Capítulo 12
CAPÍTULO
DOCE
LEVI
Entro en Langston Books el Owen online .
Al de carne y hueso dan ganas de atarlo al cabecero de la cama y meterle la polla hasta la garganta para que no pueda decirle ninguna gilipollez a la primera rubia que le pida un ristretto cortado con espuma de leche de almendras infusionada con cúrcuma.
¿Quién coño se puede beber eso? De hecho, ¿quién coño puede pedirlo? No creo que fuera capaz de acordarme.
Aunque el Owen que estoy redescubriendo ahora ha empezado a dejar ver atisbos de quien creí que era cuando entré por primera vez en esta cafetería, incapaz de dejar de pensar en él y necesitando saber si de verdad alguien podía estar hecho tan a mi medida en todos los aspectos.
Ese Owen por el que me masturbaba todas las noches en el silencio de mi cuarto.
Ese Owen que primero fue una idea, luego un desencanto y ahora una realidad.
Una que va tomando forma a pesar del misterio y la sinrazón que lo rodean.
Pero es que él como concepto se ha hecho real, su alma se ha materializado y ahora sé cómo sabe, cómo huele y cómo gime.
La imagen mental de Owen haciéndose una paja en una cama que ahora visualizo a la perfección, con el edredón de cuadros rojos y negros cuya textura se me ha grabado en la piel, es muy potente y no deja que la ignore.
Como no permite que olvide la conversación previa a la gran paja; me acarició el ego de forma tan brutal que sentí sus palabras hasta en la polla.
—Ey, Levi, ¿miga o corteza? —me pregunta Jackson desde la barra sacándome de mi ensoñación y haciendo que me choque con un cliente que sale con su café para llevar.
Lo miro sin entender. A su lado, Logan me mira con una sonrisa encantadora, pero con cierta suspicacia en los ojos.
Debe de ser por eso por lo que Owen sale de la barra y se acerca a mí con un gesto asustado que parece decir «sígueme la corriente, por favor»; como si estuviera en juego la paz mundial y no una pequeña riña o pique con sus padres; como si no estuviera seguro de si le voy a seguir el rollo o no.
Por supuesto que voy a hacerlo. Por curiosidad y por puro deseo. Necesito más de él.
—Contesta a mi padre, anda —me dice al oído—. Va a pensar que eres un poco tonto, y no me pega tener un novio tonto.
Mi carcajada resuena en el local, porque, además, parece que se ha hecho el silencio de repente, como si fuéramos los protagonistas de una película en pausa. Las chicas de la barra —ese séquito que siempre lo rodea— nos miran, la camarera nos mira, y varias mesas nos miran.
Owen me quita la gorra. Me paso una mano por el pelo y miro a sus padres, aún sin entender qué pasa.
Logan me lo explica mientras Owen y yo nos acercamos a ellos.
—Jackson y yo somos los dos de miga. Somos iguales.
—Yo, hum, de corteza; creo.
—¡Ja! Nosotros somos más compatibles, hijo querido, lo siento.
—Es que Owen nos estaba deleitando a todos con vuestra compatibilidad extrema que roza lo sobrenatural —dice Jackson dibujando unas comillas en el aire como indicando que está citando a Owen.
—¿Eres de miga? —le pregunto a mi novio falso, que ahora sé que habla de mí cuando no estoy.
—Pues sí; parece ser cosa de los Langston, algo de serie.
Me siento en un taburete y dejo la bolsa con el portátil en el suelo. Logan y Jackson nos miran con atención, creo que se espera que hable.
—Bueno, creo que os equivocáis. —«Bien, Levi, haciendo amigos; que son tus suegros, hombre»—. O sea que el hecho de que yo sea de corteza y Owen de miga sí nos hace más compatibles. Uno se come una cosa y otro la otra; nos compenetramos, podemos compartir. Juntos…
—Hacemos una baguette enterita —me corta mi alma gemela—. Una baguette larga y caliente —añade fingiendo una voz sugerente y colocándose de pie entre mis piernas.
