Solo asesinatos en Loch Down Abbey (Señora MacBain 2) SIETE DÍAS DESPUÉS DEL ASESINATO #2
97%

SIETE DÍAS DESPUÉS DEL ASESINATO #2

A primera hora de la mañana, Jarvis había enviado a un agente para comunicar a los huéspedes que podían marcharse, y casi todos salieron en desbandada.

La señora MacBain se preguntó vagamente por qué el inspector no había acudido en persona, pero supuso que andaría muy ocupado.

Ella desde luego que lo estaba. Observó con inquietud el caos que se produjo.

A la hora del té, quedaban muy pocos huéspedes en Loch Down Abbey.

Tras una tranquila cena, los Inverkillen pasaron al salón azul.

En medio del silencio, casi les daba la impresión de volver a encontrarse en su hogar.

—¿Una partida de bridge esta noche, mamá? —preguntó Cecil.

—¿Eh? Oh, no —respondió ella mirándolo—. No soporto la idea de no jugar con la señora Blackwood. Era una jugadora excelente. Supongo que de ahora en adelante mis ganancias serán muy magras.

Nadie se dignó a precisar que, más que una jugadora excelente, la anciana señora Blackwood era una tramposa de tomo y lomo.

Cecil se dirigió a su sobrino:

—¿Billar, Angus?

Angus se levantó y apagó un cigarrillo.

—Me temo que no. Me voy a primera hora de la mañana.

Los Inverkillen expresaron su sorpresa al unísono.

—¿Te vas? ¿Adónde vas? —Fergus al fin logró preguntar, con la sorpresa reflejada en su rostro.

—Me dirijo a Nueva York con el señor Rosenthal, que me ha ofrecido un trabajo.

Lo acribillaron a preguntas:

—¿Un trabajo...? ¿En Nueva York...? ¿Ni siquiera nos lo ibas a decir...? No puedes vivir en Estados Unidos... ¿Cuándo ha pasado...? Supongo que pensaste que con enviarnos una postal ya nos dábamos por enterados... ¿Y los niños...? ¿Qué tipo de trabajo...? Espero que no sea de entrenador de tenis...

Angus esperó a que se calmaran y prosiguió:

—El señor Rosenthal es dueño de un hotel, que está bastante de moda por lo que tengo entendido.

—Pero ¿qué vas a hacer allí, Angus? —preguntó lady Georgina.

—La verdad es que no lo tengo del todo claro. Quiere que sea el aristócrata residente. «Convertir el garito en un sitio con clase», esas fueron sus palabras. Viviré en el hotel, me pagará un sueldo y yo simplemente... pasaré el tiempo allí como lo hago aquí.

—¿Eso es un trabajo? —preguntó Cecil, incrédulo, pero sobre todo celoso.

—Le atrae la idea de que los huéspedes alternen con un conde.

—¿Así que vivirías y trabajarías en el hotel? Resulta claustrofóbico —comentó lady Georgina, que se subió el chal hasta los hombros.

—¡Ah, aquí están todos! —El señor Rosenthal entró en el salón derrochando encanto—. ¿Ya se lo ha dicho, Angus?

—¿Tiene un hotel? —preguntó Fergus, molesto por no saberlo y que Angus sí lo supiera.

—Sí, cerca del parque. —Como nunca habían estado en Nueva York, ninguno de ellos entendía a qué parque se refería y lo miraron sin comprender—.

Es un poco como tener vistas a Hyde Park en Londres.

—Más miradas perdidas—. Y, además, inauguraré un segundo hotel el año que viene, así que espero verlos mucho más a menudo.

Fergus sintió que se le entumecía la mano y por poco se le cayó la copa.

—¿Cómo? ¿Por qué?

—He comprado la finca Dunbar-Hamilton.

Lady Georgina y Cecil se tomaban una copa en el salón de Thistledown Cottage. Comentaban las últimas noticias sobre Angus.

—Bueno, estoy muy orgullosa de Angus por haber encontrado por fin una forma de mantenerse. Pero me preocupa que adquiera los groseros modales propios de los norteamericanos.

—La verdad es que dudo que eso vaya a suceder, mamá. —Hizo girar el líquido para admirar su color al contraluz del fuego—. Al menos, no por un tiempo. Cuando venga de visita, puedes recordarle su herencia.

Desde que Angus anunció su aventura, la mente de lady Georgina había estado ocupada con su hijo.

Allí estaba, de vuelta en Loch Down y sin prisas por regresar a Londres con su esposa.

Había observado con cierta preocupación cómo se comportaba con las viudas adineradas que se alojaban en el hotel.

Ya había presenciado esa actitud: así fue como conoció a su primera esposa.

—Cecil, ¿va todo bien entre Eva y tú? —preguntó mientras bebía un sorbo de jerez sin apartar los ojos de su rostro.

—¿A qué te refieres? —preguntó él con cautela.

Ella dejó la copa sobre la mesa y lo miró.

—Me preocupa que tu matrimonio haya terminado.

Cecil se sorprendió por su franqueza. No había mucho margen para evasivas, como ella bien sabía.

Valoró la posibilidad de mentirle, pero la descartó de inmediato.

Era muy posible que pronto necesitara alojarse en Thistledown Cottage y no le convenía enemistarse con su madre, pues casi no le quedaba nadie más a quien recurrir.

Dio un profundo suspiro y se sentó frente a ella.

—Eva me ha pedido el divorcio.

—Y has vuelto a casa para lamerte las heridas. —No lo dijo con malicia, pero a él le dolió—. Oh, Cecil, ¿qué vas a hacer?

—Lo cierto es que siempre caigo de pie —dijo con cierta irritación.

—No, Cecil, no es así. Caes encima de otra gente, de gente más rica que tú.

—¿Y eso qué tiene de malo?

—Ay, Cecil —dijo ella con un chasquido de lengua—, no tengo ninguna duda de que el padre de Eva protegerá sus bienes como un león, y tú, una vez más, te quedarás sin un penique y sin hogar.

Suena trágico, pero es la situación en que te encontrabas antes de casarte con Eva.

No tienes talento para la caza de fortunas, pienses lo que pienses.

Para serte sincera, no puedo verte pasar por eso otra vez.

Es hora de que encuentres otra fuente de sustento.

Cecil la miró boquiabierto.

—Necesitas una fuente de ingresos independiente, Cecil. No sé cuál ni cómo puedes lograrla, pero tienes que centrar tus muchas energías en eso, no en buscar otra esposa. Yo no voy a ser eterna, ya lo sabes, y me gustaría irme de este mundo sabiendo que puedes valerte por ti mismo.

Permanecieron en silencio durante un buen rato mientras Cecil asimilaba las palabras de su madre. Lady Georgina lo observó con atención para ver si había calado el mensaje, pero, cuando él se excusó y salió del salón, no estaba segura de que así fuera.