OCHO DÍAS DESPUÉS DEL ASESINATO
OCHO DÍAS DESPUÉS DEL ASESINATO
Como el señor Rosenthal y Angus se marchaban en el primer tren, Fergus había subido temprano al hotel para despedirse. Estaba en el despacho con la señora MacBain, contándole los acontecimientos de la noche anterior.
—¿Que compró la finca Dunbar-Hamilton? ¿Cuándo?
—Es una historia con bastante injundia. Cuando los padres de Hugh se marcharon, emigraron a Canadá y conocieron...
—¿Al señor Cooper? —preguntó ella incrédula.
—Sí. Es el mayor productor de whisky de Canadá y quería utilizar la finca para elaborar «escocés», como lo llama él.
—Por eso andaba siempre rondando por el bosque.
—Sí. Espiaba a Ross para ver cómo lo hacía, inspeccionaba la finca y comprobaba que podía utilizar el río. Pero entonces, después de lo que pasó con su esposa, el señor Cooper le confesó al señor Rosenthal que no quería ver este lugar ni en pintura, así que este le hizo una oferta por la propiedad.
—¿Así sin más? —exclamó la presidenta—. ¿Tomando whisky después de cenar?
—Así sin más. Al parecer, el señor Rosenthal pertenece a una de las familias más ricas de Nueva York.
La señora MacBain se quedó atónita. ¿El señor Rosenthal era rico?
Desde luego, no actuaba como la gente acaudalada que ella conocía, la que se alojaba en Loch Down Abbey.
Al contrario, era amable, considerado y sensato.
La mayoría de la gente de clase alta con quien había tratado era fría, arrogante y, la verdad, bastante grosera.
Sacudió la cabeza, desconcertada por el descubrimiento.
—¿Y ahora va a abrir un hotel aquí al lado? —Eso le preocupaba mucho.
Fergus asintió, igualmente intranquilo.
—Lo llama un «hotel hermano». Enviará aquí a sus clientes del establecimiento de Nueva York y viceversa.
—¿Y hay sitio en Loch Down para dos grandes hoteles? —preguntó ella.
Fergus se encogió de hombros.
—Bueno, ya veremos. No ofrece actividades de caza ni tiro, así que conservaremos gran parte de nuestra clientela. Y no tienen salón de baile, que yo recuerde.
—Si le digo la verdad, no ardo en deseos de organizar otro baile.
Fergus asintió con una mirada irónica.
—Tendrá que hacer reformas, lo que nos dará algo de tiempo. Tiene grandes planes en mente: para empezar, una piscina cubierta, además de baños en todas las habitaciones y calefacción central.
—No podemos competir con un hotel moderno —se lamentó preocupada—. Eso, sumado a los rumores...
—Ah, pero se olvida de algo fundamental.
—¿El qué?
—A él se le va a llenar el hotel de norteamericanos. Y a nadie le gusta pasar las vacaciones con ellos.
Bella llevó a la señorita Wen en silla de ruedas hasta la sala serbal.
El esfuerzo la dejó con la cara roja y jadeando.
La señora MacBain negó lentamente con la cabeza ante aquella lamentable escena.
Se adelantó para sujetar la puerta mientras Bella luchaba por abrirla.
Cuando por fin hubieron entrado, se giró y señaló a los hombres que estaban en el sofá.
—Señorita Buen, estos caballeros son del Ministerio de Asuntos Exteriores. La acompañarán a Londres y la llevarán al consulado.
Los funcionarios asintieron con un gesto.
Como la señorita Wen parecía preocupada, la presidenta continuó:
—Hemos llamado al Ministerio para verificar su identidad. Puede confiar en ellos.
Tras exhalar un largo y tembloroso suspiro, la joven asintió.
—¿Tiene el dinero? —le preguntó el más alto de los hombres a Bella.
La señorita Wen acarició una maleta que tenía en el regazo.
—Está aquí.
Él la cogió y la dejó con cuidado sobre la mesa de centro.
Los dos funcionarios se agolparon alrededor de la maleta, pero la señora MacBain pudo ver a través del hueco que dejaban entre ellos.
Jadeó de manera casi imperceptible cuando la abrieron.
