Solo hasta Navidad (Soul Finder 1) Capítulo 10
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Capítulo 10

CAPÍTULO

DIEZ

OWEN

Levi extiende la mano. Grande, con las uñas cortas y cuidadas y los dedos gruesos.

Siento un estremecimiento al recordar su tacto suave sobre la piel de mi brazo, la calidez que desprendían.

Manos suaves y calientes, una combinación perfecta.

El calor se me extiende por la cara cuando veo cómo enarca las cejas y dirige la vista a mi mano.

—¿Me vas a devolver la gorra?

Ni siquiera me he dado cuenta de que sigo aferrado a ella. Mierda. Levanto la vista. Su pelo negro está un poco alborotado. Tiene los ojos muy oscuros, la piel canela y los labios gruesos. También tiene un lunar debajo del labio inferior en el que no había reparado.

—Owen.

Escondo la gorra a mi espalda. No puedo apartar la mirada del lunar. Mierda.

—No. ¿No te han dicho que es de mala educación llevar gorras dentro de espacios cerrados?

—Siempre la llevo.

—Pues aquí no. Mi reino, mis reglas. Se acabó ser el borde de la gorra, aquí serás solo Levi. Mi novio. —Sonrío al ver cómo compone una mueca de lo más extraña—. ¿Demasiado para ti?

Levi se cruza de brazos y no puedo evitar fijarme en cómo se le tensan los músculos. Me pregunto cómo será sin toda esa ropa. Parece querer esconderse a posta, como si odiara la idea de que los demás repararan en él.

—Depende. Aún no me has dicho cuáles son las reglas.

—No hay reglas. Solo tienes que seguirme el rollo. El cómo lo hagas… Bueno, creo que se te da bien improvisar. Siempre lo haces, ¿no?

—¿Improvisar?

—Ser tú mismo.

Le aguanto la mirada hasta que me pican los ojos por no parpadear. Entonces Zero ladra para reclamar nuestra atención y Levi se agacha para acariciarlo.

—Le caes bien.

—Es más grande de lo que imaginaba.

—Si lo sigues acariciando así no te dejará en paz.

—No me molesta.

Me derrito por dentro. Me gusta que se lleve bien con él. Ninguno de mis ex, chicas o chicos, han congeniado tan bien con Zero. Y mi perro es muy facilón; con el tal Mason se va sin mirar atrás. Sabe lo que quiere y quien se lo da, supongo.

—¿Te apetece ver la casa? Creo que es hora de que mi novio conozca mi habitación. Ya sabes… —Carraspeo al ver la mirada que me dedica.

Levi se incorpora y asiente. Le muestro las salas comunes, incluida la enorme biblioteca al final del pasillo; y luego lo hago subir al piso de arriba, donde están las habitaciones principales.

—Todo es… blanco.

—Eso es porque uno de mis padres es muy minimalista.

—No me lo digas. Logan.

Me río.

—Pero se casó con Jackson y a la mierda. Ya has visto a mi padre. Le gustan las flores y los cuadros, y cuanto más recargado esté todo, mejor. Necesita que la casa esté llena de huellas y ruido, aunque esté vacía.

—Jackson es increíble. No hay muchas personas con las que sea tan fácil conectar. —Acaricia uno de los cuadros de Keith Haring, el que está junto a la puerta del baño.

—¿A quién de los dos le gusta Haring?

—A ambos. De jóvenes eran bastante activistas, hasta que llegué yo —explico—. Montreux es el cuadro favorito de Logan. ¿Conoces la obra de Haring?

—Pues claro, aunque no soy fan.

—Yo tampoco. Es más, no me gusta nada. En especial el cuadro que han puesto en la puerta de mi habitación. —Le hago una señal para que me siga hasta la puerta del fondo y le señalo el cuadro con los dos monigotes acariciándose las pollas y la X característica en la cabeza.

Me apoyo en la puerta mientras él examina el cuadro. No me pasa para nada desapercibida la manera en que intenta contener la risa.

—¿Sexo seguro?

—No tiene gracia, ¿vale?

—Vale. —Se me encoge el estómago. Una cosa es leer ese «vale» y otra muy distinta escucharlo.

Su voz es grave, profunda, con un punto sensual.

Su «vale» suena a un secreto que solo nosotros conocemos.

Me clava la mirada y yo siento que me mira más allá de mí, más allá de todo.

Como cuando me tumbo en la cama por las noches y le escribo sin pensar en la persona que está al otro lado de la pantalla; solo siento, siento, siento—.

