Capítulo 28
CAPÍTULO
VEINTIOCHO
OWEN
Bajo a abrir la puerta, porque… ¿a quién quiero engañar? Me ha dicho que me quiere y eso allana mucho el camino por el que va a tener que arrastrarse para que lo perdone. Pero lo voy a hacer. Ya lo he hecho un poco con el numerito del libro y la canción, la verdad.
Antes casi de que haya espacio para que pase, Levi entra y se lanza sobre mí.
Deja caer el libro sobre el aparador de la entrada; creo, estoy demasiado ocupado dejándome devorar.
Nos besamos, mordemos, tiramos del pelo —en cuanto logro quitarle la gorra— y nos chocamos contra al menos tres paredes; y, cuando empezamos a respirar con dificultad, me aparto.
No para tocarle los huevos —paradojas de la vida—, sino porque, cuando he decidido bajar, el libro era lo más prioritario y, durante unos minutos de lujuria y frenesí, se me había olvidado.
Me aparto como puedo y lo cojo. Voy con él hasta el sofá y me siento.
Levi se sienta a mi lado. Muy pegado; su olor lo llena todo, me abruma.
Quiero que mi casa huela siempre así. Pero yo no paro de tocar el libro: la cubierta, las hojas…
Tiene los cantos dorados y un grabado en la portada.
En el lomo pone «almas gemelas» en letras también doradas y en una caligrafía elegante y estilizada.
Justo al lado, en letras más pequeñas, pone nuestros nombres: Owen una especie de cuaderno de bitácora de nuestra relación desde que nos conocimos.
—Un diario de cómo nos fuimos enamorando.
Logro apartar la mirada del libro y lo miro a él, que se apresura a agregar, un poco cohibido:
—Bueno, de cómo yo me fui enamorando, al menos.
Espera que le diga que yo también me enamoré de él; que lo estoy, y mucho.
Pero no se lo digo, que sufra un poco más.
Sigo leyendo aquí y allí; hojeando nuestras conversaciones impresas en papel texturizado y una encuadernación tan detallada que parece una edición sacada de un museo.
Todo sigue un orden cronológico fácil de seguir y cada fecha tiene al lado sellos de cera que emulan emoticonos de otro tiempo. Cuando lo vean mis padres van a flipar.
—Somos nosotros —digo en un susurro.
—Cien por cien nosotros. Cuatrocientas treinta y seis horas de nosotros.
Sigo pasando hojas, fascinado.
—Mira, no hay manera de disfrazarlo —me dice tras unos instantes de silencio en los que solo se oye el pasar de las hojas—. Quiero que me perdones porque lo hice mal, horrible; la cagué. Te hice creer que no sabía quién eras cuando no solo lo sabía, sino que, además…, no me caías bien.
—No estás ayudando.
No creo que esté acostumbrado a pedir perdón, lo hace fatal y, a la vez, hay algo muy honesto que suena a arrepentimiento puro y duro. Me llama la atención. Me gusta.
—No actué bien. Y soy consciente. Intentaba no pensarlo mucho para que no me pesara mientras me esforzaba en decidir cuándo y cómo te contaba que era el creador de Soul Finder.
Me daba miedo tu reacción. Muchísimo. La cosa es que, cada vez que te lo quería decir, se me ocurría una razón por la que era mejor no hacerlo.
Guardo silencio. Sigo pasando hojas. Él sigue hablando:
—Pero lo cierto es que el motivo fundamental era muy básico: si sabías que te había mentido, dejarías de creer en nuestra compatibilidad, cuando te juro por lo que quieras que no se me ocurriría mentir con algo así.
Jamás. Te lo prometo, somos cien por cien compatibles porque estamos hechos el uno para el otro.
—Tuviste muchas oportunidades para confesarlo —le digo sin mirarlo mientras hojeo una conversación especialmente estimulante sobre George R. R. Martin donde ambos defendíamos que El sueño del Fevre era un libro más atractivo que cualquiera de Canción de hielo y fuego . Somos raros.
—Muchas, cierto. Y todas me parecían forzadas.
Hubo un momento que hasta creí que decírtelo podría parecer pretencioso o que podías creer que estaba presumiendo, que quería crédito o atención.
Pero en el fondo es lo que te he dicho, el problema principal era que, si te lo decía, creerías que no eras mi alma gemela.
Y lo eres —declara, muy serio, buscando mi mirada.
Yo llevo rato mirándolo a él—. De verdad que lo eres. Sé que lo sabes.
No contesto. En su lugar, hago otra pregunta:
—¿Y qué quieres? ¿Que te perdone como si nada hubiera pasado?
—Hombre, a ver, pues sí. Pero como sé que no va a ser así, prometo hacer penitencia. Lo que quieras, de verdad.
—Mentir es lo peor que le puedes hacer a tu pareja. Y más aún a tu alma gemela.
—Y te prometo no volver a hacerlo. ¿Qué puedo hacer para que me creas?
En el fondo siempre he sabido que nuestra compatibilidad era real. Ese es otro de los motivos por los que no lo he echado de mi jardín nada más verlo.
—Vas a tener que cantarme mucho si quieres recuperar mi confianza al cien por cien; como nuestra compatibilidad. Es nuestro número estrella.
Me sonríe.
—Si quieres, hum, también puedo empezar la penitencia con una mamada. —Lo dice mientras me acaricia el muslo.
—No.
—¿No?
—Durante este tiempo en el que no hemos hablado, aparte de la mala leche y la decepción, había un pensamiento recurrente que no se me iba de la cabeza y es que nunca te la había chupado.
¿Superficial dadas las circunstancias? Puede ser, pero no voy a dejar pasar ni un día más sin ponerle remedio, ¿vale?
—Vale.
Buf, ese «vale» siempre ha sido mi perdición.
Como no hago nada, salvo mirar el libro precioso en mi regazo, Levi pone una mano sobre la mía, impidiéndome pasar página.
—Owen. Te quiero.
Cuando alzo la vista y veo cómo me mira se me corta la respiración.
—Perdóname por haberte mentido, no tengo excusa. Pero sí espero tener mucho tiempo para redimirme.
Su tono de voz, el cariño que noto en sus ojos y el libro sobre mis piernas son redención suficiente. Pero no se lo voy a decir. Me va a tener que hacer muchas mamadas para compensarme. Y yo a él. Que no sé cómo compensa eso nada, pero da igual. Compensa el universo, lo hace estar en equilibrio.
Eso sí se lo digo. Se ríe.
—Vale. —Me dedica otra de esas sonrisas que me la ponen durísima.
Nos quedamos mirándonos, nuestras manos enlazadas sobre el libro.
—Te quiero. Y me muero por tener miles, millones, de conversaciones contigo.
—Nos podemos regalar un libro de estos cada año por Navidad.
—O podemos hablar en persona como una pareja normal.
—Eso también.
Nos sonreímos.
—Te quiero.
—Te quiero —le respondo antes de dejar el libro sobre la mesa de café y ponerme de rodillas.