Solo intentaba que no te partieses la crisma (Los Alfas no se enamoran 1) V. Aleksander.
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V. Aleksander.

El viento me golpeaba la cara mientras devoraba kilómetros sin bajar la velocidad de la bestia que rugía entre mis piernas.

Con la desaparición de mis hermanos, me sentía intranquilo y necesitaba asegurarme de que todo estaba en orden. Por eso me dirigía al centro con Boris siguiéndome de cerca en su moto. Tenía una deuda pendiente.

Iván había sido nuestro abogado durante décadas igual que lo había sido su padre antes que él.

Con el paso de los años, se había convertido en mucho más que eso; había sido y siempre sería uno de mis más fieles amigos.

Uno al que echaba de menos cada vez que nuestro negocio se enfrentaba a un nuevo reto.

Añoraba sus buenos consejos, pero la vida de los humanos era demasiado breve y los años no perdonaban.

Por desgracia, no había tenido hijos que heredaran su puesto y, cuando se había jubilado, había tenido que recurrir a un bufete externo repleto de humanos charlatanes a los que no respetaba como a Iván.

Cuando aquella mañana, mi bufete me había contactado para comentarme que la corporación NTL quería hacer tratos con nosotros, todas mis alarmas se habían activado.

Primero porque cuando escuchaba la voz impersonal de nuestro abogado del otro lado del teléfono, solo podía pensar en Iván… Y, en segundo lugar, porque… ¿qué cojones era NTL?

–Son las iniciales de Noval Tactical Labs . –Su voz displicente no me pasó inadvertida–. Uno de los mayores fabricantes de armas de última generación

–¿Y qué tiene que ver eso con nosotros? –¿Para qué iban a necesitar las armas con las que traficábamos? Lo nuestro eran las armas convencionales, nada especialmente moderno, pero sí letal.

–Podrían ser unos socios interesantes…

Sus palabras terminaron de agotar la poca paciencia que me quedaba. Yo decidía con quién hacíamos negocios y cuándo y cómo lo hacíamos. No necesitaba que ningún chupatintas con ínfulas se inmiscuyese en los asuntos de la manada.

Si, a pesar de todo, querían usar nuestros servicios solo tenían que pagar nuestras tarifas y punto; no necesitaban convertirse en nuestros socios.

El idiota al otro lado del teléfono iba a tener que aprenderlo de una u otra forma. Me aseguraría de ello.

–¿Y desde cuándo es jodidamente asunto vuestro con quién cojones hacemos negocios?

–Nuestros intereses económicos estaban a buen recaudo dentro de un holding del que yo era CEO.

El Grupo Aeropuerto era famoso en la ciudad, aunque muy pocos sabían quién lo dirigía.

Una forma de canalizar nuestros negocios legales… e ilegales sin llamar la atención.

–Creía…

–Por favor, de ahora en adelante ahórrame lo que crees… o no, porque para ser sinceros me importa una mierda.

Últimamente estaban ocurriendo demasiadas cosas a mi alrededor que me daban mala espina. Los italianos, la desaparición de mis hermanos y ahora esa empresa cuyas intenciones no estaban claras.

La llamada del gilipollas de mi abogado había despertado en mí la urgente necesidad de asegurarme de que mi amigo y su mujer estaban bien.

¿Mi mejor amigo humano?

Mi único amigo humano en realidad… al que, por desgracia, el tiempo se le estaba agotando... y al que hacía demasiadas semanas que no visitaba.

Hacía años que se había retirado y vivía con Masha, su mujer, en un bloque en el centro de la ciudad.

Él había ayudado a la manada a hacerse más rica…

y nosotros éramos muy generosos con aquellos que nos eran leales.

El edificio había sido la forma en la que le habíamos mostrado nuestro agradecimiento por su dedicación.

Valdría millones, pero su trabajo nos había reportado muchos más.

Habría preferido que se instalasen en la Guarida, que pasasen sus últimos años rodeados de la manada, mis hermanos los apreciaban al igual que yo, pero había tenido que respetar su decisión.

Sabía, aunque no me lo habían dicho, que no querían ser una carga y, contra eso, no podía hacer nada.

Iván y Masha eran la excepción… Eran mi excepción. Los humanos no me gustaban. No confiaba en ellos. Apenas los toleraba… salvo en casos muy concretos, como él, o en posiciones muy concretas… con mi polla hundida en su coño, su culo o su boca.

Aparqué frente al edificio y, en cuanto me quité el casco… lo sentí.

Algo cambió.

No fue un sonido, ni una imagen. Fue más profundo…

Mi lobo se tensó.

Alcé la mirada… y mi instinto me obligó a buscar… a rastrear mi entorno hasta que lo vi…

El bajo que habría jurado que llevaba años vacío, ahora lo ocupaba una librería… y en ese instante…

En ese momento… su puerta se abrió…

Y entonces apareció ella.

No tuve que fijarme para saberlo… era una hembra… una mujer…

Una mujer que se movía de una forma extraña… y a la que no podía dejar de mirar.

