IV. Aleksander.
La semana había sido un caos.
No eran los negocios. El flujo de dinero era constante y nuestra riqueza incuestionable; el problema eran nuestros hermanos.
Tenía la impresión de que los italianos se los habían llevado, pero era demasiado extraño.
Unos humanos no podían someternos… No podían someter a nuestro lobo.
Lo único que se me ocurría era la plata, pero ellos no sabían eso…
No conocían el efecto que nos causaba ese metal, ¿cómo iban a hacerlo si desconocían nuestra verdadera naturaleza?
Tenía que haber algo más… Pero nos habíamos quedado sin pistas.
La manada estaba inquieta, demasiado. Dos de los nuestros habían desaparecido sin dejar rastro, sin olor, sin señales de lucha… nada.
La preocupación me devoraba y ni siquiera los exigentes entrenamientos ni los negocios ni los abundantes coños habían conseguido aplacar mi malestar.
Algo estaba a punto de ocurrir, lo sabía…
y, aunque no había pronunciado en voz alta mis temores, sospechaba que no tenía que ver por completo con las extrañas desapariciones.
Boris había pasado las imágenes de todas las cámaras de la ciudad por el sistema de reconocimiento facial y no había encontrado nada, era como si se los hubiera tragado la tierra.
Cuando me reuní con los otros dos Alfas de la ciudad, la situación solo empeoró.
No éramos amigos. Nunca lo habíamos sido.
Habíamos chocado más de una vez; disputado territorio, recursos…
incluso orgullo. Ni siquiera vestíamos igual o nos dedicábamos a los mismos negocios.
Pero había algo que siempre se había mantenido intacto; el respeto.
Y cuando las cosas se torcían de verdad, estábamos del mismo lado.
Especialmente cuando los vampiros empezaban a jugar sucio.
Si los humanos supieran con qué tipo de criaturas compartían las que creían que eran sus calles… dormirían bastante menos tranquilos.
Los cité al mediodía en la Guarida. Como siempre, era nuestro punto de encuentro. Seguramente porque ellos tenían más secretos que esconder… o porque era la costumbre. A mí no me importaba… y ellos lo preferían.
Nuestro hogar ocupaba toda una manzana en uno de los extremos de la ciudad cerca del aeropuerto.
La enorme mole escondía en su interior un amplio patio con el terreno suficiente para correr, transformarnos y vivir sin restricciones.
Algunos miembros residían allí de forma permanente; otros iban y venían.
Era nuestro territorio, nuestro refugio, nuestras leyes.
Yo vivía en la casa principal, donde también estaban el bar y el taller mecánico.
Desde fuera, parecíamos un grupo de moteros con más músculo que cerebro. Desde dentro… éramos algo muy distinto. Éramos licántropos. Y no nos escondíamos entre nosotros.
El bar y el taller eran las únicas zonas abiertas a extraños.
En el primero aceptábamos con gusto a mujeres complacientes ansiosas por abrirse de piernas…
Y en el segundo, coches y motos con problemas independientemente de quién fuera su dueño.
Era nuestra tapadera… y también nuestra afición compartida.
Nos encantaba la velocidad y el rugido de los motores era nuestra debilidad.
El resto del edificio, de la Guarida… era territorio de la manada. Allí no había lugar para humanos… salvo algunos elegidos a los que invitábamos en ocasiones especiales… Los únicos que conocían nuestro secreto; la realidad que escondía el mundo que les rodeaba.
Nuestras hembras toleraban la dinámica del bar con una paciencia que yo no siempre entendía. Pero también sabían algo importante; cuando uno de los machos encontraba a su pareja, lo hacía para siempre... sin medias tintas.
Hasta entonces… cada uno vivía a su manera.
Radomir y Mihail llegaron puntuales, como siempre. Boris, mi Beta, los condujo directamente a mi despacho. No venían solos, sus Betas los habían escoltado, pero en el bar había suficiente diversión para mantenerlos ocupados.
Cerré la puerta tras ellos.
–Ha ocurrido algo.
No hicieron falta formalidades. Llevábamos más de un siglo cruzándonos en la ciudad.
Eso era algo que a los humanos también les sorprendería; el hecho de que podíamos vivir más de medio siglo.
Yo mismo tenía casi doscientos años y los otros dos Alfas rondaban mi edad.
A los humanos les podía explotar la cabeza si lo descubrían.
–Dispara –respondió Radomir, sentado del otro lado de la mesa frente a mí. Su impecable traje siempre me sorprendía.
Mihail, como de costumbre, guardó silencio.
–Dos de mis hermanos han desaparecido.
Radomir soltó una maldición en voz baja antes de hablar.
–A nosotros nos ha pasado lo mismo.
Mihail, a su lado, asintió. Era más de vaqueros y camisetas. En eso nos parecíamos.
–También en el Oeste.
El aire se tensó. No podían ser los italianos. Reducir a uno o a lo sumo dos de nosotros ya me parecía imposible, pero si se habían llevado a más…
La mafia italiana solo nos estaba tocando los cojones a nosotros. No estaba interesada en los negocios de las manadas del Este y el Oeste. Aquello era diferente.
–¿Cuántos? –pregunté.
