Solo intentaba que no te partieses la crisma (Los Alfas no se enamoran 1)
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I. Lira.
Cerré la puerta detrás de mí y el sonido seco del eslabón resonó más de lo que esperaba, dejando constancia de que algo terminaba allí. En el rellano me aguardaban mis pertenencias; toda mi vida reducida a cuatro maletas.
Me parecía imposible que los años, los recuerdos, las versiones de mí misma que había sido… pudieran comprimirse hasta caber en algo tan manejable. Pero ahí estaban, alineadas con una precisión casi absurda.
Tres de ellas rebosaban con libros de fantasía cuidadosamente apilados, algunos con las esquinas gastadas, otros marcados con notas y páginas dobladas.
Eran, sin duda, mis posesiones más preciadas.
No solo por lo que valían, sino por lo que contenían; mundos enteros, refugios a los que había escapado cuando la realidad se volvía demasiado estrecha, demasiado gris.
En esas maletas no solo había historias, había versiones de mí que habían sobrevivido gracias a ellas.
Noches enteras bajo la luz tenue de una lámpara, viajes sin moverme del sitio, batallas libradas en silencio entre páginas.
Había aprendido más de esos libros que de muchas personas.
Me habían enseñado a resistir, a imaginar, a esperar.
La cuarta maleta… Esa contenía el resto de mi mundo. Ropa, documentos, objetos prácticos. Todo lo necesario para seguir adelante, pero nada que realmente me definiera. Su contenido era reemplazable.
Miré otra vez la puerta, mientras me pasaba la mano por la coleta…
el tic que me acompañaba cuando los nervios me dominaban.
Durante un instante, casi esperé que algo me llamara desde dentro, como si hubiera olvidado una última pieza imprescindible de mi vida.
Pero no, todo lo importante estaba conmigo, encerrado bajo cremalleras.
Saqué las llaves, las sostuve un segundo más de lo necesario y finalmente las introduje en el sobre antes de dárselo al agente inmobiliario, que observaba la escena con una mezcla de paciencia y distancia profesional.
¿Cuántas veces habría presenciado lo mismo?
Decenas, quizá cientos. Para él, aquello era rutina. Para mí, era un corte limpio.
–Creo que ya está todo…
–Sí, señorita, esto es todo. Mucha suerte.
«Mucha suerte».
Repetí la frase en mi cabeza como si fuera un conjuro sencillo, de esos que aparecían en mis libros favoritos y que, con suerte, en las historias que devoraba funcionaban.
Sí, eso era exactamente lo que necesitaba; suerte.
Me giré antes de que el silencio pudiera volverse incómodo y avancé hacia el ascensor, cuyas puertas ya estaban abiertas, esperando.
Meter las maletas dentro fue más complicado de lo que había previsto.
Si hubiera sido más lista, habría comprado unas maletas con ruedas, pero no podía desperdiciar ni un céntimo, así que me apañé con lo que tenía…
y tuve que hacer frente al peso de los libros con la única ayuda de mis brazos, tirando cuánto podía, como si se resistieran a moverse, como si cada historia quisiera quedarse un poco más.
O tal vez era yo la que no terminaba de querer irse.
Cuando por fin logré encajarlas, me quedé un segundo quieta dentro del ascensor, mirando el pasillo vacío.
No me había despedido de nadie. No tenía valor para hacerlo.
Los vecinos con los que había intercambiado saludos mecánicos y comentarios triviales sobre el tiempo, no eran más que eso; rostros sin historia en mi historia.
Poco más que desconocidos.
Y, sin embargo, al cerrarse las puertas, sentí que dejaba atrás algo más que un lugar. Dejaba atrás una vida… para comenzar otra.
Así que hice lo que debía, tomé aire… y me preparé para afrontarla con decisión.
El problema fue que… cuando bajé al portal…
Entonces comenzó el infierno…
Primero fue el repartidor de pizza. Porque, claro, el ascensor no podía limitarse a cumplir su función básica de bajarme al portal con dignidad.
Tenía que intervenir un desconocido que, con la naturalidad de quien lleva toda la vida especializándose en robar ascensores ajenos, se coló en el momento exacto en que yo sacaba una de mis maletas.
Creí que esperaría, confié ciegamente en que comprendería la situación, pero me equivoqué; las pizzas no podían esperar.
Antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, pulsó el botón, me dedicó una sonrisa breve y desapareció con mis otras tres maletas dentro.
Me quedé en el portal, abrazada a la única que tenía conmigo, con el aroma de la pizza recordándome que no había desayunado, mientras miraba las puertas cerradas como si pudiera abrirlas con la mente. No funcionó. Nunca funcionaba, por mucho que los libros insistiesen en que era posible.
Cuando por fin el ascensor regresó, lo hizo con la parsimonia de quien sabe que tiene el control absoluto de la situación. Recuperé mis maletas intentando no parecer una persona al borde de un colapso emocional por culpa de un mecanismo eléctrico.
No perdí el tiempo, me aseguré de recuperar todas mis pertenencias, antes de que el dichoso ascensor volviera a desaparecer.
