Capítulo 2
CAPÍTULO
DOS
LEVI
Me levanto de mal humor. Apenas he dormido tres horas por culpa de una sobrecarga en el servidor que hizo que la app se colgara y nos tuvo desconectados durante horas.
Cuando por fin Ryder —mi mejor amigo y segundo al mando— y yo conseguimos solucionarlo, empezaba a clarear y el dolor de cabeza no me dejaba dormir.
Lo peor había sido que había dejado una conversación a medias con mi media naranja.
Sí, de eso trata la app a la que he dedicado casi una década de mi vida: de encontrar a tu alma gemela; a esa persona que se parece a ti o te complementa a niveles que no lo hacen otras.
Soul Finder usa un sistema basado en la compatibilidad que se va ajustando con el transcurso de las interacciones.
El algoritmo cambia a medida que lo hacen las respuestas o conversaciones de sus usuarios y por eso no sabes cuánta afinidad tienes con otra persona hasta que llevas al menos diez horas de intercambio de información.
Así había conocido a Owen. Llevo exactamente trescientas noventa y tres horas de conversaciones con él.
No quiero ni pensar en cuánto es eso. Para mí equivale a un amigo con el que me siento yo mismo y al que no quiero perder.
O eso es lo que pensaba hasta que rompí todas las puñeteras reglas que me había impuesto —y que yo mismo había creado— y lo busqué.
¿Por qué? Pues porque podía y porque lo necesitaba.
Me estaba pillando por un tío al que ni siquiera había visto en persona y necesitaba saber si merecía la pena.
Y no me refiero al físico, sino a él como persona.
Una pantalla es algo más que una barrera; es un puente que delimita una vida, y no llegas a conocer a una persona del todo hasta que no lo cruzas.
Pensaba que nuestro puente era sencillo —el cien por cien de compatibilidad en números dorados a la derecha de la aplicación me lo recuerda cada día—, pero resulta que está destrozado y solo quedan un par de cuerdas muy finas sosteniéndolo; un puente inestable que no estoy dispuesto a cruzar.
¿Cómo pueden dos personas ser tan diferentes? El Owen que veía al otro lado del puente no era el mismo que hablaba cada noche conmigo, que me hacía sonreír, estremecerme por la idea de conocerlo y hasta soñar con la forma de sus labios.
No logro entenderlo.
Y es que el tío que tengo delante de mis narices no es para nada el chico sincero e intenso que me habla como si todo empezara y acabara en esa conversación.
Si hay una cosa que tengo clara de Owen es que lo da todo.
No es fachada, o al menos no lo parece. ¿Quién es ese tipo delante de la barra que ahora se magrea con la camarera y que tiene una sonrisa postiza en la cara?
No tengo ni puñetera idea. Pero no es mi Owen, no el Owen con el que hablo por las noches, al que sigo evocando cuando me acuesto y en el que pienso cuando me corro antes de dormir.
El Owen que se ríe con fuerza mientras tira del lóbulo de la oreja de la camarera y le mete mano por debajo de la camiseta no es el Owen con el que comparto el cien por cien de compatibilidad y me pone a mil con una puñetera frase. Joder.
Hoy no debería haber salido de casa. Tendría que haberme quedado a descansar.
Masturbarme y dormir, eso es lo que debería haber hecho.
Pero aquí estoy, mirándolo desde mi mesa favorita del café-librería de sus padres, al que me he hecho asiduo desde que me presenté con la idea de verlo, espiarlo un poco, quizá, y marcharme.
Pero es que la cafetería es un sueño. La fachada es toda de cristal, las paredes están llenas de estantes llenos de libros, con una sección enorme solo para literatura LGTB.
Puedes leer lo que quieras o alquilar los libros.
Hay largos sillones junto a los estantes, mesas como la que suelo utilizar cada día para trabajar, pequeñas con enchufe para conectar el ordenador.
Hay pufs por el suelo y gente que se pasa el día entero en este sitio, consumiendo un café tras otro.
Cuando entras, te invade una sensación de bienestar tremenda; olor a libro y a café, mis dos olores favoritos en el mundo.
Nada más entrar supe que no querría salir, aunque Owen fuera un gilipollas integral.
Me gusta este sitio y me gustan incluso más sus dos padres, Jackson y Logan Langston.