Es un cuadro magnífico. Espero que te hayas aplicado el cuento y seas un chico responsable.

—Jamás lo he hecho sin condón, ¿vale? Y mis padres me obligan a hacerme analíticas de vez en cuando. Normas de los Langston.

—Vale.

Ahora mi estómago da un triple salto mortal. Lo miro. Él me devuelve la mirada. Y, joder, el pulso se me acelera. Soy incapaz de apartar la vista de su lunar. Quiero tocarlo, sentir el relieve, la suavidad, sentir…

—Deja de mirarme así. Pareces… —Menea la cabeza.

—¿Qué?

—Alucinado. Como si fuera una aparición.

—Lo eres. Me parece increíble que estés aquí. Y que seas el borde de la gorra. —Se me escapa la risa al ver su cara de cabreo—. Perdona, pero es que eres muy borde de día.

—Te equivocas. Soy la misma persona de día que de noche. Eres tú quien cambia —me recuerda—. Disculpa tú si no me gustan los tíos superficiales que disfrutan siendo el centro de atención.

—No soy así.

—Todavía me lo tienes que demostrar.

Tengo la mano en el pomo de la puerta y estamos muy cerca.

Lo cierto es que me lo había imaginado de mil maneras distintas, pero ninguna le hace justicia, quizá porque no me lo imaginaba con tantísima nitidez.

Levi era ese chico perfecto que nunca alcanzaría porque la perfección, si la tocas con los dedos, se deshace.

Y resulta que ahora está aquí y solo tengo que extender la mano, y me aterra hacerlo. No quiero que desaparezca.

—Owen.

—Levi.

Él sonríe.

—¿Vas a enseñarme tu cuarto o vas a seguir mirándome? Digo, porque me puedes seguir mirando mientras veo tu cuarto. Ambas cosas son perfectamente compatibles y yo me puedo entretener.

—¿Te he dicho ya lo borde que eres?

—Puedes seguir repitiéndolo. A lo mejor se acaba haciendo realidad. —Extiende la mano y aparta la mía para abrir la puerta. El contacto me provoca una sacudida y enseguida me aparto para dejar que pase.

Zero es el primero en entrar. Ladra y se dirige a su rincón favorito, el que tiene su manta y el hueso de caucho.

Levi entra y escanea la habitación con extrema lentitud.

Lo veo mirar los estantes, los libros de astronomía y toda la literatura LGTB de la que tanto hemos hablado por mensajes.

Sonríe. Es raro encontrar a alguien que comparta tus gustos a un nivel tan alto.

Si aún nos quedaban dudas de la identidad del otro, estas se disipan.

Continúa mirándolo todo; mis discos de vinilo, los mapas estelares en las paredes, la pequeña sección de videojuegos en físico.

—Eres ordenado.

—¿Qué esperabas?

—Yo también lo soy —admite.

—Lo sé.

—¿Es aquí desde donde me escribes cada noche? —pregunta una vez se sitúa delante de la cama.

—Sí. Uso el móvil o la tablet y me tumbo hasta que me quedo dormido.

De pronto, se deja caer en la cama. Eso anima a Zero, que enseguida atraviesa la habitación y se sube con él para colocar la cabeza en su muslo.

Él se ríe y le acaricia la zona del cuello.

Verlo en mi cama, con mi perro, con la escaza luz que entra por la ventana incidiendo sobre su piel canela me llena de mil sensaciones que no soy capaz de explicar.

—¿Y bien? Explícame lo que hacen los novios falsos.

Carraspeo, dejo la gorra sobre el escritorio y me acerco a él.

—Pues lo que hacen los novios de verdad. Sin la parte del sexo, claro. Me has visto en la cafetería.

Levi levanta la mirada.

—¿Eso es lo que quieres? ¿Que te meta mano y babee por ti? Porque te aviso que no se me da nada bien esa mierda. Nadie se la creería. Y no soy una tía —me recuerda.

—Sé que no eres una tía.

—Bien, porque paso de actuar como una. Si quieres que finjamos salir tendrás que seguir mis reglas también.

—¿Qué reglas son esas?

—No quiero mentirles a tus padres. Me refiero a que me gustaría ser yo contigo, sin la parte de exagerar.

Puedes decirles que somos novios, pero no quiero crearles una imagen falsa de mí que no encaje con mi persona.

Yo… no soy Victoria, la camarera con la que finges estar.

Me gustaría seguir yendo a vuestra cafetería sin avergonzarme.

Tus padres me caen bien. Me caen muy bien, Owen.

Sonrío. ¿Cómo no hacerlo?

—Espero que no más que yo.

