Capítulo 27
CAPÍTULO
VEINTISIETE
OWEN
Llaman al timbre y, antes de bajar, me asomo por la ventana que da al jardín delantero. Al principio no lo veo, no hasta que —impaciente como es— se aleja de la puerta y mira hacia arriba.
Levi.
Creo que me ve, pero no estoy seguro; es curioso como, a pesar de llevar años viviendo en esta casa, nunca me he fijado en qué puede apreciarse o qué no a través de las ventanas. Falta de interés, supongo. En esta casa nunca ha habido nada que ocultar.
Mentiras. Putas mentiras.
Sigo mirándolo aprovechando que creo que no me ha visto.
Lleva la puta gorra, así que no soy capaz de verle los ojos.
Pasea la mirada por cada ventana, por la fachada, como si su color verde pudiera revelarle algo.
Lleva un paquete grande en la mano, envuelto en tonos navideños, blancos, dorados y rojos, pero desde esta distancia no distingo los motivos.
Desaparece de mi vista unos segundos, suena el timbre otra vez. Cada vez más insistente. Ring, ring, ring… Me va a explotar la cabeza.
Vuelve a aparecer en mi campo de visión. Se quita la gorra, mira hacia arriba y empieza a gritar mi nombre.
—¡Owen! ¡Oweeeen!
Qué vergüenza. Por Dios, que se calle. Que se vaya con sus mentiras, su lunar, su cuerpo de infarto y sus conversaciones perfectas a otro lado. Que se vaya a mentirle a otro, que a mí me tiene destrozado.
Cabrón. Mentiroso.
Cómo lo echo de menos.
—Owen, abre, sé que estás ahí. Oigo a Zero ladrar y tu coche está aparcado en la entrada.
¿Y qué? ¿No puedo haber salido a emborracharme por ahí, a tirarme a alguna tía o algún tío, o ambas cosas a la vez en plan orgía? ¿O a correr? Tengo vida más allá de él. O eso quiero hacerle creer.
—¡Owen!
Lo repite una y otra vez, cada vez más alto; y cada vez con el tono más ronco.
Al final abro la ventana. Me niego a bajar y abrirle la puerta.
—¿Qué?
Por un momento se sorprende, estaba mirando hacia otro lado y lo he pillado desprevenido.
—¿Puedes bajar? —dice con voz más suave, pero lo bastante alto para que lo oiga desde donde estoy.
—¿Para qué?
—Quiero darte algo.
—No quiero nada tuyo.
—No es mío. Es tuyo. Te pertenece.
—¿Tu corazón? —me río, ridiculizando algo que no tiene ni puta gracia.
—Mi alma —responde, tratando de sonreír.
Como no contesto y me limito a fulminarlo con la mirada —aunque no sé si lo verá, dada la distancia— vuelve a gritar:
—¿Puedes bajar a que te lo dé?
—No, tengo prisa. He quedado para cenar en casa de James.
Se queda callado. Parece destrozado.
«No, no, no. No te ablandes».
Llevo días pensando en él, en qué haría si viniera y me pidiera perdón; en cómo reaccionaría al verlo arrastrarse hasta mis pies. Y ahora está aquí y me muero por abrazarlo, por comérmelo, por gritarle, pegarle, arrancarle los ojos.
—¿Tienes un momento antes de irte? Solo quiero darte esto.
—No, vete.
—Vale, tú lo has querido. —Empieza a desenvolver el regalo.
«¡No, no, no rompas así el papel, parece precioso!».
—¿Qué haces?
—No quieres escucharme, vale. Escúchate a ti, escúchanos juntos. Estamos destinados a ser, incluso aunque uno de los dos la cague a lo grande. —Debe verme la cara, porque enseguida añade—: Vale, sí, yo la cagué a lo grande.
Abre un… libro, creo, no lo veo bien, y empieza a pasar las páginas.
Se detiene en una y empieza a leer de forma aleatoria.