El primero un señor enorme con el pelo recogido en una coleta y barba bien recortada que inspira respeto hasta que dibuja una sonrisa y te ves sonriendo con él como un bobo.
Y Logan, un rubio no muy alto de ojazos azules muy parecidos a los de su hijo, con sus bailecitos y sus recomendaciones de libros para cada momento .
Por todo ello, Langston Books & Coffee se ha convertido en mi lugar de trabajo cuando Ryder no está instalado en casa, donde vive de forma esporádica cuando se pelea con sus padres, cosa que ocurre a menudo.
Y es que odio trabajar en la soledad de mi casa.
Me gusta el ruido, las personas, la vida que se desarrolla mientras me invade la falsa sensación de ir al ritmo de los demás, aunque cuente con el mío propio.
La soledad siempre me ha parecido un modo de quedarme atrás, algo parecido a aceptar perder algo que ni siquiera has tenido.
Y eso me aterra. Odio la idea de perder sin luchar, así como me molesta la idea de odiar a ese Owen que ahora coquetea con una rubia que acaba de entrar.
No puedo dejar de pensar en el chico que se esconde en la pantalla de mi móvil, mi supuesta media naranja.
Me cuesta asimilar que nada es real. Que horas más tarde, cuando nos conectemos y hablemos, su personalidad arrolladora me hará olvidar, por unas horas, que todo es una mentira.
¿Y si no es él? ¿Y si me he equivocado? ¿Y si…?
—Owen. Vendrás el jueves a la fiesta, ¿no? —le dice la rubia que acaba de aparecer en la barra y por quien Owen ha sustituido a la camarera—. Habrá mucho alcohol y muchas habitaciones libres. —La chica se muerde el labio inferior y se acerca un poco más a él.
Jackson, que justo acaba de salir de la cocina con una bandeja, interviene:
—No puede, tenemos cena en casa.
—Por supuesto que voy —replica él. Extiende la mano para apartarle un mechón de pelo a la rubia y acercarse al oído para decirle, lo bastante alto para que toda la cafetería lo escuche—: Pero solo si me reservas una de esas habitaciones. Contigo, claro.
Ella le regala una sonrisa espléndida. Aparto la mirada y cierro el ordenador. Joder, no tendría que haber salido hoy. Lo guardo todo, me coloco la gorra y me echo la mochila al hombro para dirigirme a la barra.
—Teníamos planes —se queja Jackson a su hijo.
—Tenemos planes todos los días, papá. —Apoya un brazo en la barra y compone un gesto de puro aburrimiento—. Sobreviviréis sin mí. Además, no puedo decirle que no a ella. ¿Verdad? No todos los días te dejan la casa toda para ti.
—Tienes prohibido hacer fiestas en casa en nuestra ausencia. Lo sabes, ¿verdad?
—Ajá.
—Owen —insiste su padre. Pero él está demasiado ocupado quitándole una pelusa inexistente a la camiseta de la chica, muy cerca de su pecho derecho.
Aparto la mirada y dejo el billete sobre la barra, saludando a Jackson con la cabeza.
—Qué pronto te vas hoy, cielo. —La sonrisa que me dedica me hace sonreír a pesar de que es lo último que me apetece en el mundo. Sobre todo, con Owen a unos pocos centímetros a mi derecha.
—Estoy muerto —admito.
—¿Una mala noche?
Owen se gira y me clava la mirada con curiosidad.
No puedo evitar recolocarme la gorra, como si pudiera reconocerme.
No lo hará, porque Owen no ha visto fotos mías y la única razón por la que conozco su identidad es porque he hecho trampas.
Lo peor de todo es que me avergüenza jugar con ventaja, saber que le estoy mintiendo, aunque el engañado sea yo.
Porque, joder, desde luego que ese tío me tiene engañado .
Por suerte, se aburre de mí y vuelve a centrarse en la chica. Debería estar prohibido ser tan guapo y tan gilipollas.
Me despido de Jackson y salgo del local.
El día está nublado y la temperatura ha descendido unos grados desde que salí de casa, pero decido caminar.
Necesito coger aire antes de encerrarme y el paseo de hora y media me vendrá muy bien.
Se acerca el invierno, cada día se nota más, y no solo por los copos de nieve que se han convertido en una constante cada mañana, sino por la luces de Navidad que empiezan a decorar las calles del centro de Eeriewood.
