Solo hasta Navidad (Soul Finder 1) Capítulo 16
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Capítulo 16

CAPÍTULO

DIECISÉIS

OWEN

No hablamos mucho mientras nos dirigimos a su casa y serpenteamos por las tranquilas calles de Eeriewood iluminadas por luces de Navidad que resplandecen en la noche oscura y fría mientras en el coche sigue sonando Wish You Were Here .

Sin duda es la banda sonora del día y, en estos momentos de incomodidad, todo un salvavidas.

El silencio entre nosotros es tan antinatural que necesito romperlo cuanto antes; soy yo, si no hablo reviento.

—¿Caramelito? ¿En serio?

Al principio parece desconcertado, pero luego se ríe entre dientes antes de responder:

—Ryder es muy gilipollas. Salí con un chico que me llamaba por diminutivos ridículos como «caramelito», «perita», «cachivache» y cosas así. Y como el imperio romano de Ryder es recordarme cada error y momento ridículo de mi existencia… Pues eso.

—Creo que «perita» es el apodo cariñoso más espantoso que he oído en mi vida —digo, menos cabreado pero aún algo mosca.

—Sí, yo también lo creo. Por eso, entre otras cosas, ya no estamos juntos. Pero a Ryder, que es muy gracioso, le parece hilarante todo el rollo de los apodos y es capaz de llamarme algo espantoso cada día de su miserable vida.

Muy gracioso el tal Ryder, sí. Sé que son amigos desde hace mucho tiempo, sé que trabajan juntos y que viven juntos, y sé que durante algún tiempo fueron amigos con beneficios.

Esto último, que hasta ahora me había dado bastante igual, me está pareciendo inoportuno y un poco una mierda, pero bueno.

Que posiblemente se deba a que lo ha llamado «caramelito» y a que, incluso a través del teléfono, me ha parecido que tenía una voz preciosa.

Pero bueno, me reservo el derecho a juzgarlo una vez lo conozca.

Esperaré un total de cinco eternos minutos para proceder a ello.

Aparcamos enfrente de su casa. Es de ladrillo rojo; muy grande.

Tiene dos plantas y una tercera abuhardillada.

También tiene un jardincito delantero con varios postes luminosos que indican el camino de entrada.

Hay un Papá Noel trepando hacia una de las ventanas y un miniárbol de Navidad entre la puerta exterior acristalada y la de madera blanca que conduce al interior.

A pesar de que sé que vive con Ryder y que parte de la vivienda está destinada a trabajar, la casa me parece excesivamente grande y, a la vez, un…

hogar; uno que debería oler a galletas y a tardes de invierno de sofá y manta.

Un poco como él. Eso es lo que Levi me inspira: hogar, chimenea, muchos libros apilados en estanterías de madera de caoba.

Muy ridículo todo, lo sé.

Cuando entramos, Levi me quita el abrigo en un gesto que me parece educado y cariñoso a la vez, pero como yo sigo mosqueado —porque me he ido envenenando a mí mismo, soy consciente de ello—, le suelto una bordería:

—No hace falta que hagas el paripé. No hay nadie.

Me mira con el ceño fruncido, pero su respuesta está a mi mismo nivel:

—Tienes razón, solo está Ryder. Y él sabe la verdad.

Aún estoy masticando y tratando de digerir ese «él sabe la verdad» cuando Ryder aparece en mi campo de visión y me cago un poco en la puta.

Es guapísimo, tiene los ojos verde claro y el pelo castaño oscuro con un flequillo muy largo.

Debería cortárselo; no llevarlo caído por la cara tapándole uno de sus preciosos ojos y obligándolo a hacer un gesto que debería ser ilegal.

Cuando se aparta el mechón con la mano y se cruza de brazos, mirándonos, ya no es que esté mosqueado, es que me pica la piel y quiero rascarme hasta arrancarme trozos y lanzárselos.

¿Follaba con este tío? ¿Con este guapazo del que lleva siendo íntimo amigo desde los doce años? Pues estupendo.

De puta madre todo.

Tras unas presentaciones un poco incómodas, el caramelito de ojos verdes le da una palmada en el culo a mi novio falso y le dice:

—Vamos, nene, manos a la obra. —Luego, mirándome a mí con algo que yo concibo como superioridad y que ahora mismo nadie me va a hacer creer lo contrario, añade—: Si quieres, coge una cerveza y espéranos en el salón, para que no te aburras con cosas técnicas que no creo que entiendas.

