Solo hasta Navidad (Soul Finder 1) Capítulo 15
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Capítulo 15

CAPÍTULO

QUINCE

OWEN

Salgo tarde de clase. O eso es lo que parece, aunque apenas sean las seis y media.

En invierno anochece muy pronto, y si no fuera por las luces navideñas del campus, sería una estampa triste y oscura.

Es curioso, porque la Navidad no es una época que me apasione.

Los Langston la celebramos en su justa medida.

Decoramos la cafetería con más ilusión que nuestra casa y, desde hace unos cuantos años ya, nos vamos a alguna playa a pasar la fecha: México, Canarias, Maldivas…

Este es el primer año que no quiero ir. Mis padres me adoran y yo a ellos, sí.

Pero el amor mutuo que nos profesamos no tiene nada que ver con querer pasar tiempo innecesario en familia cuando precisamente somos tan capaces de pasar tiempo de calidad todos los días del año.

Y no estaría mal que ellos disfrutaran de unos días de vacaciones con sus amigos Pete y Marcus sin tener que estar yo presente.

Todos los años es lo mismo. Nos vamos los cinco y yo me siento como un crío al que tienen que llevar para que no esté triste y solo.

Y la cosa es que cada Navidad que pasamos fuera termino liándome con alguien para no te ner que aguantar sus sobremesas eternas de risas y batallitas del pasado.

Que no me quejo, pero es que encima este año tengo un aliciente extra para quedarme; tengo a Levi, mi alma gemela, ese novio ficticio que es el mejor novio real del mundo y con quien no me importaría cenar en Nochebuena, comer en Navidad y abrir regalos desnudos bajo un árbol lleno de luces y colores.

O podemos regalarnos mamadas con gorros de Papá Noel, para hacerlo todo más temático y especial.

Me saco el móvil para ver si me ha escrito, y la decepción al ver que no lo ha hecho es tal que se me debe notar en la cara.

Nuestra relación online era magnífica, pero es que la de ahora, esta en la que podemos tocarnos, besarnos y hacer guarradas, es aún más perfecta.

Ese miedo a que lo que teníamos no funcionara más allá de las pantallas hace mucho que murió.

Y sí, sé que es una charada navideña con olor a café y jengibre, pero qué bien sienta saber que la sintonía es auténtica, que encajamos, que somos los mismos Owen y Levi de Soul Finder.

Una vez pasada esa primera impresión en la que mi alma gemela creía que yo era una especie de estrella de equipo de fútbol americano a quien le gustaba bañarse en masas —entiéndase «masas» como chicas; muchas; muy variadas— y esa concepción mía de que Levi era el borde de la gorra, todo ha ido sobre ruedas y nuestra relación ha evolucionado a golpe de villancico de Michael Bublé.

Que es lo que más se oye en mi casa y en Langston Books de Levi en estado puro.

Está delicioso. Su sabor no puede compararse a nada, y he crecido entre las delicatessen que preparan mis padres.

Se me podría considerar un profesional de las exquisiteces.

Tengo el paladar hiperdesarrollado y este chico es lo más rico que me he comido en mi vida.

Me aparto para coger aire, porque nuestras pollas han entrado en contacto directo y, si se frotan un poco más, hacen fuego.

Seríamos unos náufragos estupendos, asaríamos peces en las fogatas creadas por nuestras erecciones.

A tope de calor. Podríamos dar electricidad a una vivienda pequeña, en plan estudio.

Penes a modo de paneles solares; podríamos patentarlo.

—Vaya —me dice casi sin aliento .

—Ya, es que…, ya sabes, para interpretar el papel de tortolitos delante de la gente y eso.

—¿Qué gente?

—Hum… —Miro a mí alrededor. No veo a nadie, por lo que señalo a un tipo con una mochila a cien metros de distancia—. Ese de ahí.

Levi me sonríe y su sonrisa me desarma. No creo que se haya tragado que el señor ese que está tan lejos que es un punto negro en la distancia nos haya visto en algún momento; pero si me cree o no da igual, porque, para rematarme, vuelve a pegar su boca a la mía y me besa.