Estoy a nada de cruzar, cuando me agarran el brazo.
Me aparto con brusquedad de manera instintiva hasta que veo que se trata de él.
Tiene los ojos azules oscuros y penetrantes, el pelo castaño peinado de cualquier manera y la camiseta blanca se le pega al cuerpo, dejando claro cada puñetero músculo.
Se me pone dura al recordar que anoche me corrí pensando en él, en sus manos en mi piel, en su boca rodeándome la polla, succionando.
Joder. Trescientas noventa y tres horas de conversaciones son muchas horas con mi supuesta alma gemela.
Y ahí está ahora, delante de mí, y no tengo ni idea de quién es.
—Perdón, te has olvidado de esto. —Owen me tiende mi libreta de cuero negro.
Me sonrojo cuando se la quito y nuestros dedos se rozan. ¿Cómo he podido dejarla atrás? Habría sido peor que una putada perderla con toda la información que tengo recopilada. También habría descubierto lo bien que lo conozco de haberla abierto por la mitad. Mierda. Qué cerca ha estado.
—Gracias. —La guardo en la mochila mientras siento cómo su mirada me recorre el cuerpo.
Es unos pocos centímetros más alto que yo, por lo que levanto la mirada cuando veo que no tiene intención de decir nada.
—¿Querías algo más? —inquiero, algo incómodo por su escrutinio.
—No. Es que nunca te había visto tan de cerca como ahora.
—Vengo todos los días —replico.
—Sí, pero te sientas en una mesa cualquiera a tu bola y no hablas con nadie.
Trescientas noventa y tres horas de conversaciones y nunca se ha molestado en mirarme en persona.
Claro que él no se fija en mí ni en nadie que no tenga más de una talla noventa de pecho y piernas esculturales.
Me pregunto si es verdad eso de que es bisexual o si es mentira, como todo él. Nunca lo he visto con ningún chico.
—Voy a trabajar, no a hacer amigos. Y siempre me siento en la misma mesa. Además, hablo con tus padres.
—Así que sabes quién soy. —La sonrisa de suficiencia le llena la cara.
Es guapo y lo sabe. Juega con su atractivo como quiere, pero resulta que estoy cansado y soy consciente de esas trescientas noventa y tres horas de conversaciones, todo mentiras.
Así que no me puede dar más igual lo bien que le queda esa camiseta ajustada y lo sexi que parece cuando sonríe así, como si estuviera dispuesto a hacerte un favor. Uno bien grande.
—Todo el mundo sabe quién eres. No es que pases desapercibido.
—Así que te has fijado en mí. —La sonrisa de Owen se ensancha, también se muerde el labio inferior. No me puedo creer que ahora intente ligar conmigo. No se me dan nada bien las señales, pero no estoy de humor. No con ese Owen .
—Digamos que eres… —Hago un repaso por su cara, nada de bajar por su torso ni de recrearme en la forma de sus abdominales, mucho menos en sus brazos—. Bastante ruidoso. Se te escucha en toda la cafetería, por si no te has dado cuenta.
—¿Eso te molesta?
—Molesta a todo el mundo.
—Sabes que no es una biblioteca, ¿verdad? Si lo que quieres es silencio, no vengas a una cafetería.
—No he dicho que me moleste el ruido, solo me molesta el que haces tú.
Él se ríe en respuesta y menea la cabeza. Se revuelve un poco el pelo, lo que lo hace parecer todavía más atractivo.
—¿Qué te hace gracia?
—Tú.
—Yo —digo como un idiota.
—Tengo un radar, ¿sabes? Uno antibordes. Creo que por eso nunca me había fijado en ti. Una pena.
—No soy borde. —La irritación en mi tono de voz no juega a mi favor—. ¿Y qué es lo que te da pena?
—Que eres guapo. Y supongo que debajo de todo eso —dice mientras señala mis vaqueros y mi sudadera negra— estás bueno. Pero con ese carácter… —Imita un escalofrío.
—¿Qué más te da? No es que vayamos a ser amigos.
—Por supuesto que no, chico borde de la gorra —replica con una sonrisa de perdonavidas antes de darse la vuelta para volver a la cafetería.
Estoy a punto de gritarle mi nombre cuando me doy cuenta de que es mala idea.
Trescientas noventa y tres horas de conversaciones y no sé quién es.