Solo asesinatos en Loch Down Abbey (Señora MacBain 2) SIETE DÍAS DESPUÉS DEL ASESINATO
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SIETE DÍAS DESPUÉS DEL ASESINATO

SIETE DÍAS DESPUÉS DEL ASESINATO

Esa tarde, la señora Burnside le llevó a la presidenta las comandas de desayuno que incluían huevos pasados por agua. Como se esperaba la señora MacBain, eran bastantes.

—Me había olvidado. —Esbozó una sonrisa—. Se lo agradezco profundamente.

—¿Puede decirme para qué las quiere? —preguntó la señora Burnside, curiosa.

La presidenta la miró y se preguntó por dónde empezar.

—Cuando las cosas se calmen, tal vez. Ahora mismo no tengo fuerzas.

La señora Burnside tuvo la delicadeza de no mostrar su desilusión. Cerró la puerta suavemente y dejó a la señora MacBain con su pila de comandas.

Poco a poco, las revisó, colocándolas boca abajo a medida que las leía. Cuando llevaba unas tres cuartas partes, se detuvo. «Sí —pensó—, ya me lo imaginaba. Bueno, ¿y ahora qué?». Apartó uno de los papeles y revisó el resto. Se recostó y valoró qué hacer a continuación.

Huésped: Comandante Cecil Ogilvy-Sinclair

Habitación: Serramuir, primera planta oeste

Hora: 8:15

Morcilla

Beicon

Champiñones

1 huevo pasado por agua (3,5 min)

1 tostada, pan blanco

Té

Oh, comandante. ¿Habría tenido el descaro de quedarse con un objeto tan valioso, que a todas luces había caído en sus manos por error, y callárselo?

¿De verdad tenía tan pocos escrúpulos? Con diferencia, parecía lo más arriesgado que Cecil había hecho en su vida.

En comparación, robarle un objeto de plata a su propia familia era una insignificancia.

Soltó un profundo suspiro, consciente de que sería casi imposible demostrar que el rubí obraba en manos del comandante.

¿Cómo diablos iba a gestionarlo? «Bueno, tal vez —pensó—, solo por esta vez, no sea un asunto de mi incumbencia».

Miró por la ventana, sumida en sus pensamientos.

Cuando el reloj dio la hora, se levantó lentamente, apiló las comandas y las guardó en el fondo del cajón superior de su escritorio.

Si Roddy Jarvis se las pedía, ya se las mostraría.

El albacea de Edmund, el señor Rosemont, era un hombre de clase superior. Lady Georgina lo supo con solo mirarlo: un traje excelente, zapatos perfectos y modales impecables. Y, a juzgar por su comportamiento, podían relajarse un poco. La matriarca sirvió el té.

—Gracias por recibirme con tan poca antelación. Debo decir que no tenía ni idea de que Loch Down Abbey fuera tan grandiosa.

Lady Georgina se rio mientras le pasaba su taza. Bella puso los ojos en blanco. Hubiera preferido no sentarse a tomar el té, pero lady Georgina impuso su criterio. A juicio de Bella, el té solo serviría para alargar un trámite que preveía penoso.

—Bien —dijo el albacea directo al grano, para alivio de Bella—, necesitaré una copia del certificado de matrimonio. Es una formalidad, pero hay que verificar la unión.

—¿Por qué? —preguntó Fergus.

—Su testamento es anterior al matrimonio e instituye a «cualquier futura esposa» como heredera universal.

—Qué previsor por su parte —dijo lady Georgina, bastante divertida por lo precavido que había resultado Edmund—. ¿Y si no se hubiera casado?

—Todo volvería a su familia, por supuesto. —Cogió plácidamente su taza de té y dio un sorbo. Chino, le pareció. ¿Oolong, quizá?—. Bien, ¿puedo ver el certificado?

Se hizo una incómoda pausa. Al mirar por encima de su taza, el señor Rosemont vio que los Inverkillen intercambiaban miradas de desconcierto.

Bella rompió el silencio:

—Edmund no tiene familia, señor Rosemont. Es una de las razones por las que me casé con él. Bastante tengo ya con esta parentela.

Su abuela y su hermano se volvieron hacia ella, a todas luces ofendidos. Rosemont dejó la taza sobre la mesa, con expresión consternada. Hojeó algunas páginas y al fin asintió.

—Sí, aquí está. Su madre aún vive: Graciela Santa Rosa de la Paz de Martin. Vive en la casa de Madrid.

—¿En la casa?

—¿Su madre?

—¿Madrid?

Se hizo otro incómodo silencio, que rompieron todos a la vez.

—¿A qué se refiere con Madrid...? ¿Madrid de España...

? ¿Era español...? ¿Tú lo sabías, Bella...

? Yo desde luego que no... ¿Quieres decir que nunca te dijo que tenía familia?

... Pensaba que era huérfano... ¿Sabías que era español...

? ¿Cómo podía ser funcionario de Exteriores si era extranjero...

? Nada tiene el menor sentido... ¿Por qué iba a comprar una casa en España si vivía en Shanghái...

? Nunca me habló de España. ¿Quién es esa madre con ese nombre tan ridículo... ?

El señor Rosemont iba de una pregunta a otra, tratando de responder, pero no le dejaban meter baza. Lawlis, que había sido objeto de los aluviones de preguntas de los Inverkillen en numerosas ocasiones, se rio para sus adentros y, acto seguido, levantó la mano para pedir silencio.

—¡Por favor! —gritó—. Si dejan hablar al señor Rosemont, responderá a sus preguntas.

