Solo hasta Navidad (Soul Finder 1) Epílogo
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Epílogo

LEVI

DOS AÑOS DESPUÉS

—Owen, por Dios. Que vivimos juntos, que estamos todo el día pegados como si fuéramos siameses.

—Si fuéramos siameses esto daría puto asco. O no. Mmm… —dice lamiéndome la punta de la polla como si fuera una piruleta—. Me encantó The Brothers Bishop .

—Se me baja. Si me vas a hablar de ese libro, se me baja. Joder, qué dramón. Anda que no hay libros sexis de incesto…

—Yo soy de tragedias, ya lo sabes.

Lo sé, claro que lo sé. Igual que sé que siempre se deja los M que pone el volumen de la televisión en número impar porque, aunque no lo reconozca, si no lo hace, le peta la cabeza.

Sé que le gusta dormirse oyéndome teclear a su lado en la cama y que, en los días de lluvia en los que puede quedarse en casa, le gusta escuchar jazz instrumental y mirar por la ventana.

También sé que a veces se hace el dormido para que sea yo quien prepare el primer café de la mañana y él solo tenga que seguir el delicioso aroma hasta la cocina, donde, sin decirle que lo tengo calado, le paso una taza humeante que huele a gloria.

Y también sé que, cuando llegamos a casa juntos y Zero me saluda a mí antes que a él, finge indignación, pero en el fondo está encantado; porque saber que el perro es nuestro, de los dos, lo hace inmensamente feliz.

A estos pequeños detalles los llamo sus «secretos a voces» y podría escribir un libro como el que le regalé hace dos años rogándole que me perdonara por haber sido un imbécil.

Me perdonó. Vaya si me perdonó. Y me lo demuestra cada día siendo la persona más maravillosa del mundo.

Es comprensivo, tierno, divertido y pervertido.

Muy pervertido. Mi media naranja. Mi alma gemela. La miga de mi corteza.

Juntos somos… pan.

Soy incapaz de pensar en nada más, mi mente se queda en blanco y se pierde en la bruma de pura y exquisita lujuria cuando Owen se mete mi erección hasta la garganta.

Reprimo un jadeo para evitar que, si entra alguien en el baño, nos oiga.

También es que manda huevos; llevamos casi un año viviendo juntos de forma oficial, y el muy mamón —nunca mejor dicho— decide que, en vez de tener esta sesión de sexo rápido en nuestro dulce hogar, la tengamos en el baño de Langston Books esta pequeña reunión es solo para las almas gemelas que se han conocido en la zona de Eeriewood.

O que se van a conocer hoy por primera vez.

Y es cosa de Owen, que es un liante; solo hay que ver dónde estamos y qué estamos haciendo.

Desde que me lleva el marketing me obliga a organizar eventos sociales cada pocos meses.

Lo siguiente será un juego en tiempo real de Apocalipsis, mi videojuego «clandestino».

Reprimo otro gemido y lo sujeto del pelo tratando como puedo de no despeinarlo, que es lo que suelo terminar haciendo cada vez que me la chupa. Es una sensación tan increíble, ver la pureza del amor en sus ojos en contraste con la obscenidad más pecaminosa en sus labios…

Quiero tirarle del pelo, follarle la boca y correrme en su garganta, miro hacia abajo y ver semejante devoción en su mirada mientras me come la polla me desestabiliza.

Siempre logra desestabilizarme. El amor que siento por él tiene ese efecto.

Me hace temblar y volar y sentir que no pertenezco a este mundo.

Podría pertenecer a donde fuera, pero con él. Siempre con él.

Doblo las rodillas, lo agarro por la nuca y empiezo a follarle la boca como sé que le gusta. No tardo en correrme; lo hago en su garganta, a lo bestia y dándome suaves cabezazos con la pared porque no sé cómo reprimir el grito que quiero soltar.

Casi no se ha recuperado —lo noto en la película de deseo que le cubre los ojos—, cuando salgo de su boca sin darle casi tiempo a tragárselo todo y lo levanto por las axilas.

En un visto y no visto, le bajo la cremallera y los pantalones lo justo para liberar su polla, y me la meto hasta la raíz en un gemido silencioso que me devuelve con un siseo y un tirón de pelo que parece no tener fin.

De hecho, el tirón dura lo que tarda en descargarse contra mi paladar, regalándome ese sabor del que sé que no me hartaré jamás.

Ni cuando seamos viejecitos y no tengamos dientes.

Vale, no; ahí a lo mejor no me apetece tanto.

A lo mejor ni se nos levanta. O quizá sí; hoy en día hay muchos avances médicos.

Aunque si hay algo que espero que nos dé la edad, es una continuidad.

Un seguir así, igual. Y no, ya no hablo de sexo —eso solo es un plus muy muy plus—; hablo de esa comodidad que sentimos al estar juntos.

Ese estar donde sabes que tienes que estar.

Donde el silencio llena espacios y las palabras resuenan en el alma.

Estamos hechos el uno para el otro y una aplicación predijo nuestra compatibilidad casi desde la primera conversación.

Una aplicación que creé yo; y yo nunca fallo.

Ni Ryder, que lo hizo todo conmigo desde el principio.

Mierda, Ryder.

