Solo hasta Navidad (Soul Finder 1) Capítulo 20
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Capítulo 20

CAPÍTULO

VEINTE

OWEN

Me levanto desorientado. Me cuesta reconocer el lugar, la amplia habitación sin apenas muebles, el techo altísimo, las paredes desnudas, la cama enorme…

Me incorporo sobre los codos. Lo primero que me llega es su olor avainillado.

Puede que no esté en la habitación, pero él sigue conmigo.

Mi alma gemela. Su lengua en mi boca, la manera en que después me dejó lamerle el lunar hasta que lo sentí gemir y ponerse durísimo contra mí.

Joder. Bajo la vista para comprobar lo despierta que está mi polla.

«Pídemelo por la mañana y ya veremos», me dijo.

Trago saliva y salgo de la cama. Mi móvil parpadea en la mesita de noche. Lo cojo y descubro el mensaje que me ha enviado, muy temprano. «Tengo trabajo. Estoy en el salón. Baja cuando te levantes».

Entro en el baño y espero un poco a que se me baje para vaciar la vejiga antes de darme una ducha.

Necesito despejarme la cabeza. Pensar en todo lo que sucedió el día anterior.

En lo mal que me sentí ante la posibilidad de que desapareciera de mi vida y en lo mucho que lo deseo.

Bajo la mirada a mi entrepierna y decido que no.

Quiero hacerlo con él. No tengo ninguna duda.

Así que acabo la ducha con agua fría y salgo con una erección un poco menos evidente que envuelvo en una toalla.

Me coloco delante del espejo y me lavo la boca con enjuague bucal.

Luego me saco la toalla de la cintura y me estoy secando el pelo que me chorrea por el cuello cuando entra en el baño sin llamar.

Me quedo paralizado. A través del espejo, observo cómo su mirada desciende por mi torso hasta detenerse en mi entrepierna.

Mi polla semierecta se espabila en cuanto nota el peso de su mirada ahí abajo.

Entreabro los labios y dejo escapar el aire.

Solo lleva unos calzoncillos y una camiseta de tirantes que deja al descubierto sus brazos.

Es extraño verlo tan expuesto cuando casi siempre lleva sudaderas o abrigos que le cubren el cuerpo tan maravilloso que esconde.

—No me has avisado —murmura. Sus pasos son lentos, como los de un depredador que se acerca a su presa.

Se coloca detrás de mí. Ahora sus ojos buscan los míos y sé que está esperando a que diga algo. Solo hay una cosa que decir. Una sola.

—Quiero que me folles.

Inspira hondo. Lo veo tragar saliva y desviar la mirada a mi polla. Sé que no me va a rechazar. El pecho se me inunda de mil sensaciones y todas y cada una de ellas tienen que ver con mi alma gemela, la persona que más he deseado en el mundo.

—«La amistad que es amor, el amor que es amistad» —susurro sin apartar la mirada de la suya.

— Imre —murmura con una sonrisa preciosa—. Pensé que no te había gustado. No es un libro triste.

—Nunca dije tal cosa, solo esperaba a que lo comentaras conmigo en el grupo de lecturas. —Apoyo la mano en el mármol—. ¿Vas a follarme?

—¿En el baño de mi casa? No en nuestra primera vez.

Mi estómago da una voltereta completa. «Nuestra primera vez», repito para mis adentros. No solo significa que lo va a hacer; también quiere decir que habrá más veces.

Se coloca detrás de mí. Su cuerpo desprende un calor delicioso que me calienta las venas. Soy incapaz de articular palabra. Siento la sangre burbujear dentro de mí, el cuerpo me tiembla, la polla me palpita.

Levi se agacha para susurrarme al oído, sin tocarme más allá del roce de su cuerpo contra el mío:

—Acaríciate. —Lo dice mientras su nariz hace justo eso, recorrerme el cuello desde la raíz del pelo hasta la clavícula—. Quiero ver cómo lo haces.

Me llevo la mano a la entrepierna y envuelvo mi polla en un puño.

Me dedico a acariciarme despacio. Aprieto la punta y me deleito con cada movimiento de su cuerpo, su búsqueda incesante por obtener un alivio que él mismo se ha negado.

Gimo y me agarro los huevos con la otra mano.

Echo la cabeza hacia atrás y me dejo llevar por el placer doloroso que me proporciono a mí mismo y ese otro más visceral de saber que me está observando, que me siente de todas las maneras posibles.

Cuando me quiero dar cuenta, lo tengo agarrado a mis caderas y empuja contra mi culo sin pudor mientras yo me masturbo a placer.

Solo entonces me da la vuelta. El culo me golpea el mármol cuando me empuja hacia atrás y se arrodilla para comerme la polla hasta el fondo.

Verlo ahí, con sus labios rodeándome la polla, su boca succionando y sus dedos buscando la entrada de mi culo, hace que me agarre al mármol como si me fuera a caer por un precipicio y esa fuese la única sujeción que me queda.

El pulso se me acelera, la polla me crece en su boca con cada movimiento acelerado, cada golpe de garganta.