Sus padres nos miran con una sonrisa que está entre la diversión y la vergüenza ajena.
Entiendo la mezcla, estoy igual, pero es que nuestros cuerpos se están rozando y las chispas saltan por todas partes, cegándome y no dejándome pensar en nada más.
Me extraña que la gente alrededor no se queme con el chisporroteo que sin duda crepita en el aire.
Owen sonríe; yo creo que ni estoy respirando.
—Eh, eh, que corra el aire, que este es un establecimiento familiar y muy decente.
—Mis muestras de afecto son legendarias, papis. Y nunca os han molestado.
—Esto no lo habías hecho en tu vida.
—Cierto, primera vez —añade Jackson—; tu tonteo habitual nada tiene que ver con… esto. —Señala la cercanía de nuestros cuerpos con una sonrisa, eso sí—. Es como si hubierais subido la temperatura del local veinte grados.
O cien.
O doscientos.
—Anda, idos con vuestras migas blandas y húmedas a otra parte —les dice Owen.
—¡Eh! Lo de húmeda ha sobrado, hacemos muy buen pan —lo reprende Logan.
—Lo de blanda también ha sobrado. Aunque es cierto, Logan, yo creo que a veces la masa no fermenta lo suficiente y…
—Uy, lo que ha dicho —se burla Owen por lo bajo.
Los oigo discutir y reírse según entran en la cocina y es una sensación tan acogedora que, si no fuera porque tengo a Owen entre las piernas, sus muslos rozando la cara interior de los míos y sus labios a escasos centímetros de mi boca, suspiraría de amor.
Nos quedamos mirándonos; él con una media sonrisa preciosa, yo casi seguro con cara de imbécil, porque tenerlo tan cerca me funde las neuronas.
¿Va a besarme? Creo que va a besarme. Y si no lo hace ya, voy a hacerlo yo.
—Por cierto, Levi —dice Logan asomándose por la puerta de la cocina—, pásate a cenar esta noche, ¿vale?
—Eh… —Miro a Owen para saber qué quiere que haga.
Es como si de verdad se me hubiera fundido el cerebro; ahora entiendo a todas esas chicas que siempre merodean a su alrededor entre risitas y comentarios estúpidos. Yo tampoco puedo hilar más de dos palabras para construir una frase. Lo tengo demasiado cerca.
—Al final sí que van a creer que te falta un poco de cocción, ¿eh? Como a las migas de sus panes. —Y, mirando a Logan, añade—: Ahí estará, papá, no te preocupes.
—¿Qué opinas de la obsesión que tiene el niño con los libros tristes?
Termino de masticar sin poder evitar una sonrisa.
—Los siente en el alma.
Owen me mira con una pequeña sonrisa; va a decir algo, pero antes de que lo haga, Logan lo interrumpe.
—El alma negra, eso es lo que tiene. Una piedra en lugar de corazón. Yo deshidratándome de llorar con El corredor de fondo y él releyéndolo y subrayando pasajes como si fuera un manual de Microeconomía.
—Ese tipo de libros me dan la vida, papá. Los siento muchísimo. Más que tú, incluso; que no vaya con un clínex llorando por las esquinas no quiere decir que no los sienta.
—Sí, claro.
—Es verdad — me meto—. Los siente mucho y de forma muy intensa, por eso los lee. He intentado llevarlo al lado luminoso de la fuerza y que lea comedias LGTB más amenas, pero a Owen le gusta el peso de las palabras tristes. Para él son las que se quedan.
—¡Exacto! Por fin alguien en esta casa que me entiende —dice Owen con una sonrisa triunfal, poniendo su mano sobre la mía al lado del pan que llevamos un rato compartiendo sin darnos cuenta.
Hemos cenado salmón con patatas al horno, y Jackson y Logan nos han organizado una degustación de panes: espelta, centeno, maíz y kamut.
Owen y yo nos hemos declarado fanes incondicionales del de espelta y hemos chocado los cinco como si hubiéramos ganado algún tipo de concurso.
