II. Aleksander.
–A ver si lo he entendido… Nos robaste.
Lo observé con atención, mostrándole la ira que bullía en mi interior… sin dejar nada a la imaginación.
–No… yo no he hecho nada de eso… Aleksander.
–No me digas más… no sabías que el aeropuerto es nuestro.
–Tienes que creerme. –Sus ojos se llenaron de ansiedad. Como si eso me preocupase–. Solo seguía órdenes… Vi la oportunidad y…
–Os llevasteis el cargamento.
Hice un gesto a Boris y los puñetazos se sucedieron.
Mi Beta era rápido con los puños y con el cerebro.
Podía pasar su tiempo desarrollando y perfeccionando el sistema informático que sostenía nuestros negocios como el más aplicado de los empollones, pero no dudaba en ensuciarse las manos cuando la situación lo requería.
Para ser sinceros, viéndolo machacar al pobre infeliz, no tenía muy claro qué le gustaba más.
Los gritos me provocaron dolor de cabeza. ¿Por qué tenía que ser tan… ruidoso? Como si gritar fuera a salvarle. ¿Todavía no se había dado cuenta de que no iba a salir de la sala de juegos con vida?
Por algo estábamos en el sótano de la Guarida.
Cuando mi Beta se separó, observé su rostro ensangrentado. El resto de su cuerpo no estaba mucho mejor. La silla a la que estaba atado estaba atornillada al suelo, si no ya se habría caído. A estas alturas de nuestra conversación ya se había quedado sin fuerzas.
–Por favor… créeme… Si hubiera sabido…
Seguía rogando… ¿Creía el muy imbécil que su comportamiento iba a pasar inadvertido? La mafia italiana se había instalado en la ciudad hacía cincuenta años, pero siempre habían sido lo suficientemente inteligentes como para no meterse en nuestros asuntos… hasta ahora.
Negué con la cabeza… El nuevo Don se quería saltar las reglas y eso le iba a costar muy caro. Nada nuevo bajo el sol, la previsible codicia humana. Estaba harto de los humanos; criaturas traicioneras obsesionadas con el dinero… nuestro dinero… el dinero de nuestra manada.
Mangielo y la mafia italiana no eran los primeros y tampoco serían los últimos.
«Aléjate del aeropuerto, mantén tus sucias manos lejos de él».
Me había molestado en visitarlo, en advertirle de lo que ocurriría si no controlaban su avaricia; pero, como tantas veces antes, lo había ignorado. Había cometido el error habitual… Nos había subestimado.
«Tú y cuántos moteros como tú me lo van a impedir».
Sus ojos oscuros me habían mirado con desdén, demasiado seguro en su traje caro, sus zapatos de diseño y su pelo engominado.
¡Idiota!
El aeropuerto de la ciudad era nuestro. No en el sentido figurado que usaban los humanos cuando exageraban sus logros, sino en el literal, en el que se heredaba con sangre y se defendía con uñas y dientes.
Nuestros antepasados lo habían levantado cuando aquello no era más que un terreno yermo y desde entonces la manada no había dejado de moldearlo, ampliarlo, protegerlo…
hasta convertirlo en el principal punto de entrada de bienes al país.
Su importancia no era casualidad. Era fruto de nuestro trabajo.
Y también lo era la fortuna que obteníamos de su control.
No se movía nada en él sin nuestra supervisión.
Una supervisión que habíamos adaptado a los nuevos tiempos hasta convertirlo en un sistema prácticamente infalible.
Un sofisticado sistema de cámaras vigilaba hasta su último rincón.
Boris lo había diseñado personalmente, combinando equipos industriales avanzados con tecnología de vigilancia difícil de conseguir en el mercado legal.
Las cámaras, conectadas mediante una red cifrada, cubrían pasillos, hangares y pistas sin dejar apenas ángulos muertos.
Algunas incorporaban visión térmica y sensores de movimiento; otras permanecían ocultas tras rejillas o paneles falsos…
Pero todas servían a un mismo propósito; que nada escapase de nuestro control.
Desde una sala subterránea, decenas de monitores mostraban las imágenes en tiempo real mientras servidores analizaban movimientos y accesos sospechosos.
Nada escapaba a la vigilancia de Boris, a la vigilancia de la manada, cosa que los italianos iban a aprender por las malas.
Había dedicado años a desarrollarlo hasta hacerlo infalible.
Había que estar preparado para cualquier eventualidad. ¡La anticipación lo era todo!
¿Qué se habían creído?
Cualquiera que pasara por la Guarida y nos viera; chaquetas de cuero, motos, tatuajes y mala actitud… nos tomaría por un puñado de desarrapados con demasiado tiempo libre y poca educación. Se equivocaría… gravemente.
Detrás de esa fachada administrábamos un entramado de empresas; un holding sólido, que dirigía el aeropuerto con mano de hierro… Y cuyas actividades, en muchas ocasiones, estaban alejadas de la legalidad. Pero la legalidad humana nunca había sido asunto nuestro.
Los hombres lobo no respondíamos ante sus leyes.
Así que nada entraba ni salía del aeropuerto sin que lo supiéramos, sin que lo autorizáramos, sin que nos llevásemos un porcentaje.
Con el tiempo, nos especializamos en lo que mejor encajaba con ese control; las armas. Había sido la opción lógica.
Las drogas no nos interesaban.
El tráfico de personas, menos aún. Cualquiera que intentara utilizar el aeropuerto para algo así sabía que estaba muerto. Puede que no siguiéramos las normas humanas, pero eso no significaba que no tuviéramos las nuestras y ese tipo de negocio nos revolvía las tripas.
