Capítulo 5
CAPÍTULO
CINCO
OWEN
Mi padre se asoma por la puerta del baño justo cuando estoy terminando de lavarme los dientes, se apoya en el marco y me mira con una sonrisa. No creo que mi higiene bucal sea motivo de tanto orgullo, así que entiendo que es otra cosa lo que lo tiene tan feliz.
—Hola —le digo con la boca aún llena de pasta.
—Ayer llegaste tarde, ¿qué tal lo pasaste? ¿Estuviste con alguien… especial?
Así que es eso. Cree que he ligado. Lo miro por el espejo y escupo antes de contestar.
Tengo que morderme la lengua para no decirle lo que pienso de su plan nada maestro de que conozca a un chico, me enamore hasta las trancas de él y celebremos la Navidad con jerséis de renos y gorritos de Papá Noel.
—Conocí a una chica, nada serio.
Mi padre frunce un poco el ceño, pero no pierde la sonrisa.
Cuando hace ese gesto me parezco muchísimo a él.
En lo que más nos parecemos es en los ojos, ambos los tenemos grandes, azules y muy expresivos.
Papá Jackson dice que hablamos con la mirada antes que con palabras.
Mi madre biológica era prima segunda suya.
Murió en un accidente de moto cuando yo tenía tres meses y Logan y Jackson me adoptaron y me dieron el hogar más feliz que uno pueda soñar.
Son perfectos. Buenos, generosos, comprensivos y muy divertidos.
Son un ejemplo a seguir. Pero son unos putos pesados y están un pelín —solo un pelín— obsesionados con que me decante por los hombres y suba unos cuantos puntos en la escala de Kinsey.
Y puede que me gusten más los tíos, nunca lo he medido en esos términos porque me la pela, pero solo por darles en las narices no lo reconoceré.
Quiero que paren ya con esta charada que hace que mi vida se llene de paseaperros y mecánicos; porque estoy casi seguro de que mi padre fue el que le quitó el brazo del rotor a mi coche para que un cachas morenazo viniera con su grúa y me salvara.
Que yo al mecánico le hubiera comido la polla encantado, pero cuando me olió a plan de los Langston volví andando a casa y no mencioné el incidente a pesar de sus miradas expectantes. Ya les vale.
Salgo del baño por la puerta que comunica con mi cuarto y empiezo a guardar en la mochila lo que necesito para después del trabajo. Mi padre no me sigue, lo oigo hablar con mi otro padre en susurros porque son los amos de la discreción.
—¡Papá! —digo, poniendo los ojos en blanco.
—¿Qué? —me contestan los dos a la vez.
Sonrío. Son muy tontos ambos. Me encanta que cada vez que los llamo «papá» me contesten los dos.
Hasta hace un par de años, Logan era «papá» y Jackson «papi», pero me empezó a dar vergüenza llamarlos así en público; tenía ya veinte años, por Dios, y un cliente de Langston Books verle la cara de devastación me hizo sentir miserable y muy mala persona, y a día de hoy, cuando lo veo bailar o hablar con pasión de los libros que lee me arrepiento de ese momento con todo mi corazón.
Mis padres aparecen en la puerta de mi cuarto cuando estoy colgándome la mochila al hombro y no puedo evitar mirar a papá Logan con ternura. Qué bueno es. Qué hijo de puta fui.
—No os estaba llamando —les digo con una sonrisa—. Os estaba haciendo ver que os escuchaba susurrar.
—No sabemos susurrar, Jackson, es un hecho.
—Ya. Debe de ser generacional —contesta el otro, meditabundo, como si de verdad estuviera buscándole una razón.
—¿Y de qué hablabais? ¿Del último candidato a novio que me habéis mandado ?
—No sé de qué estás hablando —dice Logan.
—¿Quién? —contesta Jackson.
Es inútil. Podríamos estar así todo el día y hoy tengo turno en la cafetería a primera hora.
Luego me pasaré por el refugio de animales en el que soy voluntario para ver si puedo echar una mano.
Este año solo tengo tres asignaturas y eso me concede bastante más tiempo del que tenía antes y me gusta aprovecharlo bien.
En cuanto empiece los exámenes —en enero espero haber terminado las tres materias que me quedan— no podré ir tanto.
De hecho, ayer estuve allí hasta tarde ayudando a acomodar a una camada de gatitos que encontraron bien entrada la noche.
No había nadie más disponible y lo hice gustoso.