Primero salió medio de lado, como si estuviera peleándose con algo dentro.

Parpadeé…

Luego dio un paso al frente… y casi volvió a meterse dentro al tropezar con el propio marco de la puerta.

¿En serio…?

La chica consiguió liberarse, pero no con elegancia… No, esa no era la palabra que alguien usaría para describirla.

Su capa… porque sí, llevaba capa, se quedó enganchada un segundo en el pomo, tiró de ella con demasiada fuerza… y eso la impulsó hacia delante como un proyectil torpe.

Lo que siguió fue como presenciar un accidente:

Dos pasos rápidos.

Uno inseguro.

Otro peor.

Y entonces la vi claramente.

Bajita, pelo oscuro recogido en una coleta, ojos grandes… completamente despistados…

Y vestida como…

¿Qué demonios…?

Llevaba algo que parecían pantalones desgastados, una capa, orejas puntiagudas… y en los pies…

Fruncí el ceño…

¿Eso eran pies peludos?

¡No!

Espera.

¿Eso era un disfraz?

No tuve tiempo de procesarlo.

Porque en ese preciso instante, su «calzado» o lo que fuera aquello se enganchó consigo mismo.

La chica dio un traspié.

Luego otro.

Intentó corregirlo moviendo los brazos…

¿Estaba intentando volar?

Lo cual solo empeoró la situación.

Se inclinó hacia delante… demasiado… y observé para mi absoluto horror que iba directa hacia la señal de STOP en la acera.

«¡No!».

Mi lobo, mudo hasta entonces, gritó en mi interior… y mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.

Mi lobo rugió.

Corrí.

Era una humana… frágil… y desconcertantemente torpe.

Pero lo que yo veía no era solo torpeza… sino a «mi» humana.

Y estaba a punto de estampar su hermoso rostro contra un mástil de hierro.

–¡Cuidado!– alcancé a decir, aunque ya estaba en movimiento.

No me escuchó… o eso creí... porque estaba demasiado ocupada intentado detenerse, pero no lo logró. Apoyó un pie… que resbaló justo antes de que esa dichosa capa suya volviera a enredarse.

Y ese fue el instante en que comprendí que aquella humana no tenía remedio, porque repentinamente… comenzó a girar sobre sí misma como si se tratara de una peonza… antes de perder el equilibrio por completo.

Por suerte, la agarré justo antes del impacto.

El golpe nunca llegó… pero la inercia sí.

Su cuerpo chocó contra el mío y por un segundo tuvimos que dar un paso atrás los dos…

Bueno, yo uno. Ella como tres pequeños saltitos torpes intentando no caerse.

Y entonces… silencio.

Un silencio atronador que provocó que mi cuerpo se cubriese de sudor, mi corazón se acelerase y todo alrededor desapareciese.

La sujetaba entre mis brazos.

Demasiado cerca.

Demasiado claro.

Mi lobo aulló.

«Mía».

La palabra no fue un pensamiento. Fue una certeza.

–¡No! –gruñí, esta vez en mi mente… al menos eso creía.

Una humana.

¡Imposible!

Bajé la mirada hacia ella.

Tenía orejas puntiagudas… una de las cuales había acabado en mi mano.

¿En serio?

Su pie, ese maldito pie peludo falso, se movió un poco…

y estuvo a punto de perder el equilibrio otra vez, incluso teniéndola entre mis brazos.

La sujeté con más firmeza por puro reflejo.

No solo se trataba de una débil humana, además era la criatura más torpe que había conocido en mi vida… que no era corta.

–Cuidado… –murmuré de nuevo, ahora sí en voz baja y entonces vi como sus ojos se giraban hacia mí.

Unos hermosos ojos marrones que me lo decían todo… incluso lo que no quería ver.

Y leí en ellos todo aquello de lo que no había sido consciente.

Demasiado tarde me di cuenta de tres cosas.

La primera: seguía sin soltarla y a juzgar por su mirada no sabía si estaba aterrorizada, agradecida o acalorada. Sus mejillas habían adquirido un llamativo tono rojo.

La segunda: no todo lo que había pensado… se había quedado solo en mi cabeza... si la forma en la fruncía las cejas quería decir algo.

Y la tercera: su aroma, el calor de su cuerpo, ese pelo de color caramelo… y sus labios… provocaron que toda mi sangre viajara hacia el sur.

–¡Imposible! –añadí en voz alta mientras mi lobo comenzaba a hacer sonar los tambores de guerra en mi interior.

Cuando percibí como un escalofrío recorría su cuerpo, comprendí que mis palabras no habían sonado precisamente tranquilizadoras.

Genial.

Perfecto.

Mi compañera predestinada… era humana… iba disfrazada de no sabía qué cosa… y, haciendo alarde de una coordinación digna de una piedra, casi se había matado contra una señal de tráfico delante de mí.

Y, para rematar, yo acababa de asustarla.

–¡¡¡Joder!!!