Solo hasta Navidad (Soul Finder 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

CAPÍTULO

SIETE

OWEN

—Dos capuchinos y tarta de zanahoria para las chicas más guapas de Eeriewood —digo con una sonrisa que muere en mis labios en cuanto veo quién acaba de entrar en la cafetería.

Joder. Me vuelvo para fulminar con la mirada a mi padre, que hace ese gesto absurdo de menear la cabeza de un lado a otro, haciendo que su larga coleta se mueva de manera adorable.

No sé si reírme o lanzarle uno de los trozos de tarta.

Tengo una puntería de la hostia y seguro que si abre un poco la boca le cuelo un pedacito, o dos. Mierda. ¿Por qué siguen con lo mismo?

—Owen, ¿vas a la fiesta de Lina del jueves? —La pregunta viene de una de las dos preciosidades que me miran a la expectativa. Vuelvo a componer mi sonrisa postiza mientras el tal Mason se acerca a la barra y me saluda con un «hola, Owen» que ignoro de manera deliberada.

La fiesta del jueves, con Lina. La rubia buenorra que me quiere follar en una de sus numerosas habitaciones.

Sí, la recuerdo. Y no, de ninguna manera me apetece ir a esa fiesta.

Ni siquiera me gustan las rubias. Si tengo que elegir, siempre preferiré a una morena.

O a un moreno. Mason es rubio, pero está bueno que te mueres.

A él sí que me lo follaría en una de esas habitaciones.

Incluso en el baño de la cafetería. Ahora que lo pienso, nunca me he enrollado con nadie en los baños, a pesar de la fama que tengo.

Sonrío para mis adentros. Tiene gracia que todos piensen que soy una especie de Casanova cuando solo me limito a ponerme un escudo para evitar que mis padres me casen con veintidós años.

Me inclino hacia ellas en una pose de lo más atrevida solo para que Mason, y cualquiera de mis padres, me vean.

—No me lo pierdo por nada del mundo.

Luego me largo al interior de la cocina, donde intercepto a Victoria y la agarro de la cintura para llevarla hacia el almacén.

—SOS, te necesito.

Ella enarca las cejas. Sabe lo que le voy a pedir.

—¿Quién es ahora?

—El paseador de perros. —Hago un gesto con la cabeza hacia la barra y ella mira con disimulo desde la puerta.

—Joder. ¿En serio necesitas que te lo quite de encima? Porque yo me pondría encima de ese tío. Y debajo, y quizá…

—Vicky.

—A lo mejor te iría bien si le dieras una oportunidad. Sabes que tus padres solo quieren lo mejor para ti.

Me apoyo contra la pared.

—Lo sé, y les agradezco que me paguen los estudios, me den una casa y mucho amor.

Pero, joder, me gustaría poder elegir con quién me acuesto.

—Veo que me mira con esa cara de «sé lo que piensas y me voy a hacer la interesante para que tú me lo digas»—.

No pienso salir con un chico solo para que se queden contentos.

Y de hacerlo, lo haría con uno que yo eligiera, ¿comprendes?

—¿Y por qué no lo haces? Sal con un tío. No tiene por qué ser ese dios rubio de ahí fuera, pero puedes conocer a alguien. Sal a un bar gay o entra en alguna aplicación. ¿No estabas en la Soul Finder, la app esa de almas gemelas?

—¿No te das cuenta? Es lo que ellos quieren, que salga con un hombre. Odio ese rechazo por esa parte de mí a la que le gustan las mujeres. No es un delito ser bisexual, ¿sabes?

—Estoy segura de que ellos solo quieren que seas feliz. Y perdona que te lo diga, eres pésimo a la hora de elegir novias.

Resoplo.

—Lo sé —admito, un poco cansado de todo. La agarro del pantalón y tiro de ella hacia mí—. Eso es porque estás pillada. Contigo sería distinto.

Su gesto se suaviza, como hace siempre que piensa en su novio. Está tan enamorada que me siento mal pidiéndole que se haga pasar por mi follamiga o lo que sea, aunque lo haga con el permiso de él.

—No te he contado. —Se rasca la barbilla en un gesto nervioso. Enarco las cejas, expectante—. Steve me ha regalado un anillo.

—Un anillo —repito—. ¿De compromiso?

Me empuja con cariño.

—¿Y de qué si no?

Dirijo la vista a su mano en busca del supuesto anillo, pero no veo nada .

—No lo llevo puesto —me explica.

—¿Por qué?

—Primero, porque no quiero que se me pierda cuando me lavo las manos ni que me moleste para trabajar. Segundo, porque… —Levanta las cejas.

Vale. Por mí. Pues claro. Me llevo una mano a la frente y me doy un par de golpes.

—Mierda.

—Eh, para. Tenemos un acuerdo. Tú me ayudas, yo te ayudo; y a Steve le caes genial.

No me importa que me utilices o lo que sea para que tus padres piensen que eres un ligón tremendo.

Además, me divierte ser tu novia comodín cuando te hace falta.

Molestar a tus padres tiene su punto. Nos caemos tan bien que no son capaces de decirme ni mu.

Me río.

—Se le llama follamiga y es una mierda que lo sigan pensando cuando te vas a casar.

—No es en un futuro inmediato, y en algún momento querré traer a Steve y presentárselo a tus padres. Pero de momento podemos seguir así. Siempre que me cubras cuando no puedo venir a currar y me ayudes a prepararme los exámenes.