Pero al juego de los Langston pueden jugar tres y no tengo por qué explicar ni eso ni que la última hora la pasé aparcado en el camino de entrada terminándome un libro que me tenía enganchado y que no quería soltar ni para entrar en casa y subir las escaleras hasta mi cuarto.
La mente de un lector a veces es así de irracional.
Como las de mis padres queriendo buscarme novio.
—Venga, cortad el rollo, que nos tenemos que ir a currar. Os diría que llegáramos a un acuerdo de alguna forma y que dejarais de intentar liarme con quienes vosotros consideráis aptos siguiendo algún criterio que se me escapa, pero no lo vais a hacer y a mí me tenéis hartito.
—Pues para que lo sepas, listillo, no estábamos hablando de chicos, sino de lo que nos gusta la newsletter que has hecho para la cafetería. La estética es brutal y el contenido también. Encima con publicidad. Has hecho un trabajazo.
—Estoy de acuerdo —añade Logan—. Estamos orgullosísimos de ti, hijo.
Estudio Administración de Empresas porque entre los tres decidimos que sería buena idea hacer algo que pudiera ayudarnos en Langston Books y, si fuera posible, me gustaría hacer un posgrado en creación de proyectos sociales y gestión de ONG.
Veré cómo vamos de pasta y de tiempo. Porque, aunque me encanta trabajar en el café-librería de mis padres, y de verdad que me veo llevándolo en un futuro y siendo muy muy feliz en el proceso, mi sueño siempre ha sido contribuir de forma más activa con el refugio de animales de Eeriewood.
Porque si aprender administración, marketing y finanzas me puede servir para ayudar más o crear uno yo mismo, habrá merecido la pena cada noche en vela por sacar las mejores notas y conseguir las tan ansiadas becas.
Mis padres tienen dinero, ese nunca ha sido un problema; pero, aunque se empeñaron en pagarme la universidad y que me centrara en los estudios, quise poner algo de mi parte y colaborar de alguna manera. Estudiar fue esa manera.
Salimos los tres de casa; yo voy andando y ellos en coche porque tienen que pasar por el mercado a recoger vainilla fresca —creo que papá Logan podría llegar a correrse hablando del olor de la vainilla en rama— y aprovecho para entrar en Soul Finder y escribir un mensaje en el foro de «Libros LGTB: quién necesita finales felices cuando existen tragedias perfectas» porque necesito comentar con Levi lo que opino de la última novela que nos hemos leído.
En realidad, necesito comentar con Levi casi cualquier cosa, pero a veces creo que debería contenerme para que no vea lo desesperado que estoy por hablar con él de lo que sea.
Es extraño conectar con alguien a tantos niveles.
No creo que ni mis padres lo hagan, y son la pareja más perfecta en la que puedo pensar.
Pero bueno, Levi y yo no somos pareja. Somos… almas gemelas.
Owen:
Ayer terminé La habitación de Giovanni. ¿Podemos hablar de ello ya? ¿De lo egoísta y cruel que es David?
Jeremy:
Quieres decir que quieres hablar de ello con Levi.
Y David no es cruel, tiene un gran conflicto interno. Lidia con él como puede.
Owen:
Quiero hablar del libro con el grupo, por eso he escrito aquí y no un privado a Levi. Jer, tío, hacerte tantas pajas al final te nubla el juicio.
Y solo para que conste y Levi lo vea cuando entre esta noche: La habitación de Giovanni no es una historia de amor; hay necesidad, deseo y desesperación, pero amor, poco.
Jeremy:
¡Ja! Esto lo prueba. Solo te interesa la opinión de Levi. Que encima seguro que es igual que la tuya, cuándo no.
Que lo entendemos, tenéis una compatibilidad del cien por cien y con el resto como muchísimo de un sesenta y nueve.
Owen:
Has puesto ese número adrede.
Jeremy:
No soy tan infantil. Sé la compatibilidad que tenemos todos los de este chat entre nosotros.
Owen:
Jer, como diría tu madre: si pusieras tanto empeño en estudiar como en estas chorradas, habrías aprobado alguna asignatura este año.
Jeremy:
Llevo mi propio negocio, imbécil. Intenta estudiar y llevar un negocio al mismo tiempo y luego hablamos. Y te parecen chorradas porque tú ya has encontrado a tu alma gemela. Que tampoco sé qué hacéis aquí hablando de libros pudiendo tener esta charla en la cama, la verdad.
Leo un par de veces el mensaje de Jeremy —que normalmente no está de tan mal humor— y cierro la aplicación. Ya volveré cuando se conecte Levi.