—Ryder, no seas borde —me defiende mi alma gemela. O la del caramelito; no lo tengo claro—. Vente con nosotros arriba, no tardaré nada. Luego podemos pedir al restaurante japonés que te dije que me encantaba.

De mala gana, subo tras ellos a la buhardilla.

Quiero conocer la casa, su habitación, el lugar desde donde me escribe y que llevo tanto tiempo imaginándome.

El rincón que ha sido testigo de las más de cuatrocientas quince horas de conversaciones, risas y confidencias.

Pero subo con ellos porque no quiero dejarlos solos. Antes muerto.

La buhardilla es más grande de lo que parece por fuera, y todas las paredes están ocupadas por escritorios blancos con ordenadores de pantallas enormes. También hay un sillón gris de dos plazas en una esquina, y Levi me indica que me siente un momento, que no tardará nada.

Desconecto durante un rato y me quedo mirando por la enorme cristalera que da a la calle residencial en la que viven.

Las casas, engalanadas con guirnaldas y figuras luminosas, ahora mismo no me transmiten la sensación de paz que deberían, sino cierto desasosiego.

Hay coches aparcados que gritan «familia» con solo mirarlos; pequeños renos de luces en los jardines; adornos que parecen bailar una danza de colores y que resultarían preciosos y acogedores si no fuera porque pocas veces me he sentido tan fuera de lugar.

—El servidor se está ahogando, hay demasiadas solicitudes en esa zona del mapa. Algo en el código está haciendo que el procesador se quede atascado y no responda. Creo que es un problema con el controlador de colisiones que agregué en la última actualización —dice Ryder.

Suena a gilipollez, si alguien me pregunta.

Además, yo tengo mi propia interpretación de sus palabras: «quiero comerte la polla bien comida. En cuanto el chico este se vaya…».

Voy a vomitar.

—Tendría sentido —contesta «nuestra» alma gemela—. Pues lo reprogramamos para que cargue solo los elementos cercanos al jugador, en lugar de todo el mapa —contesta Levi, quitándole al imbécil la mano que le ha puesto en el hombro y mirándome de soslayo.

«Lo he visto, otra mitad, lo he visto. Por mí no tienes que cortarte. Conmigo tienes una no relación online desde hace no mucho tiempo y con este tío llevas media vida. Fenomenal. Si el gilipollas soy yo…».

Los siguientes minutos transcurren en un blablá…, fluidez; blablá…, lag en las partidas en línea; blablá…, loops infinitos; y algo sobre un culling frustum que suena obsceno que te mueres y termina por rematarme.

Que les den.

—Perdonad —digo interrumpiendo su interesantísima conversación—. Me tengo que ir. Me ha escrito mi padre y…

—Pero si no has sacado el teléfono…

—Sí que lo he sacado. Pero es que soy como un ninja. Supersigiloso.

Los dos me están mirando sin parpadear. El caramelito debe de pensar que soy idiota, pero ahora mismo no me importa, me quiero largar cuanto antes.

—El caso es que… —continúo, poniéndome de pie—, os dejo aquí salvando al mundo, ¿vale? Y voy a ir bajando, que mis padres deben de estar al llegar y…

—Pero si no saben dónde vivo.

—Sí saben. Les he mandado la ubicación. Uno nunca puede estar seguro de con quién se va a casa.

Ryder me mira, mira a Levi y otra vez a mí. Lo veo genuinamente perdido y ahora no parece tan gilipollas, pero me da igual; está claro que las apariencias engañan.

Y Levi… Levi me mira como si lo estuviera insultando en arameo. No sé qué tiene más poder en su mirada, si la indignación —por el presunto insulto— o la sorpresa por lo del arameo.

Así que, tras rechazar sus más de tres intentos de llevarme él, no mirarlo mientras me acompaña a la puerta y fingir que me subo a un coche cuyo conductor lo tiene que haber flipado, me dirijo calle abajo y me adentro en las luces navideñas que poco iluminan.

Wish You Were Here resuena en el fondo de mi mente y tengo que pensar muy fuerte en otra cosa para acallar los sentimientos que me despierta.