Solo hasta Navidad (Soul Finder 1) Capítulo 1
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Solo hasta Navidad (Soul Finder 1)

Solo hasta Navidad (Soul Finder 1)

Por Virginia Cavanillas, Fatima Embark

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Capítulo 1

CAPÍTULO

UNO

OWEN

Hay un desconocido en mi cocina.

No solo eso. También le está colocando la correa a mi perro, un samoyedo demasiado buenazo para olfatear el peligro, aunque lo tenga amarrado y listo para llevárselo lejos.

Salvo la distancia que nos separa y doy una fuerte palmada contra la mesa de centro.

—¿Qué cojones haces?

El tipo se sobresalta. Levanta la mirada y descubro unos ojos demasiado claros. El dueño es un chico que parece de mi edad, con un cuerpazo enfundado en un polo blanco y pantalones estrechos.

—Oh, vaya. Te has despertado. —Le acaricia la cabeza a Zero, que le da un lametón—. Te he llamado a voces, ¿sabes? Pero parece que tienes el sueño profundo.

—Suelta a mi perro ahora mismo si no quieres que te demuestre cómo de profundo es mi puño —le digo mientras cierro la mano y se la muestro.

Soy un tío grande y quiero que se fije bien. Para algo me tienen que servir las clases de boxeo que me ha hecho tragar mi mejor amigo.

El chico retrocede al ver que yo me adelanto. Levanta las manos y suelta la correa.

—Eh, tranquilo.

Zero se coloca a mi lado. Me olisquea, se alza sobre sus patas y me empuja hacia atrás con sus veintisiete kilos, como hace siempre que quiere salir o que le preste atención.

—Tranquilo, pequeño. —Tomo la correa que le cuelga del cuello y hago que regrese al suelo, acariciándolo en el cuello como sé que le gusta.

Mi perro es muy básico, como todos en mi familia.

Le clavo la mirada al desconocido, que tiene cara de querer estar en cualquier parte menos aquí—.

Y ahora dime quién cojones eres y por qué estabas a punto de llevarte a mi perro.

—Ah, eso. —Sonríe. El muy capullo sonríe.

Lo peor es que me gusta su sonrisa, y su boca.

Me imagino lo bien que quedaría mi polla dentro de ella, sí.

En fin, demasiado tiempo sin sexo me está pasando factura—.

Mira —se saca una llave del bolsillo—, tengo llave.

Me la dieron tus padres para que sacara al perrete.

—El perrete se llama Zero y no necesita que lo saques a ninguna parte. —Extiendo la mano. Resulta que su boca ha perdido toda la gracia al comprender de qué va todo esto. Mis padres, cómo no—. Dame la llave.

Él frunce el ceño. Duda, carraspea, mueve la llave en su mano. Al final, me mira y me la entrega.

—Me han contratado, solo hago mi trabajo.

—Bien, pues estás despedido, seas quien seas.

—Soy Mason. Y me dedico a esto.

—¿A entrar en casas de desconocidos y llevarte a sus mascotas?

—No, soy paseador de perros. Entre otras cosas.

Me río.

—¿Paseador de perros? Creía que eso es lo que hacían los críos para ganarse un extra.

—Es un trabajo tan válido como cualquier otro —replica el tal Mason, un poco indignado.

Me muevo por la cocina y agarro una manzana de la cesta de frutas. Saco un paquete de golosinas para Zero y lo guardo junto al neceser con la botella de agua y las bolsitas para recoger la caca, y me dispongo a salir de la casa sin prestarle la menor atención al intruso.

—No puedes hacer eso —me dice cuando logra alcanzarme justo en la verja de entrada.

—¿El qué? ¿Sacar a mi perro?

—Me han pagado por adelantado, ¿sabes?

—¿Y en qué consistía tu servicio? ¿Iba incluido el despertarme? ¿Una cita después del paseo? ¿Mamadas a domicilio? Ilústrame —digo con la boca llena de manzana.

Ya me conozco esto. No es la primera vez que mis padres meten las narices donde no los llaman solo para que salga con alguien.

Un chico, a ser posible. No sé cómo decirles que no necesito que me busquen a nadie, y mucho menos que sean ellos los que me hagan de celestina.

Me da igual que tengan un gusto que te mueres y que los tíos resulten ser monumentos a los que me tiraría encantado.

No lo haré. Joder, prefiero que se me caiga la polla a base de cascármela que acostarme con alguno de sus elegidos.

—No me pagan por eso. —El tono de indignación me hace verdadera gracia.

Lo miro de soslayo mientras mi perro se detiene junto a un árbol y me da los buenos días con una caca digna de un sábado por la mañana.

Es más alto que yo y tiene un cuerpo más grande que el mío, y eso que el mío no es precisamente pequeño, pero se lo ve torpe y vulnerable. Un corderito demasiado blando para mí.