—¿Has visto a Ryder antes de arrastrarme hasta aquí a mancillar mi boca? —le pregunto a Owen mientras trato de arreglarme el pelo.

Él me sonríe, abrochándose el cinturón y pareciendo perfecto al instante.

—Creo que está enfadado con su alma gemela. Así que llegará tarde para hacerse el interesante.

Lo miro boquiabierto. Porque sé cuándo su perro se convirtió en familia, pero desconozco el momento exacto en el que Ryder y Owen se hicieron «hermanos». Me encanta y me enerva a partes iguales.

—Como nos vea salir juntos —le digo obviando el tema de su alma gemela porque yo creo que fingen discutir para reconciliarse de forma salvaje e incansable—, lo va a saber y nos va a putear y no me apetece nada. Desde que es feliz no hay quien lo aguante.

Owen se ríe.

—Siempre ha sido feliz. Solo que ahora lo es más.

Bueno, hoy no. Hoy está de una mala leche tremenda.

Pero si alguien sabe superar las adversidades y salir victorioso y con una sonrisa, ese es Ryder.

Y, además, no me importa que se dé cuenta.

¿No has oído lo que le ha dado por decir ahora?

Que seguro que no follamos; que nos llevamos demasiado bien para tener una relación pasional intensa.

—¿Y qué más te da? Si follamos como conejos.

—Pues porque me jode —dice antes de darme un beso superdulce, abrir la puerta y dirigirse al lavabo.

Lo sigo y, mientras nos lavamos las manos, compartimos una sonrisa en el espejo.

—A mí me da igual lo que piensen Ryder, James, Jer… y el resto de almas gemelas que hay ahí afuera celebrando que se han conocido y que son felices. Además, me lo deben a mí —digo alzando las cejas y con un tono petulante que no siento. Haber creado Soul Finder es motivo de orgullo, no de vanidad.

—Mira qué fácil es decirlo, ¿eh? Con lo que te costó conmigo al principio, rata miserable. —Me mira y me guiña un ojo.

Estoy perdonado; desde hace mucho, pero pasaría la vida arrastrándome ante él si hiciera falta. Nunca una mentira se interpondrá entre nosotros. Espero que nada lo haga.

—Y no me da igual —continúa—, quiero que todo el mundo tenga claro que se puede ser pasional a lo bestia y a la vez tener tremenda paz con tu pareja. Lo de que la llama arde más cuando se discute es ridículo.

Es tan bonito cuando se indigna por cosas así… Atrás ha quedado el Owen teatrero que aparentaba ser frívolo y disfrutar del coqueteo. Ahora tenemos a un hombre directo que aboga por causas tan inverosímiles como la paz y el sexo en la pareja. Para comérselo.

Pero la cosa es que… es cierto. No discutimos.

Nunca. A veces tenemos diferencias de opiniones sobre algo, por supuesto.

Sobre bastantes cosas, de hecho. Y debatimos y nos indignamos.

Pero ya. Porque Owen y yo somos iguales en lo que importa, en nuestras convicciones y filosofías. En nuestro núcleo. En el alma.

Almas gemelas.

—Te quiero —le digo, mirando su reflejo en el espejo mientras él termina de secarse las manos y se me acerca por detrás.

—Te quiero —me responde mientras me rodea la cintura con los brazos y apoya la barbilla en mi hombro.

Siempre me contesta lo mismo. No un «y yo», no un «yo más». Su respuesta siempre es un «te quiero»; cada palabra, con sus ocho letras y con todo el amor que emana de cada una ellas.

De la mano, salimos del baño y nos quedamos mirando el Langston Books las luces navideñas de colores que alegran las paredes e hileras de libros.

El enorme abeto que hace dos años decoré por primera vez.

El olor a café y bollos recién hechos flota en el aire, las risas de la gente se mezclan con el tintineo de las copas y el murmullo de las conversaciones; unas más altas, otras entre susurros; alguna más seria que otra, seguro.

Esta noche hay gente que se conoce en persona por primera vez, así que algunas de las charlas que nos envuelven estarán llenas de silencios tímidos y de apreciación.

De nervios y quizá algún tartamudeo que otro.

Pero todos los presentes tienen algo en común: han venido con —o a conocer a— su otra mitad.

Está lleno de almas que se han encontrado en un mundo donde a veces da mucho miedo vivir, donde encontrar a alguien con quien compartir tu vida —ya sea en el aspecto romántico o no— no solo no es sencillo, sino que a veces ni apetece.

Las parejas que hoy llenan la cafetería son muy distintas entre ellas, pero todas han encontrado un bien muy preciado: alguien a quien amar o con quien amar algo en común.

Aunque no se trate de un amor romántico.

Soul Finder une almas, esencias. Y eso puede dar lugar a parejas hechas a medida —como Owen y yo— o a amistades para toda la vida.

Medias naranjas haciendo… zumo. Que ya vale de intensidad.

Jackson me guiña un ojo, Mason levanta su taza de té en un brindis silencioso y veo cómo Ryder entra con un gorro de Papá Noel lleno de copos de nieve y tira del brazo de James hasta que desparecen entre el gentío.

Almas gemelas.

Familia.

Muchas historias que contar.

FIN