Me dedica una sonrisa tenue como única respuesta. Mi mirada se desvía al lunar. Dios. Necesito tocar ese lunar. Necesito…

De pronto, Zero se levanta y ladra. En nada escuchamos pasos que se acercan por el pasillo .

—¿Owen? ¿Estás en casa?

Levi mira a la puerta un instante antes de mirarme a mí.

Hay un interrogante enorme en su mirada.

No lo pienso cuando lo empujo hacia atrás y me coloco sobre él.

Tampoco lo pienso cuando le agarro la muñeca para impedir que me aparte y busco su boca.

En cuanto nuestros labios colisionan y nuestros cuerpos encajan, me doy cuenta de la magnitud de lo que estoy haciendo.

Lo beso despacio y profundo. Levi me clava los dedos de la mano libre en la cintura, no tengo claro si para apartarme o para atraerme más contra sí.

Nuestras respiraciones se aceleran. El cuerpo se me enciende cuando noto su polla frotándose contra la mía y nuestras lenguas se encuentran.

Ni siquiera escucho los pasos ni a Zero.

Solo siento, siento, siento. A Levi, debajo de mí.

A Levi, devolviéndome el beso. A Levi, gruñendo y respirando con dificultad.

Su cuerpo arde, o tal vez sea el mío el que lo hace por el contacto; no lo tengo claro.

Me balanceo y lo sujeto de la nuca para profundizar el beso.

En cuanto noto la presión de su polla embistiendo contra mí, se me escapa un gemido obsceno. Y entonces…

—Owen, cielo, ¿qué estás…? —La puerta se abre de par en par y mi padre se queda paralizado al ver la escena.

Me aparto de Levi, que me mira con cierto susto en los ojos.

Tiene las pupilas dilatadas, los labios hinchados por mi beso precipitado, el pecho agitado y la respiración más agitada si cabe.

Joder, ¿desde cuándo el borde de la gorra es tan guapo?

Mi polla se queja cuando me incorporo en la cama para recuperar un poco la cordura.

—Joder, papá. ¿Cuántas veces te he dicho que no entres sin llamar?

—Esa boca, Owen. Hoy te estás pasando. —Abre los ojos como dos naranjas al ver quién se incorpora y coloca los brazos entre las piernas para ocultar la erección—. ¿Levi?

—Hola, Jackson. Yo…, lo siento. —Su voz suena tan avergonzada que por un momento me pregunto si está actuando o si es real. Claro que Levi no es mucho de actuar, por lo que la vergüenza debe ser algo verdadero.

Mi padre pasea la mirada del uno al otro; le cuesta creérselo.

—Pero ¿desde cuándo…? —No termina la frase—. Pensé que os caíais mal.

—Yo también —admito.

Levi, en cambio, tiene esa expresión de querer que se lo trague la tierra. Entonces me mira, solo un instante, y luego mira de nuevo a mi padre. Y todo cambia. Se endereza y, con las manos aún colocadas de forma estratégica sobre su regazo, se dirige a mi padre:

—Lo siento, Jackson. No quería que te enteraras así. Tu hijo y yo llevamos un tiempo conociéndonos. Esto que has visto… —Se pasa una mano por el pelo, nervioso—. Es la primera vez que sucede. Pero no me gustaría que fuera la última. Si no os importa que salga con él y…

—¿Quieres salir con Owen?

—Me gustaría. No se lo he preguntado, pero espero que me diga que sí.

Me clava la mirada, interrogante, y soy incapaz de no sonreír.

El muy cabrón se las ha ingeniado para no mentirle a mi padre.

Le está pidiendo permiso para salir conmigo, para tener algo conmigo.

Adiós a mi idea del falso noviazgo. Quiere hacerlo sin mentiras; bueno, al menos esa es la impresión que quiere dar.

Seguimos siendo una pantomima, pero ha hecho que parezca muy de verdad.

Mi sonrisa se ensancha. Joder, qué guapo es.

Y acabo de recordar que lo he besado y no se me ha ocurrido disfrutar del lunar.

Debería haberle pasado la lengua por esa zona. Debería…

—Claro que sí. Me encantaría —contesto. Miro a mi padre—. ¿Alguna objeción?

Cualquier atisbo de confusión se esfuma en cuanto se da cuenta de que hablamos en serio.

—Ninguna. —Si alguna vez ha esbozado una sonrisa más ancha, lo cierto es que no la recuerdo. Debería sentirme feliz, porque estoy ganando la batalla, pero en realidad siento que la pierdo. Pierdo contra mis padres, otra vez.