Resultaba increíble ver tanto dinero junto.
Tardaron bastante más de lo que la presidenta habría esperado en contar y transferir los billetes al maletín especial que habían traído consigo.
Lo cerraron, echaron los dos candados y uno de los hombres sacó unas esposas.
—¿Me están deteniendo? —preguntó la señorita Wen aterrorizada.
Los hombres se detuvieron y la miraron.
—No. ¿Por qué lo dice? —Ella señaló las esposas y los funcionarios se rieron. —No son para usted, sino para nosotros. Nos esposamos al maletín para el traslado.
—Ah —repuso la joven, no del todo aliviada.
—¿Todo listo, entonces? —preguntó el hombre más bajo. La señorita Wen asintió.
—Caballeros, ¿nos dejan un momento para despedirnos en privado, por favor? —La señora MacBain los acompañó fuera del despacho y cerró la puerta tras de sí. Se volvió y vio que tanto Bella como la señorita Wen la miraban confundidas—. Tengo que preguntarles una cosa, si no les importa.
La señorita Wen la miró con recelo y la presidenta pensó que era entonces o nunca. Se sentó, a la altura de los ojos de la señorita Wen, y respiró hondo.
—Hay una cosa que no entiendo. ¿Por qué quería Edmund el rubí?
La señorita Wen lo pensó y soltó una risita amarga.
—Supongo que ahora ya no importa. Era para financiar la guerra en España.
—¿Qué? —exclamaron la señora MacBain y Bella al unísono.
—Edmund tenía un contacto que podía pasar de contrabando el rubí a España. Allí se vendería y los fondos se utilizarían para comprar armas. Pero la reunión con el contacto era aquí, en Loch Down.
El cerebro de la presidenta comenzó a bullir.
—¿Aquí? ¿Quién era ese contacto? —Contuvo la respiración.
—No estoy segura. Un escritor o periodista que él conocía.
—¡Hugh! —gritó Bella—. ¿Por eso vino Hugh?
—No sé quién era. Mi tarea consistía en custodiar el rubí hasta que Edmund viniera a buscarlo. Solo te dicen lo que necesitas saber, y a mí no me hacía ninguna falta conocer su nombre.
A la señora MacBain le daba vueltas la cabeza. Hugh, que quería ser periodista y que lo tomaran en serio. Todo cobraba sentido. ¿Qué mejor manera de demostrar sus credenciales que proporcionar armas y financiación para una guerra y luego escribir sobre ella?
«Oh, Hugh —pensó—, qué vanidoso».
La presidenta negó con la cabeza, todavía un poco confundida, y preguntó:
—Pero ¿por qué motivo Edmund querría financiar la guerra en España?
—Porque era español por parte de madre.
La señora MacBain miró a Bella, que asintió.
—Yo acabo de enterarme —respondió.
—Y este rubí, ¿de verdad forma parte del patrimonio nacional?
La señorita Wen asintió:
—Oh, sí. Forma parte de la dinastía Qing y se exhibe en el Museo Imperial desde la guerra. Nunca sabré cómo Edmund se hizo con él.
—¿Y si quien lo tiene intenta venderlo?
—Tendría que hacerlo en el mercado negro. Cualquier vendedor legítimo lo consideraría una antigüedad expoliada.
—Entonces, una casa de subastas, como Bonhams, ¿no lo aceptaría? —La señora MacBain contuvo la respiración.
La señorita Wen negó con la cabeza.
—Carece de documentos que acrediten su procedencia y propiedad. Aunque no supieran lo que es, jamás lo comprarían.
—Pero alguien podría guardarlo en su colección privada, ¿no?
Ella lo pensó y asintió.
—Sí, pero sería peligroso. En cuanto el Gobierno chino repare en que ha desaparecido, lo perseguirá sin descanso.
Lo mejor que puede pasar es que se entregue al Ministerio de Asuntos Exteriores o a un museo y que luego se devuelva a China.
Imagine que alguien viniera a Inglaterra y robara las joyas de la Corona. Pues de eso estamos hablando.
La señora MacBain lo pensó y dudó que alguna vez lo viera. Se levantó y se arregló la falda.
