Capítulo 18
CAPÍTULO
DIECIOCHO
OWEN
Me quedo medio dormido mientras espero a que llegue.
Sigo con ganas de vomitar y me sigo resbalando cada vez que me muevo.
James no me ha llamado, pero él sí. Tengo varias llamadas y estoy a punto de devolverle una cuando el armario se abre y yo me encojo pensando que se trata de cualquier otra persona.
Entonces se agacha y tengo su cara pegada a la mía.
Me toca el rostro y el cuerpo como si quisiera comprobar si estoy bien.
—Me quedé dormido.
—No has vomitado.
—Los vestidos son bonitos. No quiero estropearlos.
—¿Puedes aguantar un poco más?
—No lo sé.
Se sitúa junto a mí y me coloca un brazo alrededor de sus hombros.
Luego me agarra por la cintura para incorporarme, despacio.
La habitación empieza a dar vueltas a mi alrededor.
Su calor se me mete en la piel, así como su olor avainillado.
Quiero acurrucarme contra su pecho y quedarme dormido.
No me doy cuenta de que apoyo la cabeza en su hombro hasta que siento la sacudida.
—Eh. Despierta. Tienes que caminar.
Parpadeo. Su mirada oscura me atraviesa. Lleva una de sus gorras y lo único que quiero es quitársela, y besarlo para borrar ese otro beso que no me supo a nada.
—Has venido.
Entonces hace algo que no espero. Se quita la gorra y me la coloca como puede.
—Te voy a llevar a mi casa, ¿vale? —me informa cuando atravesamos el pasillo—. He llamado a tus padres para avisarlos de que pasarías la noche conmigo.
—¿Por qué?
—¿Te has visto? No puedo llevarte así a tu casa.
—Me refiero a por qué lo haces. Estábamos enfadados.
—No te equivoques. No estaba enfadado, estoy enfadado ahora.
—¿Cuál es la diferencia?
—El día, y el motivo. Desde luego.
—No lo entiendo.
—Ya lo harás.
Estoy a punto de preguntarle cuando me suena el móvil.
Es James. Entonces me detengo porque mi estómago se queja y decide que no puede aguantar ni un segundo más.
Apenas tengo tiempo de apartarme antes de empezar a vomitar todo lo que he bebido.
Porque comer, lo que se dice comer, poco.
Levi me sujeta la frente y la cintura mientras echo lo que tengo en el estómago.
Luego me pasa pañuelos de papel y me ayuda a sentarme en el coche. Tengo el cuerpo sudado y caliente.
—Creo que voy a vomitar otra vez —murmuro cuando arranca el coche.
—No lo creo. ¿Cuándo fue la última vez que comiste? —Como no respondo, añade—: Necesitas comer algo. Y un analgésico. —Se acerca para olisquearme—. Y una buena ducha.
Quiero replicar, decir algo, pero me quedo dormido y no vuelvo a despertarme hasta que me encuentro dentro de una ducha, desnudo, y el agua tibia se derrama sobre mi cuerpo.
Siento algo duro y caliente a mi espalda y unas manos sobre la piel.
El movimiento es mecánico y suave. Una esponja me rasca la piel a la vez que unas manos se encargan de hacer todo lo demás.
Percibo sus labios en mi cuello, mi nombre en un susurro tenue y ese «shhh, estás conmigo» que consigue que cierre los ojos y me deje hacer.
Al cabo de un rato estoy en la cama. El cuerpo limpio, la boca limpia y el estómago bien calentito después de la infusión y el analgésico.
—Ahora duerme —me dice en un susurro. Se ha colocado de lado y tiene los ojos clavados en mí.
Me giro para mirarlo. Está serio, demasiado. Apenas me ha hablado durante el rato que hemos pasado en la cocina. Se ha limitado a hablarme mediante preguntas cortas y a contestar con monosílabos. Sé que está enfadado y me siento fatal por ello.
—Gracias.
—Shhh. —Cierra los ojos y procede a ignorarme.
No puedo permitirlo.
—Lo siento.
Los vuelve a abrir.
—¿Qué sientes?
—Todo. Las molestias que te he causado. Que me hayas visto vomitando y me hayas tenido que bañar y todo eso.
—Nada de eso ha supuesto ninguna molestia .
—Pero estás enfadado.
—Pues sí —admite—. ¿Necesitas que te diga por qué? Porque si es eso lo que me vas a preguntar, quizá no deberías hacerlo. Quizá deberías limitarte a dormir hasta que sea la hora de volver a casa.
Me ruborizo.
—¿Quieres que me vaya?
—Quiero que te duermas.
—No me acosté con ella, si es eso por lo que estás enfadado.
—Pero pensabas hacerlo. ¿Y todo por qué? ¿Porque estabas celoso de mi amigo? Te dije que ya no había nada entre nosotros.
—Vi cómo te tocaba.
—Si vas a decirme que nunca me has tocado así, ahórratelo. Porque me has tocado mucho más que él. Me has tocado a un nivel al que nadie ha llegado.
—¿Hablas de nuestra relación virtual?
—Hablo de todo.
—No hemos hablado de exclusividad. Es decir, somos novios falsos. Podemos hacer otras cosas si queremos.
—Lo dice el que se mosquea porque me follaba a mi amigo hace meses. ¿Sabes qué? Vete a la mierda.
—No hice nada con ella. Solo me besó. Y entonces… sentí que todo estaba mal.
—Da igual. En serio, Owen, duerme.
Nos quedamos callados. Él cierra los ojos. El corazón me aporrea el pecho y los nervios me muerden por dentro. No puedo dejar las cosas así. Me duele tanto que no puedo respirar.
—Te eché de menos ayer. Mucho.
Él abre los ojos. La mirada que me dedica se me clava como cuchillas en la piel.
—Te esperé. Te esperé hasta la madrugada.
—Estaba enfadado.
—Pues podrías habérmelo dicho. No soy adivino, ¿vale? No puedes decirme que me echaste de menos cuando fuiste tú quien no apareció. El mundo no va a tu puto ritmo, joder.
—Lo siento, ¿vale?
Suelta una risotada y menea la cabeza. Luego se gira hasta quedar de espaldas y se tapa el rostro con un brazo.
Alargo la mano para tirarle de la camiseta. Necesito escuchárselo decir, que todo vuelva a estar bien entre nosotros.
—Dilo, por favor.
—Duerme.
—Levi.
Me pican los ojos. Sé lo que significa su silencio.
El final. El adiós. No quiero. No. No. Por favor.
El corazón se me arruga como una pasa y el dolor me pesa en el pecho.
Un dolor sordo que no se va con nada. No hay alivio, solo ese peso constante y demoledor.
Pasan los segundos. Apenas soy capaz de controlar la respiración y él parece agitado, tenso.
Dudo que alguno de los dos duerma esta noche.
Estoy a punto de darme la vuelta, buscar el móvil y pedirle a James que me venga a buscar cuando lo escucho.
—Vale —susurra.
Se me escapa un suspiro hondo. También una lágrima que me arranco antes de que la vea.
Aunque sé que no lo hará. Todo está oscuro salvo la luz que entra por la pequeña apertura de la ventana.
Acerco el índice a su mano en una caricia diminuta, miedosa.
Solo quiero sentir su contacto sin que me rechace. Solo quiero…
Levi me sujeta el dedo con el suyo y los deja así, enlazados, unidos, hasta que recupero el control de mi respiración y todo vuelve a su sitio.