Solo hasta Navidad (Soul Finder 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

CAPÍTULO

NUEVE

LEVI

No hablamos durante los quince minutos de recorrido por el vecindario.

La zona es tranquila, la conozco un poco porque los padres de Ryder viven por aquí y alguna vez lo he traído o recogido.

Las casas son bonitas y los vecinos se saludan como si alguien les hubiese pagado por mantener una fachada intachable; caras sonrientes, saludos sincronizados, comentarios que parecen grabaciones que se repiten casa por casa.

—Son como una secta —murmuro más para mí que para él.

—Son gente buena —replica Owen—. De los que te echan una mano y no piden nada a cambio.

—Nada es gratis en este mundo.

—Sonreír lo es, aunque no lo hagas mucho.

—¿Me tengo que reír ahora o esperamos a llegar a donde sea que estemos yendo? —pregunto con acritud.

Owen se detiene y casi me estampo contra él. Me mira a los ojos, pero no dice nada .

—¿Y bien?

Es tan transparente… Tiene las mejillas sonrosadas y sé que no quiere estar aquí conmigo.

Soy la última persona con la que quiere estar.

El borde de la gorra. Pero lo hace, por la persona que soy online , su alma gemela o lo que quiera que seamos juntos.

El mismo motivo por el que yo estoy aquí aguantando el tipo.

Me señala la casa. Es de estilo cottage , como todas las demás de la zona residencial.

De color verde pastel, con tejado a dos aguas de tejas rojas y flores.

Muchísimas. Flores en el jardín delantero, alrededor de la valla, flores en la fachada de la casa y por el camino que da a la parte trasera. Una casita de ensueño.

—¿Me has traído a tu casa?

—Ni una sola palabra fea o me darán igual los cientos de horas que hemos pasado juntos, ¿vale? Es la casa de mis padres.

—No pensaba decir nada.

—Bien.

Se adelanta para abrir la valla y yo lo agarro del brazo sin pensarlo siquiera.

Noto la tensión de sus músculos bajo mi agarre. Mierda. Se gira para mirarme y deseo con todas mis fuerzas que me trague la tierra.

—Perdón. —Retiro la mano e inspiro hondo—. Mira, no tengo por qué entrar en tu casa. Podemos seguir caminando o sentarnos en cualquier cafetería.

—¿No quieres entrar?

—Venga ya, tú no quieres que entre.

—No te habría traído si no quisiera —asegura.

Nos miramos.

—Me has traído porque crees que es la única posibilidad de arreglar lo que hay entre nosotros.

Los labios se le curvan en una sonrisa, pequeña, vacilante.

—¿Admites que hay algo?

No le hago caso. A estas alturas lo último que necesito es jugar con él. Conozco su juego, lo he visto desfilar con un sinfín de chicas y no soy una de ellas.

—¿De verdad te parece bien que entre?

—Sí. —Me tiende la mano y yo me la quedo mirando como si fuese un insecto venenoso—. Se me olvidaba que Levi Wright no da la mano ni nada de eso.

No le contesto. Sé que intenta ponerme a prueba.

Bien, que lo haga. Me conduce hasta el interior de la casa y, una vez dentro, nos quitamos los zapatos y me muestra el interior de la planta baja.

Todo es blanco, lleno de fotografías familiares y cuadros que destilan paz y libertad.

También hay una estantería en el salón repleta de libros antiguos.

—¿Te apetece algo de beber?

—Café, gracias.

Él desaparece en el interior de la cocina mientras repaso los títulos, desde las obras de Homero, John Steinbeck, Orwell o Asimov a las de autores más contemporáneos como James Salter.

Sigo en ello cuando escucho que la puerta se abre y entra un chico que me suena de verlo en la cafetería, rubio y alto, con la correa de un perro en las manos.

Lo que sucede a continuación no me lo espero para nada. El perro salva la distancia que nos separa y salta sobre mí. Es precioso, blanco, con el pelo más suave que he tocado nunca, y está feliz, como si me conociera de toda la vida.

—Hola —saluda el chico, cuya sonrisa se ensancha al ver a Owen .

—¿Qué haces aquí?

—Traigo al perro. Había quedado con tus padres en que vendría a traerlo y… —El chico está demasiado cerca y Owen está demasiado enfadado, o eso creo.

No entiendo qué está pasando, pero no me parece bien intervenir, de modo que espero.

—No sigas —lo corta—. No lo quiero saber.

El chico se le acerca.

—Pero es que… pensaba que tú y yo…

—No va a haber nada entre nosotros, así que no pienses y vete.

—Quedamos en que nos conoceríamos. Martes, miércoles y viernes.

—Quedaste tú, yo no hice tal promesa. Te dije que me dejaras en paz, ¿vale? No quiero nada contigo ni va a haber nada entre nosotros. Nunca.

El chico se queda callado. Luego asiente con timidez y se da la vuelta. Enarco las cejas. Owen me mira como si lo estuviera acuchillando.

—Espera. Lo siento, joder. No es que no me gustes. Eres atractivo y cualquiera querría salir contigo, pero mírame, tengo novio. —Me señala con un gesto de la cabeza—. Son mis padres los que hacen tratos extraños que no pueden resolver. Lo siento, de veras que siento haberte hablado así.