–Tres –respondió Radomir.
–Dos –añadió Mihail.
Cinco… más mis dos hermanos… Si me quedaba alguna duda, ahora estaba seguro de que no podía ser cosa de los italianos.
–Esto no es casualidad –murmuré.
–No –coincidió Mihail.
Radomir se cruzó de brazos.
–¿Alguna idea?
La respuesta era obvia, pero ninguno parecía querer decirla en voz alta.
–¿Vampiros? –solté finalmente. Esa era la opción más plausible.
El silencio que siguió no fue de duda… sino de cálculo.
El nuevo Rey vampiro, Dédrick era su nombre, no parecía inclinado al conflicto. Los rumores decían que se había ablandado desde que se había unido a su compañera y habían tenido un hijo. Se había instaurado una especie de tregua. Una en la que no había peleas… ni provocaciones.
Pero los rumores no explicaban las desapariciones.
–Podría pasarme por su club –dije con calma. Dédrick era el propietario del Nocturna, el club más famoso de la ciudad–. Hacer una visita… poco diplomática.
Radomir esbozó una sonrisa ladeada.
–Eso siempre ayuda a aclarar las cosas.
Mihail no sonrió, pero su mirada se endureció.
–O a complicarlas.
–Prefiero complicaciones con respuestas que silencio sin ellas –respondí.
Hubo un breve asentimiento general.
–Deberíamos movernos en todos los frentes –añadió Radomir–. Contactos, aliados… cualquiera que haya notado algo raro.
–Y reforzar la vigilancia –dijo Mihail–. Nadie sale solo.
–Estoy de acuerdo.
–Y en cuanto descubramos qué está ocurriendo… o quién tiene a nuestros hermanos… –Otra posibilidad era imposible…
–¡Actuaremos!
–Y les arrancaremos la piel. –Mihail pocas veces sonreía, pero cuando lo hacía… podía helar la sangre de cualquiera.
–Me gusta cómo piensas. –No podía estar más de acuerdo.
La reunión terminó sin necesidad de más palabras. No había mucho más que pudiésemos hacer.
Salimos del despacho y el ruido del bar nos golpeó de inmediato; música, risas, vasos chocando, vida. Un contraste brutal con la conversación que acabábamos de tener.
Radomir estiró los hombros.
–Hasta que encontremos algo, tampoco sirve de nada encerrarnos.
–No –respondí dedicándoles una sonrisa de medio lado. Éramos criaturas orgullosas, nadie iba a doblegarnos.
Mihail ya caminaba por el pasillo en dirección al bar. Eran mis invitados y no era extraño que disfrutasen de todos los alicientes que podía ofrecer la Guarida.
–Pero no bajemos la guardia.
Nunca lo hacíamos.
Apenas cruzamos el umbral, varias miradas se giraron hacia nosotros. Algunas curiosas, otras claramente interesadas. El ambiente era cálido, denso… casi eléctrico.
Les hice una señal a varias chicas para que se acercasen. Era un buen anfitrión. Quizás por eso las reuniones siempre se realizaban en la Guarida. No me sorprendería.
Entre el humo y las luces bajas, no me costó distinguir a sus Betas entreteniéndose con algunos de los coños de la manada. No éramos tímidos con el sexo y no nos importaba que nos vieran follando sin control.
Habituados a ver nuestros cuerpos desnudos durante los cambios, ¿qué importancia podía tener?
Un par de coños de tetas de plástico y sonrisas lascivas se acercaron a mí. Mi polla dio un salto en mis pantalones mientras mi lobo babeaba en mi interior.
«Fóllalas fuerte… Fóllalas rápido… Fóllalas ya».
Al bar solo acudían los solteros, en cuanto un hermano encontraba a su pareja predestinada, no tenía ojos para nadie más.
Pero eso no quería decir que las parejas predestinadas fueran tímidas.
En nuestras ruidosas reuniones, no era extraño verlas teniendo sexo sin ninguna cohibición.
¿Por qué habrían de tenerla? La Diosa los había unido y se sentían orgullosos de tenerse el uno al otro.
Así éramos nosotros, ruidosos, directos y orgullosos de nuestros cuerpos, nuestras parejas y nuestras necesidades. Nada me hacía más feliz que ver a mis hermanos disfrutando de la vida y de todo lo que les ofrecía
Y eso era lo que yo hacía… al igual que los otros Alfas… Estábamos solteros y no nos avergonzábamos de ello, aunque eso no significaba que no hubiera hecho mis deberes.
Conocía a todas las hembras de las otras manadas y jamás me había sentido atraído por una de ellas para poco más que una follada rápida. Quizás la Diosa se había olvidado de mí, pero no me importaba.
Los coños de las humanas eran muy acogedores… No sentía la necesidad ni el anhelo de encontrar a mi compañera. Las rodeé con mis brazos y apreté sus generosos culos.
¡No era tan idiota!
Solo esperaba que, si la encontraba, la loba me proporcionase cachorros fuertes que continuaran con mi linaje… la herencia de los Alfas del Aeropuerto. Una loba que liderase a mi lado la manada como mi Luna.
Eso era lo único que esperaba y deseaba.
Por desgracia, la Diosa tenía otros planes.