—Entiendo. Gracias, señorita Buen. —Abrió la puerta del despacho, observando cómo Bella gemía y empujaba a la antigua doncella a la armería—. Buena suerte y cuídese.
La señorita Wen le dedicó una sonrisa y, a continuación, se dirigió a los funcionarios de Exteriores:
—¿Vamos, caballeros?
Elspeth tenía las maletas preparadas y estaba lista para partir, pero antes tenía que rematar algo. Mientras se abría paso por el bosque, se preguntaba cómo debía empezar. Esperaba que no hubiera nadie en el patio de la destilería. Cuando al fin llegó, comprobó que, por suerte, así era.
«Deben de estar almorzando», pensó. Se dirigió al despacho y llamó a la puerta.
—¡Adelante! —dijo una voz ronca.
Abrió la puerta y sonrió, mientras Ross terminaba de escribir.
—¿Dónde está todo el mundo? Fuera no hay ni un alma.
Ross levantó la cabeza y esbozó una sonrisa.
—Están quemando la turba del almacén. —Elspeth ladeó la cabeza con curiosidad—. No quería correr ningún riesgo.
Se produjo un incómodo silencio que Elspeth rompió con un suave carraspeo.
—Lo que dijiste en el baile...
—No, no debería haberte presionado. Era una noche importante para Delphine. Tenías que estar a su lado. Es lo que hacen las madres.
—Llevabas razón. Te estaba evitando.
Ross la miró, entre curioso, dolido y sorprendido.
—El día en que llegué, estaba en la colina junto al nido del águila y vi humo salir de la cabaña. Pensando que eras tú, fui allá, pero no había nadie y la cama estaba sin hacer.
—¿Y llegaste a la conclusión de que no estaba solo? Oh, Elspeth...
—¿Y por qué no? Sería comprensible que tuvieras a alguien con quien construir un futuro. Mi vida está en Francia y eso no va a cambiar. ¿Por qué debería tenerte solo para mí?
—Nunca ha habido nadie más para mí. —Se levantó y cruzó la habitación para estar más cerca de ella—. Sé que no pudiste elegir con quién te casabas. Hace mucho que lo acepté. Pero no hay nadie con quien prefiera estar más que contigo. No puedo negar que me gustaría verte más, pero así es la vida.
—¿Estás seguro? —preguntó Elspeth mirándolo y al borde de las lágrimas.
—Sí. —Ross la tomó en sus brazos—. A menos que me pidas que vuelva a bailar contigo.
En la armería, la señora MacBain observaba partir a los pocos huéspedes que quedaban.
No todos habían tenido la suerte, o la rapidez, de conseguir un billete de tren para la víspera.
De hecho, los coches del tren de Loch Down nunca se habían visto tan llenos, lo que provocó acaloradas discusiones, acusaciones de saltarse la cola y reservas de asientos falsas.
Como consecuencia, dos servicios consecutivos salieron con retraso, problema que el jefe de estación se había tomado muy a pecho.
Cuando regresó de su último viaje de la jornada, Lockridge informó de que había tenido que interceder en más de una pelea en el andén.
Esperaba que los pasajeros de ese día fueran más razonables.
De vuelta a su despacho, la presidenta oyó que la llamaban entre el bullicio de la sala. Era Imogen, que se abría paso con premura entre los baúles y las maletas.
—¡¿Lo ha visto?! —gritó, mostrándole el periódico local, el Loch Down Tribune —. ¡Como lo pille, lo mato!
Se oyó un murmullo entre quienes la rodeaban. Imogen miró a su alrededor e hizo un gesto de disculpa.
—Quizá no sean las palabras más afortunadas, disculpen. —Sacudió la cabeza y murmuró—: Pero una buena paliza no estaría de más.
La señora MacBain apenas la oyó. Se había quedado pálida y le temblaban las piernas. Imogen logró sujetarla justo antes de que se desplomase.
—Vamos a su despacho, ¿le parece? —Imogen condujo a la aturdida presidenta a la sala serbal. La sentó en una silla, la sujetó por los hombros y la miró con aire crítico—. ¿Té? ¿O prefiere brandy?