Ha habido mucha broma y doble sentido con las migas y los tamaños, y hemos bebido vino tinto de forma comedida y agradable.
La velada está siendo una fantasía. Esta gente me cae muy bien.
—Las comedias pueden tener una prosa igual de gratificante —sigue Logan erre que erre con el tema. Es encantador. Y muy culto. Se puede hablar con él de todo.
Y me gusta la atención que pone cuando mira a alguien, sobre todo cuando le importa. Puede que yo también mire así a su hijo.
—Lo sé. Y pueden ser obras profundas —le contesto—. Pero no tienen la carga del drama. No para vuestro hijo, al menos. Hay gente que es así, yo lo soy un poco también.
—¿Un yonqui de la tristeza?
—Es que no es eso, papá. Es lo contrario.
—¿Cómo que lo contrario? —Esta vez es Jackson quien interviene en el debate en el que hasta ahora se ha mantenido al margen con una sonrisa orgullosa.
Soy yo quien responde ante el constante asentimiento de Owen, que está sentado a mi lado, pero bien podría estar acurrucado en mi alma.
—La pena que emanan este tipo de libros nos da más ganas de vivir, de ser felices, de mirar hacia delante y que el futuro nos parezca más esperanzador.
—No lo entiendo —me interrumpe Logan encantado con la discusión a juzgar por su expresión.
—Es muy fácil, papá. Las historias tristes nos hacen ser mejores.
No, no me miréis así, es verdad. Mejores personas, hijos, amantes…
Yo qué sé. Quizá no es algo tan profundo, vale, pero las desgracias de otros, aunque sean en ficción, nos dan más ganas de ser felices, de aprovechar la vida que tenemos.
Maurice me enseñó a aceptar quién soy, incluso aunque tenga que desafiar las expectativas de los demás.
Me hizo, no sé, ser más auténtico. O querer serlo, al menos.
La habitación de Giovanni , aparte de ponerme de muy mala leche y de hacerme odiar mucho a David, me mostró el dolor que puede causar la negación.
Como en otros tiempos no había libertad, la sexualidad era una prisión.
Orlando , breve inciso para decir que Virginia Woolf era una reina, me enseñó que nuestra esencia va mucho más allá de las etiquetas; somos libres de definirnos y redefinirnos.
Owen deja de hablar cuando ve las anchas sonrisas de todos los presentes. Es un gusto oír hablar a alguien con esa pasión. Fue lo primero que me llamó la atención de él. Me obsesioné con lo que extraía de cada historia.
—O algo así —añade para rebajar intensidad.
No debe de hablar con sus padres de libros con tanto furor; y pensar que es una faceta que reserva para mí me hace sentir muy muy bien.
—No lo podría haber explicado mejor —le digo, rozándole la pierna con la mía y haciendo que el ambiente cambie y se cargué de algo intenso.
Y sexual. Muy sexual. Carraspeo—. Lo habría hecho con menos referencias literarias que, a ojos de un no lector, podrían hacerte parecer esnob y pedante, pero la explicación es la misma.
Todos nos reímos, pero Owen y yo seguimos mirándonos durante un rato, ajenos a lo que nos rodea. No es la primera vez que nos pasa, pero no por ello es menos intenso. Estar vivo en un mundo repentinamente en pausa es aterrador. Bonito, pero aterrador.
—Bueno, Levi, cuéntame lo de ese videojuego tuyo que lo está petando —me dice Jackson.
Y se lo cuento. Les interesa mucho. Les explico por encima cómo funciona y les mando un QR para que lo escaneen y podamos jugar una partida.
Jugamos a Apocalipsis durante tres horas —Owen y yo con un mismo personaje creado para la ocasión— y, al ver que son casi las dos de la mañana, los Langston me ofrecen quedarme a dormir.
Y acepto. Porque no quiero que la noche acabe. Porque no quiero que este noviazgo falso acabe. Porque no quiero que llegue la Navidad si eso conlleva que no estaremos juntos.