¿Las armas? Bueno… nuestras vidas eran largas. Necesitábamos recursos, estabilidad, poder… y aunque solo con el porcentaje que obteníamos del flujo de mercancías ya obteníamos suficientes recursos; las armas añadían un plus al que no íbamos a renunciar.
Pocos en la ciudad sabían que al menos dos veces por semana un carguero nocturno aterrizaba en el aeropuerto; oficialmente transportando material industrial; pero repleto de munición, pequeño armamento y componentes de armas.
Lo que los humanos decidieran hacer después con la mercancía… no era asunto nuestro. Nosotros no necesitamos nada de eso… como muy pronto mi invitado iba a descubrir.
–¿Quién te lo ordenó…? ¿Quién te ordenó llevártelo?
El último cargamento incluía fusiles AK-47 que el imbécil que tenía delante había robado junto a tres socios más que ya estaban muertos.
Por suerte, el sistema que había implementado Boris había detectado sus movimientos y, en cuanto habían salido del recinto del aeropuerto, los habíamos interceptado. Lo demás… ya era historia.
A través de la sangre y los ojos hinchados me dirigió una mirada torcida.
–Don Mangielo…
–¡Ese cabrón!
Por supuesto era cosa del nuevo Don… era cosa de la mafia italiana. ¡Esas ratas! El cáncer que se extendía por la ciudad y que no lograba extirpar. Ya lo sabía, pero escuchar el nombre de ese hijo de puta en voz alta…
Intenté serenarme, porque había algo más…
–¿Y Miroslav? ¿Y Ekaterina? ¿Qué hiciste con ellos?
Me acerqué para agacharme junto a él, a pesar de los ojos hinchados me dedicó una mirada desconcertada.
–No sé de quién me hablas.
–Mis hermanos… –Le cogí del pelo y tiré de él para poder observar mejor su expresión. Ignoré sus quejas. Me importaban una mierda–. ¿Dónde están?
Era el único motivo por el que seguía vivo. Habían desaparecido la noche anterior cuando intentaban interceptar fuera del aeropuerto al cabrón que tenía ante mí y sus socios.
No sabíamos qué había ocurrido. Simplemente, se habían volatilizado. Por más que habíamos registrado el lugar donde habían desaparecido, no habíamos averiguado nada; ni motos, ni cuerpos, ni rastros.
–Yo… no tengo ni idea… Yo…
«Déjame salir a pasear… Déjame hablar con él…»
Cerré los ojos e hice caso a mi lobo; le dejé tomar el control. Se me había acabado la paciencia. Un instante después me había transformado y amenazaba al idiota con mis fauces abiertas.
Boris ahogó una carcajada mientras el olor a orina golpeaba mis fosas nasales y los gritos llenaban el aire.
Y eso fue todo.
Se desmayó…
Por eso no necesitábamos armas, nosotros ya lo éramos… o al menos lo era esa parte que los humanos ignoraban que tuviésemos.
Mientras recuperaba mi forma humana, Boris comprobó que estaba muerto.
–Un ataque al corazón… ¿Era necesario que te transformases? –Mi Beta siempre criticaba mi impulsividad… y, en este caso, como siempre… tenía razón. Pero eso no significaba que le fuese a dar la razón.
–¡Mierda!
–Seguimos sin tener respuestas… No entiendo qué ha podido pasar. –Mi Beta estaba tan preocupado como yo. Nuestros hermanos eran sagrados… y dos de ellos habían desaparecido.
–La única posibilidad es que alguien los haya secuestrado…
–O matado… –añadí a regañadientes.
Negamos con la cabeza. Preferíamos no pensar en esa posibilidad.
–Pero… ¿cómo los capturaron? Nadie sabe de nosotros… o al menos casi nadie.
Eso era lo más extraño. Éramos fuertes, mucho más que los humanos, y solo la plata nos podía dañar realmente. Quienquiera que se los hubiese llevado… debía conocer nuestra naturaleza… y eso era prácticamente imposible.
–Los encontraremos…
Nos giramos hacia la puerta mientras rumiaba la frustración.
–Aleksander, sabes que estás desnudo… ¿Verdad?
Miré a mi Beta… y los girones de lo que había sido mi ropa en el suelo. Ser un Alfa… un hombre lobo tenía muchas ventajas, pero destrozar la ropa cada vez que me transformaba no era una de ellas.
–Mejor… Me esperan un par de rubias en el bar…
–Dos de nuestros hermanos habían desaparecido y yo necesitaba evadirme aunque fuese durante un rato.
La idea de que alguien los estuviese reteniendo era demasiado preocupante y nos habíamos quedado sin ideas–.
Así no pierdo un instante de mi valioso tiempo.
Boris negó con la cabeza mientras se lavaba las manos en el grifo del que disponía la sala de juegos. Tampoco era necesario asustar a nadie.
Al cruzar la puerta, ladré las órdenes a los guardias situados junto a ella.
–Que lo limpien todo… y dejad su cuerpo frente al restaurante de los italianos. Que sepan qué les ocurre a los ladrones.
Avancé con rapidez hasta las escaleras, en cuanto subí escuché la música en el bar de la guarida; como cada noche, ya había comenzado la fiesta. Llené de aire los pulmones y percibí el olor a almizcle… el olor a lujuria.
Disponíamos de un suministro continuo de coños deseosos de abrirse de piernas para nosotros. A las lobas de la manada no les hacía mucha gracia… pero los solteros teníamos derecho a disfrutar de las ventajas que nos ofrecía la vida…
Los humanos no me caían bien, pero sus coños… eran ideales para pasar un buen rato.