O eso parece, porque todo tiene un sentido tremendo.
Son cosas que nos hemos dicho en nuestras cuatrocientas muchas conversaciones, cosas que nos hacen «no sotros»; juntos y por separado.
Porque, según esos chats, está claro que estamos destinados a ser.
Si hubiera una herramienta que estimara matemáticamente los porcentajes de compatibilidad que…
Vale, esa herramienta existe, se llama Soul Finder, la misma aplicación que unió a las únicas dos personas en el mundo que creen que Smell Like Teen Spirit suena mejor cuando la versiona Tori Amos en directo.
Dios…
—Perdóname. —Ha dejado de leer y ahora mira hacia arriba—. Metí la pata. Abusé de mi poder, rompí las reglas y te busqué. Pero es que estaba loco por ti.
Lo de que estaba loco por mí me hace dudar, pero soy fuerte.
«Soy fuerte, soy fuerte».
Y estoy cabreado.
—No es eso, Levi. Bueno, sí, pero lo que odio es que me mintieras.
—Tú también mentías.
—¡Pero no a ti! A ti nunca.
—Vale.
—Y no creo que atacarme y excusarte en lo que yo haya podido hacer mal te acerque más a la redención, la verdad.
—Lo siento. Lo siento. ¿Qué quieres que haga? Dime y lo haré.
—Es que todo esto de venir en Nochebuena a citar nuestras conversaciones mientras yo te escucho con atención desde la ventana es muy romántico y eso, pero no te ha quedado tan guay como lo que hizo John Cusack en Say Anything ; Peter Gabriel se convirtió en un icono de las declaraciones de amor por algo, Levi. Esto ha sido un poco más… cutre.
—¿Cutre? —bufa—. De hecho, estoy por irme. Porque que hayas pensado en Say Anything y no en Anabelle vuelve a casa me decepciona. Por Dios, que tenemos un chat que se llama «Personajes infravalorados que merecen más amor». Que lo creaste tú por Bob Palmeri.
Trato de contener la sonrisa. Lo que nos hemos reído en ese chat.
—¿Quieres que cante? Lo haré. —Se ríe, muy digno y convencido él—. Sé que te encanta esa escena. Sé que es tu escena favorita de toda la película.
—Es que la peli es muy mala.
—No es mala —me dice, riéndose; aunque es una risa tensa, no las tiene todas consigo.
Sabe que tiene que ganarme y nuestra diferencia de opinión en esto, algo que siempre ha sido divertido y un tema recurrente de debate, ahora puede convertirse en el abismo que nos separa—.
Y solo tú, en serio, solo tú elegirías como momento favorito de una película de terror la escena romántica y ridícula.
Vas de duro, pero eres blando. Y me gusta saber eso de ti.
—Es un escenón.
—¿En serio quieres que te cante? ¿Esa misma canción? ¿Si hago semejante ridículo me perdonarás?
—No, pero ganarás puntos.
—Vale.
—Vale.
Levi empieza a cantar Everything I Own de Bread como el personaje de Bob en Anabelle . Y lo hace fatal. Adorablemente fatal. Me encanta.
—Para, qué bochorno, por Dios. Si no te quisiera tanto, te…
Se me cierra la garganta. Pero ¿qué cojones digo?
Tarde. Él lo ha escuchado. Probablemente el vecino que siempre viste con camisas de cuadros amarillo pastel y boinas a juego —y que se ha detenido delante de mi casa; incluso apoya la mano en la verja para descansar—, también.
Y la señora Patel, de la casa de enfrente, que me hace señas con los pulgares hacia arriba desde el jardín delantero.
Mierda. Mejor no sigo mirando a los lados, por si acaso.
—¿Qué? —A Levi le brillan los ojos.
—Nada.
—Has dicho que me quieres.
—No.
—¿No? Porque yo también te quiero. Te quiero mucho. Por favor, baja. —Cuando me ve dudar, insiste—. Por favor.