con mirada viciosa, lo único que supe era que no podía ni pensar en que esa boca se acercase a…

«¡Qué asco! Nuestra polla está hecha solo para nuestra compañera».

El cabrón en mi interior tuvo que asomar la pata, nunca mejor dicho, y dejarme sin plan mientras todos a mi alrededor estaban disfrutando con despreocupación.

Jamás había rechazado una mamada… Me adentraba en una dimensión desconocida… una en la que odiaba estar.

¿Desde cuándo me había vuelto tan patético?

Cogí la chupa de cuero y hui del bar aprovechando el caos; aquel ya no era mi sitio. No había decisión en mis pasos, solo urgencia.

Boris solía acompañarme; pero, la última vez que había mirado en su dirección estaba ocupado con una morena especialmente complaciente, así que me escabullí evitando llamar su atención. No lo necesitaba para guardarme las espaldas…

Que yo me hubiera convertido en un maldito amargado no significaba que tuviera que arrastrarlo conmigo.

Habitualmente era él quien tiraba de mí para sacarme del bar cuando me perdía demasiado en la noche.

Ahora… Ahora era yo el que huía. Y lo peor no era el cambio.

Era saber por qué estaba en esa situación.

La había encontrado.

O, más bien, ella me había encontrado a mí.

Y desde ese momento, algo en mi interior dejó de pertenecerme.

No era un pensamiento. No era un impulso. Era una certeza clavada en los huesos, una llamada que no podía ignorar aunque quisiera. Mi compañera… Sabía dónde estaba. Lo sabía con la misma claridad con la que respiraba.

Tenía que ir.

No había alternativa.

No había elección.

Avancé casi a ciegas hasta la moto, los dedos torpes, el pulso desbocado. El mundo se reducía a una sola dirección, a un único punto en la ciudad que me reclamaba con una fuerza brutal, primitiva.

Arranqué.

Y obedecí.

El motor rugió, pero no más fuerte que lo que llevaba dentro. Salí disparado, devorando calles, semáforos, sombras. No pensé. Pensar implicaba resistencia y ya no me quedaba de eso.

Solo corrí hacia ella.

Hacia ese edificio que había empezado a perseguirme incluso en sueños.

Me negué a analizarlo. A cuestionarlo. A fingir que tenía control sobre algo.

¿Lo necesitaba?

No.

Lo inevitable no se necesita.

Se cumple.

En cuanto llegué, me bajé sin dudar percibiendo ya el olor que me volvía loco. Era su olor… uno que no había olido jamás antes, pero que mi lobo identificaría en cualquier lugar.

«¡El aroma de nuestra compañera!».

La librería estaba cerrada, pero eso no me detuvo.

Sabía que seguía allí, no estaría en la librería, pero estaba dentro del edificio, del bloque que pertenecía a mi amigo.

No tenía pruebas, no las necesitaba. No me paré a analizar lo que eso significaba.

No habría sido capaz de hacerlo aunque hubiera querido.

Crucé hasta el portal sin dudar, empujado por algo que no admitía barreras. Podía sentirla… Solo tenía que encontrarla.

Alcé la mano y pulsé el interfono.

–Soy yo.

Nada más. No hacía falta. Iván conocía mi voz y sabía que no era alguien al que le gustara esperar ni pronunciar palabras de más. El clic de la puerta al abrirse fue inmediato.

Ignoré el ascensor y subí las escaleras con el pulso acelerado, cada peldaño tensando más la cuerda que llevaba dentro. Cuando llegué frente a la puerta del piso… el piso de mi amigo, me detuve un segundo, inspiré hondo… y el control se me resquebrajó entre los dedos.

–¡Alexander!

La voz de Iván me dio la bienvenida, pero apenas la registré. Había otra presencia superpuesta, más fuerte, más nítida. Ella estaba dentro.

–No te importará… –Me hizo un gesto que lo decía todo. Uno que me avisaba de que había alguien que no conocía nuestros secretos… mis secretos–. Tenemos una invitada…

Ni siquiera respondí. Me moví por el pasillo como si alguien tirara de mí desde el otro extremo, cada paso más inevitable que el anterior. Y entonces llegué al comedor.

Y la vi.

«Nuestra compañera…».

La voz resonó dentro de mi cabeza, profunda, antigua… innegable.

Su presencia me golpeó de lleno. Su aroma lo llenaba todo, denso, embriagador, desarmándome por dentro. Cada parte de mí reaccionó antes de que mi mente pudiera procesarlo.

Y luego estaban sus ojos; grandes… marrones… imposibles de ignorar.

Su cabello, de un tono caramelo que atrapaba la luz, recogido en una coleta con algunos mechones sueltos que enmarcaban un rostro que ya conocía… aunque solo lo hubiese visto la noche anterior.

–Esta es Lira –me explicó Masha en cuanto me vio.

No respondí.

No podía.

Porque todo en mí ya había entendido algo mucho más importante.

La pequeña humana que tenía ante mí era mi compañera predestinada… elegida por la Diosa para mí.

¡Era mi Luna!

Y no podía sentirme más molesto.