Recojo el regalo y tiro el hueso de la manzana mientras él continúa sus explicaciones.

—Querían que sacara al perro y que te despertara. También me dijeron que se iban por Navidad y necesitaban saber si estaba disponible por entonces. No quieren que te quedes solo.

—Maravilloso. —Cruzo la carretera para entrar en el parque favorito de Zero, que mueve la cola y ladra al ver hacia dónde nos dirigimos—. Supongo que eres supergay. ¿Sabes que soy bisexual?

—Me dijeron que te gustaban los chicos.

—Y las chicas. Con sus tetas y sus cuerpos suaves. Sus coños —añado, destacando mucho la palabra—. Me encanta comérmelos despacio, ¿sabes? Son una pasada, en especial cuando están al borde del orgasmo. Sentir la vibración y los espasmos mientras metes la lengua…

Me muerdo los carrillos al verle la cara.

No hay nada como mencionar un coño para que un tío como él pierda todo su interés en mí.

Sí, estoy bueno, pero no dejo de ser bisexual e incluso dentro del colectivo hay gente intolerante, como él o como mis padres, que por ser gais piensan que un hombre siempre es mejor.

¿Cómo decirles que da igual lo que tengan entre las piernas?

Importa la persona, y yo necesito eso. Una persona con la que estar a gusto, a la que yo elija. Hombre o mujer, ¿qué más dará?

El chico intenta cambiar de tema, lo que lo honra, dado el tono que estoy usando con él todo el rato. Mi fin es que salga huyendo, no que me siga más de cerca que Zero.

—A mí también me gusta este parque. Me pilla cerca de casa, vivo unas calles más arriba, en una casa parecida a la tuya.

—Cuando ve cómo lo miro, se pone nervioso y empieza con una divagación que me parecería adorable si no estuviera tan hasta la polla de todo esto—: No digo en cuanto a bonita; la vuestra es preciosa.

Y muy cuidada. Es por el color. La mía también es verde.

Solo que verde pistacho, no pastel como la tuya.

Y solo tiene una planta. Pero es mía, la compré hace unos meses. Con mi dinero, por eso…

Esta vez, mi mirada sí logra callarlo. Pero no contento con eso, además, le suelto:

—Si ya te has cansado de hacer el ridículo, te puedes ir. Nadie te va a pedir que devuelvas el dinero.

Sé que me he pasado en cuanto termino la frase.

Lo veo en su expresión, en esa manera en que hunde los hombros y mira a cualquier parte menos a mí.

Y me doy cuenta de que estoy arremetiendo contra alguien que no tiene la culpa de que mis padres sean unos entrometidos ni de haber pasado por nuestro lado mientras nos bombardeábamos los unos a los otros.

Él no tiene la culpa de haberse cruzado con una guerra abierta donde ninguno de los tres quiere ceder.

—Mira, lo siento. Es que no eres el primero y yo no estoy interesado en que me busquen pareja, ¿vale? En serio, quédate con tu dinero y vete a casa o saca a otro perro que no tenga un dueño como yo. Me encanta sacar a mi perro, ¿vale? Es una de las razones por las que nunca me fui de casa.

Mis padres son otra de esas razones, claro, pero eso no necesita saberlo. No necesita más leña que darles a mis padres para que arremetan contra mí.

Mason carraspea.

—Vi fotos tuyas. Me pareces muy guapo y yo… Me gustaría encontrar a un chico. Todas las relaciones que he te nido han acabado fatal, y tus padres parecen un ejemplo a seguir. Yo… acepté porque pensé que sería buena idea tener a un buen chico con quien pasar la Navidad.

—Siento no ser ese chico.

—Podrías, no sé, darme una oportunidad. Salir a tomar algo o al cine. —Se encoge de hombros—. O puedes dejarme que saque contigo a tu perro. Me han pagado dos semanas.

—No.

—Me sentiré fatal si no hago el trabajo, pero sí me quedo el dinero.

—No necesito acompañante, ni necesito que mis padres me busquen a nadie.

—Una semana. Solo conóceme. Mira, hacemos una cosa. Vendré lunes, miércoles y viernes. El resto de días, te dejaré en paz. ¿Trato?

—No.

—Nos vemos el lunes.

Y sin más, se despide con una sonrisa demasiado amplia que no da lugar a réplicas.

Y yo me arrepiento enseguida de haber mostrado debilidad.

Esto es lo que pasa cuando lo haces, al final nadie te escucha ni te hace caso.

Te conviertes en una marioneta manejada por dos titiriteros con mucha más experiencia y mucha más perseverancia que tú.

Dos titiriteros a los que, por suerte o por desgracia, quiero demasiado: mis padres.