Capítulo 14
CAPÍTULO
CATORCE
OWEN
—Así que tienes nuevo novio —dice James a la vez que me lanza un gancho que esquivo a duras penas. Vaya. Hoy es uno de esos días.
Estamos en el gimnasio de su familia, donde, además de trabajar, acude cada día a hacer ejercicio o a practicar boxeo, su deporte favorito.
A veces lo acompaño, cuando no tenemos otro plan o no nos hemos visto en semanas.
Me preparo mentalmente para recibir la paliza de mi vida con toda la elegancia de James, mi estupendo y letal mejor amigo.
—Bueno, tanto como novio… Te he dicho que solo es para que mis padres se lo traguen.
Movimiento rápido de engaño a la izquierda. Golpe directo en la mandíbula. Mierda. Ese no me lo esperaba y me tambaleo a los lados. Alguien se ríe al fondo de la sala. Es una mierda luchar con James cuando sabes que no tienes nada que hacer contra él. Mi amigo es una leyenda del gimnasio.
—¿Te lo estás follando?
Me tropiezo cuando el puño pasa rozando mi oreja derecha y termino tirado de espaldas en el suelo.
—Eso es que sí. —James se quita los guantes y los deja caer al suelo junto al casco.
—No me lo estoy follando —replico mientras me deshago de mis guantes y el casco. Se acabó la paliza. Joder, me duele todo—. Solo hemos… Nos hemos besado. Bueno, yo lo besé. Era puro teatro, ¿vale? Papá Jackson acababa de entrar en mi casa y quería que nos viera.
James me tiende la mano.
—Y te gustó.
—Sí. Luego nos enrollamos una noche que se quedó en casa. Nos corrimos y eso, pero no llegamos al final. —Carraspeo—. No me mires así, solo estamos fingiendo.
—¿Y cuándo no? —Me da la espalda para limpiarse el sudor con la toalla y recoger sus cosas.
Recojo también las mías y lo sigo hasta el baño casi a la carrera.
—¿Perdona?
—Owen, tus relaciones siempre son así. Dime una en la que hayas sido sincero. Una en la que hayas sido cien por cien tú, sin la excusa de tus padres o ese «solo nos lo estamos pasando bien». No has tenido una relación seria en tu vida.
—No es verdad —replico tan alto que un chico que me saca una cabeza se sobresalta cuando pasamos por su lado por el largo pasillo hasta los servicios. Le dedico una mirada de disculpa y veo que mi amigo menea la cabeza—. Con las chicas siempre he ido en serio.
James resopla.
—Los dos sabemos que eso no es verdad. Es de lo que intentas convencerte a ti mismo, pero solo eres tú fingiendo mientras lo observas todo como un espectador.
No te implicas. Follas, sacas de quicio a tus padres y sigues follando, hasta que eso deja de ser divertido y la relación o lo que quiera que tengáis se enfría.
Normalmente porque ellas se cansan de intentar estar a tu altura.
—¿A mi altura?
Se detiene cuando llega a la puerta del baño.
Su mirada intensa me atraviesa. Siempre me he sentido así cuando me mira.
Sus ojos son de un verde bosque, oscuro, insondable.
El mismo color del claro donde nos gustaba tirarnos cuando mis padres nos llevaban de acampada a las afueras de Eeriewood.
Un verde lleno de humedad cuyo frío te atraviesa la piel. Un verde que huele a limpio, a verdad.
—Cuando finges te vuelves tan perfecto que das asco.
—Eso no tiene ningún sentido. —Hasta a mí me sorprende mi tono indignado.
—Lo tiene. No haces nada de manera espontánea. Lo calculas todo. Imagino que incluso calculas los orgasmos que les vas a proporcionar a esas chicas. ¿Y todo para qué?
—¿Me estás diciendo que soy un farsante?
—Te estoy diciendo que nunca has sido tú en tus relaciones. O, mejor dicho, solo has sido tú cuando has estado con chicos. Y te has acojonado tanto que no has sabido gestionarlo y el golpe de la decepción cuando se ha acabado ha hecho que no quieras estar con hombres.
Ahora soy yo quien resopla. Me cruzo de brazos cuando él se apoya en la pared junto al baño para dejar salir a un grupo de adolescentes recién duchados.
—Te estás quedando a gusto, ¿eh?
—Es que odio ver lo ciego que estás. Hablas de tus padres, de lo gais que son y lo mucho que odian que salgas con chicas, pero tú mismo te pones barreras. Actúas peor que ellos.
—No es verdad.
—Apartas a los hombres porque crees que con chicas todo es mejor. Porque ellas no te van a hacer daño, ¿no?
Le lanzo a la cara la toalla que aún sostengo en una mano. La aparta con facilidad y la recoge cuando cae al suelo. ¿De qué cojones va?
—¿A qué viene todo esto?
—Viene a que ahora tienes a un chico, pero no a uno cualquiera.
Llevas meses hablándome de él. ¿Tu alma gemela?
¿Cien por cien de compatibilidad? —Se coloca la toalla al hombro—.
Owen, conozco al creador de esa web. No te haces una idea de lo jodido que es llegar a ese nivel de compatibilidad.
Ya rozar el noventa y nueve por ciento es una locura, pero hablamos de un cien por cien.
La revelación me sorprende; también me emociona.
—¿Conoces al creador? ¿En serio?
—Solo de vista. En realidad, conozco a un chico que trabaja con él.
Nos hemos enrollado un par de veces. —La mirada que me dedica ahora me incomoda todavía más—.
Lo que quiero decir es que no te cierres.
Inténtalo de verdad. Hazlo desde dentro y no como un mero espectador. Y no me digas que solo es un acuerdo.
—Es que solo es un acuerdo.
—Te gusta ese chico.
—Somos amigos.
—Los amigos no se comen la boca ni se hacen pajas mutuamente.
—Técnicamente nos hicimos cada uno la suya. Sí es cierto que tenía la polla en su mano, pero él…
Me lanza la toalla y entra en el baño, vacío salvo por dos chicos que están dentro de las duchas.
—Para, joder. No necesito saber eso.
—Vale. —Lo miro con curiosidad una vez llego a su altura—. Es la primera vez que me hablas así, y te conozco desde que tengo uso de razón.
—Es que me he cansado de que te autosabotees a ti mismo. Me gustaría que, por una vez, intentaras ser feliz.
—No sé si se puede ser feliz en una relación de mentira. Solo es un acuerdo —insisto.
—Calla. Los dos sabemos que eso no es verdad. Y, joder, estoy seguro de que ese tío es el primero que lo sabe.
—¿Por qué crees eso?
—Porque no me imagino a alguien que no quiera estar contigo, y menos a alguien con ese nivel de compatibilidad.
—La intensidad y el anhelo de su expresión me dicen casi más que sus palabras.
Y esos ojos… Pero luego, con una ligereza algo teatral, añade—: Me arrancaría un dedo si no está pillado por ti hasta las trancas.
—Se gira y me pasa una mano por el hombro en una muestra de cariño que pocas veces sale de él—. Y ya sabes cuánto quiero a mis dedos.
—James —lo llamo cuando se desnuda y está a punto de entrar en la ducha.
—No digas nada, ¿vale?
Y entonces me doy cuenta de una cosa horrible, algo que mis padres han dejado caer en casa alguna vez medio en broma y que yo nunca he querido escuchar. Y no porque sea algo feo, sino por lo doloroso que es de aceptar.
James está enamorado de mí. Mi mejor amigo me quiere en un sentido en el que yo nunca podré corresponderlo.