Solo hasta Navidad (Soul Finder 1) Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

Suelto un gemido áspero cuando desliza el dedo por mi próstata e introduce un tercer dedo.

Veo estrellas y fuego, y todo es dorado, de un brillante cegador.

Entonces se detiene, endereza el cuerpo y me mira a través del espejo.

Se me acerca por detrás, aún con los dedos dentro de mí, y desliza el pulgar de la mano libre por mi mandíbula.

Me alza el rostro. Estoy rojo; tengo la piel brillante, los ojos brillantes, el alma brillante.

Me acaricia los labios, introduce el pulgar dentro de mi boca y me insta a chuparlo.

Luego lo desliza hacia mi pezón mientras sus dedos se mueven en mi interior y su erección se me clava en la cadera.

Me tiemblan las piernas, la polla me crece de una manera dolorosa y siento que voy a correrme si le sigue haciendo a mi culo lo que le está haciendo. Dios.

—Levi —gimo.

Me pellizca el pezón y me tengo que agarrar con más fuerza para no caerme. Acerca la cara a mi cuello e inspira hondo. Me empuja con la nariz para que me mire al espejo.

—Mírate. Jamás he visto una cosa más sexi.

—Inspira mi aroma y me pasa la lengua por la zona del cuello donde mi pulso se dispara—.

Alma gemela. —Sube a mi oreja y tira del lóbulo mientras los dedos siguen entrando y saliendo y su uña juega con mi pezón, enrojecido y duro por el contacto—. Cien por cien de compatibilidad.

—Levi, fóllame ya, joder. —La desesperación de mi voz consigue que el deseo se enfatice en la mirada que me dedica cuando aparta la boca de mi cuello y me toma por la barbilla para mirarme.

—¿Cómo se dice?

Sonrío. Cómo le gusta verme al límite. Y cómo me gusta suplicarle para que lo haga. Es… como si necesitara ese empujón para desatarse por completo y dármelo todo.

—Por favor —suplico bajito. Y, joder, lo hace.

Saca los dedos de mi culo, lo que me provoca un vacío y un estremecimiento demoledores. Coge el condón y el lubricante, y me toma de la muñeca para conducirme a la habitación. Me tiembla todo, pero él no me suelta hasta que llegamos junto a la cama.

—Túmbate boca abajo.

Trago saliva. Me arden las mejillas, los huevos y la polla me palpitan por la anticipación.

Me tumbo sobre la cama y, una vez me recoloco la erección para que no me moleste, él se me acerca por detrás. Me besa el cuello, la mejilla, la mandíbula y me obliga a mirarlo a los ojos.

—Avisa si quieres que pare o te hago daño.

Apenas consigo asentir por el gemido que me arranca cuando siento su polla desnuda entre mis nalgas.

Dios, sí. Elevo las caderas hacia atrás y él gruñe y me clava los dientes en el hombro al tiempo que introduce el brazo alrededor de mi cintura para mantenerme elevado y poder acariciarme la entrepierna.

Me tenso como un arco.

—No hagas eso —suplico, pero no me muevo mientras asciende y desciende a lo largo de mi erección.

—¿Por qué? —Su voz suena grave, demandante.

—Quiero correrme contigo. —Vuelvo a gemir cuando arrastra la lengua por mi espina dorsal hasta llegar a mis nalgas.

—Tienes permiso para correrte las veces que quieras.

—¿Desde cuándo necesito tu permiso? — inquiero apenas sin voz.

—Desde que me has rogado que te folle.

—No te he rogado.

—Ah, ¿no? —Se detiene justo cuando me abre el culo y presiona mi entrada.

Muevo las caderas. Necesito sentirlo, que vuelva a hundirse en mí, necesito…

—Levi. —No me avergüenza para nada mi voz suplicante.

—Has dicho que no me has rogado. —Me muerde la nalga izquierda lo suficiente para hacerme jadear y me pasa la lengua por las marcas de los dientes—. Ahora vas a tener que currártelo un poquito más.

Me muevo hacia atrás, pero él no hace nada por darme placer. Su mano en mi polla está rígida, al igual que sus dedos suspendidos en la entrada de mi culo.

—Levi. —Empujo, empujo, empujo. El deseo se expande, me vuelve loco, pero no consigo aliviarme porque no me lo permite.

—Dilo —insiste.

Empujo otra vez. Él se retira. Los dos sabemos que este juego no lo puedo ganar y ambos disfrutamos de la agonía. Porque él también la siente. No deja de restregarse contra mi cadera; noto su dureza, su deseo húmedo y palpitante.

—Por favor —ruego bajito.

Por fin, Levi coloca un dedo en mi hendidura y empuja con suavidad. Se me escapa un hondo suspiro.

—No te escucho. —Empuja un poco más. Su mano me sujeta la polla con más fuerza.

—Por favor, por favor. Dios, sí. —No sé si he gritado, no me importa. Lo único que me importa son sus dedos atravesándome hasta hacerme sentir inmenso.

—Buen chico .

Me da un besito en la nalga derecha y en nada vuelvo tener sus dedos dentro de mí.

Esta vez mete los tres de una sola vez y no se toma su tiempo.

Lo hace rápido a fin de abrirme a él. Cuando me tiene temblando, suplicando y gritando su nombre contra el colchón, se pone el condón y me agarra la cintura para elevarme.

—Pídemelo otra vez.

Me gusta lo mucho que le pone que se lo pida y a mí me pone ese tono mandón que destila su voz cada vez que lo hace.

—Fóllame, Levi.

—Allá voy, alma gemela.

Se me va la cabeza, el cuerpo y cualquier pensamiento coherente cuando se hunde de una sola embestida y se queda dentro de mí, moviéndose despacio para que me acostumbre.

Arriba y abajo, derecha e izquierda, mientras el dolor se mezcla con un deseo exquisito que crece y crece hasta que siento que me vuelvo loco de placer.

—Levi, por favor —lloriqueo.

Escucho su respiración, seguida de su risa tenue.

Qué puta locura. Qué maravilla de sonido.

Pero más maravilloso es lo bien que se mueve y encaja conmigo.

Cuando voy en su busca él ya está danzando contra mí.

Nos movemos al unísono, despacio, rápido, despacio, rápido.

Lo escucho gruñir, me muerde el hombro y me agarra la polla en cuanto lo siento crecer en mi interior, señal clara de que está al borde del orgasmo.

—Córrete, Owen —me ordena con la voz crispada por el deseo. Me masturba a un ritmo devastador, acompañando sus caricias de penetraciones rápidas y precisas.

No sé quién se los dos se corre antes. Solo sé que quiero empezar de nuevo, sentirlo todo otra vez. Quedarme en sus brazos para siempre. Dios. Levi me besa la mejilla y me gira la cara para buscar mis labios y comerme la boca tan fuerte como acaba de follarme.

—¿Estás bien? —pregunta cuando se separa y apoya la cabeza en mi frente. Los dos respiramos con dificultad. Aún tiene la polla en mi interior y se mueve despacio. También me acaricia la mía, hinchada e hipersensible.

—Te lo dije, Levi. —Muevo la mano como me permite la posición de nuestros cuerpos para sujetarle la cara y volver a besarlo.

—¿Qué cosa?

—No podré volver a estar con nadie después de esto. ¿Te das cuenta de lo que significa?

La sonrisa que me dedica me la quiero guardar para toda la vida.

—Almas gemelas —dice.

—Almas gemelas —repito.