¿Por qué a veces las máquinas dan la impresión de haberte declarado la guerra? Habría jurado que, una vez había descubierto que me iba, el otrora amigable ascensor se había transformado en un organismo ansioso por cobrarse venganza ante mi deserción.
Por eso, cuando me vi libre de su influencia, confié en que todas mis desgracias ya hubieran acabado… pero me equivoqué.
No sé en qué momento exacto decidí que meter «solo un libro más» era buena idea.
Probablemente en el mismo instante en que ignoré todas las leyes de la física conocidas.
O quizás era una venganza perpetrada por mis profesores de Física y Química cuyas enseñanzas había intentado olvidar lo más pronto posible con una eficacia envidiable.
Fuera por lo que fuera, la cremallera de una de las maletas, que llevaba horas soportando una presión que ningún objeto debería aguantar, eligió ese instante, justo cuando salía a la calle, para rendirse.
El sonido fue sutil, casi elegante. Un «crrrk» suave…
Después…
¡El caos!
Libros… libros por todas partes… Fantasía épica invadiendo el suelo delante del portal como si hubiera decidido independizarse.
Dragones, reinos, magos y guerreros desparramados a mis pies mientras yo intentaba recogerlos con la torpeza de alguien que claramente no había previsto esa posibilidad.
Me agachaba, cogía tres, se me caían dos, intentaba cerrar la maleta con la rodilla, perdía el equilibrio, volvía a empezar.
Incluso tuve que sortear al repartidor de pizza apareciendo para aumentar el caos… de nuevo.
En algún momento, consideré seriamente abandonar la vida y empezar una nueva identidad allí mismo, entre mis novelas.
Pero no. Persistí. Malamente, pero lo hice. Porque eso era lo que hacía cuando el mundo conspiraba en mi contra; seguir adelante y resistir.
Y entonces llegó el tercer golpe… Literalmente.
Logré salir a la acera con todas las maletas más o menos bajo control, sintiéndome una especie de heroína de bajo presupuesto.
Había sobrevivido al ascensor.
Había sobrevivido a la maleta traicionera.
Había sobrevivido a mi estómago clamando por una pizza.
Y creí, en mi inocencia, que quizás el universo había comprendido que ya era hora de darme un respiro.
¡Qué ingenua!
No había dado ni tres pasos cuando un coche pasó demasiado cerca del bordillo, demasiado rápido y, por supuesto, demasiado encima del inevitable charco.
Un charco traicionero, estratégicamente colocado, demasiado perfecto para ser casualidad.
Nadie habría podido convencerme de que no formaba parte de algún tipo de conspiración... con el ascensor.
El impacto fue inmediato.
Agua fría, sucia, completamente innecesaria, me empapó de pies a cabeza. Durante un segundo me quedé inmóvil, procesando lo ocurrido, con un libro todavía en la mano y el pelo goteando.
Después, miré al frente.
El coche ya se había ido, llevándose consigo cualquier posibilidad de justicia poética.
Y allí estaba yo; chorreando, rodeada de maletas medio abiertas, con los libros otra vez amenazando con escapar y una sensación creciente de que quizás, solo quizás, mi vida no cabía en cuatro maletas…
Pero el desastre, desde luego, sí.
¿A quién quería engañar?
Lo habitual tratándose de mí… y mi legendaria torpeza.
No había charco, superficie deslizante, señal, semáforo, borde filoso u objeto volante no identificado que no gravitase a mi alrededor de la forma más escandalosa y humillante posible.
Estaba acostumbrada, formaba parte de mi encanto personal.
Tomé aire, intentando sobreponerme… Tenía práctica, aunque la situación era especialmente estresante.
Hasta que escuché su voz… y todo volvió a encajar en su lugar.
–Lira, he tomado nota de la matrícula. ¿Un helado o me cuelo en tráfico y empapelo al idiota con multas?
Giré la cabeza y allí estaba Atenea, como si llevara todo el rato apoyada en la pared observando el desastre con interés académico. Ni siquiera me sorprendí. A esas alturas, que apareciera en el momento exacto ya no era coincidencia; era prácticamente una ley de la naturaleza.
Atenea no llegaba tarde ni pronto. Llegaba siempre cuando tocaba. Lo hacía con una precisión sospechosa. A veces creía que tenía algún tipo de radar interno para detectar crisis ajenas… o, directamente, era como las heroínas de mis novelas… tenía poderes.
Antes pensaba que era una exageración mía.
Ahora lo daba por hecho.
Miré a mi alrededor; maletas abiertas y desordenadas por el suelo, el vestido empapado adherido a mi piel, el pelo chorreando… y esa desagradable sospecha de que el líquido que me recorría el cuerpo llevaba algo más que inocente agua.
–Me vendría mejor un conjuro para recoger todo esto… –admití, apartando con el pie una maleta que amenazaba con escapar hacia la calle–, pero me conformaré con el helado…
Atenea asintió con total seriedad mientras me tendía una pequeña tarrina antes de concentrarse en la suya.