Me besa como si solo yo pudiera reanimarlo de una muerte segura; como si fuera lo primero que prueba tras días de inanición.

Como si su lengua estuviera hecha para adorarme, venerarme, hacerme estallar en pedazos.

—¿Qué haces aquí? Y no es que me queje —le digo cuando logro separarme en un esfuerzo titánico por no frotarme contra él hasta sacarle brillo.

—Estaba en la cafetería trabajando y Logan me dijo que habías venido andando, que iba a nevar… Les ha dado muy fuerte con lo de la nieve. Lo ponen como excusa para todo.

Me río.

—Como si necesitáramos una excusa para estar juntos.

Nos sonreímos. Decimos más con nuestras sonrisas que cuando hablamos escudados por el falso romance en el que estamos inmersos. Nuestras sonrisas no mienten, un poco como lo de las caderas de Shakira.

He perdido el riego sanguíneo, tengo toda la sangre concentrada en la polla. Pero cuando —ahora sí— un grupo de unos quince estudiantes sale entre risas de la facultad, el cerebro me vuelve a funcionar .

Carraspeo; carraspea.

—Tus padres te esperan en la cafetería para decorar el árbol. Me han dicho que es una tradición.

—¿Vienes conmigo? Podemos pasarnos por allí y luego, no sé, ir a cenar o algo así.

—Me parece bien.

Cuando entro en el coche suena Wish You Were Here , de Pink Floyd, a un volumen más alto del que le pega a Levi escuchar música.

Siempre ha dicho que se la pone como ruido blanco y que son temas muy concretos los que escucha a tope; y normalmente con cascos.

Así que me quedo mirándolo con una pregunta en los ojos y él —que me lee a la perfección— me sorprende con su respuesta; como casi siempre.

—¿Te acuerdas cuando una vez me dijiste que hay ciertos libros que te producen sensación de Navidad solo por la añoranza que te dejan?

—Claro que me acuerdo. Call Me By Your Name , por ejemplo.

Cada vez que pienso en el libro, me imagino frente a una chimenea con una taza de café humeante y un árbol de Navidad de fondo.

En silencio. Solo se oye el crepitar del fuego; y un villancico en la distancia, quizá. Tengo que meditar sobre la sensación.

Lo miro; no son cosas de las que suela hablar fuera de un chat, oculto en la valentía que me otorga estar tras una pantalla; es ahí, cuando me siento ilocalizable, cuando me permito escupir intensidades.

Pero Levi no me juzga; hablar con Levi es como hablar conmigo mismo y, para darme la razón sin saber que me la da, me sonríe con una familiaridad que me abruma.

—Pues, aunque no lo creas, esta canción para mí es eso.

Es casi como un villancico. Me recuerda a mi infancia.

Mi madre siempre cogía vacaciones en Navidad y pasaba mucho tiempo en casa organizando; todas las tardes hacía bizcochos, galletas…

, y lo hacía con esta canción a tope. No sé, para mí es más navideño que el Jingle Bells .

—Así que una canción que te pregunta si has cambiado a tus héroes por fantasmas es tu himno navideño. Muy equilibrado, alma gemela, muy equilibrado.

—Habló el que se imagina como lugar feliz una relectura que te desgarra. Somos raros.

—Lo somos. Hechos a medida.

El trayecto en coche hasta la cafetería transcurre con Pink Floyd en bucle, con las luces de Navidad de las calles colándose en el interior del coche e iluminando nuestras sonrisas en verdes, rojos y amarillos.

Y, aunque cuando llegamos a la cafetería la canción es sustituida por murmullos y risas, todo el tiempo que estamos allí, Wish You Were Here resuena en mi cabeza.

Estoy deseando llegar a casa para ponérmela.

Y, a la vez, no quiero llegar a casa para seguir viviéndola.

