Solo intentaba que no te partieses la crisma (Los Alfas no se enamoran 1) VI. Lira.
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VI. Lira.

Por una vez, todo parecía ir bien.

La inauguración había salido mejor de lo que jamás habría imaginado. Contra todo pronóstico y gracias, en buena parte, a Atenea; la librería se llenó. Pero no de personas cualesquiera atraídas por la novedad; se llenó de gente como nosotros. Friquis, sí, pero de los nuestros.

Sentí algo extraño, cálido; pertenencia. Siguiendo las instrucciones de la convocatoria que había hecho, medio centenar de personas habían aparecido disfrazadas de personajes sacados directamente de nuestras estanterías, como si los libros hubieran decidido desbordarse y cobrar vida.

–Te lo dije… –murmuró Atenea a mi lado.

Mi amiga iba disfrazada de Hagrid [4] . O mejor dicho; era Hagrid.

Mientras yo no dejaba de pasar tarjetas, ella se erguía a mi lado como un gigante protector, envuelta en un abrigo enorme, botas pesadas y una melena indomable que parecía tener voluntad propia.

Era fan absoluta de Harry Potter , claro…

aunque, contra toda lógica, su favorito siempre había sido Hagrid.

Era imposible no mirarla. Y eso que insistía en que pasaba desapercibida.

Nunca lo hacía.

Atenea tenía ese tipo de presencia que llenaba cualquier espacio sin proponérselo.

Me sacaba casi una cabeza y su forma de estar, esa mezcla de elegancia natural y una distancia que no parecía del todo voluntaria, hacía que todo el mundo orbitara a su alrededor.

Sus ojos azules intensos, parecían ver más de lo que decían y su pelo corto, rubio oscuro y siempre un poco revuelto, ahora cubierto por una peluca, daba la sensación de que acababa de salir de pensamientos mucho más interesantes que la realidad inmediata.

Era una belleza… una que cuando quería algo o a alguien… lo conseguía. Aunque nunca se quedaba demasiado tiempo. Sus relaciones no duraban más de una semana. Siempre tenían una fecha de caducidad muy corta.

–Esto es… –empecé, sin saber muy bien cómo terminar la frase.

Me sentía ligera. Como si me hubiera quitado un peso de encima. Incluso con el incómodo disfraz de hobbit [5] , esas prótesis en los pies iban a acabar mal, lo sabía; todo parecía más fácil.

–¡Eres genial! –sentenció ella.

Y, por una vez, la creí.

Antes de acabar el día puse en marcha el club de lectura mientras la web empezaba a llenarse de pedidos.

Todo avanzaba, todo fluía.

Cuando cerré, a las nueve, estaba agotada… pero feliz. Había mandado a Atenea a casa hacía una hora, tenía que volver a sus misteriosos asuntos de jáquer y yo me dirigía a mi pequeña buhardilla con la cabeza llena de ideas y esa sensación burbujeante de que algo bueno estaba empezando.

Por si fuera poco… cenaba con mis caseros. Otro pequeño milagro; eran increíblemente agradables… e insistentes… tanto que tenía ocupadas al menos las cenas del próximo mes.

Me sentía demasiado satisfecha, demasiado contenta… demasiado confiada… tanto como para no prestar atención.

Ni a la capa.

Ni a las prótesis.

Ni a mi legendaria torpeza…

Fue solo un instante. Ese momento en el que entiendes, demasiado tarde, que has cometido un error.

Resbalé.

¿O fue las prótesis de los pies?

¿O quizás la capa?

¿Tenía importancia?

De pronto, todo se volvió lento… irreal. La señal en medio de la acera acercándose con una calma ominosa, como si el mundo quisiera asegurarse de que yo la viera venir.

Y la vi…

Y fui muy consciente de que me iba a estampar contra ella.

Y me preparé mentalmente para el dolor mientras comenzaba a elaborar el argumentario que iba a tener que utilizar para explicar lo inexplicable…

Pero para lo que no me preparé mentalmente fue para verlo a él.

Tuve que parpadear aún en esa situación.

El hombre más absurdamente atractivo que había visto en mi vida estaba corriendo hacia mí…

Ojos ámbar, pelo negro, brazos cubiertos de tinta, cuerpo grande, sólido… peligroso de una forma difícil de ignorar.

Solté algo parecido a un grito.

Se me secó la boca.

El corazón se me aceleró.

El calor llenó mis mejillas.

Y se me olvidó respirar mientras el desconocido utilizaba la voz más sexi que había escuchado en mi vida para murmurar palabras inconexas que no sabía muy bien cómo interpretar.

–¡Cuidado!

–¡No!

–Cuidado…

–¡Imposible!

–¡¡¡Joder!!!

¿Quién necesitaba interpretarlas?

Lo único importante fue que él, haciendo uso de una agilidad inesperada, impidió que me estampase.

Me atrapó y a mí se me olvidó hasta mi nombre mientras sus brazos me rodeaban…

Todo se detuvo en ese punto exacto.

Para, a continuación, hacer algo inesperado.

Con una calma desconcertante, recogió… mi oreja.

¡Mi oreja!

La prótesis, claro.

Y, sin decir nada más, desapareció.

Se subió a una moto que juraría que no estaba ahí un segundo antes… y se marchó.

Como si nada.

Y me sentí como la cenicienta… pero no había perdido un zapato, sino una oreja… y el príncipe era el que había salido huyendo.

Todo muy normal.

Un día cualquiera en mi vida.

Regresé corriendo a mi buhardilla

Tenía que hablar con Atenea antes de acudir a la cita con mis caseros.

¡No se lo iba a creer cuando se lo contase!