—Sabes que lo haría todo igualmente, aunque no me siguieras el rollo, ¿verdad? No soy tan capullo.

—No eres capullo. Punto. Lo sé y ese es el motivo por el que te ayudo, eres un cordero disfrazado de león buenorro. —Gira la cabeza hacia el exterior—. Y hablando de buenorros, sigue ahí.

Suspiro hondo.

—Necesito tener pareja.

—Las chicas de fuera son monas.

Un escalofrío me recorre la espina dorsal.

—No me atraen nada. No creo que tengamos nada en común. Y, no sé, la verdad es que me apetece sentir algo más que alivio tras un polvo rápido.

—Puedes hacerlo lento. Se disfruta más, ¿sabes?

—Ah, ¿sí? —Enarco las cejas y compongo un gesto juguetón—. ¿Cómo de lento?

—Ya sabes. Preliminares a tope. Acercarse, sentir a la otra persona... Cada roce de piel, cada respiración... —Debe verme la cara, porque añade—. No me digas que te limitas a follar y punto.

—Claro que no. Siento a la persona. Pero la siento más rápido que tú, seguro. —Me río al verle la cara de indignación—. A ver, cuando estás cachondo estás cachondo, no es que puedas detener a un huracán.

—Dime al menos que preparas a las chicas a las que te tiras.

Me ruborizo. Y no por la vergüenza.

—Pues claro que sí, ¿quién cojones te piensas que soy? Se quedan bien satisfechas, ¿vale? —Me encojo de hombros—. Pero el acto en sí suele ser… más rápido.

—Cómo se nota que no has estado enamorado nunca.

—Se acerca a mí y me acaricia la mejilla—.

Cuando lo hagas, querrás sentirlo todo de esa persona.

Y no me refiero a la parte previa al sexo, sino a todo lo demás.

Disfrutar de cada gemido y estremecimiento.

Disfrutar de su deseo. El tuyo ni siquiera importará.

—Lees demasiada ciencia ficción.

Victoria se ríe.

—Tienes que conocer a alguien, ¿vale? Mientras, vamos fuera a hacer un poco de paripé para que se largue el dios rubio.

—Se llama Mason. Y sí, por favor.

Durante la siguiente hora, ambos nos convertimos en actores de primera. Coqueteamos sin disimulo, nos tocamos con cualquier excusa mientras atendemos a los clientes y sacamos lo suficiente de quicio a mis padres hasta que Mason termina por marcharse y papá Logan se va a hacer unos recados.

Estamos en el descanso para comer algo cuando me doy cuenta de que tengo mensajes en la Soul Finder y se me ocurre una cosa al ver conectada a mi alma gemela.

Victoria, que se ha fijado en el icono, se inclina para mirar.

—¿Cien por cien de compatibilidad? —Apenas se le entiende con la boca llena. Traga con un poco de zumo antes de clavarme la mirada—. ¿Desde cuándo?

Me encojo de hombros.

—Casi desde el principio.

—¿Cien por cien de compatibilidad? ¿En serio? Jamás había visto algo así, no de alguien conocido al menos. ¿Quién es? No me has hablado de él.

No hablo de él con nadie. Bueno, sí, con James lo he hablado.

O más bien yo he hablado y mi amigo se ha limitado a hacer que me escucha mientras le da al saco de boxeo y se ríe de mis movidas emocionales.

Me imagino qué pensaría Victoria de James si supiera cómo ve él las relaciones o lo que opina sobre sentir a otra persona.

James es la persona más leal que conozco.

Es sincero como un puñetazo en la nariz, auténtico y protege a los suyos como el que más, pero jamás le entregaría mi corazón. Nadie con dos dedos de frente lo haría.

—Somos amigos .

—¿Amigos? —dice casi en un grito. Me río—. No hablas en serio.

—Muy amigos. Hablamos todas las noches. Es… lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo, ¿sabes? No quiero estropearlo, por eso solo somos amigos. Además, él está de acuerdo.

—Pero ¿no habéis quedado ni nada?

—No. Sé que es de por aquí por la aplicación, pero hemos decidido seguir una relación meramente virtual.

La cara de flipada de Victoria es todo un poema. Se me escapa una carcajada.

—No te rías, idiota. —Me golpea en el hombro—. Dime al menos que os habéis enviado fotos. Que está cañón y que tarde o temprano te pondrá un anillo en el dedo.

—No empieces tú también, joder. Que tengo veintidós años y pocas ganas de ponerme anillos.

—Owen, hablamos de un cien por cien de compatibilidad. ¿Sabes lo jodido que es eso? Tienes que quedar con él. Estás buscando pareja, ¿no? Pues ya la tienes. ¡La tienes! —Eleva el tono y le tengo que colocar un dedo entre los labios cuando veo cómo mi padre nos mira desde la barra. Mierda.

—Shhh. —Le aparto el pelo de la cara y deposito un beso en su mejilla para reconducir nuestros papeles—. No quiero usarlo para eso. No quiero estropearlo, ¿vale? Me importa mucho.

—Es tu media naranja. Al menos deberías conocerlo. Podéis ser amigos en persona y ver cómo va la cosa.

—No sé. Ni siquiera sé si me quiere conocer. Nunca me lo había planteado —admito, cosa que es cierta. Levi y yo hablamos mucho. Nos contamos todo, pero ninguno de los dos ha hablado sobre la posibilidad de conocernos .

—A lo mejor deberías preguntarle, ¿no?

—Mmm.

—Yo no me lo pensaría.