Capítulo 13
CAPÍTULO
TRECE
OWEN
El silencio se extiende por la habitación, la escasa luz del exterior se cuela por la ventana semiabierta y solo puedo pensar en lo grande que es mi cama y en lo pequeña que parece con Levi a mi lado.
No nos tocamos y, aun así, siento su calor como un chorro de agua caliente impactando sobre mi piel.
Aparto las sábanas y respiro hondo. Me pongo de espaldas y miro al techo.
El movimiento consigue que mi pie toque el suyo y me apresuro a apartarlo deprisa.
—Owen, para.
—¿Estás despierto?
—Es imposible dormir cuando no paras de moverte. Te dije que era mala idea que me quedara.
—No me he movido —replico. Él carraspea—. Vale, pero es que tengo calor. ¿Tú no tienes calor?
—No.
—Es culpa de la llamada. Es como si me estuvieras gimiendo al oído. No puedo quitármelo de la cabeza.
Ahora es Levi quien se mueve. Imagino que intenta apartarse de mí, poner distancia, pero la cama no es infinita.
—Joder, Owen. En serio, para o me voy.
Giro el cuello para mirarlo.
—Dime que no has pensado en ello.
—No voy a decirte nada.
Alargo la mano, pero me detengo antes de rozarlo. No quiero hacer algo que no quiera hacer, por mucho que me muera de ganas.
—Estoy…
—No lo digas —me corta—. No es necesario, en serio.
—¿Y tú?
No me contesta. Sé que intenta contenerse, no mencionarlo, así como también sé que le pongo.
Me devolvió el beso, embistió contra mí y se corrió conmigo.
Vale que estábamos al teléfono y que ni siquiera nos estábamos viendo, pero fue el acto íntimo más sexual que he experimentado nunca.
Solo quiero saber si él sintió lo mismo.
Si tiene tantas ganas como yo de salvar los pocos centímetros que nos separan y dejar de sentir calor para sentirlo a él.
Dios. Estoy tan cachondo que la tela del bóxer me molesta cada vez que me muevo. Necesito correrme.
—¿Cuándo fue la última vez que follaste? —le pregunto.
—Owen.
—Solo háblame. Nunca hablamos de sexo. Lo sé todo de ti menos algo tan básico como qué postura te gusta o cuando fue tu primera vez.
—Fue a los dieciocho. Y me gusta todo, aunque normalmente soy activo.
—¿Normalmente? ¿No lo has hecho mucho de la otra forma?
—Solo con dos chicos —explica—. Con mi primer novio nos íbamos alternando. Y con Ryder también lo solía hacer de las dos formas, dependiendo de lo que nos apeteciera. Los dos somos versátiles.
—¿Tu amigo Ryder? ¿El que se queda en tu casa?
—Sí. Trabajamos juntos.
—No me habías dicho que follabais.
—Tú no me habías dicho que te follabas a media población femenina.
Le doy una patada que él me devuelve con una risita.
—Y no lo hago, ¿vale?
—Vale.
—En serio que no lo hago —insisto. Y es la verdad. ¿Cuándo fue la última vez que me acoste con una tía? Hace más de dos meses, seguro. Me he enrollado con alguna delante de mis padres, y en alguna fiesta, pero no pasamos de los toqueteos y los frotamientos.
—¿Alguna otra pregunta?
—¿Te gustó la primera vez? —le pregunto, solo para continuar con la conversación. Por nada del mundo quiero que termine ahora que ha empezado a soltarse.
—Sí. Estuvo bien. Fue con mi primera pareja.
—¿Cuándo fue la última vez?
—Eso no importa ahora.
—¿Tema doloroso? —pruebo—. ¿Aún sientes algo por esa persona?
—No exactamente. Siguiente pregunta.
Vale. No quiere hablar de eso. Tomo nota mental para indagar en otro momento, quizá por la aplicación. Por chat Levi suele soltarse mucho más.
—¿Cómo te gusta hacerlo?
—¿Perdona?
—Es que hace unos días tuve una conversación con Vicky .
—¿La camarera?
—Sí. Hablamos sobre sexo, sentir y todo eso.
Mi primera vez fue a los diecisiete —explico—.
Con una chica. Todavía no había asimilado que era bisexual.
Y fue… raro. No estábamos cómodos. Tuvimos que repetir varias veces hasta que le cogimos el truco.
Salimos juntos hasta que terminamos el instituto.
Ella quiso seguir, pero yo… no estaba enamorado. Nunca lo he estado, ¿sabes?
—¿Por eso entraste a la app ?
—Sí.
—¿Cuándo te diste cuenta de que te ponían cachondo los tíos? —me pregunta.
—En la universidad, con un compañero de clase.
Estábamos en una fiesta bebiendo y bailando y…
, no sé cómo pasó —admito, un poco avergonzado—.
Estaba borracho. Cuando me di cuenta estábamos en una habitación encerrados.
No sé quién besó a quién, pero entonces él me bajó los pantalones y me hizo una mamada que jamás olvidaré, y yo…
—Suspiro hondo—. Todo cambió, ¿sabes? Me eché a llorar como un gilipollas cuando me corrí.
Odio beber por eso. Me da por reír o por llorar.
Esa vez me dio por llorar y nos corté el rollo a los dos.
—Vaya.
—Ya. Soy lo peor.
—Es comprensible. Como salir del armario de un empujón.
Me giro para mirarlo.
—Exacto.
—¿Qué pasó?
—Quedamos otro día y le compensé el mal rato que pasamos. Luego me senté con mis padres y les expliqué la situación. Ya te imaginas lo que pasó.
—¿Te hicieron una fiesta o algo así?