Me deleito en su boca, caliente, húmeda, lo llena que la tiene y cómo me mira para ver el deseo en mi rostro.

Lo agarro del pelo con una mano y embisto un poco más.

Una vez vimos una peli porno cuando aún no nos conocíamos, solo para reírnos de la actuación de los actores, y terminamos hablando sobre mamadas.

Sé que no le gusta llegar hasta el fondo ni sufrir arcadas, pero también sé que esto que le hago le gusta, lo suficiente como para escucharlo gemir con fuerza mientras busco alivio en cada empuje de cadera.

Voy a correrme como siga así. Me agarra de la nalga izquierda y presiona el dedo corazón contra la entrada de mi culo.

Me tenso mientras empujo, empujo, empujo.

No sé quién de los dos está más cachondo ni más hambriento ni más desesperado.

Por la manera en que succiona, es como si quisiera devorarme entero. Dios, quiero que lo haga.

—Levi —sollozo, desesperado—. Voy a correrme.

Él sigue, sigue, sigue.

—Levi —advierto apenas sin voz—. No quiero que sea así. Necesito… —Lo sujeto del pelo para apartarlo—. Quiero que me folles.

Me aparta la mano del pelo para frotarme la polla con la mejilla. El roce con su barba incipiente consigue que suelte un sollozo entrecortado.

—Joder, Levi —gimo.

Sonríe y quiero morderle la sonrisa. También el lunar por el que ahora se desliza mi polla.

Me da un lametón; largo, demandante. Y me besa la punta hasta que me escucha gemir y maldecir.

Luego se la vuelve a meter en la boca y, esta vez, hago algo más vergonzoso que gemir: sollozo.

Dios. Se ríe. El muy cabrón se ríe mientras succiona y lame a placer.

Entonces se la saca de la boca para mirarme a los ojos.

Los suyos están dilatados, sus labios brillan por la saliva y yo solo quiero que se entierre en mí.

Mi alma gemela. Sé lo que viene a continuación incluso antes de que se la vuelva a meter en la boca y, esta vez sí, presiona con fuerza.

Una y otra vez. Me lo hace fuerte y sin contención.

Sabe lo que quiero y está dispuesto a dármelo enseguida.

Chupa y lame con una fuerza devastadora y me tengo que agarrar al mármol mientras mis caderas van en su busca y me corro, me corro, me corro.

—Mierda, joder —me disculpo mientras mi semen se derrama por su barbilla.

Aun así, no permite que me aparte. Continúa chupando hasta que mi polla deja de convulsionarse.

Luego se levanta, se limpia la barbilla y me mira, con el cuerpo en tensión, la erección durísima y el pecho agitado.

Sé lo que quiere de la misma forma que él sabe lo que necesito.

—¿Sigues queriendo que te folle?

—Sí.

Me besa despacio. Quiere que pruebe el sabor de mi propia excitación.

No me aparto. Me gusta; es sexi, atrevido, nada que hubiera experimentado antes.

Lo sujeto de la nuca y lo atraigo hacia mí para sentir su polla a través de la tela del bóxer mientras le meto la lengua hasta la garganta. «Esto es lo que soy, alma gemela».

—Házmelo.

Se le escapa una sonrisa.

—¿Aquí?

—Me da igual. No tiene que ser especial. Solo quiero que me folles .

—Es tu primera vez como pasivo. Tu primera vez conmigo —añade.

—Ya lo he hecho contigo de todas las formas posibles, antes y después de conocerte. —Lo vuelvo a besar; le muerdo el labio inferior y lo sujeto de la cintura para atraerlo hacia mí. Empujo para que vea lo excitado que vuelvo a estar.

—Bien, date la vuelta. —Me gira sujetándome por las caderas hasta que vuelvo a quedar frente al espejo—.

Las palmas en el mármol —ordena. Enseguida siento la humedad de los labios en la zona del cuello.

Deposita pequeños mordiscos en la curva mientras me abre las piernas y tira de mis caderas hacia atrás, dejándome el culo expuesto.

Ahogo un jadeo cuando me roza los huevos con la mano—. No te muevas.

Como si pudiera hacerlo…

Lo escucho abrir y cerrar cajones, maldecir, hasta que por fin deja caer el bote de lubricante y los condones delante de mí.

Me prepara deprisa. Embadurna mi culo y sus dedos con lubricante mientras lo veo componer un gesto de concentración que me la pone durísima.

Presiona con el índice y el dedo corazón hasta que se adentra en mi interior.

Entra y sale de mí y yo jadeo, jadeo, jadeo, hasta que localiza mi próstata y la presión se vuelve insoportable.

Mi mundo se concentra en esa habitación: el vaho que llena el cristal, el eco intenso de nuestras respiraciones, el sonido obsceno de los dedos de Levi haciendo magia en el interior de mi culo, mis manos sudorosas apretadas contra la superficie oscura del granito.

Es tanto y tan intenso que no quiero moverme para que no desaparezca.

Necesito que siga aquí, conmigo, que me toque sin miedo, porque su piel es el único refugio en el que me siento yo mismo. «Mi alma gemela».