A Levi le encanta la tradición del Langston; le cuento que, hace cuatro años, mis padres decidieron que la decoración del árbol de Navidad corriera a cargo de los clientes y que durante un par de días fueran ellos quienes colocaran un adorno antes de irse.

Los cogen de las cestitas que ponemos en la entrada y los cuelgan del gran abeto natural que trajimos el otro día de Bluefields en un cepellón y que devolveremos una vez pasadas estas fechas para que puedan replantarlo.

Bolas rojas y plateadas y pequeños libros lo adornan y lo hacen el centro de atención.

—¿Y esto? —me pregunta Levi asombrado, cogiendo uno de los libritos que cuelgan de una cinta dorada.

—Son artesanales. Papá Logan los descubrió el año pasado y me extraña que siga admitiendo bolas de colores y otros abalorios, la verdad.

—¡Herejía! —dice Levi tratando de imitar de forma desastrosa la voz de mi padre, pero acertando del todo en la intención.

Suelto una carcajada que hace que mi padre me mire y me sonría. Si él supiera…

—Exacto. Son como sus pequeñas reliquias.

Están hechos a mano. Los hace un zapatero que tiene un pequeño taller a la vuelta de la esquina.

Quería cobrarnos una miseria por ellos, pero mis padres le hicieron saber el valor que tenían para nosotros, para la humanidad en general, porque no son nada intensos ni exagerados, y le pagaron lo que les dio la gana.

Los libritos en cuestión son miniaturas cuyas páginas, cosidas con hilo dorado, contienen frases cortas de los libros favoritos de mis padres. Bueno, de papá Logan sobre todo. A papá Jackson no lo sacas de Steinbeck y Graham Greene; no sé si ha leído a algún otro autor en los últimos diez años.

Levi los mira y los toca con veneración, quizá como yo lo miró a él, como quiero tocarlo. En cuanto pueda.

Me enorgullece que algo tan de los Langston le guste hasta el punto de hacer que le brillen los ojos.

Entonces entra Lina con su séquito de rubias entre risas y cuchicheos, y Levi me agarra por la cintura y tira de mí hacia él.

Mi novio falso se toma su papel muy muy en serio y no hay nada que pueda gustarme más.

Bueno, me gustaría estar a solas con él y demostrarle lo poco falsa que es la erección que apenas me ha bajado desde que salimos del campus.

Noto su respiración en el oído, un dedo colándose por debajo de la cintura de los vaqueros y del bóxer. Está frío pero está ardiendo; si es que eso es posible.

—Se te da muy bien interpretar; si te pegas un poquito más a mí, lo bordamos.

—Con lo dura que la tengo, si me pego un poquito más a ti te voy a hacer un agujero en los vaqueros. Y supongo que quieres que tus padres se crean esto, pero no que nos detengan por escándalo público.

Me río, aunque me arriesgaría a pasar la noche en el calabozo a cambio de un poco de contacto piel con piel. Mmm…

Y justo cuando le voy a decir que estoy dispuesto a arriesgarme, le suena el teléfono. Se lo lleva al oído, pero está tan cerca de mí que oigo a su interlocutor tanto como a él. Es Ryder; aún no lo conozco, pero que lo salude llamándolo «caramelito» hace que me produzca un rechazo inmediato.

Le dice algo que no entiendo sobre un no sé qué que no funciona no sé cómo.

Levi le dice que podría estar allí en media hora, que no tiene aquí no sé qué cosa supertécnica, que en el portátil ahora mismo solo tiene…

algo que no logro entender. Pero antes de confirmarle nada al amigo que creo que no me cae bien, Levi se pega el micrófono al pecho y me pregunta a mí:

—¿Te importa si nos pasamos un momento por mi casa y luego salimos a cenar? Bueno, si quieres podemos pedir algo a domicilio y ver una película.

Cualquier plan me parece bien, todo menos dejarlo a solas con el caramelito. Asiento con la cabeza, me giro para rodearlo yo también por la cintura y lo oigo despedirse con un «hasta dentro de un rato».

Bueno, pues a ver esas presentaciones cómo van.