III. Lira.
–Querida, ven a cenar…
–¿Cómo?
Me giré hacia ellos cubierta de polvo, pero con una sonrisa imposible de disimular.
A mi alrededor, las estanterías rebosaban vida; sagas épicas con mapas desplegables, grimorios ficticios encuadernados como si hubieran salido de otra era, novelas de dragones, reinos olvidados y héroes improbables...
Todo estaba listo para la inauguración al día siguiente.
Había invertido hasta el último céntimo, pero por fin existía tal y como lo había imaginado; un pequeño santuario dedicado a la literatura fantástica. Un lugar donde cualquiera pudiera perderse entre mundos imposibles.
No era solo una librería. Entre aquellos estantes también se encontraban capas de mago y armaduras de cosplay listas para cobrar vida, varitas, dados poliédricos, ilustraciones originales, figuritas de criaturas míticas y reliquias que parecían traídas de otras dimensiones.
Incluso había una sección de juegos de rol, cuadernos de campaña y guías para aventureros novatos.
Todo pensado para quienes no solo leían fantasía, sino que la vivían.
Las estanterías se alineaban según las categorías; fantasía épica, vampiros, licántropos, criaturas feéricas, magia y hechicería, fantasía oscura y urbana y, finalmente, dragones y bestias legendarias. Todo estaba allí, al alcance de mi mano… al alcance de cualquiera que se decidiese a entrar.
Ahora solo quedaba lo más difícil; que la gente cruzara la puerta.
Había puesto toda mi ilusión y todos mis ahorros entre esas cuatro paredes.
Atenea había corrido la voz por Internet a través de foros, redes y comunidades, prometiendo un refugio para amantes del género.
Incluso había pagado anuncios en revistas especializadas.
Esperaba que funcionara. Necesitaba que funcionara.
Pero lo que no esperaba, agotada y con el cuerpo pidiéndome descanso, era encontrarme con ellos… con mis caseros; Masha e Iván Barea.
–Te hemos estado observando. Has trabajado toda la semana –dijo el anciano con una sonrisa serena–. Y dudo que hayas parado ni para comer. ¿Por qué no vienes y cenas con nosotros?
Miré sus ojos afables, sus cabellos grises y sus rostros cubiertos de arrugas. Me atravesó una punzada de nostalgia. Se parecían demasiado a mis abuelos… ¡Cuánto los echaba de menos! No pude rechazar la invitación.
–Son ustedes muy amables…
Habían aparecido en la puerta de forma inesperada con expresión resuelta.
–Pero nuestra invitación tiene una condición –añadió la anciana, entrelazando las manos con suavidad.
–No comprendo… –recoloqué mi tirante coleta.
–Tienes que explicarnos el nombre –dijo él, señalando el cartel de madera sobre la entrada–. Hechizos compartidos .
Su pregunta me pilló por sorpresa. Aquel nombre no era solo un título; era una promesa.
Parpadeé varias veces mientras una sonrisa se abría paso en mis labios.
Atenea y yo llevábamos media vida obsesionadas con la fantasía, las criaturas imposibles y la absurda pero firme convicción de que, si pronunciábamos bien un conjuro, algo tenía que pasar. Así que el nombre había salido solo.
–Es por mi mejor amiga… crecimos leyendo fantasía… y quería… necesitaba incluirla en mi librería de algún modo –expliqué, encogiéndome de hombros.
–Comprendo –respondió el anciano mientras me dedicaba una sonrisa… y supe que, de alguna forma, lo había hecho.
No sé si fue por la súbita inyección de moral que su aparición me proporcionó…
O quizás fue la satisfacción por el trabajo bien hecho…
O simplemente es que… era yo y mi circunstancia…
Pero… cuando salimos del local y me giré para cerrar la puerta de la librería con gesto decidido… lo hice con más decisión de la que era prudente y ocurrió lo inevitable.
Después de toda una semana de esfuerzos denodados para no caerme, tropezar o tirar algo de la librería… la puerta rebotó levemente contra mi pie, perdí el equilibrio hacia atrás y tuve que dar dos pasos torpes como si estuviera improvisando una coreografía muy poco digna.
El dolor en el dedo gordo me pilló por sorpresa; pero, no estaba sola, así que disimulé. Eso era lo que había aprendido a hacer durante toda mi vida; tomar aire, ignorar el dolor y, con la mayor dignidad posible, seguir adelante.
–Todo bajo control –murmuré, más para convencerme a mí misma que a mis caseros, antes de conseguir cerrar sin que las llaves se escurriesen de mis manos.
Durante un instante, pensé que había logrado esquivar la catástrofe, pero tenía que haber sabido que no podía ser tan fácil. Cundo agarré la cinta de la persiana metálica para bajarla… tiré con entusiasmo… demasiado entusiasmo.
La persiana bajó de golpe con un estruendo digno de anunciar el apocalipsis y el tirón me hizo inclinarme hacia atrás otra vez. Esta vez logré no caerme… pero solo porque acabé golpeándome el hombro contra la pared lateral.
Increíblemente, no me había caído y una sonrisa apareció en mi rostro. Era una victoria, porque cuando el vórtice de la torpeza me arrastraba… podía ocurrir cualquier cosa.
Mi amiga Atenea era la diosa de la justica y la sabiduría, sus padres le habían puesto ese nombre por eso…
mientras que yo me limitaba al caos. Ese era mi fuerte…
y no estaba muy segura de que a mis caseros les gustase eso.
¿Qué propietario se arriesgaría a alquilar uno de sus inmuebles a una catástrofe andante?
–Impresionante técnica –comentó la anciana con total serenidad.
–Estoy probando una nueva escuela de cierre… más… dinámica.
Sin decir nada más, seguí a los ancianos hasta el portal adyacente con toda la dignidad que me quedaba, que no era mucha. Por desgracia, al cerrar la puerta tras nosotros, conseguí lo inevitable; pillarme el brazo. Puedo jurar que sentí como aparecía otro moratón bajo la tela de mi vestido.
Hice un rápido recuento de daños, un dedo gordo hinchado, un hombro medio dislocado y un brazo dolorido. ¡No me había roto nada! Podía estar satisfecha.
–Querida, ¿estás bien?
Miré la puerta, luego mi brazo y finalmente a ellos.
–Sí. Esto entra dentro de lo esperado.
Mi cuerpo era básicamente un mapa de pequeños accidentes cotidianos. Nada fuera de lo normal.
–Soy un poco torpe –admití avergonzada. No tenía sentido intentar esconder la realidad.
Eso era una metáfora, pero tampoco los conocía lo suficiente como para confesar mi capacidad casi sobrenatural para convertir cualquier situación sencilla en un desastre de proporciones cósmicas.
Ya descubrirían hasta donde podía llegar.
Al menos habían firmado un contrato de arrendamiento por un año durante el cual esperaba demostrarles que no era un peligro completo para su propiedad…
O… eso esperaba.
El anciano ladeó la cabeza curioso.
–¿Y eso tiene importancia?
Me quedé pensando un segundo. Porque, visto así… después de sobrevivir a una puerta, una persiana y mi propio equilibrio en menos de un minuto…
–Supongo que no –respondí encogiéndome de hombros y, a pesar del dolor… por un instante, me sentí mejor…
Sí, se parecían mucho a mis abuelos.