Me río.
—Algo así. También me dieron una clase muy extensa sobre sexo anal. —La risa de Levi me llena el pecho de miles de burbujas—. No tiene gracia, ¿vale? Fue una experiencia de lo más traumática.
—Es graciosísimo. Y tienes suerte. De tener unos padres como ellos. No sabes la suerte que tienes.
—Pensé que tus padres eran tolerantes.
—Lo son. Pero es una tolerancia aceptada por el amor que me tienen.
Si pudieran, sé que harían cualquier cosa para cambiarme.
El caso es que no pueden, así que me aceptan.
Y también tengo suerte, pero no es lo mismo.
En serio, Owen. Sé que es una putada que intenten meterse en tu vida, pero, joder, ellos te comprenden.
Mis padres nunca podrán comprenderme a ese nivel.
Solo me aceptan porque no les queda otra.
—No digas eso. —Extiendo la mano y le rozo el brazo con los nudillos. Se estremece, pero no se aparta.
—No pasa nada. Sé que me quieren. Pero nunca celebrarán que esté con un chico a la manera de los Langston. —Se coloca de lado y puedo ver su rostro en sombras, sus labios gruesos, el brillo de sus ojos en la noche—. Te tengo un poco de envidia sana por eso, pero nada más.
Sonrío. ¿Cómo no hacerlo?
—Puedes venir a celebrarlo con nosotros cuando quieras. Mis padres estarán encantados y orgullosísimos de ti. Eres todo lo que nunca seré.
—No seas bobo.
Aparto la mirada y decido reconducir la conversación.
—El caso es que Vicky se metió con mi manera de follar.
—Pensé que no te acostabas con ella .
—Y no lo hago. Pero hablamos. De preliminares y de conocer el cuerpo del otro y todo eso. Para mí el sexo es otra cosa. Es decir, me gustan los preliminares hasta un punto.
—¿Qué punto?
—Pues hasta que no puedo más.
—Dime que preparas a tus parejas antes de follártelas.
—Joder, ¿tú también? Claro que lo hago. Hablamos de follar lento o rápido, de conocer el cuerpo de tu pareja.
Y eso me hizo pensar. Sí que dejo satisfechas a mis parejas de cama.
Pero nunca me quedo lo suficiente con ellas.
Esa es la verdad. Por eso te preguntaba cómo te gustaba hacerlo.
Puede que me haya pasado la vida follando mal.
Tendría sentido, mi ex me puso los cuernos por eso.
—Me río al recordar la conversación que tuvimos cuando nos quedamos a solas, fuera del local donde lo había encontrado liándose con otro—.
Me lo dijo. No con esas palabras, pero me dejó bastante claro que no era bueno. Con las tías nunca me ha pasado.
—¿Por eso buscas estar con chicas en lugar de con chicos?
—Eso es cosa de mis padres. Ya te lo dije.
—Owen, te ponen los tíos, pero eres incapaz de coquetear con ellos.
—Contigo coqueteo —le recuerdo.
—Yo no cuento.
—¿Cómo que no cuentas?
—Soy tu alma gemela, ¿recuerdas?
—¿Qué tiene eso que ver?
—Owen, solo tengo que ponerme sobre ti para hacerte jadear. Joder, si quisiera follarte lo haría. Lento o rápido, haría que te corrieras una y otra vez. Somos compatibles, fuera y dentro de la cama. Eso es así.
Hay una hoguera dentro de mí. Mierda. La polla me palpita en los calzoncillos.
—No digas eso si no piensas hacerlo.
—No voy a hacerlo.
—¿Por qué?
—Porque no soy una de esas tías con las que tienes que demostrar algo. Somos amigos.
—Y te deseo. Dios, no dejo de pensar en eso.
—Para, Owen.
—Quiero hacerlo.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque no quiero joderlo. ¿Sabes lo mal que me sentí cuando salí de la cafetería y me di cuenta de que si me marchaba nunca más volvería a hablar contigo? Sentí…
—Un vacío.
—Sí. Y no quiero volver a sentirlo.
—Sigo deseándote —le digo; Levi resopla—. Te puedo suplicar, si quieres.
—Joder, no.
Nos miramos. Ambos nos hemos acostumbrado a la escasa luz y puedo ver la tensión de su cuerpo, el bulto en sus calzoncillos. Dios, necesito tocarlo, necesito…
—Está bien. Te voy a enseñar una cosa.
—¿Qué cosa?
Extiende una mano para agarrarme de la camiseta; el gesto me hace dar un respingo involuntario, pero no me muevo. Me gusta cómo me agarra y cómo me sube la camiseta hasta el pecho.
—Cómo sentir a una persona. Quiero que me sientas, pero para eso tienes que dejarme hacer —me advierte—. Estarás quieto y me dejarás que te toque y haga lo que quiera contigo.
Inspiro hondo. El corazón me martillea en el pecho y la tengo tan dura que me duele el mero hecho de mover la pierna hacia él.
—¿Tengo que asustarme?
—Nunca haría nada que te incomodara.
—Vale.
—Bien, date la vuelta.
Obedezco. La excitación se extiende por mi cuerpo cuando siento cómo lanza la camiseta a los pies de la cama y se coloca sobre mí. Todo él arde y yo ardo por efecto rebote. Se me pone la piel de gallina cuando siento sus músculos en la espalda, su respiración en el cuello, su mano buscando la mía.
Me agarra de la muñeca y me sube el brazo hasta posarlo en el cabecero de la cama, por encima de mi cabeza. Hace lo mismo con el otro hasta unirlos en un mismo punto.
—Agárrate a uno de los salientes de madera y no te sueltes.
—¿Es una orden?