La señora MacBain levantó la vista del periódico y se limitó a parpadear.
—Brandy, sin duda. —Imogen asomó la cabeza por la puerta y le dio la orden al botones más cercano.
Volvió y se sentó frente a la presidenta—.
Aún no he tenido ocasión de hablar con el señor Lawlis, pero estoy segura de que podemos demandarlos.
Por difamación, por calumnias, por injurias —enumeraba de palabra y con los dedos—, por un montón de cosas.
¡No puede permitirse que publiquen rumores como si fueran hechos!
La señora MacBain volvió a mirar el titular, que le gritaba en letras grandes y en negrita.
SOLO ASESINATOS EN LOCH DOWN ABBEY
Hamish MacTamish
Loch Down. Tras días de rumores, una fuente fiable cercana al corazón de Loch Down Abbey ha corroborado que se produjeron tres asesinatos en el baile de las Highlands.
Preguntado por las muertes, el inspector Roddy Jarvis, del Departamento de Policía de Loch Down, confirma que el cuerpo del honorable Hugh Dunbar-Hamilton, destacado y célebre autor de estas tierras, ha sido encontrado muerto en una cabaña de la finca, así como los de dos mujeres de Shanghái y Canadá.
Al preguntarle si la policía podía garantizar la seguridad de los ciudadanos de Loch Down en los bosques que rodean el pueblo tras los tres asesinatos de la cabaña, el inspector Jarvis respondió:
«¡Oiga! Yo nunca he dicho eso. Yo... Eh...
, me he expresado mal. ¡No ha habido ningún asesinato en la cabaña!
¿Me oye? Ningún asesinato en la cabaña, sino una sobredosis accidental de drogas.
Los únicos asesinatos se han producido en Loch Down Abbey.
Eh, no... Uno fue un suicidio. Pero fue la chica que asesinó a la anciana, que chantajeaba a la gente, así que a lo mejor se lo merecía...
Bueno, en resumen, solo ha habido un asesinato en Loch Down Abbey, uno y nada más».
¿Uno y nada más? ¿Se lo merecía? ¿Estamos seguros en nuestro hogar cuando los responsables de protegernos se toman los asesinatos con tanta ligereza? He salido a la calle para recabar la opinión de la gente.
El artículo continuaba, pero no siguió leyendo. Estaba atónita. El inspector no solo había provocado que publicaran «Solo asesinatos en Loch Down Abbey» en el periódico, sino que encima lo había hecho dos veces. Era la cita perfecta para arruinarlos.
La señora MacBain suspiró con aire triste.
—¿Cómo ha podido Roddy ser tan... desconsiderado?
—Los obligaremos a publicar una rectificación —dijo Imogen.
—Ay, Imogen, no serviría de nada. Las rectificaciones se publican en las últimas páginas y en letra diminuta para que nadie pueda leerlas. Además, ¡todo es cierto! —Agitó el periódico con enfado y lo tiró sobre la mesa—. No, el daño ya está hecho, y nuestra reputación quedará arruinada.
Llamaron a la puerta y entró un camarero con una bandeja con brandy. Imogen le sirvió un gran vaso a la presidenta, quien lo tomó y se quedó mirando el líquido.
—Hablaré con Lawlis. Estoy segura de que conoce a los periodistas del Inverness Courier . Podemos enviarles nuestra versión y, con suerte, será la que publique el Scotsman en lugar de... esta. —Cogió el periódico, miró el titular con desdén y lo volvió a dejar en la mesa.
La presidenta cerró los ojos y emitió un profundo suspiro.
—Encontraremos la manera de defendernos. Se lo prometo. Puede que el hotel se vea perjudicado a corto plazo, pero no permitiremos que su reputación quede dañada para siempre. No mientras yo siga viva.
La señora MacBain la observó con detenimiento. Imogen estaba dispuesta a luchar y no parecía de las que se echan atrás. Lo cierto era que le daba un poco de miedo, pero, por suerte, estaban en el mismo bando.
Una vez más, la señora MacBain dio las gracias en silencio por las mujeres que la rodeaban.
—De acuerdo —exhaló por fin—. ¿Por dónde empezamos?