I. Lira. #2
No se molestó en preguntarme qué había ocurrido.
Me había visto resbalar en medio de un pasillo sin ningún obstáculo visible, caer rodando por las escaleras mientras me sujetaba al pasamanos como si mi vida dependiese de ello y arremeter contra las farolas que me negaba a ver…
Hasta el punto de que, mientras no perdiera el conocimiento, se mostraba impertérrita e imperturbable ante mi despliegue de torpeza.
Sabía que esa era yo… y no me quería de otra manera.
Minutos después, estábamos sentadas delante del portal, usando dos de las maletas como improvisados asientos.
Alrededor, el resto de mis maletas a punto de explotar formaban un pequeño reino caótico a nuestros pies.
Si alguien nos miraba desde fuera, probablemente pensaría que habíamos decidido mudarnos… pero con pausa para merendar.
Me llevé la primera cucharada de helado a la boca y cerré los ojos un segundo.
–Está muy bueno –confesé.
–Vainilla con chocolate. –Me sonrió–. Tu favorito.
La miré de reojo.
–Sí que lo es. –Eso era la amistad, saber cuál era el helado favorito de la otra persona. No necesité mirar para saber que el que se estaba tomando ella era de pistacho.
Hubo un pequeño silencio. No incómodo, de los que hay que llenar, sino de los que simplemente se quedan un rato contigo.
–La vida es mejor con helado… –añadió.
Solté una pequeña risa, todavía medio agotada por el desastre.
–Supongo que sí. –Bajé la mirada hacia el caos que me rodeaba… parecía menos caos con ella a mi lado–. Gracias por venir.
Atenea se encogió ligeramente de hombros, como si aquello no tuviera importancia.
–Siempre… –respondió.
Conocía a Atenea desde que el primer día en la escuela habíamos compartido pupitre y nuestro gusto por el regaliz. Desde entonces habíamos compartido prácticamente toda nuestra vida; las risas y las lágrimas, los momentos felices y los que habríamos preferido olvidar.
A simple vista, no podíamos ser más diferentes; ella era alta, ojos azules y cabello rubio y corto. Yo, ojos y cabello largo y marrón. Ella vestida siempre con sudaderas y pantalones oscuros, mientras que yo era más de vestidos de colores pasteles.
Si ella se lo proponía tenía a cualquier hombre que le interesara…
Por mucho que me esforzara… ningún hombre en su sano juicio me dedicaba una segunda mirada.
Pero eso no nos preocupaba… Lo único que de verdad había amenazado nuestra amistad era su inexplicable preferencia por Harry Potte [1] r frente a El Señor de los Anillos [2] y su apego casi enfermizo por el pistacho. Aun así, era mi persona favorita en el mundo…
Por suerte, Star War [3] s y la fantasía paranormal eran los cimientos firmes sobre los que habíamos construido todo lo demás.
Ella se rebelaba contra unos padres demasiado exigentes. Yo, en cambio, luchaba contra una ausencia mucho más simple y mucho más difícil de explicar; una madre que se había ido y un padre que ni siquiera tenía nombre para mí.
Las dos habíamos aprendido a convivir con el rechazo constante; yo, la friqui obsesionada con los libros; ella, la chica que prefería los ordenadores a las personas.
Entre burlas, miradas de desprecio y esa sensación de no encajar en ninguna parte, habíamos terminado dominando nuestro propio conjuro de invisibilidad…
Uno que llevábamos toda la vida perfeccionando; el arte de ignorar a quienes no se molestaban en conocernos.
Las dos habíamos sobrevivido a la pérdida; ella del amor de sus padres que no habían aceptado que se conformase con ser programadora y jáquer nocturna en vez de una eminente científica. Y yo de la muerte de mis abuelos… los únicos padres que había conocido.
Siempre juntas, siempre apoyándonos. Yo era quien había secado sus lágrimas mientras huía de sus padres y se instalaba en un apartamento en el centro de la ciudad…
–Y ahora… –dejó la frase en el aire.
Ahora ella era quien me apoyaba en la decisión más difícil de mi vida…
–¡Ahora me voy a mi librería!
–¡Ya tardamos!
Atenea, Palas como jáquer, había estudiado Ingeniería del Software, mientras que yo había elegido Biblioteconomía. Había sido una elección fácil, porque era incapaz de separarme de los libros… Aunque, en realidad, no era algo imprescindible para alcanzar mi sueño; tener una librería.
Justo lo que estaba a punto de lograr… gracias, como todo en mi vida, a mis abuelos. Ya no estaban conmigo, pero seguían apoyándome. Sus ahorros y su piso me habían permitido alquilar un bajo… y hacer realidad mi sueño.
–Sigo pensando que podías haberte instalado en mi apartamento.
–Eres mi mejor amiga, más bien una hermana, pero no puedo hacerlo.
Ya te lo he dicho; no hay sitio. Tu ordenador…
–El eufemismo del año. No tenía un ordenador; tenía un servidor clandestino con luces parpadeantes, tres pantallas encendidas a cualquier hora y más cables que los que la NASA utilizaría en una misión a Marte–. Tu ordenador ocupa demasiado espacio.
–No creo que…
–Además… te lo he explicado… Tengo donde instalarme. –El bajo incluía una pequeña buhardilla encima–. No te preocupes… Está todo controlado.
–Pero si me necesitas…
–No dudes que recurriré a ti… Te tengo en marcación rápida.
Me miró fijamente durante un largo instante antes de dedicarme una enorme sonrisa.
–Me alegro tanto de que lo hayas conseguido…
Ella sabía cuánto me había costado llegar hasta allí. Durante años me había escuchado hablar de mi sueño una y otra vez.
–¡Mañana empieza mi vida!
–¡Y yo estoy loca por verte triunfar!