El chico asiente. Luego se retira y se marcha.

Owen se me acerca, avergonzado, pero decidido. Lo veo. Por primera vez desde que pisé la cafetería, veo al Owen con el que hablo cada noche. El Owen por el que pierdo la puñetera cabeza. El mismo por el que estoy aquí. Dios. Sí.

—A los seis años le pedí a Papá Noel cazuelas, calderos, sartenes…

porque quería cocinar con mis pa dres. A los siete subí de nivel y pedí una cocinilla propia, porque mis padres no me dejaban tocar demasiado la suya.

A los ocho quería seguir ampliando mi repertorio.

—Menea la cabeza. Su rostro no puede estar más rojo—.

¿Sabes lo que es para un niño que se rían de ti porque no pides la nueva consola o alguna pelota con la que ir a jugar con tus amigos?

Me quedé solo, con James. Es mi mejor amigo —explica—.

Nunca te he hablado de él, creo. Gracias a él las burlas fueron soportables.

Suspira hondo. Yo no me muevo ni hago nada que pueda interrumpir su explicación. Por no hacer, casi ni respiro.

—Cuando cumplí los nueve años nadie quiso venir a mi cumpleaños.

No es que lo esperara. La verdad es que me daba igual.

Habría preferido quedarme con James en casa, y con mis padres.

Pero mi casa se llenó de gente. Por primera vez, me aceptaban.

Me veían. Me sentí tan feliz… —Sonríe con una tristeza que me retuerce las tripas—.

Entonces me enteré de que mis padres les habían pagado para que vinieran.

No a todos, claro, solo a los cabecillas.

Si uno va, el resto lo sigue. Así funcionan los niños y así funcionamos los humanos.

—Da unos pasos hacia mí y eleva el índice—.

No digas nada, ¿vale? Ese día dejé de pedir imposibles.

No iba a dejar de desear cocinar ni de llevar la cafetería de mis padres, pero me lo guardaría para mí.

—Owen…

—Déjame terminar, por favor —me corta—. No se acabó ahí.

Mis padres siguieron protegiéndome. De notas bajas, de profesores estúpidos, de la vida, de mis propias parejas.

A veces no tenía claro si me querían por ser yo o por ser el hijo de…

—Chasquea la lengua—. Da igual. El caso es que no soy ese tío que has visto ahí fuera. Soy lo que ves aquí .

—¿Cuál es la diferencia?

—Todo. No me lío con todas las tías a las que me acerco, ¿vale?

Victoria incluso está prometida. Ella es…

mi confidente. Se va a casar. Su novio le regaló un anillo que no se pone para no delatarme, y yo me siento como un completo imbécil porque no sé cómo decirles a mis padres que necesito respirar, ser yo, hacer las cosas a mi manera.

Quiero equivocarme. Y si me rompen el corazón, quiero decidir quién me lo rompe.

No quiero a nadie a quien hayan pagado para que me quiera.

Creo que soy lo bastante mayorcito para conseguir que alguien lo haga, ¿vale?

—Vale.

Tiene la cara rojísima, el gesto más serio que le he visto nunca y el cuerpo crispado. Aun así, sonríe como he imaginado tantas noches que lo haría. Una sonrisa preciosa llena de dientes.

—Idiota.

—¿Me estás diciendo que todas las tías con las que coqueteas y te magreas son un paripé?

—No todas. Con algunas he tenido algo —admite—, pero casi todas son pura fachada, sí.

—¿Y no te cansas de fingir ser alguien que no eres?

—¿No me ves? «Cansado» es mi segundo nombre. —La sonrisa se le ensancha.

El perro, que hasta ahora se había mantenido pegado a sus piernas, ladra, como si él también tuviese algo que aportar a todo eso.

Estiro la mano y chasqueo los dedos. Enseguida abandona a su dueño y se me acerca.

Ladra dos veces mientras me olisquea la mano y empuja la cabeza contra ella, dándome permiso para tocarlo. Sonrío.

—¿Y bien? —le digo a Owen.

—¿Eso es a mí?

—A Zero no, desde luego. Él me gusta, su dueño no lo tengo tan claro —bromeo.

—Recuerdas su nombre.

—Pues claro. Lo mencionas todas las noches. —Le acaricio el cuello al perro mientras a Owen le brillan los ojos. ¿De felicidad? No lo tengo claro, pero me gusta ese brillo casi tanto como su sonrisa—. Ibas a proponerme algo, ¿no?

—¿Vas a aceptar?

Me encojo de hombros.

—Depende de cómo me lo pidas. Si me das buenos argumentos, se podría mirar.

Owen consulta su reloj de muñeca.

—Cuatrocientas nueve horas y cuarenta minutos. Compatibilidad cien por cien.

Me río; imposible no hacerlo. Antes de que pueda decir nada, añade:

—Seré un novio tremendo. Se acabaron las chicas mientras estemos juntos y todo eso.

—No tienes que esconder tu bisexualidad por mí. No me molesta.

—Pero hay gente a la que sí, ¿vale? —Me sonríe. Sabe lo que viene a continuación.

—Vale.