Se calmaron y, después de parpadear un par de veces, el señor Rosemont se recompuso.

—Lady Martin, ¿entiendo que ignoraba que Edmund era medio español?

Bella no ocultó su sorpresa.

—No. No lo sabía.

Todos la miraron sorprendidos.

—¿Cómo puedes saber tan poco sobre el hombre con quien te casaste? —se extrañó lady Georgina.

—¿Eh? Pero si dijo que había ido a Eton y Oxford. No hay nada más inglés que eso.

—No, por supuesto que no —murmuró lady Georgina. Le lanzó una mirada astuta a Rosemont—. A menos que mintiera...

—No, no —aseguró el señor Rosemont—. Estudió en Eton y remó en Cambridge. Su padre era inglés, y su madre, española. Llevé los asuntos de lord Neville hasta que falleció (era bastante mayor que su esposa), y Edmund, como hijo único, heredó sus propiedades.

Los Inverkillen asimilaron la información. Fergus cogió una galleta de jengibre y la mordisqueó pensativo.

—¿Y se trata de un patrimonio considerable? —preguntó lady Georgina con esperanza.

—No quisiera especular sobre qué entiende usted por «considerable», lady Georgina —repuso el albacea, mirando a su alrededor—, pero incluye la casa de Madrid, que tengo entendido que preside una de las principales plazas de la ciudad.

Lady Georgina hizo un ruido de admiración.

—La casa y los terrenos en Inglaterra se vendieron y los fondos resultantes se invirtieron en una cartera de acciones y valores.

Bella levantó la vista con entusiasmo.

—Pero era un inversor muy cauteloso: prefería operar a largo plazo y le tenía aversión a la especulación financiera.

—Pero yo pensaba que la especulación financiera era la razón por la que uno se dedicaba a la política —dijo lady Georgina con tono serio.

Lawlis y Rosemont la miraron sin comprender—.

Para obtener información privilegiada sobre en qué invertir y así no arriesgar la fortuna familiar. Es de sentido común.

Desconcertado, Rosemont se giró hacia Lawlis, quien, por su parte, exhalaba lentamente.

—Eh... —titubeó Fergus, apartando su confusa mirada de su abuela y dirigiéndola al señor Rosemont—. ¿Dice que hay una casa?

—Sí. —Volvió a hojear los papeles—. Sí, está en el barrio de Salamanca, pero me temo que no sé mucho más. La señora Martin reside allí en la actualidad y creo que tiene contratado bastante personal.

Lady Georgina murmuró algo en señal de aprobación.

Pasó unos minutos detallando las inversiones, que eran sólidas pero no brillantes, varias cuentas con pequeñas rentas vitalicias, pólizas de seguro de vida y la pensión del Ministerio de Asuntos Exteriores. Al parecer, Bella tendría unos ingresos modestos pero estables. Fergus suspiró aliviado.

—Y luego están los viñedos —añadió el albacea.

—¿Viñedos? —preguntó Fergus.

—Sí, a las afueras de Madrid tienen un viñedo que produce un tinto de notable calidad.

Cada año recibo una caja de aguinaldo. Sin embargo, no tengo claro si se trata de una empresa comercial.

Edmund nunca obtuvo ningún ingreso de ello, así que siempre he dado por sentado que producen exclusivamente para el consumo de la familia.

—Quizá podamos servirlo en el restaurante —sugirió Fergus.

Rosemont dudó.

—Si sobreviven los viñedos.

—¿Si sobreviven? ¿Y por qué no iban a sobrevivir? —preguntó Bella.

La pregunta dejó perplejo a Rosemont. Miró boquiabierto a Bella durante un momento, antes de aventurar una respuesta:

—¿Por la guerra?

—¿La guerra? ¿Qué tiene que ver la guerra de Shanghái con España? —se extrañó Bella.

Rosemont la miró con incredulidad. «Tiene que haberlo leído en los periódicos», pensó. Respiró hondo y dijo:

—La guerra civil española, lady Martin. Madrid lleva sitiada desde el año pasado. —No hubo respuesta. Se volvió hacia Fergus—: Una vez terminada la guerra, podremos evaluar lo que queda de los viñedos, pero, hasta entonces, no se sabe qué sobrevivirá a los combates.

—¿Me está diciendo —dijo Bella lentamente, tratando de controlar sus emociones— que he perdido dos casas en dos países diferentes debido a dos guerras distintas, ninguna de las cuales tiene nada que ver conmigo?

Rosemont asintió a regañadientes. Era una coincidencia extraordinaria.

—Bien, si me proporciona el certificado de matrimonio, puedo adelantarle algunos fondos. —Tomó otro sorbo de té. Sí, sin duda era oolong. Le gustaba.

Bella lo miró parpadeando, con horror silencioso en su rostro.

—No lo tengo. No se me ocurrió traerlo. Todo sucedió muy rápido.

—Ah, eso complica las cosas. —Vio que las lágrimas se agolpaban en los ojos de la viuda—. No se preocupe. Complicar no es la palabra adecuada. Si me facilita la fecha y el lugar de la boda, puedo conseguirlo. Pero puede que tarde una semana o dos.

—Mientras que pueda hacerlo, poco importa si es esta semana o la que viene —terció lady Georgina—. A menos, claro está, que tarde varios meses. Ya ha estado en el limbo el tiempo suficiente.

Rosemont evaluó a Bella con atención.

«Sí —se dijo—, desde luego que está en el limbo».